CAPÍTULO 6 EL PRECIO DE LA LUZ
Los Espectros avanzaron.
Los tres a la vez.
No hubo señal entre ellos. Ningún gesto. Ninguna voz. Simplemente dejaron de observar y empezaron a cerrar el espacio que los separaba de Anjara y Liam.
La temperatura descendió con cada movimiento.
Anjara mantuvo el cuchillo de Kael frente a ella.
Detrás, Liam seguía agarrado a su túnica.
—Tengo miedo.
La confesión apenas fue un murmullo.
Anjara no apartó la vista de las criaturas.
—Yo también.
Los dedos de Liam se cerraron con más fuerza sobre la tela.
Aquella respuesta pareció sorprenderlo.
Anjara habría querido ofrecerle otra.
Decirle que sabía qué hacer.
Que podía protegerlo.
Que su madre le había dejado alguna instrucción escondida en el diario y que, en cuanto los Espectros atacaran, todo tendría sentido.
No tenía nada de eso.
Solo un cuchillo que probablemente no servía.
Una Gema cuyo significado ignoraba.
Y dieciocho años de vida que, de pronto, parecían una preparación miserable para mantener con vida a la única persona que todavía dependía de ella.
El Espectro central inclinó la cabeza.
Aquel movimiento casi humano resultó peor que si hubiese enseñado unos colmillos.
La hierba murió bajo él.
No se marchitó de forma natural. El verde se volvió amarillo, después gris, y los tallos se vencieron como si meses de sequía hubieran atravesado la tierra en unos segundos.
Anjara retrocedió.
Liam retrocedió con ella.
—Escúchame bien.
—Vale.
—Cuando te diga que corras, vas hacia las rocas.
A unos treinta pasos, dos grandes bloques formaban una grieta estrecha en la pendiente. Anjara la había visto al aproximarse al claro. Liam podría trepar entre ellos.
Tal vez las criaturas, altas y desproporcionadas, tuvieran más dificultades.
Era un plan desesperado.
Era un plan.
—No.
Anjara giró apenas la cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Que no.
—Liam.
—No voy a dejarte.
La rabia llegó antes que el miedo.
—No me estás dejando. Yo voy detrás.
—Eso dicen siempre.
—¿Quiénes?
—Los de las historias que luego no van detrás.
Anjara tuvo la absurda necesidad de discutirle que una historia no era una fuente fiable de estrategia.
No tuvo tiempo.
El Espectro central se abalanzó sobre ellos.
—¡Corre!
Empujó a Liam.
El niño salió hacia las rocas.
Anjara giró justo cuando una mano descendía hacia su cara.
Se agachó.
Los dedos pasaron tan cerca que el frío le recorrió el cuero cabelludo.
Golpeó con el cuchillo.
La hoja atravesó el pecho del Espectro.
Sin resistencia.
Ni carne.
Ni hueso.
Solo una sensación desagradable, como hundir acero en humo helado.
Anjara retiró el arma.
—Mierda.
La criatura se volvió hacia ella.
Atacó.
Anjara intentó apartarse, pero uno de aquellos dedos le rozó el antebrazo.
El mundo se contrajo alrededor del dolor.
No era un corte.
La piel permaneció intacta.
Fue como si algo hubiera introducido una mano bajo ella y arrancado de golpe todo el calor del brazo.
Los dedos dejaron de responder.
El entumecimiento subió hasta el hombro.
Anjara retrocedió, apretando los dientes.
Cambió el cuchillo a la mano izquierda.
Kael le había enseñado a defenderse.
De animales.
De hombres.
A reconocer hombros antes de un golpe, buscar una rodilla, una garganta, un costado mal protegido.
Nada de aquello servía contra algo que no tenía carne.
El Espectro volvió a atacar.
Anjara esquivó una mano y lanzó la hoja hacia el cuello.
Lo atravesó.
Ni siquiera lo ralentizó.
Una segunda figura apareció por su izquierda.
Rodó por tierra.
