CAPÍTULO 3 EL GUARDIÁN DEL BOSQUE
La luz avanzó entre los árboles.
Anjara no.
El cuchillo continuaba levantado frente a ella, aunque cada instante que pasaba hacía más evidente lo inútil que resultaría aquella hoja si lo que se aproximaba decidía atacarla.
La niebla retrocedió.
No había viento que la empujara. Se deslizaba entre las raíces y abandonaba el claro como agua que huyera de una orilla.
Primero aparecieron los ojos.
Dos luces pálidas entre los troncos.
Después el hocico.
La cabeza.
Los hombros.
Y finalmente el cuerpo entero.
Anjara bajó el cuchillo un dedo.
Era un lobo.
Al menos, aquella fue la palabra que su mente escogió porque necesitaba alguna.
Ningún lobo alcanzaba semejante tamaño.
El lomo de la criatura llegaba casi a la altura del pecho de Anjara. Sus patas eran largas, poderosas, hechas para cubrir enormes distancias; sin embargo, avanzaba sin quebrar una sola rama. El suelo muerto parecía recibirlo sin atreverse a protestar.
Su pelaje era blanco.
No.
La palabra se quedaba corta.
Parecía tejido con claridad de luna. Había plata entre los mechones y destellos que no pertenecían al sol ni al bosque. Cuando movía la cabeza, pequeños reflejos recorrían su cuello como estrellas vistas a través de agua oscura.
A su alrededor, la corrupción cedía.
No desaparecía.
Las vetas negras seguían enterradas en la tierra, retorciéndose entre las raíces.
Pero se apartaban de sus patas.
Un palmo.
Quizá menos.
Suficiente para que Anjara comprendiera que el bosque reconocía a aquella criatura de una forma que ella no podía.
—No te acerques.
El lobo siguió andando.
Anjara levantó un poco más el cuchillo.
—No era una sugerencia.
La criatura se detuvo.
Y la miró.
Anjara había visto lobos antes. Una vez encontró una hembra atrapada en un cepo al norte del arroyo. Recordaba sus ojos: miedo, dolor, rabia. Todo mezclado en una advertencia tan clara que no había necesitado palabras.
En aquellos ojos no encontró nada parecido.
No había pupilas.
Había estrellas.
Decenas de puntos luminosos suspendidos en una profundidad imposible. Algunas luces parecían desplazarse alrededor de otras; velos diminutos, semejantes a nubes, cruzaban aquel firmamento encerrado en dos ojos.
Anjara olvidó durante un momento que sostenía un arma.
Algo en su estómago se desplazó como al mirar desde una altura excesiva.
El lobo dio otro paso.
Ella recuperó el cuchillo.
—He dicho que no te acerques.
Se detuvo a unos cinco metros.
Anjara observó la distancia.
Después la hoja.
Después el tamaño de sus dientes.
—Supongo que ambos sabemos que esto es principalmente decorativo.
Una de las orejas del lobo se movió.
Anjara frunció el ceño.
—No sé si acabas de burlarte de mí.
Nada.
—Magnífico.
El calor apareció contra su pecho.
La Gema.
Anjara bajó la vista.
La esmeralda palpitó bajo la ropa.
Una vez.
Otra.
Sacó la piedra.
El verde parecía más intenso que aquella mañana. La luz de la joya se filtró entre sus dedos y dejó un resplandor tenue sobre su palma.
El lobo miró la Gema.
Su quietud cambió.
Fue algo mínimo.
Un descenso de la cabeza.
Un recuerdo, habría dicho Anjara si aquello hubiese sido un rostro humano.
—La conoces.
Los ojos volvieron a ella.
Entonces llegó la presión.
Detrás de la frente.
Anjara llevó una mano a la sien.
El claro desapareció durante un instante bajo una sensación imposible: alguien acababa de entrar en una habitación que ella no sabía que existía dentro de su propia cabeza.
