El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA #3
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CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA #3

Elspeth abrió la boca, pero Anjara negó apenas con la cabeza.

No quería escuchar una explicación que ninguna de las dos podía dar.

Elspeth se marchó.

Al otro lado del camino, Garth sujetaba un hacha pequeña mientras revisaba el filo.

El viejo leñador solía llamarla bruja de las hierbas cada vez que necesitaba algo para la espalda.

Aquella mañana la miró.

Luego volvió al hacha.

Sin broma.

Más adelante, dos mujeres lavaban ropa junto al arroyo. Su conversación terminó justo cuando Anjara pasó a su lado.

Una la saludó.

La otra fingió estar muy ocupada con una sábana.

Anjara siguió caminando.

Las voces regresaron detrás de ella.

No intentó distinguir las palabras.

Al llegar a casa encontró una cesta frente a la puerta.

Huevos.

Pan.

Dos manzanas.

Nada que indicara quién la había dejado.

Miró hacia las casas vecinas.

Una cortina se movió.

Anjara cogió la cesta.

Eso también era Lumenvalle.

Alguien podía temer una cosa y darle las gracias por ella al mismo tiempo.

—¿Puedes hacerlo otra vez?

Liam estaba sentado en la tierra del huerto mientras Anjara arrancaba malas hierbas.

Ella ni siquiera levantó la cabeza.

—No lo sé.

—¿Lo has intentado?

—No.

—Entonces no sabes que no puedes.

Anjara tiró de una hierba con algo más de fuerza de la necesaria.

—No es un juego.

—No he dicho que lo sea.

Eso la hizo mirarlo.

Liam estaba mucho más serio de lo que esperaba.

—Ayer parecías pensar otra cosa.

—Ayer Torvin dejó de llorar.

Anjara no respondió.

El niño hundió un dedo en la tierra.

—Todos están hablando.

—Ya me he dado cuenta.

—La señora Dareth dice que mamá también hacía cosas raras.

La mano de Anjara se detuvo.

—¿Qué cosas?

Liam encogió los hombros.

—No quiso decírmelo.

—Claro que no.

—¿Por qué?

Anjara volvió a las malas hierbas.

—Porque en Lumenvalle la mitad de las historias crecen cada vez que alguien las cuenta.

—¿Y la otra mitad?

—También.

Liam sonrió un poco.

Después volvió a observarla.

—¿Te da miedo?

Anjara arrancó otra hierba.

Podría haber dicho que no.

Era la respuesta de una hermana mayor.

También habría sido mentira.

—No me gusta no saber qué hice.

Liam se encogió de hombros.

—Entonces averígualo.

Anjara arqueó una ceja.

—Qué fácil.

—Yo no he dicho que sea fácil.

La respuesta fue tan razonable que tuvo que contener una sonrisa.

Extendió la mano hacia una tomatera.

Sus dedos rozaron una hoja.

Se quedó quieta.

El borde estaba negro.

No seco por el sol.

Negro.

Tomó otra hoja.

Tenía la misma mancha.

Después una tercera.

—Anjara.

No respondió.

Recorrió las plantas con la mirada.

Cinco afectadas.

Dos el día anterior no lo estaban.

—Quédate aquí.

Liam se levantó.

—Voy contigo.

—No.

—Puedo ayudarte.

—Esta vez no.

—¿Por qué?

Anjara buscó una excusa.

—Necesito una planta que no encontramos ayer.

Liam entrecerró los ojos.

—Estás mintiendo.

—Estoy intentando librarte de una tarde de hierbas medicinales.

—También mientes cuando haces eso.

—Llena el caldero.

—Anjara.

—Liam.

Se miraron.

El niño dejó escapar un resoplido teatral.

—Cuando sea un héroe no tendré que llenar calderos.

—Los héroes también beben agua.

—Tendré sirvientes.

—Con esa actitud morirás de sed.

Liam agarró el cubo.

Anjara entró en casa.

