CAPÍTULO 2 LAS MARCAS
El sonido volvió.
Anjara permaneció junto a la ventana, con el cuchillo de Kael en la mano y la mirada fija en la oscuridad.
La vela que había dejado sobre la mesa se consumía despacio. La mecha crepitó y una gota de cera descendió por un costado antes de endurecerse. Detrás de ella, la habitación de Elara estaba otra vez cerrada. El diario descansaba bajo el falso fondo del arcón, oculto donde lo había encontrado.
La Gema, en cambio, seguía contra su pecho.
Fría.
Fuera, el sonido se apagó antes de que pudiera decidir de dónde procedía.
Anjara esperó.
El Bosque del Crepúsculo ocupaba el límite de la noche como una pared más negra que el cielo. Entre las primeras casas no se movía nada.
La respiración de Liam llegaba amortiguada desde la habitación contigua.
Entonces crujió una tabla.
Anjara giró la cabeza.
No había sido dentro.
Otro crujido recorrió el lateral de la casa.
Madera sometida a peso.
Conocía cada protesta de aquellas paredes. Sabía qué viga se quejaba con las heladas, qué tabla del pasillo crujía aunque se pisara con cuidado y qué contraventana silbaba cuando el viento bajaba desde el norte.
Aquello no pertenecía a la casa.
El siguiente sonido llegó desde arriba.
Anjara levantó lentamente la mirada.
Algo caminaba sobre el tejado.
Un paso.
Luego otro.
Pesado.
El musgo y las tejas crujieron bajo una presión que ninguna rama podía ejercer.
Anjara retrocedió hasta quedar entre la puerta principal y el pasillo que conducía a Liam.
El cuchillo pesó de otra manera en su mano.
Kael había usado aquella hoja para limpiar pescado, cortar cuerda, despellejar ciervos y abrir camino entre matorrales.
Nunca le había enseñado qué hacer cuando algo capaz de hundir un tejado bajo sus pies decidía pasearse sobre tu casa.
El ruido avanzó.
Despacio.
Hasta detenerse sobre la puerta.
Polvo fino cayó de una viga.
Anjara ajustó los dedos alrededor de la empuñadura.
—Vamos —murmuró.
No supo si se lo decía a sí misma o a aquello que escuchaba al otro lado.
Una punta dura rozó la madera exterior.
El sonido descendió lentamente.
Ras.
Anjara quedó inmóvil.
No era el arañazo nervioso de una bestia buscando entrada.
Aquello parecía deliberado.
Otro surco.
Y un tercero.
Paralelos.
—Anjara...
La voz de Liam a su espalda estuvo a punto de hacerla saltar.
Se volvió.
El niño permanecía en el pasillo, descalzo, con el cabello revuelto y la espada de madera apretada entre ambas manos.
—Vuelve a la cama.
—He oído...
—Ahora, Liam.
La puerta vibró.
El niño miró hacia ella.
Toda protesta desapareció de su cara.
Anjara cruzó la habitación y se agachó frente a él.
—Escúchame. Entra en tu cuarto y no salgas hasta que yo te llame.
—Pero tú...
—Yo me quedo aquí.
Liam levantó la espada.
—Puedo ayudar.
Anjara miró aquella hoja de madera arañada por juegos, golpes contra árboles y guerras que nunca habían sido reales.
Le puso una mano sobre la empuñadura.
—Precisamente. Necesito que protejas tu habitación.
Liam dudó.
—¿De verdad?
—De verdad.
El niño enderezó la espalda.
La puerta recibió un golpe.
La tranca de roble se estremeció.
Liam agarró la manga de Anjara.
Los nudillos se le habían puesto blancos alrededor de la tela.
—¿Es lo de tu sueño?
Anjara sostuvo su mirada.
—No.
La mentira salió demasiado deprisa.
Liam lo supo.
—Entonces, ¿qué es?
Anjara abrió la boca.
No encontró nada que pudiera ofrecerle.
—No lo sé.
