El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA
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CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA

La primera mañana sin Liam fue peor que la noche.

Anjara lo descubrió junto a un arroyo.

Se agachó, llenó la cantimplora y bebió. El agua estaba tan fría que le dolieron los dientes. Cerró el tapón, se puso en pie y avanzó tres pasos antes de volverse.

—Liam, ¿quieres...?

No había nadie.

El sendero descendía vacío entre los árboles.

Anjara permaneció inmóvil con la cantimplora en la mano.

Durante un instante su mente había hecho algo sencillo.

Había olvidado.

No que Liam estuviera muerto.

Eso parecía imposible de olvidar.

Había olvidado que ya no estaba.

Una parte de ella seguía esperando encontrarlo unos pasos por detrás, entretenido con una piedra, arrastrando el bastón por la tierra o preguntando cuánto faltaba.

Anjara bajó los ojos.

La pequeña bolsa de cuero descansaba protegida bajo la ropa, junto al pecho.

Las cenizas no pesaban casi nada.

Aquello le parecía una ofensa.

Guardó la cantimplora.

Y siguió andando.

A mediodía ocurrió otra vez.

Encontró unas bayas rojas junto al sendero. Se acuclilló, examinó las hojas y rompió una entre los dedos.

Comestibles.

—Estas sí puedes...

La frase murió.

Anjara miró a su lado.

Arrancó varias bayas.

Comió dos.

Las demás terminaron aplastadas dentro de su puño.

El tercer error llegó aquella noche.

Preparó dos raciones.

No se dio cuenta hasta que dejó un segundo pedazo de pan al otro lado del fuego.

Anjara se quedó mirándolo.

Nadie protestó porque fuera pequeño.

Nadie preguntó si quedaba queso.

Nadie le explicó que la cuchara había demostrado por fin su utilidad.

Recogió el pan.

Lo envolvió.

Apagó el fuego antes de terminar su propia cena.

Después de los Espectros, dormir a ras de suelo le resultaba imposible.

Habían cambiado las reglas.

Ahora sabía que podían acercarse sin dejar las huellas que Kael le había enseñado a buscar.

Que el frío podía ser una advertencia y, al mismo tiempo, llegar demasiado tarde.

Que el acero podía atravesarlos sin hacer nada.

Y que la luz dentro de ella obedecía a leyes que Anjara no comprendía.

Las noches siguientes durmió en los árboles.

Escogía ejemplares viejos, con ramas gruesas y copas lo bastante cerradas para ocultarla. Ataba la cuerda alrededor del tronco y de su cintura para no caer si lograba dormirse.

El cuchillo de Kael quedaba al alcance de la mano.

La Gema, bajo la camisa.

Las cenizas de Liam, junto a ella.

El silbato de Garth, en el bolsillo de la mochila.

Dormía poco.

Y cuando lo hacía, Liam regresaba.

Nunca muerto.

Eso habría sido más sencillo.

En los sueños corría delante de ella.

Siempre a la misma distancia.

—¡Espera!

Liam miraba por encima del hombro.

Sonreía.

Y seguía.

Anjara corría más.

Los árboles se alargaban.

El camino también.

La distancia entre ambos permanecía intacta.

—¡Liam!

Entonces él se volvía.

—¿Cuánto falta?

Anjara despertaba antes de encontrar una respuesta.

Durante el día caminaba.

Aquello sí sabía hacerlo.

El mapa de Elara la llevaba hacia el norte y, poco a poco, fuera del Bosque del Crepúsculo.

Los robles desaparecieron primero.

Después los abedules.

Los últimos pinos crecían retorcidos hacia el sur por un viento casi permanente que descendía de las montañas.

Más allá se extendían lomas amarillentas, roca gris y un cielo tan grande que Anjara no sabía dónde mirar.

Había pasado dieciocho años rodeada de árboles.

El horizonte abierto le resultaba incómodo.

En el bosque, un tronco podía esconderla.

