CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE #2
—Me dejó una casa, un hermano de diez años y páginas llenas de nombres que no conozco. Ayer curé a un niño sin saber cómo. Esta noche algo intentó atravesar nuestra puerta. Los vecinos empiezan a mirarme como si yo hubiese traído la oscuridad conmigo.
La Gema seguía en su mano.
La cerró alrededor de la piedra.
—Y ahora descubro que un lobo que habla dentro de mi cabeza conocía a mi madre.
El animal se sentó otra vez.
Anjara lo miró.
—¿Eso es todo?
Estoy escuchando.
La respuesta la desarmó más que cualquier acertijo.
No sabía qué hacer con ella.
Una ráfaga atravesó por fin las copas y arrastró hojas secas sobre el claro.
Anjara se pasó una mano por la cara.
—¿Tenía miedo?
El lobo miró hacia los árboles muertos.
No contestó.
Anjara comprendió.
—Sí.
La mandíbula se le endureció.
—¿De esto?
La mirada del animal descendió hacia las vetas negras.
De muchas cosas.
—¿De mí?
Los ojos regresaron a ella.
La respuesta no llegó.
Aquello dolió.
Anjara bajó la mirada hacia la Gema.
—Magnífico.
El lobo permaneció en silencio.
—No. Olvídalo. No quiero una respuesta a medias.
Eso limita considerablemente nuestra conversación.
Anjara levantó la cabeza.
Había sido tan inesperado que se le escapó una risa.
Una sola.
Incrédula.
—Sabía que estabas haciendo eso a propósito.
El lobo no confirmó nada.
Tampoco hacía falta.
La risa murió despacio.
Por un momento, Anjara imaginó a Elara frente a aquella misma criatura.
Discutiendo.
Exigiendo respuestas.
Acercándose demasiado.
La imagen era absurda.
Y terriblemente fácil de creer.
—La echas de menos.
No supo por qué lo dijo.
La criatura quedó inmóvil.
Las estrellas de sus ojos parecieron apagarse un grado.
Pasó tanto tiempo que Anjara pensó que se había equivocado.
Hay ausencias que los años no vuelven pequeñas.
Nada más.
Anjara no preguntó.
Por primera vez desde que había aparecido, entendió que el silencio del lobo no siempre ocultaba información.
A veces ocultaba dolor.
Un hilo negro avanzó por la corteza del roble.
La criatura giró la cabeza.
El gruñido que salió de su pecho fue apenas audible.
Anjara lo notó en los dientes.
La mancha se detuvo.
No desapareció.
Pero dejó de crecer.
—¿Cuánto puedes contenerlo?
Aquí, poco.
—¿Y en todo el bosque?
El lobo la miró.
Anjara comprendió lo absurda que era la pregunta.
—Vale. Poco.
La cabeza de Vizkyr se alzó de repente.
Toda la quietud desapareció.
Las orejas se orientaron al norte.
Los músculos se tensaron bajo el pelaje luminoso.
El claro pareció hacerse más pequeño.
Anjara buscó el cuchillo.
—¿Qué ocurre?
El gruñido llegó esta vez desde muy abajo.
No estaba dirigido a ella.
Ni siquiera a algo próximo.
Era una advertencia lanzada a una distancia que Anjara no podía imaginar.
La Gema se calentó.
—¿Está allí?
Nada.
—¿Lo que está abriendo la herida?
El lobo continuó mirando al norte.
—¿Es lo que vino a mi casa?
Los ojos de estrellas volvieron a ella.
Lo que arañó tu puerta no es aquello que debes temer.
Anjara dejó la mano sobre el cuchillo.
—Empiezo a sospechar que tu concepto de consuelo necesita trabajo.
El animal comenzó a alejarse.
—No.
Siguió andando.
—No puedes decirme eso y marcharte.
Otra zancada.
—Por supuesto que puedes. Lo estás haciendo. Pero es una costumbre horrible.
Se detuvo.
Anjara apretó la Gema.
—Dime qué tengo que hacer.
No tienes que hacer nada.
—El bosque se está muriendo.
Puedes regresar.
—¿Y después?
Vivir.