Retrocedió.
—Sal de mi...
Has tardado.
La voz no atravesó el aire.
Nació dentro.
Era profunda sin ser grave, antigua sin parecer débil. No se parecía a escuchar palabras; se parecía a recordarlas en el mismo instante en que alguien más las pronunciaba.
Anjara miró alrededor.
Nadie.
Volvió los ojos hacia el lobo.
—Has sido tú.
Has tardado demasiado.
—Pues siento muchísimo no haber sabido que tenía una cita.
La criatura permaneció inmóvil.
Anjara esperó.
—Era sarcasmo.
Lo sé.
La respuesta fue tan seca que tardó un segundo en comprenderla.
Entrecerró los ojos.
—Definitivamente te estabas burlando de mí.
Una vibración extraña atravesó la presencia dentro de su mente.
No llegó a ser risa.
Pero estuvo peligrosamente cerca.
Aquello, por alguna razón, resultó más inquietante que las estrellas de sus ojos.
—¿Qué eres?
El lobo avanzó un paso.
Anjara no retrocedió.
Me has conocido antes.
—No.
No con esos ojos.
—Eso no significa nada.
La Gema volvió a palpitar.
El bosque desapareció.
Nieve.
Anjara estaba —o creyó estar— sobre una llanura interminable.
El cielo nocturno ocupaba medio mundo. Nunca había visto tantas estrellas. No parecían luces lejanas, sino algo próximo, vivo, dispuesto a caer.
Una silueta caminaba a lo lejos.
No pudo distinguir si era hombre, mujer o algo distinto.
Más allá de ella, donde deberían haber terminado la tierra y el cielo, algo enorme se movió.
No bajo el suelo.
No entre las estrellas.
En algún lugar que parecía estar detrás de ambos.
La visión se quebró.
Anjara volvió al claro con una bocanada de aire.
—No vuelvas a hacer eso.
El lobo la contempló.
El mundo es más grande que el valle donde has crecido.
—Eso ya lo sé.
Lo sabes del mismo modo que un pez conoce las montañas.
Anjara abrió la boca.
La cerró.
—No sé qué resulta más irritante, si que hables con acertijos o que algunos sean buenos.
El animal se sentó.
La imagen habría resultado casi normal de no ser porque su cabeza seguía quedando a una altura absurda y llevaba un cielo nocturno dentro de los ojos.
Anjara bajó lentamente el cuchillo.
No lo guardó.
—Escúchame. No sé quién eres ni por qué esperabas que viniera. Pero anoche algo intentó entrar en mi casa.
Los ojos estelares no se apartaron de ella.
—Mi hermano estaba dentro.
La voz de Liam apareció en su memoria.
Ciento quince.
La puerta estremeciéndose.
La respiración húmeda al otro lado.
—El bosque está muriendo. He encontrado animales vacíos, plantas negras y un claro donde ya no queda ni un insecto. Mi madre escribió sobre un Sello, una Gema y nuestra sangre antes de esconderlo todo debajo de su vestido de novia.
Le mostró la esmeralda.
—Y esto ha empezado a reaccionar a cosas que yo ni siquiera puedo ver.
El lobo observó la piedra.
Anjara esperó.
Esta vez no formuló otra pregunta.
El silencio se prolongó.
Una hoja seca cayó entre ambos.
La corrupción se retiró un poco más de una de las patas del animal.
Una promesa.
Anjara miró la Gema.
—¿Eso es lo que es?
Es lo que queda de ella.
—¿De quién?
Silencio.
Anjara exhaló lentamente.
—Claro.
Guardó el cuchillo.
El gesto hizo que el lobo inclinara la cabeza.
—No lo hago porque confíe en ti. Me está cansando el brazo.
Algo volvió a rozar su mente.
Aquella casi-risa.
Después desapareció.
Anjara señaló la tierra.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
El animal dirigió los ojos hacia el claro.
