CAPÍTULO 4 LA ÚLTIMA NOCHE EN LUMENVALLE #3
El roble.
El bosque detrás de todo.
Dieciocho años cabían en aquel espacio.
También dos tumbas.
Y una ausencia sin tumba.
—Anjara.
Liam esperaba.
El medallón de Kael descansaba sobre su pecho.
Anjara ajustó las correas de la mochila.
—Voy.
Dio un paso.
Después otro.
El camino hacia el norte no tenía nada especial.
Tierra húmeda.
Piedras.
Hierba aplastada por carros.
Una rodadura llena de agua de la lluvia anterior.
No había música.
Ni una voz anunciando que comenzaba algo.
Solo dos personas alejándose de casa.
Liam caminaba con la espada de madera atada al costado. Los primeros minutos golpeó la mochila a cada paso.
Tac.
Tac.
Tac.
Anjara soportó el ruido durante treinta y siete golpes.
—Dámela.
Liam sujetó la espada.
—No.
—No voy a quitártela.
—Has puesto la voz de quitarme cosas.
—Tengo una sola voz.
—No.
Anjara extendió la mano.
—La espada.
Liam se la entregó con desconfianza.
Ella cambió la posición de la cuerda, colocó la empuñadura hacia arriba y volvió a sujetarla.
Caminaron.
Silencio.
Liam la miró.
—Mucho mejor.
—Soy una mujer de talentos infinitos.
Sonó algo dentro de la mochila.
Clonc.
Anjara volvió la cabeza.
Clonc.
—¿Qué es eso?
Liam evitó su mirada.
Clonc.
—La cuchara.
Anjara cerró los ojos.
—Por supuesto.
Siguieron caminando.
Durante un rato ninguno miró atrás.
Anjara sabía que el pueblo seguía allí.
Lo sabía porque todavía oía la fragua.
El sonido llegaba cada vez más débil.
Martillo contra yunque.
Pausa.
Otro golpe.
Después dejó de distinguirlo.
Liam habló primero.
—¿Crees que la Academia será como en las historias?
—No sé qué historias has oído tú.
—Con torres.
—Puede.
—Bibliotecas.
—Eso espero.
—Pasadizos secretos.
—Preferiría que no.
—¿Por qué?
—Porque los sitios con pasadizos secretos suelen tener motivos para necesitarlos.
Liam lo pensó.
—Eso los hace mejores.
—Tenemos criterios distintos.
—¿Habrá niños?
La pregunta llegó de otra manera.
Anjara lo miró.
—Probablemente.
—¿De mi edad?
—Espero que sí.
Liam pateó una piedra fuera del sendero.
—Torvin no va.
—No.
—Ya lo sé.
Anjara dejó que caminaran unos metros.
—Puedes echarlo de menos.
—No he dicho que lo eche de menos.
—Por supuesto.
—Solo decía que no va.
—Entendido.
Liam tardó.
—La talla va a protegerlo.
Anjara miró al frente.
—Seguro que sí.
—Te estás riendo.
—No.
—Sí.
—Solo un poco.
Liam intentó aparentar indignación.
No le duró.
—¿Habrá camas?
—Imagino.
—¿Comida?
—Sería una academia bastante mala si no alimentaran a nadie.
—¿Y dragones?
Anjara pensó en el claro.
En Vizkyr.
En ojos llenos de estrellas.
En todo lo que hacía una semana habría llamado imposible.
—Ya no descarto dragones.
Liam sacó un palmo de espada de madera.
—Bien.
—¿Bien?
—Si aparece uno, me encargo yo.
Anjara miró el arma.
—Naturalmente.
—Soy bastante bueno.
—Contra raíces.
—Aquella raíz hizo trampas.
—Las raíces tienen muy poco honor.
—Exacto.
Anjara rio.
El sonido se alejó entre los árboles.
Durante unos segundos, el camino fue solamente eso.
Un camino.
Liam.
Una mañana fría.
La mochila pesándole en los hombros.
No había Sello.
Ni corrupción.
Ni criaturas sin rostro.
Ni voces antiguas dentro de su cabeza.
Anjara permitió que aquel instante durara.
Porque ya empezaba a comprender que los buenos momentos no avisaban cuando estaban a punto de acabarse.
Al llegar a la primera curva, Liam se detuvo.
Anjara supo por qué antes de que se volviera.
Lumenvalle todavía podía verse desde allí.
Más pequeño.
Las casas parecían encajadas entre el bosque y los campos. El humo de las chimeneas formaba una capa fina sobre los tejados.
El viejo roble apenas era una mancha.
Liam la miró.
Anjara no dijo que debían continuar.
Regresaron dos pasos hasta un punto desde el que el valle se veía mejor.
—Adiós —dijo Liam.
Muy bajo.
Anjara observó su casa.
No podía distinguir la puerta.
Ni la ventana.
Ni la piedra bajo la que había dejado la llave.
—Adiós, Lumenvalle.
Esperó.
No sabía exactamente qué.
Quizá que algo la obligara a regresar.
Un grito.
La campana.
Una excusa.
No llegó nada.
Solo el viento moviendo las hojas.
Liam empezó a caminar.
Esta vez Anjara lo siguió.
La curva ocultó el pueblo.
Algo se calentó contra su pecho.
Anjara se detuvo.
La Gema.
Un único pulso.
Más intenso que los anteriores.
No doloroso.
Pero suficientemente fuerte para que la cadena vibrara sobre su piel.
Liam avanzó dos pasos antes de darse cuenta.
—¿Qué pasa?
Anjara sacó la piedra.
Durante un instante creyó ver una línea verde recorriendo una de sus facetas desde dentro.
Luego desapareció.
Miró hacia el norte.
Las montañas eran apenas una sombra azulada en el horizonte.
Muy lejos.
—Nada.
Liam observó la Gema.
—Eso no parecía nada.
Anjara volvió a ocultarla.
—No sé qué ha sido.
Aquello sí era verdad.
Continuaron.
La Gema se enfrió.
Pero muy lejos de Lumenvalle, más allá de los caminos que Anjara conocía y de las montañas que aún no había aprendido a temer, algo respondió al pulso.
No con una voz.
No con luz.
Con atención.
Y durante un instante, en algún lugar que Anjara todavía no podía nombrar, alguien alzó la cabeza.