CAPÍTULO 7 LAS CENIZAS DEL JURAMENTO #3
Hoy las llevaba.
Eso bastaba.
Recogió el campamento.
La mochila de Liam quedó para el final.
Anjara se arrodilló ante ella.
La abrió.
La cuchara.
Cuatro piedras.
La mitad rota de la espada.
La cuerda.
Las manzanas estaban golpeadas, pero seguían siendo comestibles.
Anjara guardó una.
La otra la sostuvo durante unos segundos.
Después la dejó junto a la pira.
—Por si tienes hambre.
En cuanto lo dijo, empezó a llorar.
No retiró la manzana.
Guardó la cuchara.
Las cuatro piedras.
La madera rota.
La cuerda.
Doblando la mochila vacía, consiguió sujetarla bajo las correas de la suya.
No porque necesitara otra.
Porque era de Liam.
Se puso en pie.
El peso sobre sus hombros había aumentado.
Y el camino parecía más vacío que cuando cargaba menos.
Miró hacia el norte.
Las Montañas del Lamento apenas se distinguían entre la bruma.
Allí estaba la Academia Arcana.
Eldrin.
Las respuestas de Elara.
O más preguntas.
Quizá la Academia no existiera.
Quizá nadie quisiera ayudarla.
Quizá descubriera que su madre le había mentido sobre algo más.
No tenía otro camino.
Comprobó el cuchillo de Kael.
El diario.
El mapa.
El silbato de Garth.
La Gema.
Las cenizas de Liam.
Después dio un paso.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
El lugar donde había quemado a su hermano era ya un montículo oscuro en medio de un claro enfermo.
Durante días había dicho a Liam que no sabía si regresarían a Lumenvalle.
Ahora tenía una respuesta.
Anjara podía regresar algún día.
Pero ellos no volverían jamás.
Se giró.
Y caminó hacia el norte.
Muy lejos de allí, el amanecer apenas alcanzaba la sala de mando de la Ciudadela del Grifo.
Los muros gruesos reducían el exterior a una franja de luz bajo las puertas. Varios braseros mantenían caliente una estancia dominada por una mesa de ébano sobre la que se extendía un mapa de Lirionis.
Piezas de hierro señalaban caminos.
Fortalezas.
Puertos.
Pasos de montaña.
Lord Malakor permanecía inclinado sobre él.
No llevaba corona.
No necesitaba ninguna.
Su armadura gris, sin adornos innecesarios, bastaba para convertir el silencio de la habitación en una forma de obediencia.
Las puertas se abrieron.
Entró un oficial con barro fresco en las botas.
Se detuvo a varios pasos de la mesa y se arrodilló.
—Mi señor.
Malakor no levantó la mirada.
—Habla.
—Los observatorios arcanos del sur han registrado una descarga.
La mano enguantada de Malakor se detuvo sobre el mapa.
—¿Dónde?
—En Lirionis occidental.
—Eso abarca demasiada tierra.
El oficial se acercó.
Señaló un punto.
—Bosque del Crepúsculo.
Malakor levantó los ojos.
—Más preciso.
El hombre tragó saliva.
—En las proximidades de Lumenvalle.
El nombre permaneció unos segundos en la sala.
Malakor volvió la mirada hacia el mapa.
No pareció sorprendido.
El oficial habría preferido que lo estuviera.
—Intensidad —dijo Malakor.
—Muy superior a las alteraciones de los últimos meses.
La mirada del comandante bastó.
El oficial corrigió:
—Una descarga breve. Concentrada. Energía vital en niveles que no deberían ser posibles sin una fuente activa.
—¿Firma?
—Los arcanistas han comparado la lectura con los registros antiguos.
Malakor esperó.
—Anjanu.
Algo cambió en su expresión.
Tan poco que el oficial no habría sabido explicar qué.
—¿El Sello?
—Las lecturas indican una alteración grave en la zona asociada al antiguo registro de Elara.
Malakor apoyó dos dedos sobre Lumenvalle.
—¿La fuente continúa activa?
—No. El estallido duró segundos.
—¿Supervivientes?
—No lo sabemos.
Malakor tomó una pieza de hierro.
Un grifo.
La colocó junto al bosque.
—Quiero exploradores.
—¿Una compañía?
—No.
El oficial levantó ligeramente la cabeza.
Malakor continuó:
—Una compañía anuncia que sabemos algo. Yo prefiero saber antes de que los demás sepan que estamos mirando.
Movió el grifo hacia el norte.
—Posadas. Cruces de caminos. Aldeas. Puentes. Pasos de montaña.
—¿Qué deben buscar?
Malakor contempló Lumenvalle.
—Cambios.
El capitán esperó.
—Viajeros fuera de lugar. Personas que hagan preguntas sobre las Montañas del Lamento. Historias de luz donde no debería haberla.
El hombre asintió.
—¿Y si encontramos la fuente?
Malakor levantó la mirada.
—No la toquéis.
La respuesta desconcertó al capitán.
—¿Debemos dejarla escapar?
—No estará escapando.
Malakor desplazó lentamente la pieza de hierro.
Hacia las montañas.
—Estará yendo a alguna parte.
El oficial entendió.
—¿La seguimos?
—A distancia.
—¿Y si descubre a nuestros hombres?
—Entonces habré escogido mal a mis hombres.
El capitán bajó la cabeza.
—Sí, mi señor.
Se volvió hacia la puerta.
—Capitán.
Se detuvo.
—Mi señor.
Malakor apoyó un dedo sobre el punto que marcaba Lumenvalle.
—Nada de insignias.
—Entendido.
—Y nadie pronuncia la palabra «Anjanu» fuera de esta sala.
El oficial asintió.
Las puertas se cerraron.
Malakor quedó solo.
Durante un largo rato no movió la pieza.
Después sus ojos recorrieron la ruta hacia el norte.
El Bosque del Crepúsculo.
Los caminos.
Las estribaciones.
Las Montañas del Lamento.
Finalmente empujó el pequeño grifo de hierro.
Muy despacio.
Hacia la Academia.