El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE #2
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CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE #2

Una piedra vertical ocupaba el centro de un círculo formado por otras cuatro más pequeñas. El musgo había crecido sobre la mayor parte del grabado, pero todavía podía distinguirse un disco rodeado de líneas.

Un sol.

Liam se acercó.

—¿Qué es?

—Antiguo.

—Eso ya lo veo.

Anjara retiró un poco de musgo con dos dedos.

—Un santuario de camino, supongo.

Había visto construcciones parecidas cerca de Lumenvalle, aunque nunca había preguntado demasiado por ellas.

En la base descansaban tres bellotas, una pluma gris, un trozo de hilo rojo y una moneda de cobre oscurecida por el tiempo.

Ofrendas.

Algunas viejas.

La pluma todavía estaba seca pese a la humedad del bosque.

Aquella era reciente.

Anjara observó el suelo.

Una huella de bota.

Luego otra.

—Ha pasado alguien.

Liam miró alrededor.

—¿Cuándo?

Anjara estudió la marca.

—Dos días. Tal vez tres.

—¿Va hacia la Academia?

—No lo sé.

Liam sonrió.

—Lo has dicho.

—¿Qué?

—No lo sé.

—Estoy empezando a arrepentirme de haberte enseñado a escuchar.

El niño abrió la mochila.

Sacó una piedra.

Anjara lo señaló.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Elegiste seis después de una negociación digna de una guerra.

—Esta no es de las buenas.

—Ayer todas eran imprescindibles.

Liam miró la piedra.

Después el santuario.

La dejó junto a las bellotas.

—Ahora tengo cinco.

Anjara no supo qué responder.

—¿Para qué?

—Suerte.

—¿Crees en eso?

Liam se encogió de hombros.

—No.

—Entiendo.

—Pero si existe y no dejamos nada, sería un poco tonto.

Anjara contempló el pequeño sol.

—Una posición filosófica impecable.

Liam asintió, satisfecho.

Antes de marcharse, apoyó dos dedos sobre la piedra central.

—Mamá habría dejado algo.

Anjara pensó en Elara tocando árboles al pasar.

En las hierbas que colgaba sobre algunas puertas.

En pequeñas costumbres a las que jamás había dado importancia porque habían formado parte de su infancia.

—Sí.

Liam sonrió.

—Entonces ya está.

Anjara miró una vez más las ofrendas.

Y añadió una hoja de menta.

No sabía a quién.

Ni por qué.

Después siguió a su hermano.

La luz empezó a caer antes de que alcanzaran la posada.

La ruta descendía hacia el puente viejo, pero el bosque se volvía más oscuro a cada minuto y Anjara dejó de escuchar pájaros diurnos.

Calculó la distancia.

No.

Llegarían de noche.

Y desde lo ocurrido en Lumenvalle, no pensaba atravesar bosque desconocido después del anochecer con Liam.

Recordó un afloramiento rocoso a poca distancia del camino. Kael la había llevado hasta allí muchos años atrás para protegerse de una tormenta.

Tuvo que buscarlo durante casi media hora.

Seguía allí.

Una gran lengua de piedra sobresalía de la pendiente y formaba debajo una oquedad seca, protegida por tres lados.

Liam la contempló.

—No.

Anjara dejó la mochila en el suelo.

—Sí.

—Garth dijo que había una posada.

—Y nosotros hemos sido demasiado lentos.

—Tú te has parado con todas las plantas.

—Algunas de esas plantas evitarán que se te infecten los pies.

—Mis pies están bien.

—Porque me he parado.

Liam miró la oquedad.

—Parece donde dormirían unas cabras.

Anjara se asomó.

—Unas cabras con excelente criterio.

—Nosotros no somos cabras.

—Esta noche nuestras opciones son limitadas.

—En las historias, los viajeros encuentran castillos abandonados.

Anjara empezó a recoger ramas secas.

—Estaba lleno.

—¿De qué?

—Cabras.

Liam la miró.

—Te lo acabas de inventar.

—No puedes demostrarlo.