Durante unos segundos pareció más viejo.
No físicamente.
Su cuerpo continuaba siendo poderoso, casi imposible en su perfección. Pero algo atravesó aquella presencia y Anjara tuvo la impresión fugaz de estar contemplando un cansancio que no cabía dentro de una vida humana.
He visto bosques morir antes.
Ya no había ironía.
Anjara miró las raíces ennegrecidas.
—¿Así?
La pausa se prolongó demasiado.
Peor.
El viento no soplaba, pero las ramas altas crujieron.
—¿Puedes detenerlo?
El lobo se levantó.
Caminó hacia un roble enfermo.
Anjara permaneció donde estaba.
La criatura apoyó una pata junto a las raíces.
El negro retrocedió.
La corteza dejó de supurar.
Durante unos segundos.
Luego una fina línea oscura volvió a surgir desde la tierra.
El lobo retiró la pata.
La mancha continuó avanzando.
Anjara comprendió antes de escuchar la respuesta.
Puedo obligarla a recordar que no pertenece aquí.
—Pero vuelve.
Siempre vuelve mientras la herida permanezca abierta.
La palabra encajó mejor que cualquier explicación.
Una herida.
No un ejército avanzando entre los árboles.
No una enfermedad normal.
Algo que había abierto el mundo y estaba pudriéndolo desde dentro.
Anjara se agachó junto a una raíz, sin tocarla.
—Entonces habrá que cerrarla.
El lobo volvió la cabeza hacia ella.
Anjara sostuvo aquellos ojos imposibles.
—Soy sanadora. Las heridas se cierran.
Algunas.
—Las demás también. Solo tardan más.
La respuesta no llegó inmediatamente.
Cuando lo hizo, había cambiado.
Más baja.
Más distante.
Elara decía lo mismo.
Anjara dejó de mirar la raíz.
—¿Qué has dicho?
El lobo permaneció quieto.
Ella se puso en pie.
—Conocías a mi madre.
Silencio.
—Mírame.
Los ojos estelares encontraron los suyos.
Sí.
Una palabra.
Nada más.
Anjara había imaginado muchas veces que alguien aparecería un día con respuestas sobre Elara.
Nunca había imaginado un lobo gigantesco.
—¿Dónde?
No respondió.
—¿Cuándo?
Nada.
Anjara avanzó.
—¿Qué era ella?
El lobo la observó.
—No hagas eso.
Silencio.
—Llevo años viendo cómo la gente baja la voz cuando habla de mi madre. Encontré un diario que parece escrito por dos mujeres distintas: la que me enseñaba a preparar ungüentos y otra que sabía que algo estaba pudriendo el mundo.
Se acercó otro paso.
—Tú la conocías. Así que no vas a aparecer, decir su nombre y decidir después que ya has hablado suficiente.
Los labios del animal se retrajeron ligeramente.
Anjara vio los colmillos.
Se detuvo.
También hacía eso.
—¿Qué?
Acercarse demasiado cuando estaba enfadada.
La rabia tropezó con el recuerdo.
Anjara miró al lobo.
—¿Eso era una crítica?
Una observación.
—Muy valiente viniendo de alguien que pesa como un caballo.
Por primera vez, la cabeza de la criatura descendió apenas.
Casi una reverencia.
Casi.
Has heredado su fuego, cachorra de Elara.
El apelativo le atravesó las defensas.
—No me llames así.
También su tormenta.
—He dicho...
Y su carga.
Anjara calló.
El bosque pareció cerrarse alrededor de ellos.
—¿Qué carga?
La respuesta tardó.
La que intentó evitarte.
La ignorancia es la única armadura que puedo darles.
Las palabras del diario regresaron.
Anjara apartó la mirada.
—No funcionó demasiado bien.
El lobo no contestó.
—Murió sin explicarme nada.
Su voz ya no llevaba rabia.
Eso era peor.