El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 2 LAS MARCAS #4
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CAPÍTULO 2 LAS MARCAS #4

—Pregúntame cómo llamaba mamá a las setas rojas que crecen junto al arroyo.

Liam sonrió al instante.

—Sombreros de necio.

—Porque solo un necio se las comería.

—Papá dijo que había probado una.

Anjara sostuvo la sonrisa.

—Papá era un necio en algunas cosas.

Liam soltó una risa.

Durante un momento, aquella casa volvió a parecer la de siempre.

Anjara casi deseó no salir.

Cerrar la puerta.

Preparar comida.

Escuchar a Liam inventar dragones hasta que oscureciera.

Entonces recordó las tres marcas.

Los conejos.

Las gallinas.

El mastín de Garth.

Cogió el cuchillo.

—Dos horas.

Liam levantó un dedo.

—Una y media.

Anjara abrió la puerta.

—Dos.

—Una y tres cuartos.

Cerró antes de que pudiera seguir negociando.

No tomó el sendero habitual.

Escogió una vieja ruta de cazadores que se internaba hacia el norte.

Durante los primeros minutos, el bosque volvió a parecer el que conocía.

Abetos.

Robles.

Helechos húmedos.

Un petirrojo saltó de rama en rama.

Una ardilla permaneció inmóvil sobre un tronco, con la cola levantada, observándola como si Anjara fuese la intrusa.

El aire salió de sus pulmones con algo menos de tensión.

Un centenar de pasos después dejó de oír pájaros.

No sucedió de golpe.

Primero desaparecieron los cantos más agudos.

Después los insectos.

El viento continuaba atravesando las copas, pero ya no había respuestas entre las ramas.

Anjara redujo el paso.

Miró hacia atrás.

Vida.

Delante.

Silencio.

No existía una frontera visible.

Aun así, podía señalar aproximadamente dónde empezaba.

Avanzó.

El primer roble enfermo apareció poco después.

Una grieta recorría el tronco y de ella descendía una sustancia negra.

No la tocó.

Se agachó junto a la hojarasca.

La removió con la punta del cuchillo.

No aparecieron lombrices.

Ni escarabajos.

Nada huyó de la luz.

—¿Dónde estáis?

Su voz murió entre los árboles.

Continuó.

Las huellas aparecieron junto a un banco de barro.

Anjara se arrodilló.

Tres dedos.

Largos.

Hundidos profundamente.

Colocó una mano a su lado.

La marca era mayor que su palma.

La criatura tenía peso.

Mucho.

Siguió el rastro.

Una huella.

Otra.

Una tercera.

Luego roca.

Anjara rodeó la zona.

Encontró una rama partida a la altura de su hombro.

Más adelante, barro otra vez.

Tres dedos.

La misma distancia entre pisadas.

Se detuvo.

Kael le había enseñado que seguir un rastro era una forma de leer el pasado.

También le había enseñado algo más importante.

Una huella te dice dónde estuvo.

Anjara levantó la cabeza.

Nunca dónde está ahora.

Escuchó.

Silencio.

Siguió avanzando.

El aire se volvió más frío.

No como un descenso normal de temperatura.

El frío parecía vivir cerca del suelo, en las raíces y la humedad, y se pegaba a los tobillos antes de subir por las piernas.

Los helechos comenzaron a escasear.

Algunos tenían los bordes negros.

Un arbusto estaba muerto solo por uno de sus lados, como si algo hubiese permanecido junto a él durante demasiado tiempo.

Anjara miró la posición del sol entre las ramas.

Había consumido casi una hora.

Debería regresar pronto.

Entonces vio el claro.

Se detuvo detrás de un tronco.

Conocía aquel lugar.

Había recogido setas allí con Elara años atrás.

Recordaba hierba alta.

Flores amarillas.

Un tronco caído sobre el que Liam había encontrado una salamandra el verano anterior y había insistido durante dos días en que era un dragón recién nacido.

Nada de eso quedaba.

La tierra era gris.

Agrietada.

No quemada.

No removida.

Vacía.

Anjara salió de entre los árboles.

El frío aumentó.

Se arrodilló.

No había musgo.

Ni insectos.

Ni una sola brizna verde.

Apoyó dos dedos en el suelo.

Algo subió por ellos.

No era exactamente frío.

El sueño regresó de golpe.

El océano esmeralda.

Las sombras ascendiendo desde el fondo.

Anjara retiró la mano.

La nuca se le erizó.

No estaba sola.

Se incorporó despacio.

Sacó el cuchillo.

—Sé que estás ahí.

Su voz apenas ocupó el claro.

Nadie respondió.

Giró hacia la izquierda.

Nada.

Hacia la derecha.

Troncos.

Niebla.

El aire cambió.

Las ramas permanecieron inmóviles, pero una presión extraña llenó el espacio.

No se parecía a la presencia que había rodeado la casa durante la noche.

Aquello había despertado en ella un impulso sencillo:

huir.

Esto era diferente.

Era la impresión de encontrarse demasiado cerca de algo inmenso.

Como mirar desde lo alto de un precipicio y descubrir de pronto cuánto espacio existe entre el cuerpo y el fondo.

La niebla comenzó a retroceder entre los árboles.

No empujada por el viento.

Simplemente se apartó.

La Gema se templó contra el pecho de Anjara.

Esta vez el calor no desapareció.

Una luz pálida apareció entre los troncos.

Demasiado blanca para ser sol.

Demasiado limpia para pertenecer a aquella tierra enferma.

Anjara levantó el cuchillo.

Dos puntos surgieron dentro del resplandor.

Ojos.

El bosque quedó absolutamente quieto.

Algo enorme avanzó entre los árboles.

Anjara retrocedió un paso.

La hoja tembló apenas entre sus dedos.

Y el Bosque del Crepúsculo, que había permanecido en silencio durante kilómetros, pareció inclinarse ante su llegada.