Él soltó una risa y dejó la mochila.

Anjara encendió un fuego pequeño.

No quería una columna de humo visible a gran distancia.

Escogió madera seca, rodeó las llamas con piedras y despejó las hojas cercanas.

Mientras lo hacía, Liam extendió las mantas.

Después reorganizó sus cinco piedras en una fila.

—¿Necesitan dormir?

—No.

—Entonces ¿por qué las colocas?

—Para saber si falta alguna.

Anjara decidió no preguntar.

Comieron pan, queso y carne seca.

Liam tenía hambre suficiente para mirar con interés la ración de Anjara.

Ella lo vio.

—Ni lo intentes.

—No he hecho nada.

—Tus ojos sí.

—¿Vas a terminar el queso?

Anjara partió un trozo y se lo lanzó.

Liam lo atrapó.

—Sabía que compartirías.

—No. Has realizado un asedio eficaz.

—Papá decía que hay que saber esperar.

—No creo que hablase del queso.

—No especificó.

El bosque se volvió negro alrededor del pequeño refugio.

Cada sonido adquirió peso.

Una rama.

El movimiento de algún animal pequeño entre las hojas.

El ulular de una lechuza.

Anjara identificó casi todos.

Eso ayudaba.

Mantuvo el cuchillo de Kael al alcance de la mano.

El silbato de Garth estaba dentro del bolsillo exterior de su mochila.

Tres soplidos.

Esperar.

Otros tres.

Comprobó que seguía allí antes de sentarse.

Liam miraba el fuego.

Había perdido la energía que lo había acompañado durante buena parte del día.

—¿Anjara?

—¿Sí?

Movió un palo entre las brasas.

—Cuando sonó la campana...

Anjara esperó.

Liam juntó las rodillas.

—Pensé que la criatura iba a entrar otra vez.

No dijo que había tenido miedo.

No hacía falta.

Anjara observó cómo retorcía uno de los cordones de la mochila alrededor de un dedo.

—Yo estaba calculando cuánto tardaría en llegar hasta la casa si lo intentaba.

Liam levantó la cabeza.

—¿Tú también estabas asustada?

Anjara cogió una astilla y la arrojó al fuego.

—Mucho.

Él la estudió.

—No parecía.

—Ese es uno de los pocos talentos útiles de los adultos.

—Tú no eres tan adulta.

Anjara giró lentamente la cabeza.

Liam escondió una sonrisa.

—Tienes dieciocho.

—Continúa y esta noche duermes fuera de la cueva para cabras.

—Refugio excelente para cabras —corrigió él.

—Veo que escuchas cuando te interesa.

El fuego crujió.

Liam dejó de sonreír.

—Pensaba que no dejarías que entrara.

La frase fue baja.

Anjara miró a su hermano.

Había una confianza terrible en aquellos ojos.

Quiso decir que no podía garantizar nada.

Que no sabía qué era la criatura.

Que la puerta casi había cedido.

Que el cuchillo de Kael no habría servido contra algo que ennegrecía la madera con solo rozarla.

Que la luz de sus manos aparecía cuando quería y desaparecía cuando la necesitaba.

No dijo ninguna de aquellas cosas.

Tampoco mintió.

—Haré todo lo que pueda para que no te pase nada.

Liam frunció el ceño.

—Eso no es lo mismo.

Anjara sostuvo su mirada.

—No.

Un poco de resina estalló dentro del fuego.

—Mamá decía que las promesas imposibles eran mentiras bonitas —murmuró Liam.

La voz de Elara regresó a Anjara con una claridad dolorosa.

Una tarde en la cocina.

Liam, mucho más pequeño, cubierto de barro hasta las orejas.

No me prometas que nunca volverás a ensuciarte. Las promesas imposibles solo son mentiras bonitas.

—Sí —dijo Anjara—. Lo decía.

Liam siguió esperando.

Anjara acercó las manos al calor.

—Puedo prometerte algo que sí depende de mí.

—¿Qué?

—No voy a abandonarte.

El niño no respondió enseguida.