Los dedos negros pasaron sobre su espalda.
Anjara se levantó con una rodilla clavada en el barro.
Dos.
Había dos delante de ella.
El tercero...
Buscó.
La sangre se le heló por una razón distinta.
—Liam.
Se volvió.
Su hermano corría hacia las rocas.
Y detrás de él avanzaba el tercer Espectro.
—¡Liam!
El niño miró por encima del hombro.
Tropezó con una raíz.
Cayó sobre las manos.
Anjara dio un paso.
Los otros dos Espectros se deslizaron frente a ella y cerraron el paso.
Liam se levantó.
Corrió.
—¡Sigue!
Uno de los Espectros lanzó una mano.
Anjara retrocedió.
Atacó.
Nada.
Otra mano apareció desde el lado contrario.
La esquivó por centímetros.
No podía atravesarlos.
No podía llegar hasta Liam.
No sabía hacer magia.
No sabía qué era realmente la Gema.
No sabía qué significaba ser Anjanu.
Todo lo que Elara había escondido se había convertido en una montaña de palabras inútiles justo cuando necesitaba una sola respuesta.
—¡Anjara!
Liam había alcanzado las rocas.
Intentaba subir por la pendiente estrecha.
La humedad cubría las piedras.
Sus botas resbalaron.
Una vez.
Volvió a intentarlo.
El Espectro se acercaba.
—¡Sube!
—¡Lo intento!
Liam encontró una grieta y clavó los dedos.
Ganó altura.
El pie derecho resbaló.
Cayó medio cuerpo.
La criatura extendió una mano.
Anjara corrió.
Uno de los Espectros se interpuso.
No pudo frenar.
El impacto fue como chocar contra una pared de hielo.
Algo la golpeó en el pecho y la lanzó hacia atrás.
Su espalda chocó contra un árbol.
El aire desapareció de sus pulmones.
Cayó de costado.
El cuchillo de Kael salió despedido y quedó varios pasos más allá.
Durante unos segundos no hubo oxígeno.
Ni bosque.
Ni sonidos.
Solo un cuerpo que se negaba a respirar.
Anjara clavó las uñas en la tierra.
Forzó una bocanada.
Dolor.
Otra.
Levantó la cabeza.
Los dos Espectros se acercaban.
Liam gritó.
Anjara miró hacia él.
La tercera criatura ya estaba al pie de las rocas.
Una mano ascendía hacia su hermano.
—No.
Intentó levantarse.
Las piernas cedieron.
—Vamos...
Apoyó una mano contra el tronco.
Nada.
Los Espectros continuaron acercándose.
Entonces recordó a Torvin.
No el fuego.
No la luz.
Al niño.
Su rostro cubierto de lágrimas en la fragua.
La piel enrojecida bajo sus manos.
El olor del ungüento.
Y, detrás de aquel recuerdo, Elara.
Sus manos trabajando.
Siempre las manos.
Preparando una venda.
Sujetando una mandíbula mientras cosía una herida.
Retirando el pelo de una frente enferma.
Una frase que había repetido tantas veces que Anjara apenas la escuchaba ya:
Una sanadora no luchaba contra una enfermedad porque la odiara.
Luchaba porque alguien necesitaba vivir.
Anjara dejó de mirar las criaturas.
Miró a Liam.
El niño de la cuchara.
El de las cinco piedras porque una había quedado en un santuario «por si funcionaba».
El que empezaba a olvidar la voz de su padre.
Su hermano.
El Espectro alzó la mano.
Algo se abrió dentro de Anjara.
No como en la fragua.
Aquello había sido calor.
Una corriente suave que acudió antes incluso de que comprendiera que la estaba llamando.
Esta vez fue una ruptura.
La Gema golpeó contra su pecho.
Un latido abrasador.
Después otro.
El calor atravesó las costillas y se extendió por sus brazos como metal fundido.
Dolía.
Anjara gritó.
No conocía palabras antiguas.
Ni runas.
Ni hechizos.
Solo un nombre.
—¡Liam!
