El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA #2
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CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA #2

El pueblo apenas era un puñado de casas de piedra y madera levantadas alrededor del camino principal. Los tejados mostraban musgo, tejas de tonos distintos y reparaciones de varias generaciones. De las chimeneas salían humo y olor a cebolla, pan y leña húmeda.

El martillo de la fragua marcaba un ritmo metálico cerca de la plaza.

Más allá, el molino seguía girando.

Dos hombres descargaban sacos de un carro mientras discutían sobre cebada y precios.

Una niña perseguía una gallina adornada con una cinta roja.

—¡Devuélvemela!

La gallina parecía tener una opinión distinta.

Liam redujo el paso.

—Puedo ayudar.

—Ni se te ocurra.

—Soy muy bueno atrapando animales.

Anjara recordó un ganso, un estanque y una tarde que terminó con Liam embarrado hasta las orejas.

—No.

—Eso fue una vez.

—Fue suficiente.

Pasaron junto al pozo.

El viejo Bram levantó dos dedos desde un banco.

—Elara pequeña.

Anjara mantuvo la sonrisa hasta dejarlo atrás.

Liam la observó.

—Te molesta.

—¿Qué?

—Que te llame así.

—No.

Liam esperó.

—Un poco.

—Te pareces a mamá.

Anjara recolocó la cesta sobre el hombro.

—Todo el mundo dice eso.

—Yo no.

Ella lo miró.

—Gracias.

—Tú frunces más el ceño.

—Gracias otra vez.

Liam sonrió.

Lumenvalle era así.

Pequeño.

Entrometido.

A veces agotador.

Todo el mundo sabía quién había discutido con quién, quién debía dinero al molinero y quién había bebido más de la cuenta la noche anterior.

También sabían quién necesitaba ayuda antes de que la pidiera.

Cuando una tormenta arrancaba un tejado, aparecían vecinos con tablas y clavos.

Cuando una familia tenía una mala cosecha, alguien dejaba un saco de grano ante su puerta y después nadie recordaba haberlo hecho.

Y cuando alguien enfermaba, llamaban a Anjara.

Porque Elara ya no estaba.

—¡Anjara!

El grito llegó desde la fragua.

Elspeth corría hacia ellos.

La mujer del herrero era alta y fuerte, con unos antebrazos capaces de manejar un martillo casi tan bien como su marido.

Aquella tarde apenas podía mantener las manos quietas.

Torvin venía con ella.

El niño lloraba y apretaba un brazo contra el pecho. La manga estaba ennegrecida y adherida a la piel.

Anjara dejó caer la cesta.

—¿Qué ha pasado?

—La fragua. Estaba cerca y yo... —Elspeth tomó aire con dificultad—. Una esquirla. Un segundo, solo fue un segundo...

Anjara ya estaba de rodillas.

—Torvin, mírame.

El niño negó con la cabeza y escondió el brazo.

—No.

—No voy a tocarlo todavía. Solo mírame.

Torvin abrió los ojos.

Anjara esperó hasta que la enfocó.

—Respira conmigo.

Inspiró despacio.

Él trató de imitarla.

—Otra vez.

Torvin obedeció.

—Muy bien. Ahora necesito ver el brazo.

El niño miró a su madre.

Elspeth asintió.

Retiró el brazo con lentitud.

La quemadura era grave.

La piel estaba enrojecida y las primeras ampollas comenzaban a levantarse. Un trozo de tela se había fundido contra uno de los bordes de la herida.

Anjara apretó la lengua contra el paladar.

El olor a carne chamuscada se mezclaba con carbón y hierro caliente.

—Liam.

Su hermano ya estaba junto a ella.

—¿Qué necesitas?

—Agua fría. Y el frasco verde de la botica, el pequeño de cerámica. Segundo estante.

Liam echó a correr.

—Elspeth, sujétalo.

Anjara comenzó a trabajar.

Humedece.

Espera.

Separa la tela sin arrancar piel.

Limpia.

Evalúa.

