El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 4 LA ÚLTIMA NOCHE EN LUMENVALLE
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CAPÍTULO 4 LA ÚLTIMA NOCHE EN LUMENVALLE

Lumenvalle amaneció cubierto de niebla.

No era extraño.

A comienzos del otoño, el frío descendía desde las colinas durante la madrugada y quedaba atrapado entre el río, los tejados y los campos hasta bien entrada la mañana.

Anjara había visto aquel mismo paisaje cientos de veces: las chimeneas asomando como pequeñas islas sobre el blanco, los cercados convertidos en líneas borrosas y las figuras de los primeros campesinos apareciendo y desapareciendo entre la bruma.

Aquella mañana no encontró belleza en nada de ello.

Solo despedidas.

Permaneció en el umbral con una taza caliente entre las manos.

El barro olía a lluvia vieja. Algún gallo reclamaba una autoridad que nadie le había concedido.

Más abajo, una puerta se abrió y alguien vació un cubo antes de volver a encerrarse en casa.

El molino todavía no se había puesto en marcha y la fragua guardaba un silencio extraño después de tres noches en las que su campana había significado algo distinto del trabajo.

Lumenvalle despertaba.

Como cualquier otro día.

Y ella iba a marcharse.

—¿Cuánto falta?

Anjara miró hacia el interior.

Liam estaba sentado en el suelo junto a la mesa, rodeado por objetos que parecían haber perdido una batalla contra su mochila.

Las seis piedras habían sobrevivido a la selección de la noche anterior.

También la espada de madera.

Dos manzanas.

Un trozo de cuerda.

Una cuchara.

Anjara entrecerró los ojos.

—¿Por qué llevas una cuchara?

Liam ni siquiera levantó la cabeza.

—Por si comemos sopa.

—Hay cucharas fuera de Lumenvalle.

—¿Cómo lo sabes?

Anjara abrió la boca.

La cerró.

—Porque la humanidad ha conseguido logros sorprendentes.

Liam sostuvo la cuchara.

—¿Y si llegamos a un sitio sin ellas?

—Entonces probablemente la ausencia de cucharas no sea nuestro principal problema.

El niño la metió en la mochila.

Anjara lo dejó hacer.

La taza empezaba a enfriarse.

No había dormido.

Después de que Liam escogiera las piedras, él había seguido hablando durante un buen rato desde la cama.

Primero de la Academia. Después de los dragones que estaba convencido de que encontrarían allí.

Luego de si las montañas podían llamarse Montañas del Lamento sin que nadie se lamentara constantemente.

La última frase había quedado incompleta.

Cuando Anjara entró a verlo, estaba dormido con una de las piedras todavía cerrada en el puño.

La del supuesto caballo.

Ella había permanecido despierta.

Había comprobado provisiones.

Después volvió a comprobarlas.

Pan, queso, carne seca, avena y sal.

Dos manzanas.

El pequeño paquete de comida que Garth había llevado la tarde anterior.

Añadió raíz de dragón, corteza de sauce, llantén, musgo de río seco y el pequeño tarro verde del ungüento que había utilizado con Torvin. Aguja. Hilo. Vendas. Tijeras.

Una manta para cada uno.

Pedernal.

Una cuerda más larga que la de Liam.

Un cazo pequeño.

Todo lo que podía servir.

Todo lo que podía cargar.

Había aprendido muy deprisa que aquellas dos categorías no eran lo mismo.

El diario de Elara estaba ya envuelto en tela y protegido en el fondo de su mochila. El mapa descansaba con él.

Había recorrido después la casa.

La habitación de Liam.

La suya.

La cocina.

El pequeño cuarto donde Elara guardaba las plantas que no quería cerca del humo.

La ventana que Kael había prometido reparar y que seguía dejando pasar una corriente fina junto al marco.

Anjara había colocado una tira de tela allí cada invierno desde que él faltaba.

Aquella noche volvió a hacerlo.

Después recordó que no estaría allí cuando llegara el frío.

Quitó la tela.

La volvió a colocar.

No había razón para hacerlo.

Quizá por eso lo hizo.

Mientras el diario permanecía abierto todavía podía fingir que estaba buscando una respuesta.

Cuando lo cerraba, solo quedaba marcharse.

—Anjara.

Levantó la vista.

Liam la observaba desde la mesa.

—¿Qué?

—Llevas un rato mirando la misma casa.

Anjara miró hacia el pueblo.

—Solo tenemos una.

—Ya.

—Eso reduce bastante las opciones.

Liam siguió metiendo objetos en la mochila.

Anjara bebió el último trago de la taza y volvió dentro.

El fuego estaba bajo.

Se agachó para mover un leño y se encontró con otra de las piedras de Liam debajo de un banco.

—¿Esta cuenta entre las seis?

Liam miró.

—No.

—Entonces son siete.

—Esa vive aquí.

Anjara sostuvo la piedra gris.

—Qué vida tan emocionante.

La dejó en el alféizar.

Quizá seguiría allí si algún día regresaban.

No permitió que el pensamiento avanzara más.

—¿Puedo ir a despedirme de Torvin?

—Cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—Ocho.

Anjara lo miró.

Liam ya estaba sonriendo.

—¿Vamos a negociar absolutamente todo durante el viaje?

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que ofrezcas.

Anjara señaló la puerta.

—Ocho minutos.

—Acepto.

—Y no conviertas ocho en veinte.

—Eso sería romper un trato.

—Tú añadiste una piedra sin que contara.

Liam se llevó una mano al pecho.

—Vive aquí.

—Fuera.

Salió antes de que ella pudiera responder.

La puerta se cerró.

El silencio entró en la casa.

Esta vez no había pasos de Liam.

