CAPÍTULO 5 EL CAMINO DEL NORTE
Durante las primeras horas, Lumenvalle se negó a desaparecer del todo.
Anjara sabía que lo habían dejado atrás. Había visto cómo la curva del sendero se tragaba las últimas casas y cómo el humo de las chimeneas se confundía con la niebla. Aun así, de vez en cuando le parecía escuchar algo conocido a través de los árboles.
El martillo de la fragua.
Un perro.
El chirrido de una rueda mal engrasada.
Una mujer llamando a alguien desde un huerto.
Cada vez reducía el paso.
Cada vez el sonido se convertía en otra cosa.
Un pájaro carpintero.
Una rama.
El roce del viento contra las hojas.
El Bosque del Crepúsculo ocupaba poco a poco el lugar de todo lo demás.
Liam caminaba unos pasos por delante con una rama a modo de bastón. La espada de madera había dejado de golpear la mochila después del arreglo de Anjara, pero ahora la cuchara chocaba contra el cazo.
Clonc.
Tres pasos.
Clonc.
Anjara había decidido que aquello era preferible a discutir de nuevo.
Llevaban algo más de una hora cuando Liam miró por encima del hombro.
—¿Crees que nos seguirán?
—¿Quiénes?
—Los del pueblo.
Anjara apartó una rama baja.
—No.
—¿Seguro?
—Bastante.
Liam caminó unos metros más.
—Fendrel no.
—Fendrel tendría que admitir primero que quiere venir.
—Podría perseguirnos para decirte que te equivocas.
Anjara lo consideró.
—Eso sí es posible.
Liam sonrió.
—Garth sí vendría.
—Garth tiene un pueblo que vigilar.
—Y Elspeth.
—Torvin.
—Y Torvin.
El niño volvió a mirar al frente.
Anjara no añadió que algunos vecinos probablemente respiraban mejor sabiendo que ella y la Gema se alejaban de sus casas.
No hacía falta.
Liam clavó el bastón en el barro.
—Entonces estamos solos.
Anjara observó el medallón de haya que asomaba bajo su cuello.
—Estamos juntos.
Él se volvió.
—Eso he dicho.
Anjara sonrió.
—Naturalmente.
Siguieron hacia el norte.
El sendero empezó a ascender entre raíces y helechos.
Aquella parte del bosque todavía le resultaba familiar.
No como los caminos próximos a Lumenvalle, donde podía orientarse casi con los ojos cerrados, pero Kael la había llevado varias veces por allí cuando era pequeña.
Recordó sus botas avanzando delante de ella.
Siempre en silencio.
Anjara, con siete u ocho años, había intentado poner los pies exactamente donde él los ponía.
Una rama crujía.
Después otra.
Y otra.
Kael se había vuelto al tercer chasquido.
—El bosque sabe que estamos aquí.
La niña había mirado alrededor, alarmada.
—¿Nos ha oído?
Su padre sonrió.
—Siempre nos oye. La diferencia está en cuánto decidimos contarle.
Durante mucho tiempo había supuesto que aquella era una de las frases con las que Kael conseguía convertir una sencilla lección de caza en algo solemne.
Ahora ya no estaba segura.
—¿Por qué miras tanto al suelo?
La voz de Liam deshizo el recuerdo.
—Busco huellas.
Él bajó inmediatamente la cabeza.
—Yo no veo ninguna.
—Ese es el problema.
Anjara se agachó junto al borde del sendero.
—Ven.
Liam regresó.
Ella señaló una depresión leve en el barro.
—¿Qué ves?
El niño estudió el suelo con mucha seriedad.
—Barro.
Anjara asintió.
—Prometedor.
—¿Qué?
—Nada. Continúa.
Liam entrecerró los ojos.
—Una marca.
—Bien.
—De una pata.
—Mejor.
—De... un animal.
Anjara lo miró.
—Tu precisión abruma.
—Estoy pensando.
Ella pasó un dedo junto al borde sin tocarlo.
—Corzo. Pequeño. Ha cruzado esta mañana.