Cogió el cuchillo de Kael.

Al salir, Liam seguía junto al pozo.

—Antes de que oscurezca.

Anjara detuvo el paso.

Era la frase que ella le decía siempre.

Él no sonreía.

—Antes de que oscurezca —prometió.

El bosque estaba peor.

No necesitó caminar demasiado para comprobarlo.

Un abedul tenía la corteza plateada manchada de una sustancia negra y espesa.

Anjara acercó dos dedos.

El olor le hizo apartarlos antes de tocarla.

Podredumbre.

No la de una planta muerta.

Algo más húmedo.

Más agrio.

Siguió el sendero hasta el estanque.

Normalmente sabía que estaba cerca por las ranas.

Aquella tarde lo descubrió porque no se oía ninguna.

La superficie estaba cubierta por una película verdinegra.

No había libélulas.

Ni pájaros bebiendo.

Un mosquito descendió hacia el agua.

Cambió de dirección antes de tocarla.

Anjara retrocedió un paso.

Entonces vio el zorro.

Yacía junto a las raíces de un roble.

Parecía dormido.

Anjara se acercó.

—Eh.

Se sintió absurda en cuanto lo dijo.

El animal no reaccionó.

No tenía sangre.

Ni mordeduras.

Ni una herida visible.

Lo empujó suavemente con la punta de la bota.

El cuerpo rodó.

Demasiado ligero.

Anjara se acuclilló.

El pelaje había perdido el brillo. Bajo él no había la resistencia que debería tener un cuerpo muerto hacía poco.

Presionó con dos dedos.

Piel.

Hueso.

Casi nada entre ambos.

Se apartó de inmediato.

El estómago se le revolvió.

Aquello no era obra de un depredador.

Un lobo habría desgarrado carne.

Un oso habría quebrado huesos.

Una enfermedad habría consumido el animal poco a poco.

Pero aquello parecía haber dejado el cuerpo intacto y haberse llevado lo que había dentro.

Un crujido sonó detrás.

Anjara desenvainó el cuchillo.

Giró.

Helechos.

Troncos.

Penumbra.

Esperó.

Nada.

Otro chasquido, esta vez más lejos.

Anjara dio un paso atrás.

El Bosque del Crepúsculo llevaba toda su vida siendo un lugar al que regresar.

Aquella tarde, por primera vez, quiso salir de él.

No discutió consigo misma.

Volvió a Lumenvalle.

Esperó hasta que Liam se durmió.

Después entró en la habitación de Elara.

Habían pasado años y todavía no conseguía pensar en aquel cuarto como un espacio vacío.

Su madre permanecía allí en detalles absurdamente pequeños.

Un peine con varios dientes torcidos.

Una manta doblada sobre una silla.

Una mancha de ungüento en una esquina de la mesa.

Una grieta junto a la ventana que Elara había prometido reparar tantas veces que terminó formando parte de la casa.

Y el arcón de serbal a los pies de la cama.

Anjara se detuvo frente a él.

Lo había abierto muchas veces.

Pero nunca había buscado secretos.

Aquella noche levantó la tapa.

El aroma a lavanda surgió de inmediato.

Cerró los ojos.

Durante un instante tuvo ocho años.

Elara estaba junto al arcón doblando ropa mientras cantaba en voz baja.

Anjara trató de recordar la melodía.

Solo obtuvo tres notas.

La cuarta se había perdido.

Abrió los ojos.

Apartó el vestido de novia.

Debajo había mantas, ropa, bolsitas de hierbas y varias cajas pequeñas.

Revisó una.

Hilos.

Otra.

Botones.

Siguió apartando cosas.

Nada.

Apoyó la mano en el fondo.

Golpeó la madera con los nudillos.

Un sonido seco.

Movió la mano unos centímetros.

Otro golpe.

Hueco.

Anjara dejó de respirar durante un instante.

Presionó en aquella esquina.

Una tabla cedió.

—Mamá...

