El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE #3
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CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE #3

—¿Por qué preguntas eso?

—Por tu cara.

—Voy a dejar de tener cara cuando hablo contigo.

—Eso sería raro.

Anjara se sentó enfrente.

—Sí. Hablaba.

Liam dejó las manos sobre la mesa.

—¿Con la boca?

—Dentro de mi cabeza.

El silencio duró exactamente un segundo.

—Eso es muchísimo mejor que un dragón.

Anjara negó con la cabeza.

—Conocía a mamá.

La emoción desapareció del rostro del niño.

—¿De verdad?

—Eso dijo.

—¿Y a papá?

Anjara recordó:

Tu padre eligió.

—Creo que sí.

Liam bajó los ojos.

Rascó con una uña una vieja marca de la mesa.

—¿Le preguntaste dónde está?

Anjara tardó demasiado.

Liam levantó la mirada.

—Ya sé que mamá murió.

—Lo sé.

—Pero papá no...

No terminó.

No hacía falta.

Kael no había muerto ante ellos.

Simplemente había dejado un hueco.

Los muertos tenían tumbas.

Los desaparecidos tenían posibilidades.

A veces aquello era peor.

—Le pregunté —dijo Anjara.

—¿Y?

—No contestó.

Liam apretó los labios.

—No me cae bien.

—Es una opinión razonable.

—La próxima vez pregúntale otra vez.

—¿La próxima?

—Volverás a verlo.

—No sé eso.

Liam se encogió de hombros.

—Él sí sabe dónde vives.

Anjara lo miró.

—Eso no es inquietante en absoluto.

—¿Cómo se llama?

—Vizkyr.

El niño repitió el nombre con cuidado.

—Vizkyr.

La Gema emitió un pulso cálido.

Anjara se quedó quieta.

Liam no lo advirtió.

—Suena antiguo.

—Lo es.

—¿Cuánto?

—No tuve la delicadeza de preguntarle la edad.

—Mamá decía que eso era de mala educación.

Anjara recordó a Elara riñéndole por una pregunta semejante a una anciana del pueblo.

—Tu madre habría disfrutado muchísimo con esa contradicción.

Liam ladeó la cabeza.

—Has dicho «tu madre».

Anjara calló.

Él también.

—Nuestra madre —corrigió ella.

Liam asintió.

No hizo ningún comentario más.

Aquella tarde, Lumenvalle continuó haciendo lo que hacía siempre cuando algo amenazaba con quebrarlo.

Trabajar.

El herrero reforzó la campana de la fragua.

Garth organizó los turnos de vigilancia con una tabla, carbón y una cantidad sorprendente de insultos contra quienes intentaban intercambiar sus horas.

Dos mujeres llevaron ollas de guiso a los hombres que levantaban las hogueras.

Un muchacho fue enviado tres veces a buscar agua porque las dos primeras regresó con más noticias que cubos llenos.

Fendrel protestó por la cantidad de leña.

Nadie dejó de cargarla.

Anjara pasó parte de la tarde atendiendo la botica.

La señora Elmsworth apareció por sus rodillas.

Como cada semana.

—Duelen más con este tiempo.

Anjara examinó la articulación.

—Ayer decía que dolían más con el calor.

—También.

—Entonces sus rodillas tienen una relación difícil con el clima.

La anciana la miró con severidad.

—Tu madre no era tan impertinente.

—Mi madre cobraba más.

La señora Elmsworth entrecerró los ojos.

Luego dejó dos monedas sobre la mesa.

—Eso es extorsión.

—Corteza de sauce por la noche. Y deje de arrodillarse para limpiar debajo de la cama.

—Hay polvo.

—El polvo no se va a ninguna parte.

—Precisamente.

Anjara le entregó el saquito.

La anciana lo recogió.

Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.

Miró las tres marcas negras.

Después a Anjara.

—Fendrel habla demasiado.

Anjara arqueó una ceja.

—No he preguntado.

—Por eso te lo digo.

Salió.

Anjara la observó alejarse.

Quizá aquello era una disculpa.

En Lumenvalle había que aprender a reconocerlas en formas extrañas.