Anjara lo miró, incrédula.
—Una criatura sabe dónde duerme mi hermano.
Sí.
—Mi madre escondió esto para que nunca lo encontráramos.
Sí.
—Algo está destruyendo el bosque.
Sí.
—Y tu consejo es que vuelva a casa.
No es un consejo.
Aquello la hizo callar.
El lobo se volvió completamente hacia ella.
Es una elección.
—No parece que tenga muchas.
Entonces todavía no has entendido.
Anjara esperó.
Puedes volver a tu casa. Cuidar de tu hermano. Curar a tus vecinos. Defender cuanto puedas defender.
La voz se hizo más distante.
Tu vida no vale menos porque el mundo sea grande.
Anjara no esperaba aquello.
Miró hacia el sur.
No podía ver Lumenvalle desde allí.
Aun así, imaginó el humo de las chimeneas.
El huerto.
La mesa.
Liam dejando migas por todas partes.
—¿Y si me quedo?
El animal no respondió.
—Eso es lo que quiero saber.
Yo no conozco el final de tus decisiones.
Anjara lo estudió.
—Pensaba que las criaturas antiguas lo sabíais todo.
Algo parecido a cansancio atravesó de nuevo aquella presencia.
Ese es uno de los errores favoritos de las criaturas jóvenes.
Anjara estuvo a punto de replicar.
No lo hizo.
El lobo miró hacia el norte.
Tu madre eligió.
La Gema palpitó.
Tu padre también.
El nombre que no había pronunciado golpeó más fuerte que cualquier otro.
—¿Conocías a Kael?
Vizkyr comenzó a alejarse.
Anjara avanzó.
—Has hablado de mi padre.
Nada.
—¿Sabes dónde está?
El lobo llegó a la sombra de un árbol.
—¡Vizkyr!
Se detuvo.
Anjara tardó un segundo en darse cuenta.
No conocía todavía aquel nombre.
Y, sin embargo, lo había pronunciado.
El lobo volvió la cabeza.
Ella también lo comprendió.
—¿Cómo...?
La presencia rozó su mente.
Ellos eligieron su camino.
—Eso no responde a nada.
No.
—Entonces respóndeme.
Todavía puedes elegir el tuyo.
Los bordes de su cuerpo comenzaron a deshacerse.
Primero fueron algunos mechones.
Se elevaron como motas de luz.
Después una pata se volvió translúcida.
Anjara corrió hacia él.
—¡Espera!
Más estrellas se desprendieron.
—¿Volveré a verte?
Los ojos permanecieron.
Por primera vez había algo parecido a tristeza en ellos.
Eso depende de cuál de los dos tenga peor suerte.
Anjara se quedó quieta.
—¿Era una broma?
La luz siguió dispersándose.
—No puedes marcharte después de decir eso.
Los ojos parecieron brillar un instante.
Ya lo he hecho antes.
—¿Cómo te llamas?
Esta vez el nombre llegó con claridad.
Vizkyr.
Atravesó la mente de Anjara como el eco de una campana tocada a una distancia imposible.
Vizkyr.
Algo en aquella palabra resultaba familiar.
Una historia escuchada junto al fuego.
Una canción cuya letra ya no recordaba.
Tal vez nada de eso.
—Vizkyr...
Los ojos fueron lo último en desaparecer.
La niebla regresó al claro.
Las ramas volvieron a moverse.
Unos segundos después, Anjara estaba sola.
Miró el lugar que había ocupado.
—Encantador.
La Gema se había enfriado.
La guardó bajo la túnica.
Después recogió una rama del suelo.
La corteza se deshizo entre sus dedos.
Muerta hasta el centro.
Miró al norte.
Las Montañas del Lamento estaban en aquella dirección.
También la Academia Arcana.
Lo sabía por las anotaciones de Elara.
Vizkyr no le había ordenado ir allí.
Ni siquiera le había pedido que abandonara Lumenvalle.
Podía regresar.
Preparar guardias.
Cuidar a Liam.
Tratar a sus vecinos.
Seguir siendo la sanadora.
Durante un momento, esa posibilidad tuvo la forma exacta de lo que deseaba.
