El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE #4
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CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE #4

Se apoyó en la mesa hasta que pasó.

La herida seguía allí.

Anjara se vendó el dedo.

Había aprendido algo.

No sabía lo que estaba haciendo.

Era poco.

Pero era verdad.

La tercera noche sonó la campana.

Anjara despertó antes del segundo golpe.

Liam se incorporó en la otra habitación.

La campana volvió a caer.

Una.

Dos.

Tres veces.

Alarma.

Anjara salió de la cama.

—Al almacén.

—Anjara...

—Ahora.

Liam vio su cara.

No discutió.

Ella esperó a oír el cierre interior antes de coger el cuchillo y salir.

Lumenvalle se había llenado de sombras en movimiento.

Puertas abriéndose.

Antorchas.

Hombres corriendo.

Garth apareció con un arco.

—La hoguera norte.

—¿Qué ha pasado?

—Algo se acercó.

—¿Alguien está herido?

—No.

Anjara echó a correr.

—¡Nadie entre en el bosque!

Llegaron al lindero.

El fuego continuaba encendido.

Uno de los jóvenes de guardia estaba sentado en tierra. El otro sostenía una lanza con ambas manos.

La punta temblaba.

Anjara se agachó junto al primero.

—¿Te ha tocado?

Negó.

—¿Estás herido?

Otra negativa.

—Mírame.

El muchacho obedeció.

Tenía las pupilas enormes.

—¿Qué viste?

Señaló los árboles.

Anjara siguió el gesto.

Tres huellas cruzaban la tierra húmeda.

Una.

Otra.

Otra.

Negras en los bordes.

La misma criatura.

Había vuelto.

—¿La viste?

—No entera.

—¿Qué viste?

El joven tragó saliva.

—Los ojos.

—Descríbelos.

—Pálidos.

—¿De animal?

El muchacho tardó demasiado.

—No.

La hoguera crujió.

—¿Qué más?

Él miró a Anjara.

—No tenía cara.

Nadie habló.

Uno de los hombres hizo el mismo gesto protector sobre el pecho que Anjara había visto en la plaza.

Garth levantó el arco hacia el bosque.

No había nada.

Fendrel llegó sin aliento.

—¿Qué ha ocurrido?

Vio las huellas.

Se detuvo.

La sangre abandonó su rostro.

Anjara miró el camino negro entre los árboles.

Vizkyr había dicho que aquella criatura no era lo que debía temer.

Eso no la convertía en inofensiva.

Solo significaba que existía algo peor.

Pensó en Liam escondido bajo el suelo.

En la puerta de su casa.

En la madera convertida en podredumbre.

En la posibilidad de que la próxima vez la tranca no resistiera.

No necesitó una profecía.

Ni una orden.

—Garth.

—¿Sí?

—Dobla las guardias hasta el amanecer.

El hombre asintió.

—¿Y después?

Anjara miró hacia su casa.

La respuesta ya estaba allí.

—Nos marchamos.

Elspeth había llegado detrás de ellos.

—No tienes que hacerlo.

Anjara contempló las huellas.

—Sí.

—Podemos protegeros.

—Esta noche.

Elspeth calló.

—Quizá mañana también —continuó Anjara—. ¿Y la siguiente?

La mujer apretó los labios.

Fendrel observaba el suelo.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Mañana.

—¿Adónde?

Anjara recordó el diario.

El mapa.

Las montañas dibujadas por una mano que conocía.

—A la Academia Arcana.

Algunos hombres intercambiaron miradas.

Fendrel levantó la cabeza.

—Está muy lejos.

—Lo sé.

—El camino hacia las Montañas del Lamento no es seguro.

Anjara miró las tres huellas.

—El de mi puerta tampoco.

Fendrel no tuvo respuesta.

Regresó a casa.

Golpeó tres veces.

Esperó.

—¿Quién? —preguntó Liam desde dentro.

Anjara cerró los ojos un instante.

—La persona que cree que tu colección de piedras pesa demasiado.

Silencio.

—Contraseña.

A pesar de todo, sonrió.

—Sombreros de necio.

El cierre se abrió.

Liam salió.

—¿Está muerta?

—No.

—¿Se ha ido?

—Sí.

El niño respiró mejor.

Anjara dejó el cuchillo sobre la mesa.

Después fue hasta la habitación de Elara.

Sacó el diario.

Y el mapa.

Cuando regresó, Liam estaba esperando.

Anjara lo extendió sobre la mesa.

—Nos vamos mañana.

El niño dejó de moverse.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Adónde?

Anjara señaló el norte.

Las Montañas del Lamento.

Liam leyó despacio.

—Suena horrible.

—No es una campaña turística especialmente buena.

El dedo de Anjara avanzó hasta otra inscripción.

Academia Arcana.

Liam se inclinó.

—¿Academia?

—Eso dice.

—¿De magia?

—Espero que sepan algo sobre ella.

—¿Voy a aprender?

—No.

—¿Por qué tú sí?

—Ni siquiera sabemos si yo puedo.

Liam frunció el ceño.

—Quiero lanzar fuego.

—No.

—Hielo.

—Tampoco.

—Rayos.

—Especialmente no.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

Liam consideró la objeción.

—Es razonable.

Anjara levantó una ceja.

—Me preocupa que lo admitas tan deprisa.

El niño volvió al mapa.

—¿Cuánto tardaremos?

Anjara calculó distancias.

Caminos.

Ríos.

Las zonas donde las anotaciones de Elara indicaban que el terreno ascendía.

—Semanas.

Liam levantó lentamente la cabeza.

—¿Andando?

—La mayor parte.

—Eso es muchísimo andar.

—También habrá muchísimo quejarse.

—Probablemente.

Después miró alrededor.

La espada de madera junto a la pared.

Su manta.

La talla inacabada de Vizkyr.

Las pequeñas cosas que hasta aquella noche no había tenido que imaginar dejando atrás.

—¿Puedo llevar mi espada?

—Sí.

—¿Y mis piedras?

Anjara siguió su mirada.

Había un saco en una esquina.

Lo abrió.

Más de veinte.

—Liam.

—Son especiales.

Cogió una.

—Esta parece un caballo.

Anjara la giró entre los dedos.

—¿Ha sufrido un accidente?

—Es un caballo.

—Claro.

—Y esta es de río.

—Vivimos junto a un río.

—Por eso.

Anjara devolvió la piedra al saco.

—Tres.

—Diez.

—Tres.

—Ocho.

—Cuatro.

—Siete.

—Cinco.

Liam pensó.

—Seis.

Anjara lo observó.

Su hermano de diez años negociaba qué piedras podía llevarse de la única casa que recordaba.

La discusión dejó de parecer graciosa.

—Seis.

Liam asintió y se arrodilló junto al saco.

Comenzó a elegir.

Una lisa.

Otra con una veta blanca.

La que, según él, tenía forma de caballo.

Anjara lo contempló un momento.

Eso era marcharse.

No una profecía.

No una gran decisión pronunciada ante los dioses.

Un niño dejando catorce piedras en el suelo porque no podía cargar con todas.

La Gema descansaba contra su pecho.

Vizkyr le había dicho que podía elegir.

Ahora comprendía el precio de aquellas palabras.

Elegir un camino no significaba conocer su destino.

A veces solo significaba mirar todo aquello que amabas,

Y aceptar que ya no podías quedarte.