La mano de Liam se cerró un poco más.
No dijo que tenía miedo.
No hacía falta.
Anjara le apartó un mechón de la frente.
—Mírame.
Él obedeció.
—¿Recuerdas el trato del bosque?
Liam tardó un instante.
—Ciento quince.
—Ciento veinte.
—No habíamos acordado eso.
Otro golpe recorrió la pared.
Liam dio un respingo, pero Anjara mantuvo su atención sobre ella.
—Luego lo discutimos. Ahora entra.
—¿Y tú?
—Voy a asegurarme de que nadie rompa nuestro trato esta noche.
Liam la contempló unos segundos.
Después asintió.
No parecía convencido.
Eso era mejor que estar paralizado.
Anjara lo condujo de vuelta a su habitación.
—Quédate dentro.
Regresó a la cocina.
El siguiente golpe no llegó.
Pasó un momento.
Luego otro.
La casa permaneció quieta.
Anjara se acercó a la ventana.
Apenas había luna. Solo distinguía la cerca del huerto y las formas de los árboles más próximos.
Algo pálido se deslizó entre dos troncos.
Anjara acercó el rostro al cristal.
Ya no estaba.
La Gema emitió calor.
No mucho.
Un pulso tenue contra el esternón.
Anjara bajó la mirada.
La esmeralda se enfrió casi de inmediato.
Entonces algo embistió la pared.
La casa entera se estremeció.
Un frasco cayó de un estante y estalló contra el suelo.
—¡Anjara!
Ella ya corría hacia Liam.
—¡Estoy aquí!
Otro impacto sacudió el lateral.
Esta vez vio una sombra atravesar la ventana.
Alta.
Demasiado rápida.
Hubo extremidades, pero no consiguió contar cuántas ni comprender cómo se movían.
Anjara arrastró la mesa contra la puerta.
—Ven aquí.
Liam apareció en el pasillo.
—Me dijiste...
—He cambiado de opinión.
Lo hizo meterse bajo la mesa.
—Quédate agachado.
—No quiero quedarme ahí mientras tú...
—Liam.
El niño calló.
Anjara cogió el atizador de la chimenea con la izquierda.
Cuchillo en una mano.
Hierro en la otra.
Nada de aquello parecía suficiente.
La criatura rozó la pared.
Primero a la derecha.
Después detrás de la casa.
Las uñas —si eran uñas— rasparon piedra, barro y madera mientras daba la vuelta alrededor de ellos.
Cuando pasó bajo la ventana, Anjara oyó su respiración.
Un sonido húmedo.
Profundo.
No era el jadeo de un animal cansado.
Parecía aire atravesando algo que no había sido construido para respirar.
La boca de Anjara se llenó de saliva amarga.
Pensó en el diario.
En los dibujos.
En los Espectros.
Pero Elara había descrito criaturas hechas casi de sombra.
Aquello hundía tejas.
Golpeaba paredes.
Dejaba su peso sobre el mundo.
Un impacto estremeció la puerta.
La mesa avanzó varios centímetros.
Liam soltó un ruido ahogado.
Anjara no apartó la mirada de la entrada.
—Cuéntame una historia.
—¿Qué?
—Una historia.
—¿Ahora?
Otro golpe.
—Ahora.
—No puedo pensar.
—Tú puedes inventar historias mientras comes, te lavas y hablas al mismo tiempo. Inténtalo.
—Esto es distinto.
—Empieza por un guerrero.
La madera volvió a gemir.
Liam tomó aire debajo de la mesa.
—Había... un guerrero.
—Muy original.
—¡Me has dicho tú que empezara así!
—Continúa.
—Era el guerrero más fuerte del reino.
—Ya está empeorando.
Liam soltó una protesta entre dientes.
Otro impacto.
Una grieta apareció junto al marco.
—Y encontró un dragón —continuó el niño.
—Eso sí mejora.
—Era enorme.
—¿Cuánto?
—Como tres casas.
—Demasiado.
—Tú no sabes cuánto mide un dragón.