Las manos sabían qué hacer aunque el resto de ella quisiera mirar hacia otro lado.

Torvin gritó cuando retiró el último fragmento de tela.

—Ya lo sé —dijo Anjara—. Aguanta un poco más.

Algunos vecinos empezaron a acercarse.

Anjara ni siquiera levantó la voz.

—Atrás.

Obedecieron.

Liam regresó con el agua y el frasco.

—¿Este?

—Sí.

La pasta del interior era verde pálido. Aloe, corteza de sauce y otras dos plantas que Elara había mezclado siempre en una proporción que Anjara podía preparar de memoria.

Aplicó una primera capa.

Torvin se encogió.

La quemadura había penetrado demasiado.

Anjara lo sabía.

Elspeth también debió de verlo en su rostro.

—¿Va a...?

—Necesito que no se mueva.

Eso fue todo lo que respondió.

Apoyó los dedos a ambos lados de la herida.

Recordó la voz de Elara durante las curas difíciles.

No como un hechizo.

Como una forma de ordenar la mente.

Que la tierra reclame el calor.

Anjara inspiró.

Que el agua limpie el dolor.

Torvin temblaba.

Que el aire cierre la herida.

Quería que dejara de sufrir.

No pensó en magia.

No pensó en leyendas.

Solo vio a un niño de seis años mordiéndose el labio para no gritar delante de su madre.

Algo cedió dentro de ella.

Una presión breve apareció detrás del esternón.

Después calor.

No el de la fragua.

Nació en su pecho y descendió por el hombro hasta el brazo con una rapidez que no le dio tiempo a apartarse.

La pasta bajo sus dedos emitió luz.

Verde.

Esmeralda.

Pura.

El resplandor duró apenas un latido, pero fue suficiente para teñir las caras de quienes se habían reunido alrededor.

Alguien jadeó.

Torvin dejó de llorar.

Anjara retiró la mano.

El brillo desapareció.

La herida seguía allí.

Pero la hinchazón había retrocedido.

Las ampollas parecían más pequeñas y la respiración de Torvin había perdido el temblor.

Anjara volvió las palmas hacia arriba.

Tierra bajo las uñas.

Cortes.

Callos.

Nada más.

—¿Te duele?

Torvin contempló su brazo.

—Menos.

—¿Cuánto menos?

El niño miró a su madre, desconcertado.

—Mucho.

Elspeth lo abrazó.

A su alrededor nadie hablaba.

El martillo de la fragua también había dejado de sonar.

Anjara se puso en pie.

Elspeth alzó la cabeza.

En su rostro había alivio. Gratitud.

Y algo que hizo que Anjara quisiera recuperar la cesta y marcharse de allí.

—Ha sido como...

Se calló.

—¿Como qué?

Elspeth miró sus manos.

—Como cuando tu madre estaba aquí.

Un murmullo recorrió el pequeño grupo.

Anjara cerró el frasco.

—Hay que limpiar la herida otra vez al anochecer.

—Anjara...

—Al anochecer.

Elspeth entendió la retirada escondida en esas palabras.

Asintió.

Liam no.

Su hermano seguía mirándola como si acabara de presenciar cómo Anjara vencía por fin a uno de sus dragones imaginarios.

Aquella noche no consiguió dormir.

Liam sí.

Su respiración llegaba desde la habitación contigua, regular y tranquila, mientras Anjara permanecía tumbada mirando el techo.

Levantó una mano en la oscuridad.

La abrió.

La cerró.

Nada.

La luz podía haber sido un reflejo.

La fragua estaba llena de fuego.

La pasta estaba húmeda.

Quizá...

Anjara bajó la mano.

No.

Había notado el calor atravesándola.

Se levantó.

La casa estaba fría.

Cruzó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.

El Bosque del Crepúsculo era una masa oscura bajo la luna.

Recordó la tierra seca.

Las hojas amarillas.

Los pájaros volando hacia el sur.

Y recordó a Elara.

