CAPÍTULO 4 LA ÚLTIMA NOCHE EN LUMENVALLE #2
El niño explicaba a Torvin que las patas de Vizkyr eran cortas porque, en realidad, la perspectiva era complicada.
—Lo intentaré.
—No.
Anjara volvió hacia Elspeth.
—¿No?
—Eso ya sé que lo harás.
La mujer le agarró un instante la muñeca.
—Cuídate tú también.
Anjara no prometió nada.
Elspeth lo notó.
No insistió.
Antes de salir, Anjara volvió a entrar en la casa.
Liam protestó desde fuera.
—¿Ahora qué?
—Una cosa.
Fue hasta él.
Se agachó.
—Quieto.
—¿Por qué?
Sacó el medallón de haya.
Liam dejó de hablar.
—Era de papá.
—Sí.
Anjara pasó el cordón alrededor de su cuello.
El medallón quedó sobre su pecho.
Liam lo cogió.
El pulgar recorrió la runa.
—¿Qué significa?
—Nunca me lo dijo.
—¿Mamá lo sabía?
—Probablemente.
—¿Y tampoco te lo dijo?
Anjara miró hacia la casa.
—Parece que era una tradición familiar.
Liam observó la marca.
—¿Es magia?
—No lo sé.
—Podría serlo.
—También podría significar «no comas setas rojas».
—Eso sería útil.
—Sobre todo para papá.
Liam sonrió.
Anjara ajustó el cordón.
—No te lo quites.
El niño levantó la vista.
Había preguntas.
No hizo ninguna.
—Vale.
Anjara se incorporó.
Cerró la puerta.
Metió la llave en el bolsillo.
Después de tres pasos regresó.
Sacó la llave.
La dejó debajo de la piedra plana junto al umbral, donde Elara siempre había guardado una de repuesto.
Liam la observó.
—¿Por qué?
—Por si alguien necesita entrar.
—¿Quién?
Anjara miró la casa.
—Alguien que vuelva antes que nosotros.
No dijo más.
Atravesaron Lumenvalle despacio.
No porque quisieran.
Porque cada pocos metros alguien los detenía.
Una mujer le dio a Liam dos bollos aún calientes.
El molinero le pidió a Anjara que esperase y apareció con una pequeña bolsa de harina antes de que ella lograra convencerlo de que ya cargaba demasiado.
La señora Elmsworth estaba barriendo delante de su casa.
Anjara se detuvo.
—Le dije que no se agachara.
La anciana apoyó las manos sobre la escoba.
—No estoy agachada.
—Va a hacerlo.
—Todavía no.
Anjara negó con la cabeza.
La señora Elmsworth la miró durante un momento.
—Cuando vuelvas, mis rodillas seguirán doliéndome.
No era una pregunta.
Anjara entendió lo que aquella mujer era capaz de ofrecer.
—Procure que sigan ahí para que pueda quejarse.
—No pienso darle ese gusto a otra sanadora.
Continuaron.
La botica quedó a su izquierda.
El letrero de madera osciló suavemente sobre la puerta.
Anjara conocía cada mancha del mostrador.
Cada cajón.
Cada frasco que chirriaba al abrirse.
No entró.
En la plaza, el pozo estaba rodeado de cubos y conversaciones en voz baja. La gente seguía mirando hacia el bosque con demasiada frecuencia.
Las tres hogueras del perímetro todavía humeaban.
La amenaza permanecía.
Eso ayudaba.
Si Lumenvalle hubiese amanecido perfecto, marcharse habría resultado imposible.
Pasaron junto al banco donde Elara se sentaba algunos días cuando le dolían las piernas.
Junto a la cerca donde Liam había intentado montar una cabra.
—No intenté montarla.
Anjara lo miró.
—Te vi.
—Me subí para comprobar si podía.
—Eso se llama montar.
—No caminó.
—Porque eras demasiado pesado.
Liam pareció ofendido.
—Tenía seis años.
—La cabra sigue hablando de ello.
—Las cabras no hablan.
Anjara pensó en Vizkyr.
—Ya no estoy preparada para descartar nada.
