El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE #4
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CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE #4

—Más grave que la mía. Hablaba despacio cuando quería que prestaras atención. Y cuando estaba enfadado bajaba todavía más la voz.

—¿No gritaba?

—Casi nunca.

—¿Nunca te gritó?

Anjara recordó varias travesuras.

—Una vez.

Liam abrió mucho los ojos.

—¿Qué hiciste?

—Eso no forma parte de la historia.

—Ahora sí.

—No.

—¿Qué hiciste?

—Me perdí.

Liam dejó de sonreír.

Anjara miró el fuego.

—Tenía doce años. Quise seguir unas huellas sin decirle nada. Me alejé más de la cuenta. Cuando me encontró estaba tan enfadado que pensé que iba a arrancar el árbol que tenía al lado.

—¿Te pegó?

Anjara lo miró.

—No. Nunca.

—¿Qué hizo?

—Me abrazó.

Liam pareció confundido.

—¿Estando enfadado?

—Mucho.

Anjara recordó los brazos de Kael.

La presión excesiva.

La voz junto a su oído.

No vuelvas a hacerme buscarte.

Solo después había llegado la reprimenda.

—El miedo y el enfado se parecen mucho desde fuera —dijo.

Liam miró las llamas.

—Como tú con la campana.

Anjara no esperaba aquello.

—Puede.

—Tú gritas más.

—Gracias.

—De nada.

El niño se acomodó junto a ella.

—Cuéntame otra.

Y Anjara lo hizo.

No una historia de aventuras.

Le habló de cómo Kael quemó una sopa y culpó al caldero.

De la costumbre de dormir con una mano debajo de la almohada.

De que podía pasar una hora examinando rastros sin pronunciar palabra y después quejarse si alguien tardaba cinco minutos en responderle.

De cómo dejaba comida en el lindero durante los inviernos duros.

Liam escuchó.

Cuando sus párpados comenzaron a cerrarse, murmuró:

—Otra.

—Mañana.

—Una pequeña.

—Mañana.

—Prometido.

Anjara miró a su hermano.

—Prometido.

Liam se durmió apoyado contra ella.

Anjara tardó mucho en moverlo.

El tercer día amaneció gris.

No llovía, pero el aire llevaba humedad y las nubes cubrían el cielo de horizonte a horizonte.

El mapa señalaba un arroyo al norte del refugio.

Llegaron antes del mediodía.

Anjara supo que algo iba mal antes de verlo.

No escuchaba agua.

El cauce seguía allí.

Pero la corriente avanzaba tan despacio que apenas parecía hacerlo.

Una película negra cubría la superficie.

Aceitosa.

Algunas burbujas inmóviles se acumulaban entre las piedras.

Anjara se agachó.

No tocó el agua.

Hundió una rama.

La capa se separó a ambos lados y volvió a cerrarse detrás.

Debajo no había peces.

Ni insectos.

Ni renacuajos.

Liam se aproximó.

—¿Podemos beber?

—No.

—Tengo sed.

Anjara sacó la cantimplora.

Quedaba menos de la mitad.

Se la tendió.

—Un poco.

Liam no la cogió.

—Tú primero.

—He bebido.

—Esta mañana.

Anjara sostuvo su mirada.

—Liam.

—No has bebido desde que salimos.

La cantimplora permaneció entre ambos.

—Mamá decía que compartir no significa darle todo al otro.

Anjara reconoció inmediatamente la frase.

—Estás utilizando a nuestra madre muerta para ganar una discusión.

Liam lo pensó.

—¿Funciona?

Anjara bebió un sorbo.

—Demasiado bien.

Le devolvió la cantimplora.

Liam tomó exactamente la misma cantidad.

Luego la cerró.

—¿Cuánto falta para la Academia?

Anjara sacó el mapa.

No habían avanzado tanto como esperaba.

—Mucho.

—Eso no es una distancia.

—Es la más precisa que puedo darte.

—Podrías decir «tres semanas».

—Y podría estar mintiendo.

Liam suspiró.

—Las mentiras bonitas.

Anjara dobló el mapa.

—Exacto.

Miró el agua ennegrecida.

—Necesitamos encontrar otra fuente antes de la noche.

—¿Y si todas están así?

Anjara guardó el pergamino.

No contestó.

Tomaron una ruta más alta.

El camino se volvió difícil.

Árboles caídos atravesaban el sendero. En algunos puntos, el suelo cedía bajo las botas porque las raíces se habían podrido debajo de la superficie.

Anjara comprobaba cada tramo antes de dejar pasar a Liam.

Perdieron tiempo.

Subieron.

Bajaron.

Volvieron a subir.

El niño dejó de preguntar cuánto faltaba.

A media tarde encontraron agua.

