CAPÍTULO 7 LAS CENIZAS DEL JURAMENTO #2
Podía regresar.
Podía llevarlo a Lumenvalle.
Enterrarlo junto a Elara.
Podía cargar con él hasta...
Hasta dónde.
Anjara cerró los ojos.
Sabía lo que ocurría con los cuerpos.
Sabía lo que el día haría cuando llegara el calor.
Sabía cuánto faltaba hasta Lumenvalle.
Y había visto lo que estaba ocurriendo en aquel bosque.
El zorro.
El ciervo.
La ausencia dentro de sus cuerpos.
No.
Aquello no.
—Lo siento.
Depositó a Liam sobre la madera.
La frase salió de nuevo.
—Lo siento.
Acomodó su capa bajo la cabeza.
La espada quedó entre sus manos.
Sacó la piedra redonda.
La colocó junto a él.
—Te quedas esta.
Las lágrimas volvieron.
—Espero que fuese de las buenas.
Intentó sonreír.
—Si no, puedes quejarte cuando nos veamos.
Cuatro piedras permanecieron en su bolsillo.
Anjara no prendió el fuego.
Todavía no.
Se sentó junto a la pira.
Sacó el diario de Elara.
Esta vez encontró enseguida las páginas que buscaba.
Las figuras.
Altas.
Miembros demasiado largos.
Rostros vacíos.
Espectros.
La palabra ya no era tinta.
Tenía una temperatura.
Un sonido.
La voz de Liam diciendo que tenía frío.
Anjara estudió las notas.
Había frases incompletas.
Referencias cruzadas.
Símbolos.
Palabras que parecían escritas para alguien que ya conocía lo que significaban.
Elara había sabido que aquellas criaturas existían.
Había escrito sobre el Sello.
Sobre los Anjanu.
Sobre cosas que Anjara ni siquiera sabía nombrar.
Y no les había contado nada.
—¿Por qué?
El viento movió una página.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Miró a Liam.
La rabia llegó.
Por primera vez no fue la de una hija enfadada porque su madre hubiera ocultado secretos.
Era otra cosa.
—Tú sabías que podían existir.
El diario crujió entre sus manos.
—Sabías que había algo ahí fuera.
Las lágrimas le ardieron.
—Y yo no sabía ni qué estaba mirando cuando aparecieron.
Apretó los dedos alrededor de la cubierta.
—Me dejaste sin saber nada.
Quiso odiar a Elara.
Lo intentó.
Entonces recordó a su madre pasando noches enteras junto a la cama de Liam cuando tenía fiebre.
Guardando comida para familias que no podían pagarla.
Revisando dos veces las ventanas.
Mirando hacia el bosque algunas noches cuando creía que sus hijos dormían.
Anjara había interpretado aquellos gestos como cansancio.
Ahora reconocía miedo.
Aquello la enfureció más.
Porque significaba que Elara no había guardado silencio por indiferencia.
Había tenido razones.
Y Anjara no sabía cuáles.
Cerró el diario.
—Voy a descubrirlo.
Miró la portada gastada.
—Aunque termine odiando tus razones.
La Gema se calentó.
Anjara bajó la mirada.
Un tenue resplandor verde atravesaba la tela.
La sacó.
La luz fluía dentro de la esmeralda.
—¿Ahora?
El calor aumentó.
Anjara apretó la piedra.
—¿Ahora decides responder?
Otro pulso.
La rabia encontró objetivo.
—Cuando estaba muriendo no hiciste nada.
La Gema ardió.
—Te pedí ayuda.
Un latido más fuerte.
—Te supliqué.
La cadena vibró entre sus dedos.
—Y no hiciste nada.
Por un instante estuvo a punto de arrojarla contra las piedras.
La retuvo.
Respiró.
—No sé qué eres.
La luz continuó moviéndose.
—No sé qué soy yo.
Vizkyr regresó a su memoria.
Una promesa.
Tu vida no vale menos porque el mundo sea grande.
Anjara miró a Liam.
La frase casi consiguió hacerla odiar también al Guardián.
—Pero voy a averiguarlo.
La luz se estabilizó.
—Voy a encontrar la Academia.
Un pulso.
—Voy a descubrir qué escondió mamá.
Otro.
—Qué eran esas cosas.
Miró la ceniza negra dispersa por el claro.
—Por qué llegaron hasta nosotros.
El calor aumentó.
Anjara cerró la mano alrededor de la Gema.
—Y voy a aprender a usar esto.
No dijo que jamás volvería a fallar.
Después de Liam, aquella promesa le habría parecido obscena.
No podía prometer que nadie volvería a morir.
No podía prometer que sería suficiente.
Había aprendido demasiado pronto lo que valían las mentiras bonitas.
Lo único que podía jurar era otra cosa.
