CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA #4
...si despierta antes de...
Nada después.
Anjara pasó el pulgar por la zona destruida.
—¿Qué estabas haciendo?
La pregunta murió en el cuarto.
Desde la habitación contigua llegó un roce de mantas.
Anjara volvió la cabeza.
—¿Liam?
La respiración del niño continuó tranquila.
Esperó unos segundos.
Después miró el bulto de lino.
No necesitaba abrirlo.
Ya sabía qué era.
El diario la había nombrado.
Y, aun así, permaneció largo rato con la mano suspendida sobre él.
Finalmente deshizo el cordón.
La tela se abrió.
Dentro había una esmeralda.
No era una joya de mercado.
Su superficie mostraba pequeñas irregularidades, pero las facetas parecían seguir una geometría demasiado precisa para ser natural. Un engarce de plata envejecida rodeaba la piedra y se prolongaba en una cadena fina.
El mismo verde del sueño.
Anjara se quedó inmóvil.
Acercó la gema a la vela.
La luz penetró en ella.
Durante un instante creyó ver una hebra luminosa moviéndose en las profundidades.
Parpadeó.
Había desaparecido.
—Claro —murmuró—. Porque un diario secreto no era suficiente.
La colocó sobre la mesa.
Sus dedos empezaron a separarse.
Un calor súbito rozó su piel.
Anjara volvió a agarrarla.
La piedra estaba fría.
Esperó.
Nada.
Miró el diario.
Luego la gema.
—¿Responder a qué?
No esperaba contestación.
La casa siguió en silencio.
Anjara volvió a las últimas páginas.
La misma frase reaparecía en su cabeza.
Su sangre duerme.
Sus dedos.
La luz.
Torvin.
Una idea se abrió paso y ella trató de cerrarla antes de terminar de formularla.
No pudo.
Elara lo sabía.
Fuera lo que fuese aquello, su madre había sabido que podía ocurrir.
Y había preferido mantenerla ignorante.
Anjara se levantó y empezó a caminar por la habitación.
Dos pasos.
Media vuelta.
Otros dos.
La irritación llegó antes que el miedo.
Era más fácil enfadarse.
—¿Una jaula de paz?
La gema permanecía sobre la mesa.
—¿Eso era Lumenvalle para ti?
La voz le salió demasiado alta.
Miró hacia la pared.
Liam seguía dormido.
Anjara bajó el tono.
—¿Y nosotros?
Nadie respondió.
El enfado perdió fuerza tan rápido como había llegado.
Porque conocía la respuesta, al menos en parte.
Había visto a Elara pasar noches enteras junto a la cama de Liam durante una fiebre.
La había visto dormir sentada para poder vigilar la respiración de Anjara después de una mala caída.
Conocía aquellas manos.
Aquella mujer podía haber mentido.
Pero no había dejado de quererlos.
Eso hacía todo más difícil.
Anjara volvió al arcón.
Guardó el diario bajo el falso fondo.
Dudó antes de hacer lo mismo con la Gema.
La sostuvo entre los dedos.
Devolverla habría sido sensato.
Elara la había escondido por una razón.
Pero la propia Elara había escrito que el Sello se debilitaba.
Y algo estaba enfermando el bosque.
Anjara pasó la cadena por encima de la cabeza.
La piedra cayó contra su pecho.
Fría.
Pesada.
Durante un latido no ocurrió nada.
Después llegó un pulso de calor.
Muy leve.
Tan breve que podría haberlo confundido con el contacto de su propia piel.
Anjara se quedó quieta.
Esperó.
Nada más.
Cerró el falso fondo.
Colocó de nuevo las mantas, el vestido y las cajas exactamente como los había encontrado.
Después regresó a la cocina.
El cuchillo de Kael estaba sobre la mesa.
Lo cogió.
No sabía por qué.
Quizá porque era la única cosa de su padre que todavía entendía.
Fuera, los insectos cantaban.
Anjara se acercó a la ventana.
El bosque era una pared negra más allá de las últimas casas.
El sonido de los grillos cesó.
No poco a poco.
Todos al mismo tiempo.
Anjara enderezó la espalda.
Lumenvalle quedó inmóvil.
Una quietud tan completa que el chisporroteo de la mecha de la vela pareció demasiado fuerte.
Entonces llegó un sonido desde algún punto más allá de las casas.
Grave.
Largo.
No exactamente un aullido.
Anjara cerró los dedos alrededor del cuchillo.
La Gema descansaba contra su pecho.
Otro segundo.
Nada.
Se acercó más al cristal.
No distinguió movimiento.
Solo tejados.
El sendero.
El comienzo del bosque.
Esperó.
El sonido no se repitió.
Poco a poco, los insectos comenzaron a cantar otra vez.
Uno primero.
Después otro.
Luego todos.
Anjara no bajó el cuchillo.
Miró hacia el pasillo.
Liam seguía dormido.
Durante aquella tarde había pensado que su mayor problema era una luz que había salido de sus manos.
Ahora tenía un diario oculto.
Una Gema que había respondido al contacto de su piel.
Un bosque que se estaba muriendo.
Y algo que acababa de llamar desde la oscuridad.
Anjara volvió la vista hacia la habitación de Elara.
La pregunta había estado allí durante años.
Solo que hasta aquella noche nunca había sabido formularla.
Su madre había construido una vida entera alrededor de silencios.
Había ocultado nombres.
Una Gema.
Su sangre.
Y un miedo que Anjara solo empezaba a comprender.
Apretó el mango del cuchillo.
Al otro lado de la pared, Liam cambió de postura entre las mantas.
Anjara escuchó su respiración.
Después miró hacia el bosque.
Y por primera vez se preguntó no qué había despertado dentro de ella,
sino de qué había intentado protegerlos su madre.