Garth llegó poco después con un saco.

Pan.

Carne seca.

Queso.

—Mi mujer dice que has adelgazado.

—Tu mujer no me ve desde hace una semana.

—Nunca ha necesitado datos para opinar.

Anjara dejó el saco sobre la mesa.

—¿Por qué has venido realmente?

Garth miró hacia la puerta.

—He cruzado el lindero.

Anjara dejó de ordenar los frascos.

—Te dije que nadie entrara.

—No he entrado.

—Acabas de decir que has cruzado.

—Veinte pasos.

—Esos veinte pasos siguen estando dentro.

Garth carraspeó.

—Las cortezas están negras.

Anjara no respondió.

—Tenías razón.

No hubo satisfacción.

—Necesito cuatro personas en cada turno esta noche.

—Habías dicho dos.

—Ahora digo cuatro.

—¿Qué has visto ahí dentro?

Anjara pensó en estrellas girando dentro de unos ojos.

He visto bosques morir antes.

—Algo que me ha hecho cambiar de opinión.

Garth la estudió.

—Fendrel va a protestar.

—Fendrel protestaría si los dioses bajasen a reparar su tejado porque no habrían pedido permiso.

Garth sonrió.

—No todos pensamos como él.

Anjara miró el saco.

—No creo que todos penséis como nadie.

La sonrisa desapareció.

—Eso es probablemente lo que más miedo da.

Aquello sí era sincero.

Anjara asintió.

—Gracias por la comida.

—No me las des todavía.

Garth salió.

Liam apareció desde la habitación con un trozo de madera.

—No nos odian.

—Nunca he dicho eso.

—Pones la cara.

—Otra vez la cara.

—Sí.

—Voy a empezar a cobrarte cada vez que la menciones.

Liam se sentó.

Había tallado cuatro patas cortas y una cabeza desproporcionada en la madera.

Anjara la observó.

—¿Qué ha sufrido esa pobre criatura?

—Es Vizkyr.

Anjara miró la talla.

Después a Liam.

—Claro.

—Todavía no está terminada.

—Eso explica muchas cosas.

El niño volvió a raspar la madera con su navaja roma.

—¿Tiene la cola así?

—Más larga.

—¿Y las orejas?

—Menos parecidas a nabos.

Liam la miró ofendido.

—Son orejas.

—Ahora que lo dices...

Le lanzó una viruta.

Anjara la apartó.

Preparó la cena mientras él tallaba.

Cebolla.

Un trozo de nabo.

La carne que quedaba.

Agua.

Sal.

Nada especial.

El olor de la sopa llenó poco a poco la cocina mientras fuera los hombres encendían la primera hoguera.

Anjara abrió el diario.

Buscó el nombre.

Vizkyr.

No lo encontró.

Sí encontró otros.

Anjanu.

Sello.

Academia Arcana.

Eldrin.

Palabras dispersas entre dibujos y párrafos mutilados.

Su madre había convertido su pasado en un rompecabezas y después se había llevado media caja de piezas a la tumba.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Qué?

Anjara levantó la cabeza.

Liam continuaba tallando.

—Nada.

—Estabas hablando con mamá.

Ella cerró el diario parcialmente.

—Sí.

—Yo también lo hago.

La respuesta la sorprendió.

—¿Cuándo?

Liam se encogió de hombros.

—Cuando quiero.

—Eso aclara muchísimo.

—Son cosas privadas.

Anjara no insistió.

El cuchillo pequeño raspó la madera.

Fuera, alguien añadió un tronco a la hoguera.

Las llamas proyectaron sombras anaranjadas contra la ventana.

—A veces no recuerdo su voz —dijo Liam.

La mano de Anjara quedó sobre la página.

No lo miró inmediatamente.

—Yo sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Ahora Liam había dejado de tallar.

—¿Cómo era?

Anjara buscó una respuesta.

No encontró ninguna que no pareciera demasiado pequeña.

Entonces imitó:

—«Liam, si vuelves a tocar esas hojas, te juro que la próxima medicina te la preparo con ellas».

El niño abrió mucho los ojos.

