CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE #3
—Si no puedes mirarlo morir, no tienes derecho a comerlo.
—Ya está muerto.
—No cambia nada.
Anjara volvió el rostro hacia él.
Había sangre sobre sus manos.
—¿Te da pena?
Kael tardó en responder.
—Sí.
Aquello la había desconcertado.
—Pero lo has matado.
Su padre limpió la hoja contra la hierba.
—Una cosa no borra la otra.
Enterró las vísceras.
Cubrió la tierra.
Después dejó sobre ella unas hojas.
—Respeta aquello que te mantiene con vida.
El bosque desapareció.
Kael continuaba allí.
De pie.
Ya no llevaba ropa de caza.
La oscuridad lo rodeaba por completo.
Anjara intentó llamarlo.
No pudo.
Algo blanco brillaba entre sus manos.
Una luz fría.
No se parecía al verde de la Gema.
Kael levantó el rostro.
Por un instante Anjara creyó que la estaba mirando.
Entonces comprendió que miraba detrás de ella.
La expresión de su padre cambió.
Miedo.
Anjara nunca había visto miedo en los ojos de Kael.
Intentó volverse.
Despertó.
El fuego era un montón de brasas.
La noche seguía cerrada.
Anjara se incorporó con la respiración acelerada.
Liam dormía.
El bosque también.
O fingía hacerlo.
Llevó una mano hasta la Gema.
Fría.
Miró hacia la oscuridad que se extendía fuera del refugio.
No vio nada.
Volvió a tumbarse.
No consiguió dormir de nuevo.
Al amanecer abandonaron la oquedad.
La posada de Garth quedó al oeste cuando retomaron la desviación marcada en el mapa.
Anjara alcanzó a distinguir humo entre los árboles y, más tarde, parte del tejado al otro lado de una vaguada.
Liam lo señaló.
—Podríamos desayunar allí.
Anjara estudió el camino.
Llegar hasta la posada implicaba retroceder casi una hora y después recuperar la ruta.
—Tenemos comida.
—No es lo mismo.
—¿Qué crees que sirven?
—Algo caliente.
Anjara reconoció la tentación en su propia imaginación.
Una mesa.
Un techo.
Gente.
Noticias del camino.
También desconocidos.
Preguntas.
Una muchacha de dieciocho años viajando sola con un niño y una Gema que reaccionaba a cosas que los perseguían.
—Seguimos.
Liam miró una última vez el humo.
—Garth dijo que fuéramos.
—Garth dijo que podíamos dormir allí si llegábamos anoche.
—Eso es técnicamente distinto.
—Me enorgullece que descubras la precisión justo cuando te conviene.
Liam resopló.
Pero continuó.
Durante las primeras horas, el bosque seguía vivo.
Encontraron huellas de corzo.
Un pájaro carpintero golpeaba un tronco a intervalos constantes.
Una ardilla observó a Liam desde una rama.
Él levantó un dedo.
—Ardilla.
—Excelente.
—No necesito entrenamiento para eso.
—Tu progreso es vertiginoso.
—Te estás burlando.
—Moderadamente.
Más adelante, Anjara encontró menta silvestre junto a una zona húmeda.
Recogió unas hojas.
Después milenrama.
Liam la observó guardar ambas.
—Vamos a llevar medio bosque.
—Solo la parte que impida que mueras de una infección absurda.
—No pienso herirme.
—Gran plan. Manténlo.
El niño señaló la bolsa.
—Entonces no necesitas eso.
Anjara lo miró.
—Me sorprende que Elspeth haya conseguido mantenerte vivo diez años.
—Tengo casi once.
—Eso mejora muchísimo el argumento.
Cerca del mediodía encontró el primer árbol enfermo.
Anjara se detuvo.
Liam casi chocó contra ella.
—¿Qué pasa?
Una línea negra descendía por la corteza.
Muy fina.
Salía de una grieta y desaparecía entre las raíces.
No había visto manchas tan lejos de Lumenvalle.
No la tocó.
—Rodea el tronco.
Liam obedeció.
No preguntó hasta que se alejaron.