Entonces miró la tierra gris.
No sabía cuánto tiempo seguiría siendo posible.
Emprendió el camino de vuelta.
Había prometido dos horas.
Cuando encontró los primeros árboles sanos ya habían pasado casi cuatro.
Los sonidos regresaron poco a poco.
El zumbido de un insecto.
Un pájaro escondido entre las ramas.
El salto de una ardilla.
Anjara no había advertido cuánto necesitaba aquel ruido hasta recuperarlo.
Al pasar bajo el viejo roble hueco, una de las lechuzas asomó la cabeza.
Anjara se detuvo.
—Hola.
La lechuza parpadeó.
—Acabo de mantener una conversación con un lobo gigantesco lleno de estrellas.
El ave continuó mirándola.
—Tienes razón. Necesito dormir.
La cabeza desapareció.
Anjara reanudó la marcha.
—Todos sois muy comprensivos hoy.
Los golpes empezaron antes de que viera Lumenvalle.
Madera contra madera.
Regulares.
Anjara aceleró.
Garth y otros dos hombres habían clavado postes cerca del lindero norte. Entre ellos preparaban una montaña de troncos y ramas.
Una de las hogueras.
El sudor había oscurecido la camisa de Garth.
Al verla dejó el mazo.
—Pensábamos que no volverías.
Anjara contempló el trabajo.
—Veo que habéis decidido no celebrar todavía.
—Fendrel ha preguntado dos veces cuánto nos va a costar la leña.
—Eso significa que está preocupado.
Uno de los hombres soltó una risa.
Garth no.
—¿Has encontrado algo?
Anjara miró hacia el bosque.
Explicar a Vizkyr allí, junto a un montón de troncos, le pareció imposible.
—Sí.
Los otros dejaron de trabajar.
—¿Qué?
—Después.
Garth estudió su rostro.
No insistió.
—Ve.
Aquella concesión le dijo más que una docena de preguntas.
Anjara siguió hasta su casa.
La puerta estaba cerrada.
Se detuvo.
—Liam.
Nada.
El aire desapareció de sus pulmones.
Cruzó los últimos pasos.
—¡Liam!
Golpeó.
—¡Liam!
Silencio.
Intentó abrir.
La tranca estaba puesta.
—¡Sombreros de necio!
Pasaron dos segundos.
Tres.
Después oyó unos pasos apresurados.
La madera se movió.
La puerta se abrió apenas un palmo.
Dos ojos azules aparecieron en la abertura.
—Has tardado.
Anjara apoyó una mano contra el marco.
—Sí.
Liam abrió más.
—Dijiste dos horas.
—Lo sé.
—Han sido cuatro.
—No sabía que controlases tan bien el tiempo.
—El sol se ha movido.
—Traidor.
Liam cruzó los brazos.
—Estaba preocupado.
Anjara lo abrazó.
Él soltó aire.
—Me estás aplastando.
—Es una consecuencia de tener razón.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ahora mismo me da igual.
Liam dejó de resistirse.
Unos segundos después, sus brazos rodearon la cintura de Anjara.
Ella cerró los ojos.
Vizkyr había dicho que podía volver.
Aquello era volver.
El peso de un niño contra ella.
El olor a madera, humo y sopa del día anterior.
Una casa con una puerta arañada.
—¿Encontraste algo? —preguntó Liam contra su túnica.
Anjara lo soltó.
—Sí.
—¿La criatura?
—No.
Los ojos se agrandaron.
—¿Otra?
—He encontrado un lobo.
La decepción fue inmediata.
—Ah.
—Era más alto que tú.
La decepción desapareció.
—¿Cuánto más?
Anjara levantó la mano hasta su pecho.
—Más o menos.
—Eso no es un lobo.
—Gracias. Yo también llegué a esa conclusión.
Liam cerró la puerta.
—¿Qué era?
—No estoy segura.
—¿Tenía colmillos?
—Sí.
—¿Intentó comerte?
—No.
—Entonces era amistoso.
—Tu clasificación de criaturas necesita bastante trabajo.
Liam se sentó en una silla.
—¿Hablaba?
Anjara lo miró.