Liam tardó un momento.
Después sonrió.
El viejo roble estaba en la salida norte del pueblo.
Anjara aminoró el paso antes de llegar.
Liam hizo lo mismo.
Las marcas apenas destacaban en la corteza.
Kael había empezado con Anjara.
Una incisión cada año.
La fecha.
Una pequeña línea.
Después había añadido las de Liam, en el lado opuesto.
Anjara pasó los dedos por una de las suyas.
Recordó una mano grande apoyada en su cabeza.
—Recta.
—Estoy recta.
—Estás levantando los talones.
—Así soy más alta.
—Así haces trampas.
La memoria tenía la voz de Kael.
Tan clara que durante un segundo Anjara no quiso abrir los ojos.
Liam tocó una de sus marcas.
—Aquí tenía cinco.
—Y asegurabas que eras casi tan alto como yo.
—Puede que lo fuera.
Anjara comparó las marcas.
—Eras un renacuajo.
—No.
—Un renacuajo bastante ruidoso.
Liam apoyó la frente contra el tronco.
El humor desapareció.
—¿Volveremos?
Anjara miró hacia Lumenvalle.
La niebla empezaba a romperse.
Las chimeneas estaban ya a la vista.
El humo ascendía recto.
Un carro cruzaba la plaza.
La fragua había comenzado por fin a trabajar.
Martillo.
Metal.
Martillo.
Todo aquello había formado el mundo durante dieciocho años.
—No lo sé.
Liam siguió tocando la corteza.
Anjara se agachó a su lado.
Podría haberle dicho que sí.
Habría sido fácil.
Cinco letras.
Una mentira pequeña.
No lo hizo.
—Pero quiero volver.
El niño la miró.
Aquello pareció bastarle más que una promesa.
—Yo también.
Se incorporó.
Dio dos pasos.
Regresó corriendo hasta el árbol y tocó una vez la marca de cinco años.
Después volvió junto a Anjara.
—Ya.
Ella no preguntó qué había hecho.
Al final del camino estaban Garth, el herrero y Fendrel.
Anjara los vio antes de que ellos hablaran.
Garth llevaba el arco.
El herrero tenía las manos todavía ennegrecidas.
Fendrel se apoyaba en su bastón con la solemnidad de alguien que se negaba a admitir que había madrugado para despedirse.
Anjara se acercó.
—No esperaba un comité.
—No lo es —dijo Fendrel.
Garth miró al anciano.
—Llevamos aquí un rato.
—Eso no lo convierte en comité.
—Tres personas esperando juntas a otras dos encaja bastante bien.
Fendrel lo ignoró.
Anjara cruzó los brazos.
—¿Venís a impedir que me vaya?
—No.
—Bien. Habría sido incómodo.
El anciano respiró despacio.
La noche anterior parecía haberle añadido varios años.
—He pensado en lo que dijiste.
Anjara levantó una ceja.
—Empiezas fuerte.
Garth tosió para esconder una risa.
Fendrel le lanzó una mirada.
—No sé qué eres —continuó.
El herrero bajó los ojos.
Anjara sostuvo la mirada del anciano.
—Yo tampoco.
—No sé qué atacó tu casa.
—Tampoco yo.
—Y no sé si marcharte va a solucionar algo.
—En eso coincidimos otra vez.
Fendrel apretó la boca.
—Siempre has tenido demasiadas respuestas.
—Acabas de enumerar tres cosas que no sé.
—Y aun así consigues llevarme la contraria.
—Es una habilidad.
Garth ya no disimuló la sonrisa.
Fendrel golpeó una vez el suelo con el bastón.
Pero su expresión no era realmente de enfado.
Miró a Liam.
Después a las marcas negras todavía visibles en la puerta de la casa, a lo lejos.
—Sé que te quedaste cuando podrías haber huido.
Anjara dejó de sonreír.
—Sé que anoche fuiste la primera en correr hacia la campana. Y sé que mi nieto sigue moviendo ese brazo porque tú estabas allí cuando se quemó.
El herrero miró hacia Torvin, que observaba desde más atrás junto a su madre.