Allí, cualquier viajero situado a cientos de pasos tendría tiempo de verla llegar.

Así que aprendió.

Evitaba las crestas.

Caminaba por las hondonadas.

Se detenía antes de cruzar zonas abiertas y examinaba durante un rato el terreno.

Kael habría aprobado.

Pensar en ello seguía doliendo.

Continuó.

El pan de Lumenvalle se terminó.

Después el queso.

La carne seca resistió unos días más.

Anjara empezó a colocar trampas sencillas al caer la tarde.

Algunas mañanas encontraba un conejo.

Otras, solo el mecanismo disparado.

En una ocasión descubrió la cuerda cortada limpiamente.

Se agachó.

Examinarla le habría llevado a Kael.

Así que se limitó a recogerla.

El hambre hizo algo extraño con el dolor.

No lo empeoraba exactamente.

Lo apartaba.

Cuando llevaba demasiadas horas sin comer, su cuerpo reducía el mundo a necesidades elementales.

Agua.

Comida.

Descanso.

Podía pasar media hora sin pensar en Liam.

Luego se daba cuenta.

Y la culpa acudía para ocupar el espacio.

Una tarde llegó a un riachuelo.

El agua corría entre piedras claras.

Había insectos sobre la superficie y musgo sano en las orillas.

Vida.

Anjara bebió.

Llenó la cantimplora.

Se quitó las botas.

El talón izquierdo estaba en carne viva.

—Perfecto.

Lavó la herida, la secó y aplicó un poco de ungüento.

Su rostro apareció en el agua.

Tardó unos segundos en reconocerlo.

Cabello sucio.

Ojeras profundas.

Pómulos más marcados.

La costra de los nudillos que se había abierto golpeando el árbol.

Anjara contempló sus manos.

Las mismas manos que habían curado a Torvin.

Las mismas que habían llenado de luz un claro entero.

Las mismas que habían presionado el pecho de Liam una y otra vez.

Extendió una palma.

—Hazlo.

Nada.

Esperó.

—Vamos.

Recordó el combate.

No la imagen de Liam.

No.

La sensación anterior.

El calor detrás del esternón.

La presión.

La corriente recorriendo sus brazos.

Intentó buscarla.

Encontró algo.

Una resistencia.

Una puerta cerrada en un lugar que no sabía nombrar.

Anjara empujó.

La Gema se calentó.

—Vamos.

Empujó más.

Una chispa apareció sobre su palma.

Blanca.

Tan pequeña que un soplo habría bastado para borrarla.

Anjara contuvo la respiración.

La chispa murió.

—Otra vez.

Volvió a buscar.

Esta vez no esperó.

Tiró de aquel calor interior.

El dolor llegó detrás de los ojos.

Anjara lo ignoró.

Una luz temblorosa apareció entre sus dedos.

—Eso es.

Intentó hacerla crecer.

El resplandor aumentó.

También el dolor.

Algo se tensó en su cabeza.

—Vamos...

Más luz.

Un latigazo le atravesó el cráneo.

Anjara cayó de rodillas.

El resplandor desapareció.

Tuvo el tiempo justo de inclinarse antes de vomitar bilis sobre la hierba.

Se quedó a cuatro patas.

El riachuelo se movía demasiado deprisa.

Todo lo hacía.

Un calor húmedo descendió desde su nariz.

Se limpió con el dorso de la mano.

Sangre.

—Magnífico.

Se sentó.

Esperó a que el mundo dejara de girar.

Había intentado producir una fracción miserable de la luz del claro y su cuerpo reaccionaba como si acabara de enfrentarse otra vez a los tres Espectros.

Sacó el diario de Elara.

Pasó páginas.

Recetas.

Símbolos.

Notas.

Encontró palabras que ya había visto sin comprender.

Ichor.

Más adelante:

Logos.

Esferian.

Diagramas.

Flechas.

Círculos.

Referencias a textos que Anjara no tenía.

Cerró el libro de golpe.