—Es lo mismo, ¿verdad?
Anjara miró al frente.
—Sí.
Cien pasos después encontraron otro.
Luego un tercero.
Las hojas de algunos arbustos amarilleaban por los bordes.
A un lado del sendero yacía un pájaro.
Intacto.
Anjara aceleró antes de que Liam pudiera acercarse demasiado.
El bosque fue perdiendo voces.
Primero desaparecieron las ardillas.
Luego los pájaros.
Los insectos resistieron más.
Hasta que también callaron.
Anjara siguió caminando unos minutos antes de darse cuenta de que estaba contando sus propios pasos.
Al final de aquella jornada encontraron unas raíces levantadas bajo un árbol caído.
No encendió fuego.
Liam tampoco lo pidió.
Eso la inquietó más que una protesta.
Comieron pan y un poco de carne en la penumbra.
El niño tardó mucho en terminar.
—El bosque está enfermo.
No era una pregunta.
Anjara limpió el cuchillo.
—Sí.
—¿Como las plantas de casa?
—Creo que es lo mismo.
Liam miró los árboles.
—¿Puedes curarlo?
Anjara recordó la palabra de Vizkyr.
Herida.
Después el brazo de Torvin bajo sus manos.
El destello.
La facilidad aterradora con que había sucedido una vez.
Y la incapacidad de repetirlo.
—No sé cómo.
Liam dejó un trozo de pan sobre la tela.
—Dices mucho eso últimamente.
—Últimamente el mundo insiste en hacerme preguntas difíciles.
—Mamá sabía muchas cosas.
Anjara sonrió apenas.
—Mamá también decía «no sé».
—Menos.
—Contigo hacía trampas.
Liam levantó la cabeza.
—Mamá no hacía trampas.
—Claro que sí.
—¿Cuándo?
Anjara pensó.
—Cuando preguntabas de dónde venían los bebés.
Liam abrió la boca.
La cerró.
—Eso no cuenta.
Anjara tuvo que taparse la boca para no reír demasiado fuerte.
—Descansa.
—Has cambiado de tema.
—Estoy usando técnicas maternas avanzadas.
—Eso es hacer trampas.
—Exactamente.
El niño se acomodó.
Anjara esperó hasta escuchar su respiración regular.
Después permaneció despierta con el cuchillo entre las manos.
El bosque no emitió un solo sonido en toda la noche.
A la mañana siguiente la corrupción era más difícil de ignorar.
No aparecía como una frontera.
Eso habría sido casi tranquilizador.
Se manifestaba en pequeñas cosas.
Un helecho reducido a una masa gris entre plantas sanas.
Savia negra endurecida sobre un tronco.
Hongos pálidos creciendo en la corteza viva de un árbol.
Liam señaló estos últimos.
—Brillan.
Una luminiscencia mortecina recorría sus bordes.
Anjara se acercó lo suficiente para examinarlos.
La luz tenía un tono enfermizo, casi azulado.
—No los toques.
—No pensaba hacerlo.
Anjara lo miró.
—Bien.
—¿Son venenosos?
Ella tardó demasiado.
Liam sonrió antes de que contestara.
—No lo sabes.
Anjara levantó un dedo.
—Disfruta de este momento. No habrá muchos.
El niño siguió caminando, satisfecho.
Horas después encontraron un ciervo.
Estaba tumbado entre helechos.
La postura parecía natural.
Como si hubiese descansado allí y hubiera cerrado los ojos.
Pero los tenía abiertos.
Anjara se detuvo.
—Quédate.
Liam también.
Esta vez obedeció.
Anjara se acercó sola.
No había sangre.
Ni mordeduras.
Ni heridas visibles.
Apoyó dos dedos contra el cuello.
Frío.
La piel cedió demasiado.
Hundió la mano un poco más entre el pelaje.
El animal conservaba su forma y, sin embargo, parecía pesar menos de lo que debía.
Como el zorro.
Vacío sin estar abierto.
Retiró la mano.
—¿Está muerto? —preguntó Liam.
—Sí.
El niño se acercó un paso.
