CAPÍTULO 7 LAS CENIZAS DEL JURAMENTO
El tiempo dejó de tener sentido.
Anjara no sabía cuánto llevaba sentada en el suelo con Liam entre los brazos.
Podían haber sido minutos.
Horas.
La noche entera.
El bosque había perdido cualquier medida.
Solo existía el peso inmóvil de su hermano.
Al principio había seguido intentando calentarlo.
Lo envolvió con la capa. Frotó sus manos entre las suyas hasta que los dedos le dolieron. Acercó el rostro a su boca, buscando una respiración tan débil que pudiera confundirse con el aire de la noche.
Después volvió a intentar curarlo.
Aunque sabía.
Aunque una parte de ella ya sabía.
Apoyó las manos sobre su pecho y buscó la luz.
Nada.
Volvió a hacerlo.
Nada.
Hasta que dejó de ser un intento de sanar y se convirtió en una súplica que su cuerpo repetía porque detenerse significaba aceptar lo único que Anjara no podía aceptar.
Liam había muerto.
Conocía la muerte.
Había visto morir animales. Había ayudado a Elara a lavar cuerpos cuando alguna enfermedad se llevaba a un anciano de Lumenvalle. Conocía el olor de las habitaciones cerradas, el agua calentada para limpiar la piel, las voces que bajaban de volumen cuando alguien dejaba de respirar.
Había perdido a sus padres.
Sabía lo que significaba aquella palabra.
Pero conocer una palabra no preparaba a nadie para sostener su peso entre los brazos.
Bajó la mirada.
Liam parecía dormido.
El cabello todavía le caía sobre la frente del mismo modo. La boca permanecía entreabierta. Si ignoraba la palidez de la piel y aquel frío que ya no pertenecía a la noche, podía imaginar que en cualquier momento abriría los ojos.
Preguntaría cuánto faltaba para la Academia.
Diría que tenía hambre.
Descubriría otra mancha de zarzamora en su mochila.
Se quejaría de que Anjara lo estaba aplastando.
Esperó.
Nada ocurrió.
—Liam...
Su propia voz le resultó extraña.
Le apartó un mechón de la frente.
—Tenemos que seguir.
Esperó.
El silencio permaneció exactamente igual.
—Tú querías ver la Academia.
La garganta se le cerró.
—Dijiste que, si había un dragón, te encargabas tú.
No pudo seguir.
Se inclinó sobre él y lo abrazó con más fuerza.
—No puedes hacerme esto.
Apretó los ojos.
—No puedes.
El bosque no respondió.
No había pájaros.
Ni insectos.
La corrupción había vaciado aquella parte del mundo de casi todos sus sonidos, y por primera vez Anjara habría dado cualquier cosa por escuchar a Liam protestar contra el silencio.
Hundió el rostro en su cabello.
Y dejó de intentar ser fuerte.
Lloró hasta quedarse sin aire.
Después siguió llorando.
Cuando volvió a levantar la cabeza, la oscuridad cubría el claro.
Tenía hambre.
Sed.
Los músculos rígidos.
El brazo que uno de los Espectros había rozado continuaba entumecido por zonas.
No le importaba.
La Gema reposaba contra su pecho.
Anjara la agarró.
—Tú tampoco hiciste nada.
La esmeralda permaneció fría.
—¿Para qué sirves?
Nada.
Tiró de la cadena.
Durante un instante quiso arrancársela.
Arrojarla entre los árboles.
Dejar que la corrupción se la tragara.
No lo hizo.
No porque confiara en ella.
Ni porque creyera que hubiera elegido a Anjara para algo.
La conservó porque había pertenecido a Elara.
Y aquella noche era incapaz de desprenderse voluntariamente de nada que hubiese tocado alguien a quien amaba.
Soltó la piedra.
Entonces vio la espada.
La de Liam.
Estaba partida sobre la tierra.
Anjara se quedó mirándola.