—¿Por qué no escribiste nada de forma normal?

El diario guardó el mismo silencio que Elara.

Anjara se limpió la sangre de la cara.

—Hasta la Academia.

Se señaló a sí misma con un dedo.

—Nada de intentar magia hasta la Academia.

Miró la mano.

La mano no prometió nada.

Pasaron más días.

Las Montañas del Lamento crecieron.

Dejaron de parecer una raya oscura en el horizonte.

Anjara distinguió gargantas, picos y nieve en las cumbres más altas.

También aparecieron restos de caminos.

Postes vencidos por la humedad.

Rodadas antiguas.

Una carreta abandonada.

Una herradura rota.

Pero pocos viajeros.

Demasiado pocos.

Los caminos se construían porque alguien necesitaba recorrerlos.

Si permanecían vacíos, había una razón.

Una mañana vio humo al oeste.

Una sola columna.

No un incendio.

Una chimenea, quizá.

Una granja.

Anjara permaneció varios minutos observándolo.

Podía acercarse.

Comprar comida.

Preguntar por los caminos.

Escuchar noticias.

También tendría que dar un nombre.

Explicar de dónde venía.

Soportar preguntas sobre por qué viajaba sola.

Recordó Lumenvalle.

La magia atrae a la magia.

Siguió hacia el norte.

Al séptimo día desde la muerte de Liam, el terreno volvió a cambiar.

Las lomas se quebraron.

Aparecieron barrancos, taludes artificiales y entradas oscuras excavadas en la roca.

Minas.

Algunas bocas estaban derrumbadas.

Otras habían sido selladas con muros de piedra.

Anjara encontró carriles de madera podridos y fragmentos de herramientas comidas por el óxido.

En otros tiempos debía de haber vivido mucha gente allí.

Ya no.

Al caer la tarde distinguió un grupo de edificios en el fondo de una hondonada.

Cinco chozas de piedra y madera.

Un establo sin techo.

Un almacén.

Y una construcción mayor junto a la entrada principal de la mina.

Anjara se quedó arriba.

Observó.

No había humo.

Ni animales.

Ni movimiento.

Esperó suficiente tiempo como para que el frío empezara a colarse por las mangas.

Nada.

Descendió.

El campamento llevaba abandonado años.

Una puerta colgaba de una sola bisagra.

Dentro de la primera vivienda encontró una mesa volcada y varios cuencos rotos.

En otra había dos botas endurecidas por el tiempo.

Y un juguete de madera.

Un caballito.

Anjara apartó la mirada.

Salió.

Registró el almacén.

Encontró un saco.

Lo abrió.

Polvo.

Grano podrido.

Larvas.

—Naturalmente.

No había comida.

Pero había techo.

Después de una semana durmiendo en ramas, la posibilidad de apoyar la espalda contra una pared sin atarse a un árbol resultaba casi lujosa.

Entró en la construcción mayor.

La distribución era diferente.

Una mesa.

Un armario vencido.

Papeles convertidos en una masa marrón por la humedad.

Y un símbolo tallado en la pared.

Anjara se detuvo.

Un círculo.

Tres líneas curvas convergían hacia el centro.

Recordaba un ojo.

El pulso le cambió.

Sacó el diario.

Buscó.

Encontró un dibujo parecido.

No idéntico.

Demasiado cercano para ser casualidad.

Elara lo había colocado junto a varias anotaciones sobre la corrupción.

Anjara acercó una mano al grabado.

No llegó a tocarlo.

—¿Qué ocurrió aquí?

Clang.

Se inmovilizó.

Metal contra piedra.

Desde la mina.

Esperó.

Clang.

Otra vez.

Anjara guardó el diario.

Desenvainó el cuchillo.

Salió.

La boca principal se abría en la ladera.

Dos postes sostenían una viga sobre la que quedaban restos de letras pintadas.

Anjara no se molestó en leerlas.

Miró el suelo.

Huellas.

Recientes.

Una bota.