—¿También está enfermo?
Anjara observó alrededor.
—No vengas más cerca.
Liam se detuvo.
Sus ojos recorrieron el cadáver.
—¿Por qué no se lo han comido?
Anjara volvió la cabeza.
No había moscas.
Ni escarabajos.
Ni marcas de dientes.
Ningún animal carroñero había rozado el cuerpo.
Ni siquiera las hormigas.
La carne estaba allí.
Y el bosque la rechazaba.
—Nos vamos.
Liam no discutió.
Aquello ya empezaba a ocurrir demasiado.
A media tarde aparecieron señales de viajeros.
Una herradura oxidada.
Restos viejos de una hoguera.
La mitad de una rueda rota junto al camino.
Anjara examinó las cenizas.
Frías desde hacía días.
Había huellas, pero la lluvia había borrado casi todas.
Más tarde encontraron un pequeño refugio de piedra.
No era una casa propiamente dicha.
El tejado se había hundido en una esquina y la puerta ya no existía, pero tres paredes permanecían firmes y el viejo hogar podía protegerlos del viento.
Anjara recorrió el perímetro antes de dejar entrar a Liam.
Nada.
Ninguna huella reciente.
Ninguna mancha negra en las piedras.
Dentro había paja vieja, un banco y decenas de nombres grabados sobre una pared.
Liam pasó los dedos por ellos.
—Mira.
Algunos estaban acompañados por fechas.
Otros por símbolos.
Iniciales unidas.
Insultos.
Una figura que podía ser un caballo o un perro particularmente desafortunado.
—Podemos poner nuestros nombres.
Anjara dejó la mochila.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero dejar un rastro innecesario.
Liam dejó de tocar la pared.
—¿Nos buscan?
Anjara tardó un segundo.
—No sé quién podría hacerlo.
—Eso tampoco es un no.
—No.
El niño puso los ojos en blanco.
Anjara le lanzó un puñado de paja.
Liam se agachó.
—¡Eh!
Devolvió el ataque.
Una brizna quedó atrapada en el pelo de Anjara.
Ella lo miró.
Liam dejó de reír.
—No.
Anjara cogió otro puñado.
—Anjara.
—Corre.
El refugio era demasiado pequeño.
La guerra terminó treinta segundos después, con Liam escondido detrás del banco y Anjara cubierta de paja.
Aquella noche sí encendieron fuego.
Muy poco.
El humo encontró una grieta del techo y salió lentamente.
Calentaron agua.
Anjara añadió menta.
Liam sostuvo el cuenco entre ambas manos.
—Esto no es sopa.
—No.
—Entonces he llevado la cuchara para nada.
—Todavía nos quedan semanas para justificarla.
Él bebió.
Se quedaron mirando las llamas.
—Mamá cantaba cuando cocinaba —dijo Liam.
Anjara sonrió.
—Desafinaba.
—No.
—Siempre en la misma parte.
—Cantaba bien.
—Eres demasiado pequeño para juzgarlo.
—Tú también cantas mal.
Anjara lo miró.
—Yo no canto.
—Por eso.
Soltó una risa.
Recordaron a Elara persiguiendo una gallina por la cocina mientras Kael intentaba capturarla desde el otro lado de la mesa.
—Mamá dijo que la mataría.
—A la gallina o a papá.
—A los dos.
—Probablemente.
Recordaron la gotera que Kael trató de arreglar y convirtió en un agujero por el que entraba todavía más agua.
—Estuvo enfadada tres días —dijo Liam.
—Cuatro.
—Tres.
—El cuarto día fingía que no lo estaba.
—Entonces eran tres.
—Eso no es como funciona estar enfadado.
Liam rio.
La risa se apagó lentamente.
—Los echo de menos.
Anjara apoyó la espalda contra la pared.
—Yo también.
Liam contempló el fuego.
—A veces no recuerdo la voz de papá.
Anjara cerró los dedos alrededor del cuenco.
—Yo sí.
Él levantó la cabeza.
—¿Cómo era?
No respondió inmediatamente.
Quería hacerlo bien.