Fendrel volvió a Anjara.
—Así que quizá...
Le costó.
Anjara podía haberlo obligado a terminar.
No lo hizo.
—Quizá te equivocaste.
Fendrel frunció el ceño.
—Eso estaba diciendo.
—Te estaba ayudando.
—No necesito ayuda para disculparme.
—Todavía no te habías disculpado.
Garth volvió la cara.
El herrero se frotó la boca para ocultar una sonrisa.
Durante un segundo Fendrel pareció considerar seriamente utilizar el bastón.
Después resopló.
—Quizá me equivoqué.
Anjara asintió.
—Quizá.
—¿Eso es todo?
—He aprendido de ti.
Garth soltó una carcajada.
Incluso el herrero rio.
Fendrel cerró los ojos.
—Vete antes de que cambie de opinión.
Anjara sonrió.
Pero la sonrisa se desvaneció al mirar hacia el pueblo.
—Cuídalo.
Fendrel siguió su mirada.
Las casas.
Las hogueras.
La gente que ya regresaba a sus tareas.
—Siempre lo he hecho.
Anjara le creyó.
Fendrel podía estar equivocado.
Podía ser obstinado.
Podía convertir el miedo en sospecha y la preocupación en órdenes.
Pero amaba Lumenvalle.
A veces la gente hacía daño precisamente intentando proteger aquello que amaba.
Anjara esperaba no aprender aquella lección demasiado tarde.
El herrero se acercó.
—Sobre lo que dije de ti...
—Ya hiciste el turno de Garth.
El hombre parpadeó.
—Sí.
—Entonces estamos en paz.
Miró sus manos.
—Mantén limpia la venda de Torvin dos días más.
—Lo haré.
—Y no dejes que trabaje con el brazo.
Torvin protestó desde atrás.
—¡Estoy bien!
Anjara levantó la voz.
—Por eso quiero que sigas estándolo.
El herrero asintió.
—Dos días.
—Tres —gritó Elspeth.
El hombre cerró los ojos.
—Tres.
Anjara sonrió.
Garth esperó a que los demás terminaran.
Después señaló el camino.
—Hay una posada al final de esta primera ruta, antes del puente viejo.
Anjara asintió.
La conocía de nombre y de haber pasado cerca alguna vez con Kael, aunque nunca había dormido allí.
—Si llegáis con luz, el dueño suele dejar el granero a los caminantes que no pueden pagar habitación. Dile que vais de mi parte.
—¿Eso ayuda?
—Depende de lo que recuerde de mí.
—Muy tranquilizador.
Garth metió una mano en el bolsillo.
Su expresión cambió.
Sacó un pequeño objeto de hueso pulido.
Un silbato.
Tenía el tamaño de dos dedos, con una cuerda vieja anudada en un extremo.
—Llévalo.
Anjara no extendió la mano.
—Garth...
—Era de mi hijo.
Eso la detuvo.
No sabía demasiado sobre él.
En Lumenvalle existían temas que todo el mundo conocía y nadie mencionaba.
Garth nunca hablaba de su hijo.
—No puedo aceptarlo.
—Claro que puedes.
—Si era suyo...
—Precisamente.
El hombre colocó el silbato en la palma de Anjara.
—Se escucha muy lejos. Si os separáis en el bosque, tres soplidos. Esperas. Después otros tres.
Anjara cerró los dedos alrededor del hueso.
Estaba desgastado en un lado.
Por uso.
—Te lo devolveré.
Garth negó.
—No.
—Garth.
—Si volvéis, me cuentas para qué ha servido.
Ella lo miró.
Había mucho más en aquella frase de lo que él estaba dispuesto a decir.
—Trato hecho.
Guardó el silbato en un bolsillo interior de la mochila, donde pudiera alcanzarlo sin vaciarla.
Liam ya había dado los primeros pasos hacia el camino cuando se volvió.
—¿Vienes?
Anjara no contestó enseguida.
Miró Lumenvalle.
La plaza.
La fragua.
La casa de Elspeth.
El tejado de la suya.