Liam el Valiente.
Lo vio corriendo alrededor del viejo roble.
Cubierto de barro.
Amenazando enemigos que solo existían para él.
Vio a Torvin sosteniendo la talla imposible de Vizkyr.
El santuario.
La piedra que Liam había dejado allí porque, aunque no creyera en la suerte, «si funciona, funciona».
La noche en el refugio.
Cuéntame otra.
Mañana.
Prometido.
Anjara cerró los ojos.
No había contado aquella historia.
Se puso en pie.
Las piernas casi cedieron.
Llevaba demasiado tiempo inmóvil después de haber vaciado algo dentro de sí para destruir a los Espectros.
Se apoyó en un árbol hasta que el mareo pasó.
Después miró a Liam.
—Tengo que...
La frase murió.
Sabía lo que debía hacer.
Precisamente por eso no podía decirlo.
Elara le había enseñado que a los muertos no se los abandonaba.
Mucho menos allí.
Anjara miró los restos negros de los Espectros.
Luego recordó al zorro.
Al ciervo intacto que ningún carroñero se había atrevido a tocar.
No permitiría que la corrupción encontrara a Liam después de haberlo perdido ella.
Aquello sí dependía de sus manos.
Empezó a buscar madera.
Las primeras ramas que rompió estaban enfermas. El interior era gris y húmedo pese a no haber llovido.
Las tiró.
—No.
Siguió.
No se alejó lo suficiente para perder el claro de vista.
Encontró un roble joven derribado por una vieja tormenta. La madera estaba seca. Limpia. La podredumbre negra no había llegado a él.
Anjara cortó ramas.
Las arrastró.
Volvió a por más.
Kael le había enseñado a construir una hoguera que resistiera viento y lluvia.
Elara le había enseñado qué maderas ardían despacio y cuáles llenaban los pulmones de humo.
Anjara utilizó las enseñanzas de ambos para preparar la pira de Liam.
Por primera vez en su vida odió saber hacer algo bien.
Levantó la base para permitir el paso del aire. Colocó las ramas gruesas debajo y reservó las más finas para prender.
Comprobó el viento.
Movió dos troncos.
Volvió a comprobarlos.
Las manos trabajaban solas.
Entonces llegaron los recuerdos.
Liam recogiendo leña para el invierno.
Quejándose porque Anjara siempre le daba las ramas más pesadas.
—Porque eres fuerte.
—Eso dices para no cargarlas tú.
Liam subiéndose después al montón y declarando que era una fortaleza.
Kael ordenándole bajar.
Elara asegurando que lo dejaran allí hasta que tuviera hambre.
Liam cayéndose antes.
Kael intentando no reírse.
Anjara dejó caer la rama que llevaba.
—Para.
El siguiente recuerdo llegó igualmente.
Harina en el pelo de Liam.
Una gallina huyendo por la cocina.
El niño preguntando si una estrella podía caer sobre Lumenvalle y, en caso afirmativo, si podría quedarse con ella.
—Para.
Se llevó las manos a la cabeza.
—Por favor.
No sabía a quién se lo pedía.
Los recuerdos siguieron.
Su voz.
Su risa.
Sus botas embarradas.
Liam.
Anjara golpeó el tronco de un árbol.
El puño chocó contra la corteza.
Volvió a golpearlo.
Los nudillos se abrieron.
La sangre apareció antes de que notara el dolor.
Se quedó mirando la mano.
Y escuchó a Elara con una claridad insoportable.
Una sanadora con las manos destrozadas sirve de poco.
Anjara soltó una risa breve.
Se transformó en un sollozo.
Cayó de rodillas.
Esta vez no intentó detener nada.
Lloró con las manos ensangrentadas sobre el regazo.
Lloró hasta que le dolió el pecho.
Hasta que la garganta dejó de producir sonidos.
Hasta que solo quedó aire entrando a tirones.
Cuando terminó, Liam seguía muerto.
El dolor podía agotarla.
Podía hacerle daño.
Podía exigirle todo.
Y aun así no devolvía nada.
Anjara vendó sus nudillos.
Elara habría insistido.
Después terminó la pira.
Antes de levantar a Liam abrió su mochila.
Dos manzanas.
Un trozo de cuerda.
La cuchara.
La mancha seca de las zarzamoras.
Las piedras.
Cinco.
Las sacó una a una.
La blanca, atravesada por una veta gris.
La rojiza.
La negra y brillante.
Una con un pequeño agujero natural.
Y otra casi redonda.
Anjara las colocó sobre la tierra.
No sabía por qué Liam había elegido aquellas cinco entre todas las que poseía.
Seguramente había una razón para cada una.
Aquel pensamiento le hizo más daño de lo que esperaba.
Cogió la redonda.
La giró entre los dedos.
—Tú sí sabías qué tenía de especial.
La guardó junto a las otras.
Después miró el medallón.
Seguía alrededor del cuello de Liam.
Haya oscurecida por los años.
La talla de Kael en el centro.
La vieja runa cuyo significado Anjara nunca había conseguido averiguar.
Había sido ella quien se lo había colocado antes de abandonar Lumenvalle.
Era de papá.
Lo tocó.
La madera estaba fría.
Durante un instante la rabia buscó un nuevo lugar donde clavarse.
En Kael.
En la runa.
En ella misma por haber pensado que un objeto de su padre podía significar protección solo porque necesitaba que significara algo.
Anjara cerró los dedos.
Luego los abrió.
No sabía qué era aquella marca.
No sabía qué había pretendido Kael al tallarla.
No iba a inventarle una respuesta porque Liam estuviera muerto.
Dejó el medallón en su sitio.
—Es tuyo.
Guardó cuatro de las piedras.
La cuchara también.
No podía explicar por qué.
Simplemente no soportaba dejarlas allí.
Encontró la espada partida.
Recogió las dos mitades.
Las encajó.
Durante un instante volvió a parecer entera.
—Te dije que no podrías matar un dragón con esto.
La voz le tembló.
—Y tú nunca escuchabas.
Guardó una de las piezas rotas en la mochila.
Conservó la empuñadura.
Después regresó junto a Liam.
Lo limpió.
Utilizó un poco de agua y un paño.
Retiró la tierra de su mejilla.
Peinó su cabello con los dedos.
Limpió la ceniza negra que se había quedado adherida a su cuello.
Colocó bien la ropa.
Gestos aprendidos de Elara.
Anjara los había visto muchas veces.
Preparar a los muertos no para ellos, sino para quienes tendrían que recordarlos después.
Su madre siempre decía poco mientras lo hacía.
Ahora Anjara comprendía por qué.
No había palabras útiles.
Cuando terminó, cruzó las manos de Liam sobre el pecho.
Colocó la empuñadura de madera entre ellas.
Se quedó mirándolo.
Parecía demasiado pequeño.
Siempre lo había sido.
Pero hasta aquella noche Anjara había dado por hecho que tendría tiempo de dejar de serlo.
Se inclinó.
Besó su frente.
—Te quiero.
Las palabras salieron rotas.
—Muchísimo.
Sonrió entre lágrimas.
—Aunque seas un idiota.
Esperó.
El silencio ya empezaba a convertirse en algo que odiaba.
Deslizó los brazos bajo él.
Lo levantó.
Pesaba poco.
El mismo niño al que tres días antes había llamado pesado por sus piedras cabía ahora contra su pecho con una facilidad monstruosa.
Caminó hacia la pira.
Un paso.
Otro.
Cada uno convertía algo temporal en definitivo.
Al llegar, se detuvo.
Miró la madera.
Después a Liam.
—No.
Retrocedió.
Lo abrazó.
—No puedo.
Nadie estaba allí para obligarla.