CAPÍTULO 2 LAS MARCAS #3
El día anterior, su hijo había gritado entre las manos de Anjara.
—Mírame.
El herrero levantó despacio la cabeza.
No había odio en sus ojos.
Había miedo.
Quizá eso dolía más.
—Curaste a Torvin —dijo.
—Sí.
—Lo sé.
—Entonces termina la frase que llevas guardándote desde que llegué.
El hombre apretó los labios.
Miró hacia la fragua.
Hacia las casas.
Finalmente habló.
—Si esa cosa vino por ti...
No terminó.
Elspeth apareció en el límite de la plaza.
—No.
Su marido se volvió.
—Elspeth...
—No lo digas.
—Nuestro hijo está aquí.
—Gracias a ella.
—Precisamente por eso quiero que siga aquí.
Elspeth avanzó hasta colocarse junto a Anjara.
—Entonces deja de buscar un culpable porque tienes miedo de buscar una respuesta.
Fendrel levantó una mano.
—Nadie está culpando a nadie.
Elspeth lo miró.
—Has reunido a siete hombres para no culparla.
Garth tosió.
Alguien bajó la cabeza.
Anjara levantó una mano antes de que aquello pudiera convertirse en otra cosa.
—Basta.
Elspeth quiso protestar.
Anjara negó.
—No necesito que nadie decida ahora qué soy.
Miró a Fendrel.
—Ni que decidáis si la luz me convierte en una amenaza.
Después recorrió el resto de los rostros.
—Necesito saber qué está ocurriendo.
Señaló hacia el norte.
—Y necesito que esta noche haya guardias.
El herrero asintió apenas.
—Tendrás la campana.
Anjara miró a Garth.
—Quiero ver dónde estaba tu perro cuando empezó a gruñir.
—Te llevo.
—Y que todo el mundo piense. Animales muertos. Plantas enfermas. Agua extraña. Cualquier cosa fuera de lugar durante los últimos días.
El silencio cambió.
Una mujer que se había acercado desde una de las casas levantó la mano.
—Mis gallinas no se acercan a la cerca norte.
Anjara giró.
—¿Desde cuándo?
—Ayer por la mañana.
Un agricultor habló detrás.
—Encontré dos conejos muertos junto al camino viejo.
—¿Heridas?
—Ninguna.
—¿Estaban comidos?
—No.
Anjara recordó el zorro.
—¿Dónde exactamente?
El hombre señaló hacia el norte.
Garth habló.
—Mi mastín también estaba mirando hacia allí.
El miedo de la plaza dejó de concentrarse en Anjara.
Algunas personas volvieron la cabeza hacia el bosque.
Tres hechos.
Gallinas.
Conejos.
Perro.
Todos al norte.
—La corrupción no está avanzando desde mi casa —dijo Anjara.
Fendrel no respondió.
—Está bajando desde el bosque.
Miró hacia la línea de árboles.
—Voy a comprobarlo.
Elspeth dio un paso hacia ella.
—No vayas sola.
—Si no sé qué hay, no voy a llevar a nadie detrás.
—Eso no tiene sentido.
—Conozco ese bosque mejor que cualquiera de aquí.
Nadie discutió aquello.
Fendrel frunció el ceño.
—No puedes ordenar que nadie cruce o no cruce el lindero.
Anjara lo miró.
—Tienes razón.
El anciano pareció sorprendido.
—Pero si alguien decide ir hacia el norte antes de que vuelva, que al menos tenga la cortesía de dejar dicho dónde quiere que busquemos el cadáver.
Garth soltó aire por la nariz.
Fendrel no sonrió.
Anjara se marchó.
Algunos siguieron observándola.
Otros miraron al norte.
Eso bastaba.
De momento.
Antes de entrar en el bosque volvió a casa.
Liam estaba junto a la ventana.
—Te dije que no abrieras.
—No he abierto.
—También te dije que te quedaras dentro.
—La ventana está dentro.
Anjara cerró la puerta tras de sí.
—Voy a tener que mejorar mis instrucciones.
Liam la estudió.
—Ha ido mal.
—¿Por qué?
—Tienes la cara de cuando la señora Elmsworth dice que la medicina no funciona y después descubres que no se la ha tomado.
Anjara dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Ha ido regular.
—Fendrel.
—Fendrel.
El niño asintió.
No necesitaba explicación.
Después miró hacia la mochila vacía que colgaba de una silla.
—¿Nos vamos?
Anjara se volvió.
—¿Qué?
—Del pueblo.
No esperaba que fuese Liam quien lo dijera.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque esa cosa sabe dónde vivimos.
Anjara se sentó frente a él.
Lumenvalle era todo lo que Liam conocía.
La fragua.
El arroyo.
Sus amigos.
El roble del camino.
La tumba de Elara.
La gallina contra la que todavía sostenía que había ganado.
—Todavía no.
—Pero puede volver.
—Sí.
—Entonces podríamos ir a otro sitio.
—¿Cuál?
Liam reflexionó.
—Uno donde no haya monstruos.
—Deberíamos poner ese requisito en el mapa.
Él no sonrió.
Anjara tampoco.
Sabía que existía al menos un lugar.
La Academia.
Las Montañas del Lamento.
Eldrin.
Palabras y símbolos repartidos por el diario de Elara.
Una ruta.
Quizá una respuesta.
Pero todavía eran nombres.
Marcharse significaba abandonar la casa, la botica y la vida que su madre había construido alrededor de ellos.
Significaba admitir que quizá aquella jaula de paz ya no existía.
Anjara no estaba preparada para hacerlo.
Todavía.
—Voy a salir otra vez —dijo.
Liam cruzó los brazos.
—No.
Anjara parpadeó.
—¿Perdón?
—No.
—Interesante cambio en la jerarquía familiar.
—La cosa vino anoche.
—Por eso necesito averiguar de dónde viene.
—Entonces voy contigo.
—Tampoco.
—No puedes decir que no a todo.
—Acabo de descubrir que sí.
Liam frunció el ceño.
Anjara se agachó ante él.
—Voy a seguir unas huellas. Nada más.
—Eso nunca es nada más cuando lo dices tú.
—Dos horas.
—Una.
—Dos.
—Una y media.
—¿Estás negociando cuánto puedo permanecer en un bosque donde algo ha intentado tirar nuestra puerta?
—Sí.
Anjara lo miró durante un momento.
—Dos horas.
Liam resopló.
—Vale.
Ella abrió la pequeña trampilla del almacén bajo el suelo.
El olor a grano seco y raíces llenó la cocina.
—Si escuchas la campana, bajas aquí.
La expresión de Liam cambió.
—Odio ese sitio.
—Precisamente por eso nadie irá a buscarte allí.
—Hay arañas.
—Las arañas son preferibles.
—Depende de la araña.
—Liam.
—Vale.
Anjara señaló el cierre interior.
—Si alguien intenta entrar y no soy yo, bajas y cierras.
—¿Cómo sabré que eres tú?
Anjara pensó un momento.