El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 2 LAS MARCAS #2
6%

CAPÍTULO 2 LAS MARCAS #2

Anjara resopló.

—Te dije que no salieras.

—Ya es de día.

—Eso no significa que...

Se calló.

No tenía energía para aquella batalla.

Liam se acercó a la puerta.

—¿Lo hizo esa cosa?

—Sí.

El niño siguió los tres surcos con la mirada.

Anjara cometió el error de intentar arreglar la respuesta.

—Podría haber sido un oso.

Liam giró la cabeza muy despacio.

—¿Un oso?

—Grande.

—Con tres dedos.

—Hay animales...

—Los osos tienen cinco.

Anjara lo miró.

—¿Desde cuándo sabes cuántos dedos tiene un oso?

—Me lo enseñaste tú.

Aquello le estaba bien empleado.

—Entonces olvidemos el oso.

Liam no sonrió.

—No sabes qué era.

Anjara dejó el trapo sobre la mesa.

—No.

La franqueza pareció inquietarlo más que la mentira.

—¿Era uno de los monstruos de mamá?

—No lo sé.

—Los del cuento del caballero que no podía dormir.

Anjara miró las marcas.

Tres.

Negras.

—No sé qué fue —repitió—. Eso es todo lo que puedo decirte.

Liam bajó la vista hacia su espada.

—¿Va a volver?

Anjara podría haber mentido otra vez.

Había aprendido algo durante aquella noche: Liam reconocía casi todas sus mentiras y temía más los silencios que una mala respuesta.

—Puede que sí.

El niño pasó el pulgar por una muesca de la espada.

—Necesitaré una de verdad.

Anjara le dio un pequeño empujón hacia dentro.

—Primero aprende a derrotar raíces.

—Aquella raíz hizo trampas.

—Las raíces son conocidas por su falta de honor.

Eso consiguió una sonrisa.

Pequeña.

Pero suficiente.

—Desayuno —dijo ella.

—¿Gachas?

—Gachas.

—El dragón de mi historia comía mejor.

—Pues búscate un dragón que cocine.

—Lo haré.

Entraron.

Lumenvalle no despertaba de una vez.

Lo hacía por capas.

Primero el molino. Después los animales. La fragua. Los carros. Los niños que aparecían en los senderos mucho antes de que sus padres hubieran terminado sus tareas.

Aquella mañana los sonidos estaban allí, pero algo entre ellos había cambiado.

Había menos voces.

Las puertas permanecían cerradas un poco más de lo habitual.

Anjara colocó dos cuencos sobre la mesa.

Liam sopló las gachas.

—Quiero que hoy te quedes en casa.

La cuchara quedó suspendida.

—¿Todo el día?

—Hasta que vuelva.

—Eso puede ser todo el día.

—No tardaré.

Liam le lanzó una mirada que dejaba claro lo poco que valoraba aquella promesa.

—Voy a hablar con Fendrel —añadió ella.

—No me gusta.

—Eso ya lo sé.

—Sonríe cuando está enfadado.

Anjara apoyó los codos en la mesa.

—Esa observación sí es útil.

—Y huele raro.

—Esa ya no tanto.

Liam tomó otra cucharada.

—¿Le vas a contar lo del monstruo?

—La criatura.

Liam dejó lentamente la cuchara.

—Has dicho criatura.

Anjara cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces tampoco tú crees que fuese un oso.

—Liam.

—Solo lo digo.

—Come.

La sonrisa del niño apareció dentro del cuenco.

Anjara esperó a que desapareciera.

—Y escucha bien esto. Si alguien llama, no abras.

Liam levantó la cabeza.

—¿Aunque lo conozca?

—Aunque lo conozcas.

—¿Elspeth?

Anjara dudó.

—A Elspeth sí.

—¿Garth?

—No.

—¿La señora Elmsworth?

—Solo si sus rodillas han decidido matarla de verdad.

—Eso dice cada semana.

Anjara soltó una risa breve.

—Entonces tampoco.

Se levantó.

—Volveré pronto.

Besó a Liam en el cabello.

Él se apartó.

—Ya soy mayor.

—Tienes diez años.

—Casi once.

—Una edad venerable.

—Cuando tenga once no podrás hacer eso.