Un pequeño manantial brotaba entre dos rocas y descendía por una pendiente cubierta de musgo.

Anjara se agachó.

Musgo vivo.

Pequeños insectos.

Una salamandra oscura desapareció bajo una piedra.

Vida.

Aquello le produjo un alivio casi ridículo.

—Esta sí.

Liam cayó de rodillas.

—Nunca me había alegrado de ver una salamandra.

—Bebe despacio.

—Sí, mamá.

Anjara le dio un toque en la nuca.

—No abuses de tu suerte.

Liam rio.

Llenaron las cantimploras.

Anjara bebió hasta que la sequedad desapareció de su boca.

Después lavó sus manos y recogió algo de musgo sano para la bolsa medicinal.

La salamandra volvió a asomar la cabeza.

Liam la vio.

—Un dragón pequeño.

—No empieces.

—Podría crecer.

—Espero que tarde varias décadas.

Abandonaron el manantial.

No habían caminado ni media hora cuando Anjara se detuvo.

Liam casi chocó con ella.

—¿Qué?

Anjara levantó una mano.

El silencio era distinto.

Los últimos días había aprendido a reconocer la ausencia de animales.

Aquello iba más allá.

Las ramas habían dejado de moverse.

No se escuchaba el roce de las hojas.

Ni viento.

Ni siquiera el crujido natural de la madera.

El bosque parecía contener algo.

Anjara desató la correa del cuchillo.

—Ponte detrás de mí.

Liam lo hizo.

Sin discutir.

Eso la alarmó más que cualquier queja.

El frío llegó desde el suelo.

Le atravesó las botas.

Subió por sus piernas.

Anjara expulsó aire.

Una nube blanca apareció ante su boca.

Liam también la vio.

—Hace un momento no...

—Lo sé.

Desenvainó.

La Gema se calentó bajo su ropa.

Un pulso.

Anjara llevó la mano al pecho.

Otro.

Más fuerte.

El verde atravesó débilmente la tela.

—Anjara...

—Detrás de mí.

—Ya estoy detrás.

—Más cerca.

Liam agarró la parte trasera de su túnica.

Anjara recorrió los árboles con la mirada.

Nada.

Oscuridad entre troncos.

Helechos.

Ramas.

Entonces una de las sombras se movió.

Demasiado alta.

Demasiado estrecha.

Desapareció detrás de un árbol.

Anjara giró el cuchillo.

Algo surgió a la izquierda.

Otro movimiento a la derecha.

Tres.

El corazón golpeó una vez contra sus costillas.

Las figuras no caminaban.

Se deslizaban.

No había balanceo de hombros ni desplazamiento de piernas que Anjara pudiera distinguir. Parecían separarse de las zonas más oscuras del bosque y adquirir forma solo cuando avanzaban.

Liam tiró de su túnica.

Anjara extendió el brazo libre para mantenerlo detrás.

—No corras.

—No pensaba hacerlo.

La voz del niño era demasiado aguda.

Mentía.

Anjara también quería correr.

Las figuras avanzaron.

El frío se intensificó.

Esta vez pudo verlas con claridad.

Altas.

Anormalmente delgadas.

Cubiertas por algo semejante a mantos negros, aunque la palabra tela no servía. Los bordes se deshacían en jirones de oscuridad y volvían a formarse sin que el aire los moviera.

Sus brazos eran demasiado largos.

Las manos terminaban en dedos finos que recordaban agujas.

No tenían rostro.

Allí donde deberían haber estado los ojos, la nariz y la boca solo había una profundidad negra.

Vacía.

Y, sin embargo, algo miraba desde dentro.

Anjara había visto aquella forma.

No allí.

En tinta.

Bajo tachaduras.

Abrió una puerta de la memoria.

El diario.

El dibujo incompleto.

Una palabra de Elara.

Espectros.

El estómago se le endureció.

Su madre no había estado copiando cuentos.

La figura central inclinó la cabeza.

La Gema ardió.

Un resplandor verde escapó entre los dedos de Anjara.

Las tres criaturas se detuvieron a la vez.

No sorprendidas.

Atentas.

Como perros que acabaran de reconocer un olor.

Anjara apretó el cuchillo de Kael.

Liam estaba pegado a su espalda.

El medallón de haya descansaba sobre su pecho.

La mano de Anjara buscó sin apartar los ojos de las criaturas y encontró la muñeca de su hermano.

Aquello no era el monstruo que había arañado su puerta.

No eran animales enfermos.

No era la corrupción del bosque.

Y entonces comprendió lo único que realmente importaba.

No habían llegado allí por accidente.

Los Espectros no se habían cruzado en su camino.

Habían seguido uno.

El suyo.

La Gema volvió a latir.

Y las tres criaturas dieron un paso hacia ellos.