—¡Sonaba exactamente así!

—Porque habías vuelto a tocarlas.

—Pensé que eran especias.

—Te las comiste.

—Solo una.

—Lloraste una hora.

—Me ardía la lengua.

—Mamá no sabía si curarte o dejar que aprendieras la lección.

Liam empezó a reír.

Anjara también.

Recordaron la taza que Elara nunca terminaba.

Su manía de contar las monedas dos veces.

Las plantas colgadas del techo.

Cómo tarareaba cuando trabajaba.

La vez que Kael había llegado embarrado hasta las rodillas y Elara le hizo desvestirse fuera mientras los dos niños espiaban por una ventana.

—Papá dijo una palabra mala.

—Dijo varias.

—Tú las repetiste.

Anjara señaló al niño con la cuchara.

—Eso no consta en ninguna parte.

—Yo estaba allí.

—Testimonio poco fiable.

Durante unos minutos, Elara y Kael volvieron a aquella cocina.

No como secretos.

No como nombres en un diario.

Como padres.

Cuando el silencio regresó, fue más amable.

Liam retomó la talla.

Anjara abrió otra vez el libro.

Ahora comprendía por qué marcharse era tan difícil.

No abandonaría una casa.

Abandonaría los lugares donde todavía podía recordar.

Pasaron dos días.

Y Lumenvalle aprendió a vivir alrededor del miedo.

Las hogueras se encendían antes de ponerse el sol. Los niños tenían prohibido acercarse al lindero norte. Los cazadores salían en parejas y regresaban antes de la tarde. Las puertas que antes permanecían abiertas hasta la cena empezaron a cerrarse con luz todavía en el cielo.

Pero el pan continuaba horneándose.

La ropa seguía tendida entre las casas.

Las cabras seguían escapándose.

La señora Elmsworth seguía ignorando las instrucciones de Anjara.

La vida no se detenía porque algo oscuro estuviera acercándose.

Solo aprendía a mirar por encima del hombro.

Anjara recorrió las casas.

Dos conejos muertos.

Un cuervo.

Una cabra que había dejado de comer después de pastar cerca del norte.

La examinó.

Tenía fiebre.

El vientre hinchado.

Nada negro.

Nada imposible.

Una enfermedad corriente.

Anjara casi se alegró.

Todavía existían males normales.

Aquella tarde volvió a visitar a Torvin.

El niño estaba sentado en el suelo de la fragua clasificando clavos.

—¿Quién te ha dicho que hagas eso?

—Papá.

El herrero habló desde el yunque.

—Le he dicho que los separe por tamaño.

Anjara observó tres montones absolutamente caóticos.

—Veo que el oficio está a salvo.

Torvin sonrió.

Le quitó el vendaje.

La quemadura apenas era una línea rosada.

Anjara pasó los dedos alrededor.

—¿Dolor?

—No.

—¿Picor?

—Un poco.

—No te rasques.

Torvin asintió con una sinceridad que garantizaba exactamente lo contrario.

El herrero se acercó.

—¿Está bien?

—Sí.

El hombre contempló el brazo de su hijo.

Después las manos de Anjara.

La misma duda que había visto en la plaza seguía allí.

Pero ahora había algo más.

Vergüenza.

—Sobre el otro día...

Anjara terminó de enrollar la venda.

—No.

Él parpadeó.

—Quería...

—Sé lo que querías.

—Entonces...

Anjara lo miró.

—Haz el siguiente turno de guardia de Garth.

El herrero tardó un instante.

Después asintió.

—Hecho.

Aquello bastó.

No todas las disculpas necesitaban discurso.

Esa noche, Anjara intentó reproducir la luz.

Se hizo un corte diminuto en el dedo.

Apoyó la otra mano encima.

Recordó a Torvin.

El calor.

El resplandor verde.

Nada.

Lo intentó de nuevo.

Nada.

Una tercera vez.

Un cosquilleo recorrió su palma.

Anjara se inclinó.

—Vamos...

El dolor apareció detrás de sus ojos.

Seco.

Repentino.

Retiró la mano.

La habitación osciló ligeramente.