Anjara abrió la puerta.

—Aprovecharé estos meses de impunidad.

Salió antes de que pudiera responder.

Mara apareció tres casas más abajo, cerca del molino. Llevaba un cesto de huevos contra la cadera.

Al ver a Anjara, redujo el paso.

—Buenos días.

—Buenos días.

Mara miró hacia la casa de Anjara.

Luego hacia ella.

—¿Oísteis algo anoche?

No preguntó qué.

Anjara reparó en aquello.

—Sí.

Los dedos de Mara se cerraron alrededor del asa.

—Los perros empezaron a ladrar cerca de medianoche.

—¿Todos?

—Los nuestros y los de los vecinos.

—¿Visteis algo?

Mara negó.

—Mi marido salió con la horca.

Anjara la miró.

—¿Salió?

—Solo hasta el camino.

—Si vuelve a ocurrir, que no lo haga.

Mara se removió.

—No encontró nada.

—Mejor. La próxima vez podría encontrarlo.

La mujer bajó la vista.

Durante un instante observó las manos de Anjara.

Después volvió a sus ojos.

—¿Sabes qué era?

—No.

Mara apretó los labios.

—Entonces quizá...

No terminó.

—¿Quizá qué?

—Nada.

Mara reajustó el cesto.

—Le diré que no salga.

Siguió su camino.

Anjara tardó unos segundos en hacer lo mismo.

Al pasar junto al arroyo, dos mujeres dejaron de hablar.

Una la saludó.

La otra se concentró de pronto en una sábana que ya estaba perfectamente limpia.

El martillo de la fragua sonaba más adelante.

Demasiado despacio.

Golpe.

Pausa.

Golpe.

Otra pausa.

Elspeth apareció en la puerta antes de que Anjara llegara.

—Espera.

Entró y regresó con Torvin.

El niño llevaba el antebrazo vendado.

—Déjame verlo.

Elspeth desenrolló la tela.

Anjara se quedó mirando la piel.

La quemadura estaba casi cerrada.

Donde el día anterior había habido ampollas y carne inflamada, ahora solo quedaba una línea rosada.

Pasó dos dedos cerca, sin presionar.

—¿Te duele?

Torvin negó.

—Solo si hago esto.

Apretó el brazo.

—Pues deja de hacer eso.

El niño sonrió.

Anjara buscó calor con el dorso de la mano.

Nada.

—¿Fiebre?

—Ninguna —respondió Elspeth.

Anjara colocó de nuevo el vendaje.

—No tiene sentido.

—A mí me da igual que lo tenga.

La mujer estaba observándola.

Anjara siguió trabajando.

—Fue el ungüento.

—No.

—Elspeth...

—No necesito saber qué fue.

Anjara levantó la mirada.

Elspeth tragó saliva.

—Mi hijo estaba gritando. Tú lo tocaste y dejó de hacerlo. Esta mañana casi no tiene herida.

Bajó un poco la voz.

—Eso es lo que sé.

Anjara terminó el nudo.

—Otros parecen haber llegado a conclusiones distintas.

La mirada de Elspeth se desvió hacia la plaza.

—Ya conoces este pueblo.

—Precisamente por eso.

Elspeth no respondió.

Anjara se incorporó.

—¿Qué dicen?

—Que anoche los perros ladraron.

—Eso no tiene nada que ver con Torvin.

—Que el bosque lleva días raro.

—Tampoco empezó ayer.

Elspeth juntó las manos.

—Dicen que la luz apareció y después vino algo.

Anjara observó el rostro de la mujer.

—Tú viste las plantas.

—Sí.

—Y el zorro murió antes.

—Sí.

—Entonces sabes que no empezó conmigo.

—Yo sí.

Aquellas dos palabras dejaron claro el resto.

Otros no.

Elspeth hizo un gesto hacia la plaza.

—Fendrel lleva allí un rato.

—¿Esperándome?

La mujer no contestó.

Anjara empezó a caminar.

—Anjara.

Se volvió.

Elspeth miró a Torvin.

—Pase lo que pase allí, no olvides esto.

El niño levantó la mano sana y saludó.

Anjara asintió.

Siguió hacia la plaza.

Fendrel estaba junto al pozo.