Ni el raspado de su espada contra una silla.

Ni preguntas.

Anjara permaneció inmóvil junto a la mesa.

Había pensado que lo más difícil sería abandonar la tumba de Elara.

O el bosque.

O la botica.

No.

Era aquello.

Escuchar una casa en la que ya no quedaba nadie.

La madera crujió al enfriarse.

Una rama rozó el cristal.

Desde la habitación de Elara llegaba todavía, muy débil, el olor a lavanda, polvo y hierbas secas.

Anjara fue hasta allí.

El arcón de serbal estaba cerrado.

Pasó los dedos por la tapa.

Debajo del fondo falso quedaba ya únicamente el hueco que había ocultado el diario y la Gema durante tantos años.

Una jaula de paz.

Las palabras de Elara habían dejado de parecerle cobardes.

No las comprendía mejor.

Pero después de las últimas noches empezaba a entender por qué una madre podía llegar a desear que sus hijos no conocieran jamás determinadas verdades.

Sacó la Gema de debajo de la túnica.

Verde.

Fría.

Perfectamente silenciosa.

—Una promesa.

Vizkyr no había explicado de qué.

Anjara ya había decidido que, si volvía a encontrarlo, no permitiría que desapareciera hasta que contestase al menos tres preguntas completas.

Probablemente aquello significara perseguir a un ser cósmico por un bosque.

Había tenido planes peores durante los últimos días.

Guardó la piedra.

Al girarse vio algo sobre la pequeña cómoda de Elara.

Un medallón.

Había estado allí durante años.

Lo conocía tanto que casi había dejado de verlo.

Madera de haya, oscurecida por el roce de los dedos. Kael lo había tallado con una de sus navajas durante un invierno en el que la nieve mantuvo a medio pueblo encerrado en casa.

Una runa ocupaba el centro.

Anjara nunca había sabido qué significaba.

De niña había preguntado.

Kael se limitó a decir que era antigua.

Elara le lanzó una mirada desde la mesa.

Él añadió que también era bonita.

Y ahí terminó la explicación.

Anjara tomó el medallón.

La talla era demasiado precisa para ser decorativa. Varias líneas se cruzaban alrededor de una marca central, formando un dibujo que recordaba a una rama partida o quizá a una llama.

No se parecía a nada de lo que había visto en el diario.

Lo guardó en el bolsillo.

Después regresó a la cocina.

Tomó el cuchillo de Kael.

El mango de hueso de ciervo encajó en su palma con la familiaridad de siempre.

Aquello sí sabía utilizarlo.

Algo era algo.

Cerró los ojos.

—Adiós, mamá.

La casa no respondió.

No esperaba que lo hiciera.

Aun así, esperó unos segundos.

Entonces llegaron voces.

Liam apareció por el camino acompañado de Torvin.

Habían pasado bastante más de ocho minutos.

Anjara decidió que ya tendrían tiempo de discutir sobre matemáticas durante las próximas semanas.

Torvin seguía llevando una venda alrededor del brazo, aunque probablemente más por insistencia de su madre que por necesidad.

Liam ocultaba algo detrás de la espalda.

Eso rara vez significaba nada bueno.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Esa respuesta nunca ha precedido a algo tranquilizador.

Torvin sonrió.

Liam sacó las manos.

La talla de Vizkyr estaba entre ellas.

Anjara reconoció las patas cortas y las orejas que dos días antes se parecían a nabos.

Ahora tenía una cola.

Eso no había mejorado demasiado la situación.

—Se la doy a Torvin.

Torvin la recibió con ambas manos.

—Es Vizkyr.

—Ya lo veo —dijo Anjara.

Liam la miró.

—Ayer dijiste que parecía una patata.

—Ayer estaba menos terminado.

Torvin examinó la figura.

—A mí me gusta.

—Gracias —dijo Liam.

—Parece un lobo.

Anjara miró a ambos niños.

—Vuestra amistad se basa en la mentira.

Torvin se rio.

Liam le dio un golpe suave con el hombro.

Anjara guardó aquel sonido.

Sin proponérselo.

Como si ya supiera que iba a necesitarlo.

Elspeth apareció detrás de ellos.

Llevaba un paquete envuelto en tela.

—Antes de que preguntes, sí hace falta.

Anjara miró el paquete.

—Todavía no he dicho nada.

—Te conozco desde que no llegabas al mostrador de tu madre.

—Eso no parece una ventaja justa.

Elspeth le tendió la tela.

Dentro había pan, queso, carne seca y una pequeña bolsita con hierbas.

Anjara reconoció tomillo y menta.

—Ya llevamos comida.

—Ahora lleváis más.

—No puedo cargar con media despensa.

—Entonces deja una piedra.

Liam abrazó su mochila.

—No.

Elspeth sonrió.

—Problema resuelto.

Anjara iba a protestar.

No lo hizo.

Guardó el paquete.

—Gracias.

Elspeth miró hacia la casa.

Después hacia el camino norte.

Su expresión cambió.

—No sé si volveréis.

No había dramatismo en las palabras.

Precisamente por eso dolieron.

—Yo tampoco.

Elspeth tragó saliva.

—Entonces prefiero despedirme bien.

Anjara dejó la mochila.

La mujer la abrazó.

Durante unos segundos Anjara volvió a ser una niña que esperaba en la botica mientras Elara atendía a alguien; una adolescente a la que Elspeth había encontrado intentando vendarse sola una mano después de cortarse preparando raíces; la hija de la sanadora.

No la mujer que llevaba una Gema antigua bajo la ropa.

Cuando se separaron, Elspeth tenía los ojos húmedos.

—Cuida de ese hermano tuyo.

Anjara miró a Liam.