Liam volvió a observar la huella.
Esta vez parecía distinta.
—¿Cómo lo sabes?
—El tamaño. La forma de la pezuña. Y mira los bordes.
—¿Qué tienen?
—Todavía conservan humedad. Si fuese mucho más antigua, la tierra se habría desmoronado.
Liam se acuclilló.
—¿Papá te enseñó?
Anjara tardó un instante.
—Sí.
—A mí no.
No había reproche en aquellas palabras.
Eso las hizo más difíciles.
Kael había desaparecido cuando Liam era demasiado pequeño para guardar de él algo más que imágenes sueltas.
Anjara poseía años que su hermano nunca tendría.
Una voz.
Gestos.
Historias que Liam solo podía conocer si ella se las entregaba.
—Puedo enseñarte yo.
El niño levantó la cabeza.
—¿A rastrear?
—Si sobrevives a la primera lección.
—¿Qué tiene de peligrosa?
Anjara señaló la rama que sostenía.
—Tú.
Liam miró el palo.
—Esto es un bastón.
—Hace diez minutos era una lanza.
—Ha cambiado de oficio.
—Muy versátil.
Liam se levantó.
—Entonces ¿qué tengo que hacer?
Anjara señaló el sendero.
—Mirar antes de pisar. Escuchar antes de hablar. Y dejar de creer que cada agujero pertenece a un oso.
—Solo dije uno.
—Todavía recuerdo el de ayer.
—Podría haber sido un oso pequeño.
—Era un conejo.
—No estaba dentro para confirmarlo.
Anjara negó con la cabeza.
Pero la sonrisa permaneció.
Durante la siguiente hora, Liam buscó rastros.
Encontró dos de verdad.
Confundió una raíz con una serpiente.
Un montón de hojas removidas con el lecho de algún animal gigantesco.
Y estuvo a punto de tocar unas heces de ciervo.
Anjara le agarró la muñeca.
—Eso no.
Liam observó el montón.
Después a ella.
—Ya lo sabía.
—Por supuesto.
—Comprobaba si estabas atenta.
—Y yo compruebo cuánto tardas en quedarte sin dedos.
—¿He aprobado?
—Todavía estás completo.
Liam pareció satisfecho con el resultado.
Más adelante, echó a correr para examinar unas marcas junto a un tronco.
—¡No te alejes!
—¡No me alejo!
—¡Estás literalmente alejándote mientras lo dices!
El niño redujo el paso.
—Ahora no.
Aquella vez Anjara se rio.
Y durante unos minutos consiguió olvidar que una criatura sin rostro conocía su casa.
A media mañana el sendero se ensanchó.
Dos viejas rodadas atravesaban la tierra, medio borradas por las lluvias. Allí el bosque parecía menos salvaje. Algún carro había pasado semanas atrás; había ramas cortadas junto al camino y restos de paja atrapados entre unas zarzas.
Era la ruta que debía conducir hacia el viejo puente y, más allá, a la posada de la que Garth les había hablado.
Anjara calculó la posición del sol.
Ya empezaba a sospechar que no llegarían antes del anochecer.
No se lo dijo todavía a Liam.
Encontraron un arroyo limpio y se detuvieron para llenar las cantimploras.
Anjara aprovechó para revisar los pies de su hermano.
—Quítate la bota.
Liam la abrazó contra el pecho.
—Está bien.
—Por eso quiero verla.
—No me duele.
—Liam.
—Anjara.
Ella alzó una ceja.
El niño aguantó dos segundos.
Después se quitó la bota.
La piel del talón estaba enrojecida.
—Eso no es nada.
Anjara sacó un trozo de venda.
—Exactamente. Y pienso mantenerlo así.
—Puedo andar.
—También puedes andar con una ampolla. Solo que después lo harás quejándote cada siete pasos.
—No me quejo tanto.
Anjara comenzó a protegerle el talón.
Liam contó con los dedos.
—Ayer solo...
—No termines esa frase.
—¿Por qué?
—Porque llevamos una mañana muy bonita.