Con él esperaban Garth, el molinero, el herrero, dos agricultores y otros hombres que Anjara conocía desde niña.

Nadie fingió que aquello fuera casual.

Las conversaciones terminaron cuando llegó.

Anjara se colocó frente a ellos.

—Anoche algo atacó mi casa.

Garth asintió.

—Mi mastín no paró de gruñir.

—¿Hacia dónde miraba?

—Al norte.

Anjara guardó el dato.

—La criatura caminó sobre mi tejado. Dejó tres marcas en la puerta. La madera se está pudriendo alrededor de los cortes y el musgo murió donde puso las patas.

El molinero frunció el ceño.

—¿Patas?

—O lo que tenga.

Un agricultor se llevó dos dedos al pecho en un gesto protector.

El movimiento fue tan rápido que quizá creyó que nadie lo había visto.

Fendrel sí.

Anjara también.

—Quiero dos personas despiertas por turno esta noche —continuó—.

Siempre juntas. Nadie entra en el bosque después de anochecer.

Tres hogueras en terreno despejado, una junto al camino norte y dos cubriendo los extremos del pueblo.

Arcos, lanzas y antorchas. Si alguien ve cualquier cosa, la campana de la fragua.

El herrero levantó la cabeza.

—Se oye desde todas las casas.

—Por eso.

—¿Y las armas servirán contra eso? —preguntó uno de los agricultores.

Anjara no maquilló la respuesta.

—No tengo ni idea.

El hombre masculló algo.

—Pero prefiero averiguarlo con ocho personas despiertas y una campana sonando que con cada familia encerrada por su cuenta.

Nadie respondió.

Fendrel seguía con ambas manos apoyadas sobre su bastón de fresno.

—Hablas como si estuvieras segura de que volverá.

—No estoy segura de nada.

—Y, sin embargo, quieres convertir Lumenvalle en una fortaleza.

—Quiero que siga siendo un pueblo mañana.

Fendrel ladeó la cabeza.

Su sonrisa apareció.

Liam tenía razón.

—Resulta curioso.

—¿Qué?

—El momento.

Garth miró al anciano.

—Fendrel.

—Durante generaciones —continuó este—, el Bosque del Crepúsculo nos ha protegido.

—El bosque no protege a nadie.

La sonrisa se redujo.

—Tu madre no habría dicho eso.

Anjara dejó de mirar al grupo.

Toda su atención quedó en Fendrel.

—No uses a mi madre.

—Elara respetaba aquello que no comprendía.

—Y yo también.

Fendrel bajó la mirada hacia las manos de Anjara.

Solo un instante.

Fue suficiente.

Anjara comprendió por fin por qué ninguno hablaba con claridad.

—Dilo.

El herrero removió un pie.

Garth miró hacia otro lado.

—Anjara... —empezó Fendrel.

—No. Lleváis toda la mañana hablando sin mí. Ahora estoy aquí.

El anciano inspiró despacio.

—La magia atrae a la magia.

Anjara dejó escapar aire por la nariz.

—Una frase repetida muchas veces no se convierte en verdad.

—¿Y cómo sabes qué es verdad sobre magia?

Fendrel no levantó la voz.

Eso hizo la pregunta más afilada.

—Hace apenas dos días ni siquiera sabías que eras capaz de hacer lo que hiciste.

Anjara no respondió.

No podía.

Fendrel continuó.

—Una luz sale de tus manos. Después los animales empiezan a comportarse de forma extraña. Y esa misma noche algo llega al pueblo.

—El bosque estaba enfermo antes.

—Eso dices tú.

—Elspeth vio las plantas.

—Vio lo que le enseñaste.

—Encontré un zorro muerto.

—Tú.

Una sola palabra.

El estómago de Anjara se endureció.

—¿Qué quieres decir exactamente?

Fendrel sostuvo su mirada.

—Que quizá deberíamos considerar que no entendemos lo que está ocurriendo.

—Eso llevo diciendo desde que llegué.

—Todas las posibilidades, Anjara.

Algunas miradas se apartaron.

El herrero se fijó en el suelo.

Anjara lo vio.

Ese hombre había llevado a Torvin a la botica media docena de veces por raspones, fiebres y golpes.