Levantó el falso fondo.

Había un libro de cuero oscuro.

Sin título.

Y junto a él, un pequeño bulto envuelto en lino.

Anjara sacó primero el libro.

La letra de Elara apareció en cuanto abrió la primera página.

Eso fue casi peor que encontrar algo completamente desconocido.

Las primeras hojas contenían recetas.

Raíz recogida demasiado pronto.

Corteza que debía secarse a la sombra.

Dosis que había que reducir para niños.

Notas al margen.

Correcciones.

Era la letra de la mujer que Anjara conocía.

Pasó algunas páginas.

El trazo empezó a cambiar.

No la forma.

La manera de ocupar el papel.

Palabras más pequeñas.

Líneas añadidas entre párrafos.

Anotaciones en los márgenes.

Tachaduras.

Símbolos.

Anjara acercó el libro a la vela.

Una palabra.

Anjanu.

La leyó otra vez.

No significaba nada para ella.

Pasó la página.

Tres círculos incompletos atravesados por una línea.

Debajo:

Sello.

Más adelante:

Ojancano.

Y unas páginas después encontró dibujos de figuras demasiado altas, extremidades finas y cuerpos que parecían hechos de sombra.

Anjara reconoció el nombre escrito junto a ellas.

Espectros.

Los monstruos de las historias de Elara.

Los que aparecían cuando la luz se debilitaba.

Los que Anjara había dejado de temer cuando cumplió nueve años.

Pasó otra página.

Constelaciones.

Algunas no coincidían con ninguna que hubiera visto sobre Lumenvalle.

Más símbolos.

Nombres sin explicación.

Y finalmente una entrada escrita con tanta presión que la pluma había arañado el papel.

La enfermedad se extiende.

Anjara acercó más la vela.

El Sello se debilita. Puedo percibirlo en el agua y en la tierra. Las viejas historias no son un aviso. Son una profecía.

Los dedos de Anjara se quedaron inmóviles sobre el borde de la página.

Tierra seca.

Hojas negras.

El estanque.

El zorro.

Continuó.

He ocultado la Gema. Rezo para que mis hijos nunca tengan que encontrarla.

Anjara miró lentamente el bulto de lino.

La vela osciló.

Volvió al diario.

Su sangre duerme. Que siga así.

Anjara tragó saliva.

La ignorancia es la única armadura que puedo darles.

Una gota de cera cayó sobre la mesa.

Que los dioses me perdonen por la jaula de paz que he construido para ellos, porque sé que sus muros no resistirán para siempre.

Anjara leyó el párrafo otra vez.

Después una tercera.

Mis hijos.

Ella.

Liam.

Miró hacia la pared que separaba las habitaciones.

Su hermano dormía al otro lado.

El sueño.

La luz en sus manos.

Las plantas enfermas.

El zorro.

Anjara cerró el diario.

El silencio de la habitación se hizo más pesado.

Había pasado toda su vida creyendo que conocía a Elara.

La mujer que machacaba hojas en un mortero.

La que se enfadaba si Anjara recogía demasiada raíz de una misma planta.

La que cantaba al doblar ropa.

La que sabía cuándo una fiebre era peligrosa con solo apoyar los dedos en una frente.

La que contaba historias absurdas sobre Guardianes, guerras y monstruos.

Aquella mujer había escondido un libro debajo de su ropa de boda y escrito sobre la sangre de sus hijos.

Anjara volvió a abrirlo.

Buscó con mayor rapidez.

Encontró otra entrada.

Cada día resulta más difícil fingir que la distancia bastará. Si llegan a encontrarme, encontrarán también el camino hasta ellos.

Más abajo:

No conocerán los nombres. No conocerán la sangre. No conocerán aquello que duerme.

Una parte del párrafo siguiente había sido raspada.

No tachada.

Elara había arañado el papel hasta arrancar fibras.

Solo quedaban fragmentos.

...no debe responder todavía...

Y un poco más abajo: