CAPÍTULO 6 EL PRECIO DE LA LUZ #2
Después comenzó a salir de él.
Subía por el brazo de la criatura.
El rostro de Liam perdió color.
Sus labios se volvieron casi blancos.
—¡No!
Anjara corrió.
Tropezó.
Cayó sobre una rodilla.
Se levantó.
El cuchillo de Kael estaba junto a ella.
Lo vio.
Lo recogió.
No pensó.
Llegó hasta el Espectro y clavó la hoja.
Esperó que volviera a atravesarlo.
No ocurrió.
El acero encontró algo.
Una resistencia blanda y fría.
Las grietas verdes que la luz había dejado sobre la criatura reaccionaron al contacto.
El cuchillo se hundió.
El Espectro chilló.
Anjara empujó con ambas manos.
—¡Suéltalo!
La criatura se retorció.
Anjara agarró el mango con tanta fuerza que los dedos le dolieron.
—¡Suéltalo!
Las grietas se extendieron desde la herida.
Pecho.
Hombros.
Cuello.
La mano salió de Liam.
El Espectro intentó apartarse.
Anjara no soltó el cuchillo.
La oscuridad se resquebrajó alrededor del acero.
Después cedió.
La criatura se deshizo.
Esta vez quedaron restos.
Ceniza negra cayó sobre los brazos de Anjara, sobre la tierra y sobre la ropa de Liam.
El frío desapareció.
El cuchillo escapó de su mano.
—Liam.
El niño permanecía tendido.
Anjara cayó de rodillas junto a él.
—Liam.
Nada.
Le tomó el rostro entre las manos.
La piel estaba helada.
—Mírame.
Sus párpados temblaron.
Se abrieron apenas.
Azules.
Todavía azules.
Anjara volvió a respirar.
—Eso es. Estoy aquí.
Los labios de Liam se movieron.
—An...
—Estoy aquí.
—...jara...
—Sí.
Le agarró la mano.
Fría.
Demasiado fría.
El medallón de haya seguía sobre su pecho.
La runa de Kael parecía más oscura contra la piel pálida.
—Voy a curarte.
Lo dijo antes de pensarlo.
Porque eso era lo que hacía.
Porque era la hija de Elara.
Porque había arreglado brazos rotos, cerrado heridas, bajado fiebres y conseguido que Torvin volviera a mover una mano que había ardido bajo el metal.
Porque si decía otra cosa, el mundo podía convertirse en verdad.
Tumbó a Liam con cuidado.
Apoyó ambas manos sobre su pecho.
Como con Torvin.
Respiró.
Buscó el calor.
Nada.
Cerró los ojos.
La fragua.
El olor a ungüento.
El resplandor verde.
—Vamos.
No ocurrió nada.
Anjara presionó las manos.
Buscó aquella puerta que se había abierto dentro de ella.
Solo encontró un espacio vacío.
No exactamente vacío.
Agotado.
Como un cauce que acabara de entregar toda su agua.
—No.
Volvió a intentarlo.
El dolor le atravesó la cabeza.
Ninguna luz.
—Vamos.
Liam tomó una respiración pequeña.
Quebrada.
Anjara abrió los ojos.
—Eso es. Respira.
Otra.
Demasiado superficial.
Anjara se inclinó.
—Liam.
Su hermano intentó mover una mano.
Ella la cogió.
—Estoy aquí.
—Frío...
La palabra apenas tuvo voz.
Anjara se quitó la capa.
Lo envolvió.
Frotó sus brazos.
—Lo sé. Va a pasar.
Mentira.
Una mentira bonita.
No podía permitirse pensar en eso.
—Entrarás en calor.
Liam tembló.
Anjara sacó la Gema.
La esmeralda seguía tibia.
—Ayúdame.
No sabía si hablaba con la piedra.
Con Elara.
Con Vizkyr.
Con aquello que hubiera escuchado alguna vez a una sanadora desesperada pedir una segunda oportunidad.
Apretó la Gema contra el pecho de Liam.
—Haz algo.
La piedra brilló.
Muy poco.
Un resplandor verde recorrió una de sus facetas.
Anjara contuvo el aliento.
—Sí.
La luz aumentó.
Liam tomó otra respiración.
—Vamos.
Entonces el brillo murió.
La Gema quedó oscura entre sus dedos.
—No.
Anjara la apretó.
—No hagas esto.
Nada.
—Has respondido antes.
Golpeó la esmeralda con la palma.
—Has hecho todo esto. Ahora haz algo útil.
Nada.
—¡Ayúdalo!
La voz se quebró.
La Gema no respondió.
Liam movió los dedos.
Anjara dejó la piedra sobre su propio pecho y tomó su mano.
—¿Qué?
Los labios del niño apenas se movieron.
Ella acercó el oído.
—Tengo... frío.
Anjara cerró los ojos un instante.
—Ya lo sé.
Frotó de nuevo sus brazos.
Sus manos.
Intentó transferirle calor con el cuerpo.
—En la Academia habrá una cama enorme. Y una chimenea. Y probablemente alguien insoportable que te dirá que no puedes entrar con esas botas.
Liam respiró.
—¿Y... dragones?
Anjara tragó algo que le raspó la garganta.
—Demasiados.
Los labios de Liam se curvaron apenas.
—Yo...
Le costó terminar.
—...me encargo.
Anjara rio.
El sonido se convirtió a mitad de camino en algo distinto.
—Claro que sí.
Liam volvió a respirar.
Anjara miró sus manos.
—Mi espada...
La encontró junto a las rocas.
Partida por la mitad.
Se levantó lo suficiente para alcanzarla sin soltar a Liam.
Regresó.
Colocó la empuñadura entre sus dedos.
—Aquí está.
Liam hizo un esfuerzo por cerrarlos alrededor de la madera rota.
—Te dije...
—Sí.
—...que era buena.
Las lágrimas volvieron borroso su rostro.
—La mejor.
Liam pareció satisfecho.
—Te lo dije.
—Tenías razón.
Anjara dejó la frente contra la suya.
—No te acostumbres.
La respiración de Liam fue casi una risa.
Muy pequeña.
Demasiado pequeña.
Anjara volvió a colocar una mano sobre su pecho.
El corazón seguía allí.
Débil.
—Liam, mírame.
Los ojos del niño se abrieron un poco más.
—No cierres los ojos.
—Estoy... cansado.
—Ya dormirás.
—¿Cuándo?
Anjara buscó una respuesta que no se rompiera al pronunciarla.
—Cuando lleguemos a la Academia.
Liam tragó saliva.
—Falta mucho.
A Anjara se le escapó una risa entre lágrimas.
—Sí.
El niño respiró.
—Eso no es... una medida.
Anjara dejó caer la cabeza un instante.
La frase del camino.
El arroyo.
Una mañana que pertenecía a otra vida aunque apenas hubieran pasado unas horas.
Lo miró.
—Entonces tendrás que llegar para seguir quejándote.
Liam parpadeó.
Su mano continuaba aferrada a la espada.
La otra buscó algo junto a su pecho.
El medallón.
Sus dedos tocaron la madera.
—Anjara...
—Sí.
—No fue...
Necesitó respirar.
—...una aventura muy buena.
La boca de Anjara tembló.
—Eres muy exigente.
Los ojos de Liam parecieron sonreír.
—El primer alojamiento era para cabras.
Anjara soltó una risa rota.
—Eso baja bastante la puntuación.
—Mucho.
—La próxima será mejor.
Liam la miró.
Durante un momento pareció volver a tener diez años exactamente.
No un niño herido.
No alguien muriendo.
Solo Liam.
—Vale.
Anjara apretó su mano.
—Vale.
La respiración del niño se debilitó.
Ella lo notó.
Su cuerpo entero lo notó.
—No.
Liam cerró los ojos.
—No los cierres.
Los abrió.
Apenas.
—Anjara...
—Estoy aquí.
—¿Te acuerdas...?
—¿De qué?
Liam tardó.
Anjara inclinó el oído.
—Las piedras.
Una punzada le atravesó el pecho.
—Claro.
—La del caballo...
—La llevo yo si hace falta.
Liam intentó fruncir el ceño.
—No es... la del caballo.
—Entonces tendrás que explicarme cuáles son cuando lleguemos.
Pareció aceptar aquello.
Otra respiración.
Lenta.
—Y la cuchara —murmuró.
Anjara rio entre lágrimas.
—También.
—Te dije...
—Que podía hacer falta.
—Sí.
—Tenías razón otra vez. Esto empieza a ser insoportable.
Los labios de Liam se movieron.
Una sombra de sonrisa.
Después el aire salió de él.
Anjara esperó la siguiente respiración.
No llegó.
El bosque quedó inmóvil.
—Liam.
Nada.
Anjara tocó su mejilla.
—Liam.
Lo sacudió con suavidad.
—Vamos.
Nada.
—Ya está. Ya puedes dejar de hacerte el gracioso.
Su propia voz no parecía la suya.
Apoyó ambas manos sobre el pecho del niño.
—Vamos.
Buscó el pulso.
No lo encontró.
Cambió los dedos de sitio.
Otra vez.
—No.
Presionó el pecho.
Recordó a Elara.
Respiración.
Pulso.
Vía de aire.
Calor.
Todo tenía un procedimiento.
Todo tenía que tener uno.
Inclinó la cabeza de Liam.
Intentó insuflar aire.
Presionó.
Volvió a respirar por él.
—Vamos.
Otra vez.
—Vamos.
Presionó hasta que le dolieron los brazos.
Hasta que perdió la cuenta.
Hasta que las lágrimas le caían sobre las manos y la respiración se convertía en sollozos cada vez que intentaba darle aire.
—Liam.
Nada.
—Por favor.
Otra vez.
Las manos le temblaban.
—No.
Volvió a intentarlo.
No había una herida que suturar.
No había sangre que contener.
No había hueso que recolocar.
No había fiebre que bajar.
Aquello que el Espectro había arrancado de él no era algo que Anjara supiera devolver.
Se quedó inmóvil.
Las palmas todavía sobre el pecho de su hermano.
Diez años.
Diez.
La espada de madera partida seguía junto a su mano.
El medallón de haya sobre su pecho.
En la mochila estaban la cuchara y cinco piedras.
Cinco.
Una había quedado en un santuario.
Para tener suerte.
Anjara dejó escapar un sonido que no reconoció.
Lo tomó entre sus brazos.
Con fuerza.
Demasiada.
Como cuando era pequeño.
Como aquella tarde en casa cuando había regresado del bosque cuatro horas más tarde de lo prometido.
Esperó la protesta.
Me estás aplastando.
Nada.
Apretó más.
—No.
El cuerpo de Liam continuó inmóvil.
—No.
Apoyó el rostro sobre su pelo.
Todavía olía a humo.
A bosque.
A él.
—Te prometí que no iba a abandonarte.
La frase apenas salió.
—No te he abandonado.
Las lágrimas cayeron sobre la mejilla de Liam.
—Estaba aquí.
Había estado allí.
Había corrido.
Había luchado.
Había destruido tres Espectros.
Había convertido tierra muerta en hierba verde.
Había hecho todo aquello que unos días antes habría considerado imposible.
Y Liam estaba muerto entre sus brazos.
A su alrededor, el claro mostraba las consecuencias de la batalla.
Ceniza negra.
Árboles agrietados.
Un círculo irregular de vida nueva creciendo en medio de la corrupción.
Anjara lo miró.
Había ganado.
La idea le revolvió el estómago.
Si aquello era ganar, no quería saber qué aspecto tenía una derrota.
La Gema descansaba entre ella y Liam.
Fría.
Completamente fría.
Anjara no volvió a pedirle nada.
El sol descendió entre los árboles.
Las sombras fueron alargándose.
El frío común de la noche sustituyó al frío de los Espectros.
Anjara siguió sentada.
No pensó en refugio.
Ni en comida.
Ni en el camino.
Ni en la Academia.
Solo sostuvo a Liam.
Durante horas había creído que su mayor miedo era no ser lo bastante fuerte para protegerlo.
Se había equivocado.
Lo peor no era ser débil.
Lo peor era descubrir que incluso después de encontrar una fuerza que no sabía que poseía,
incluso después de hacer aparecer luz en mitad de la oscuridad,
había cosas que esa luz no podía devolver.