El niño sonrió.
Cuando terminaron, comieron uno de los bollos que les habían dado en Lumenvalle.
Liam partió el suyo y dejó un pedazo sobre una piedra.
Anjara lo miró.
—¿Qué haces?
—Para los pájaros.
—Creía que tenías hambre.
—Tengo.
—Argumento sólido.
Liam se encogió de hombros.
—Papá dejaba comida fuera en invierno.
Anjara guardó silencio.
Había contado aquella historia la noche anterior.
Él la había recordado.
—Sí —dijo—. Lo hacía.
Un gorrión descendió cuando ya se habían alejado unos metros.
Liam lo vio.
No dijo nada.
Tampoco Anjara.
Al mediodía desplegó el mapa de Elara sobre una roca plana.
La ruta dibujada se desviaba hacia el nordeste antes de retomar el norte.
Había ríos, elevaciones y líneas de bosque. También pequeños símbolos que Anjara todavía no comprendía.
Algunos parecían marcas de camino.
Otros no.
Las Montañas del Lamento ocupaban el extremo superior del pergamino como una hilera de dientes.
Entre ellas aparecía una anotación.
Academia Arcana.
Anjara pasó el pulgar sobre la tinta.
La mano de Elara.
Una parte de su madre había recorrido aquellas tierras antes que ella.
O, al menos, las había conocido lo bastante bien como para dibujarlas.
—¿Estamos aquí?
Liam apoyó un dedo.
—No pongas...
Ya lo había puesto sobre el mapa.
Anjara cerró los ojos.
—...el dedo encima.
Liam lo retiró.
—¿Aquí?
—Más al sur.
—¿Aquí?
—Un poco.
—¿Aquí?
Anjara señaló un punto.
—Aproximadamente.
Liam comparó la distancia con la Academia.
Su entusiasmo se deterioró.
—Eso está lejísimos.
—Te dije semanas.
—Pensaba que exagerabas.
—¿Por qué iba a exagerar algo así?
—Para que luego pareciera menos.
Anjara lo miró.
—Tu concepto de mí es preocupante.
—¿Cuántas semanas?
—No puedo saberlo.
—Una.
—Más.
—Dos.
—Liam.
—Tres.
—El camino puede cambiar. Hay ríos. Desniveles. No sabemos en qué estado estarán los puentes.
—Entonces cuatro.
Anjara dobló el mapa.
—Cuando lleguemos, te permito decir que tenías razón.
—Lo recordaré.
—Eso me preocupa todavía más.
Continuaron.
A medida que se alejaban de Lumenvalle, el bosque empezó a cambiar.
Al principio resultó casi agradable.
Los robles fueron dando paso a abedules de corteza pálida. El terreno se hizo más pedregoso, y las raíces dejaron de formar trampas continuas bajo sus botas.
Encontraron zarzamoras tardías en una pendiente orientada al sol.
Anjara probó una.
Dulce.
—Estas sí.
Liam llenó ambas manos.
—No metas muchas en la mochila.
—No iba a hacerlo.
Media hora después una mancha violácea se extendía por uno de los laterales.
Anjara la vio.
Liam la vio verla.
—No digas nada.
Ella siguió caminando.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando.
—Es una costumbre difícil de abandonar.
Liam sacó la mochila y examinó el desastre.
Varias zarzamoras habían reventado contra sus seis piedras.
—Puedo limpiarlo.
Cogió un puñado de hojas.
—Espera.
Demasiado tarde.
La mancha se extendió.
Liam contempló el resultado.
—Ha empeorado.
—Qué inesperado.
—Dijiste que no ibas a decir nada.
—He aguantado mucho.
El niño empezó a reír.
Anjara también.
Terminaron caminando con los dedos teñidos de morado.
Fue una tontería.
Una mochila manchada.
Una discusión inexistente.
Una tarde en el bosque.
Anjara la guardó con cuidado en algún rincón de la memoria.
No sabía por qué.
Por la tarde encontraron un pequeño santuario al lado del camino.