—La próxima vez quiero saber qué estoy haciendo.
La Gema emitió un último pulso.
—No volveré a enfrentarme a algo así sin entender siquiera su nombre.
La esmeralda comenzó a enfriarse.
Anjara la observó.
No sabía si la piedra había comprendido una sola palabra.
Pero ella sí.
Y aquello tendría que bastar.
Guardó el diario.
Sacó el pedernal.
Se arrodilló ante la pira.
Colocó yesca bajo las ramas finas.
Golpeó.
La primera chispa murió.
Probó otra vez.
Nada.
La tercera prendió.
Anjara protegió la llama con las manos.
El fuego encontró una ramita.
Después otra.
Creció lentamente.
Cuando tuvo fuerza suficiente, Anjara retiró las manos.
Las llamas alcanzaron la madera inferior.
El calor le tocó el rostro.
Liam siguió visible durante unos segundos.
Su cabello.
El medallón.
Sus manos sobre la espada.
La piedra junto a él.
El humo empezó a cubrirlo.
Anjara dio un paso.
El impulso fue inmediato.
Apagarlo.
Sacarlo de allí.
Deshacer los últimos minutos.
Sus piernas llegaron a moverse.
Se obligó a detenerse.
—Te quiero.
Las llamas crecieron.
—Te quiero muchísimo.
Una lágrima descendió hasta su barbilla.
—Y siento no haberte contado la historia de papá.
El fuego crujió.
—Te debía una.
Anjara se secó la cara.
—Así que esa deuda sigue pendiente.
La sonrisa que apareció no tenía nada de alegría.
—Cuando nos volvamos a encontrar, me la reclamarás.
El humo ascendió entre las copas.
Las nubes se abrieron lo suficiente para mostrar unas pocas estrellas.
Anjara recordó el pequeño santuario.
La piedra.
La lógica de Liam.
Si funciona, funciona.
Levantó el rostro.
No conocía los nombres de todos los dioses que la gente invocaba en caminos y hogares. Elara nunca había sido especialmente devota, aunque respetaba más costumbres de las que admitía.
Anjara tampoco sabía si alguien escuchaba.
—Si hay algo ahí arriba...
Las estrellas no respondieron.
—O donde sea que estéis.
Tragó saliva.
—Cuidad de él.
El fuego rugió.
—No le dejéis organizar nada importante.
Una risa rota escapó de su garganta.
—Tiene diez años y cree que llevar una cuchara es planificación.
Se cubrió la boca.
La risa terminó en llanto.
Permaneció allí.
Hasta que las llamas bajaron.
Hasta que la madera fue brasa.
Hasta que las estrellas desaparecieron.
El amanecer llegó sin pedir permiso.
Anjara seguía frente a la pira.
Tenía los ojos hinchados.
Los nudillos vendados.
Ceniza en el cabello.
No había dormido.
El mundo, de manera incomprensible, seguía existiendo.
A cierta distancia cantó un pájaro.
Anjara lo odió.
Durante un instante lo odió con toda la fuerza que ya no sabía dónde colocar.
Después el pájaro volvió a cantar.
Y comprendió que no sabía nada de Liam.
Nada de Anjara.
Nada de lo que había ocurrido.
Solo había encontrado una mañana y había hecho lo que hacen los pájaros cuando sobreviven a la noche.
Anjara se puso en pie.
Las piernas protestaron.
Se acercó a los restos del fuego.
Esperó hasta que las cenizas estuvieron lo bastante frías.
Había madera carbonizada.
Piedras ennegrecidas.
Otros restos que no quiso mirar demasiado.
Sacó una pequeña bolsa de cuero.
La sostuvo abierta.
Luego extendió una mano.
Se detuvo antes de tocar las cenizas.
Aquello no era Liam.
Lo sabía.
Liam había sido el niño que negociaba ocho minutos cuando ella ofrecía cinco.
El que llevaba una cuchara porque no confiaba plenamente en que el resto del mundo las hubiera inventado.
El que había dejado una piedra en un santuario para un dios en el que no creía.
El que recordaba frases de Elara que Anjara había olvidado.
El que hablaba demasiado.
El que ya no iba a hablar.
Anjara tomó el primer puñado de cenizas.
Lo depositó en la bolsa.
Después otro.
No recogió todo.
No podía.
Ni sabía si debía.
Guardó lo suficiente para que dejar aquel lugar no significara abandonarlo por completo.
Cerró la bolsa.
La anudó dos veces.
Después la sujetó en una correa interior de su equipaje, junto a su cuerpo.
No sabía cuánto tiempo llevaría consigo las cenizas de Liam.
Hoy.
Mañana.
Hasta la Academia.
Hasta que encontrara un lugar adecuado.
No decidió nada.