—Tú tampoco.
La voz de Liam seguía temblando.
Pero seguía hablando.
Eso era lo importante.
Fuera, la criatura completó otra vuelta alrededor de la casa.
Anjara escuchó sus pasos sobre la tierra.
Tres apoyos rápidos.
Una pausa.
Luego otros.
No cuadraban con ninguna criatura que conociera.
El aire comenzó a enfriarse.
La llama de la vela se encogió.
Liam calló.
—Sigue.
—El dragón...
La criatura se detuvo frente a la puerta.
Anjara podía oírla.
Aquella respiración húmeda.
Cerca.
Demasiado cerca.
La temperatura descendió un poco más. El vaho de Anjara apareció ante su boca.
Liam empezó de nuevo.
—El dragón custodiaba una montaña.
La puerta no se movió.
—¿Qué montaña?
—No sé. Una muy grande.
—Ponle nombre.
—Montaña del... del Diente Negro.
—Terrible nombre.
—Pues invéntalo tú.
Anjara estuvo a punto de sonreír.
La respiración del otro lado cesó.
Ella dejó de respirar también.
Un roce lento recorrió la puerta.
Después nada.
Liam siguió con la historia.
Su guerrero trepó montañas, derrotó bandidos, encontró una espada encantada y discutió con un dragón que, por motivos que nunca quedaron del todo claros, terminó aceptando queso como pago.
Pasaron minutos.
El frío abandonó la habitación.
La llama recuperó altura.
Anjara permaneció inmóvil.
Mucho después, Liam dejó de hablar.
Se había quedado dormido con la cabeza apoyada contra una pata de la mesa.
Anjara guardó el cuchillo y se inclinó para sacarlo con cuidado.
Lo envolvió en una manta y lo dejó cerca del fuego.
Después se sentó frente a la puerta.
El atizador permaneció sobre sus rodillas.
No durmió.
Cuando el cielo empezó a aclararse detrás de las contraventanas, seguía allí.
La mañana entró en Lumenvalle como cualquier otra.
Un gallo cantó.
Una cabra protestó en alguna casa cercana.
El molino inició su quejido habitual.
Anjara miró a Liam, todavía dormido.
La espada de madera había quedado bajo la mesa.
La recogió y la dejó a su lado.
Después fue hasta la puerta.
Puso una mano sobre la tranca.
Se quedó así.
Al otro lado solo se oía el pueblo despertando.
Aun así, tardó varios segundos en moverla.
Había entrado sola en el bosque desde antes de cumplir los quince. Había suturado heridas profundas, drenado abscesos y sostenido la mano de hombres que no llegaron a ver el siguiente amanecer.
Pero aquella puerta se había convertido durante una noche en la frontera entre todo lo que conocía y algo que no sabía nombrar.
Retiró la mesa.
Levantó la tranca.
Abrió.
El aire de la mañana olía a pino, rocío y ceniza de chimenea.
La niebla permanecía baja sobre el camino.
Todo parecía intacto.
Hasta que Anjara se volvió.
Tres marcas atravesaban la puerta.
Comenzaban cerca de la parte superior y descendían más de un metro. Los surcos eran demasiado anchos y demasiado profundos para las garras de cualquier animal que habitara aquellas tierras.
Los bordes se habían ennegrecido.
Anjara acercó la mano.
No olían a quemado.
Olían como el árbol junto al estanque.
Podredumbre húmeda.
Tierra removida después de una tormenta.
Tocó uno de los bordes.
La madera cedió bajo la yema.
No se astilló.
Se convirtió en una pasta negra que se adhirió a su dedo.
Anjara se limpió inmediatamente en un trapo.
—Mierda.
Alzó la mirada hacia el tejado.
El musgo había muerto en una franja que seguía exactamente el recorrido de los pasos nocturnos.
Negro.
Seco.
Muerto en unas pocas horas.
—¿Qué son esas marcas?
Liam estaba en el umbral.
Descalzo otra vez.
La espada en una mano.