La luz estalló.
No nació de sus manos.
La atravesó.
Durante un instante el bosque desapareció bajo un resplandor blanco teñido de verde.
La onda salió de Anjara y golpeó el claro.
Las ramas se sacudieron.
La tierra se abrió en finas grietas.
La hierba gris alrededor de sus rodillas se irguió.
Brotaron tallos verdes allí donde unos segundos antes solo quedaba podredumbre.
No fue una primavera.
Fue algo más violento.
Vida entrando a la fuerza en un lugar que había empezado a olvidarla.
Los Espectros chillaron.
El sonido atravesó la cabeza de Anjara como cristal quebrándose dentro del cráneo.
Las dos criaturas más próximas intentaron retroceder.
La luz ya las había alcanzado.
Una se abrió por el centro.
No sangró.
Su torso se convirtió en una maraña de sombras desgarradas y resplandor verde.
La otra levantó los brazos.
Su cuerpo perdió forma.
Ambas desaparecieron.
No dejaron cadáver.
Solo restos de oscuridad deshaciéndose en el aire.
Anjara cayó de rodillas.
La luz se extinguió.
El mundo regresó de golpe.
El dolor también.
Su corazón latía demasiado deprisa.
La garganta se le cerró.
Una náusea feroz la obligó a apoyar ambas manos en la tierra.
Había algo equivocado en aquel agotamiento.
No era cansancio.
No era haber corrido.
Era una ausencia.
Como si la luz hubiese sacado de ella más de lo que Anjara había querido entregar.
Jadeó.
—Liam...
Alzó la cabeza.
Lo encontró junto a las rocas.
De pie.
Vivo.
El alivio llegó tan violentamente que casi se rio.
—Liam.
Él la miraba con los ojos enormes.
—¿Has hecho eso tú?
Anjara apoyó una mano en una rodilla.
—Ahora mismo preferiría que fingieras que no.
El niño miró la hierba verde.
Después las manchas donde habían desaparecido los Espectros.
—Creo que eres una maga.
—Luego discutimos...
Intentó levantarse.
Las piernas fallaron.
Se sostuvo con una mano.
—Luego discutimos eso.
Liam dio un paso hacia ella.
Anjara vio la sombra detrás de él.
El alivio murió.
El tercer Espectro seguía allí.
La luz lo había alcanzado de lado.
La mitad de su cuerpo se deshacía en jirones oscuros. Había grietas verdes recorriendo uno de sus brazos.
Pero seguía moviéndose.
Y Liam no lo había visto.
—Corre.
El niño frunció el ceño.
—¿Qué?
—Liam, corre.
Se volvió.
Demasiado tarde.
El Espectro lo golpeó.
Liam cayó de espaldas.
—¡No!
Anjara intentó levantarse.
Una pierna respondió.
La otra casi no.
Liam buscó a tientas su espada de madera.
La desenvainó y golpeó al Espectro.
La hoja atravesó su torso.
La criatura no reaccionó.
—¡Atrás! —gritó Liam.
Volvió a atacar.
La espada pasó otra vez a través de la sombra.
El Espectro alzó una mano.
Anjara clavó los dedos en el suelo.
—Levántate.
Su cuerpo no obedeció.
—Levántate.
Se obligó.
Un pie.
Después otro.
La visión se le llenó de puntos negros.
Liam trató de arrastrarse hacia atrás.
El Espectro se inclinó sobre él.
Anjara empezó a correr.
No quedaba fuerza.
No importaba.
Un paso.
Otro.
La rodilla casi cedió.
Siguió.
Liam gritó.
La mano del Espectro atravesó su pecho.
Anjara vio cómo entraba.
No rompió la camisa.
No abrió carne.
No hubo sangre.
Los dedos desaparecieron dentro de él como si la piel y los huesos no existieran.
Liam dejó de gritar.
El mundo entero se volvió silencioso.
Una luz pálida apareció bajo la piel de su cuello.
Muy tenue.
Descendió hacia el pecho.