El fuego dibujaba sombras bajo sus ojos.

Finalmente asintió.

—Esa vale.

—Me alegro de contar con tu aprobación.

—Yo tampoco voy a abandonarte.

—Eso espero.

—Aunque venga un dragón.

—Especialmente si viene un dragón.

Liam señaló su espada de madera.

—Yo lo distraigo.

—Claro.

—Y tú haces la luz.

La sonrisa de Anjara se debilitó apenas.

Liam no pareció notarlo.

—Primero tendría que conseguir hacerla a propósito.

—Pues practica.

—Gracias por la brillante solución.

—De nada.

El niño bostezó.

Poco después se acomodó utilizando la mochila como almohada.

Anjara se la quitó de debajo de la cabeza.

—Hay piedras dentro.

—Cinco.

—Eso no mejora la situación.

Doblando una manta, improvisó algo más parecido a una almohada.

Liam sostuvo el medallón de haya.

—¿Crees que esto significa algo?

Anjara miró la runa.

—Seguro que significa algo.

—Eso ha sido muy útil.

—Estoy aprendiendo de Vizkyr.

Liam sonrió.

—Quizá sea un lobo.

—Observación revolucionaria.

—Me refiero a la runa.

Anjara volvió a examinarla.

—No se parece a un lobo.

—Puede ser muy antiguo.

—O estar muy mal dibujado.

Liam protegió el medallón con la mano.

—Lo hizo papá.

—Precisamente por eso sabes que podría ser cualquier cosa.

—Papá dibujaba bien.

—No has visto el caballo que me talló cuando tenía nueve años.

—¿Era peor que mi piedra?

Anjara recordó una criatura de madera con cuatro patas de longitudes distintas.

—Mucho peor.

Liam sonrió con los ojos ya medio cerrados.

—Mañana me lo cuentas.

—Mañana.

—Prometido.

La palabra hizo que Anjara dudara.

Solo un instante.

—Prometido.

Liam se durmió.

Anjara permaneció despierta.

Sacó el mapa.

Lo acercó a la luz débil del fuego.

La Academia Arcana seguía siendo apenas un nombre entre montañas.

En el reverso había palabras aisladas, algunas escritas con tinta distinta o en direcciones que parecían deliberadamente absurdas.

Anjanu.

Eldrin.

Gema.

Sello.

Lumenvalle.

Más abajo:

Maestro.

Martillo.

Yunque.

Sobrevive.

No formaban una frase.

Tal vez nunca la habían formado.

Quizá Elara hubiese escrito ideas sueltas.

Quizá alguien debía conocer una clave.

Quizá Anjara estaba mirando tanto los fragmentos que empezaba a inventar conexiones.

Guardó el mapa.

Abrió el diario.

Las primeras páginas resultaban casi crueles en su normalidad.

Fiebre infantil.

Proporciones de corteza de sauce.

Una receta para la tos.

Observaciones sobre embarazos difíciles.

Después la letra cambiaba.

Más pequeña.

Más apretada.

Los márgenes se llenaban de símbolos.

Sello.

Anjanu.

Ojancano.

Espectros.

Anjara pasó un dedo sobre aquella última palabra.

No la conocía.

Había un dibujo incompleto en una de las páginas: una figura demasiado alta, cubierta por líneas oscuras.

Elara la había tachado.

Anjara cerró el diario.

Aquella noche no.

Necesitaba dormir.

Miró a Liam.

Dormía con una mano cerrada sobre el medallón de haya.

En aquel gesto se parecía a Kael.

No por la cara.

Por el pequeño pliegue entre las cejas, como si incluso dormido estuviera intentando resolver un problema.

Anjara apagó parte del fuego y se tumbó.

El sueño tardó en encontrarla.

Cuando llegó, llevó consigo a su padre.

Kael estaba sentado junto a un arroyo.

Anjara era pequeña.

Ocho años, tal vez.

Entre ellos yacía un conejo muerto.

Kael limpiaba el animal con movimientos precisos.

Ella apartó la mirada cuando abrió el vientre.