Las veces que su madre se había quedado observando la línea de árboles desde aquella misma ventana.

Las ocasiones en que Anjara había entrado en una habitación y Elara había cerrado un cuaderno demasiado deprisa.

Sus cuentos.

Guardianes.

Guerras tan antiguas que nadie recordaba quién las había ganado.

Historias sobre la luz.

Historias sobre algo que vivía donde la luz no alcanzaba.

Cuando era niña, Anjara pedía siempre una más.

Después creció.

Los cuentos se convirtieron en cuentos.

Aquella noche deseó que siguieran siéndolo.

Se acostó de nuevo.

El sueño llegó mucho después.

Y cuando llegó, no trajo descanso.

No había casa.

No había bosque.

Ni cielo.

Anjara flotaba sobre una extensión de luz esmeralda que alcanzaba hasta donde la vista podía llegar.

La superficie se movía como agua, aunque no había viento.

Extendió la mano.

La luz respondió.

Una onda nació bajo sus dedos y se propagó hasta el horizonte.

Por un instante, algo inmenso pareció reconocerla.

Entonces una sombra cruzó bajo sus pies.

Después otra.

Y otra.

Formas largas ascendieron desde una profundidad que no tenía fondo.

Anjara intentó retroceder.

No había suelo.

Las sombras se detuvieron.

No tenían rostro.

No necesitaban tenerlo para mirarla.

La luz volvió a palpitar.

Las formas cambiaron de dirección.

Hacia ella.

Anjara quiso gritar.

El mar verde se abrió.

Algo enorme se movió abajo.

Despertó sentándose de golpe.

El aire entró en sus pulmones a tirones.

—Anjara...

Liam estaba en la puerta.

El cabello se le levantaba por un lado de la cabeza y llevaba una manta arrastrando detrás.

—¿Estás bien?

Anjara respiró una vez más antes de responder.

—Sí.

Liam señaló vagamente hacia la cama.

—Has gritado.

Ella no lo recordaba.

—Una pesadilla.

—¿Mala?

—Bastante.

Liam entró y se sentó a los pies del catre.

—Mamá decía que había que contarlas.

—Mamá decía demasiadas cosas.

—Funcionaba.

—¿Qué?

—Contarlas.

Anjara lo miró.

El niño esperaba.

No preguntó qué había visto.

Solo esperaba.

—No quiero hablar de ella.

Liam bajó la vista a la manta.

—Vale.

Anjara se arrepintió en cuanto lo dijo.

Pero él ya se había levantado.

—Liam.

Se volvió.

Anjara apartó las mantas.

—Cinco minutos.

El rostro del niño cambió de inmediato.

—Diez.

—Cinco.

—Ocho.

—Cinco.

Liam se metió en la cama antes de que pudiera retractarse.

—Seis.

—Duérmete.

—Eso no es un no.

A los pocos minutos respiraba profundamente.

Anjara permaneció despierta.

Observó la mano de Liam cerrada sobre el borde de la manta.

Diez años.

Ciento quince, había negociado aquella tarde.

Anjara lo cubrió mejor.

Luego lo acercó un poco más hacia ella.

No necesitaba entender por qué.

A la mañana siguiente, todo Lumenvalle sabía lo ocurrido.

Las noticias en el pueblo viajaban más deprisa que los caballos y con bastante menos precisión.

Elspeth encontró a Anjara junto al pozo.

—Torvin ha dormido toda la noche.

Anjara dejó el cubo en el brocal.

—¿Fiebre?

—No.

—¿Dolor?

—Dice que casi ninguno.

Anjara se quedó mirándola.

—Quiero verlo.

—Anjara...

Elspeth le tomó las manos.

La aspereza de sus dedos contrastaba con el leve temblor.

—Gracias.

—No hace falta...

—La herida casi ha cerrado.

Anjara retiró las manos.

—Eso no puede haber ocurrido en una noche.

—Pues ha ocurrido.

Un hombre cruzaba la plaza detrás de ellas.

Redujo ligeramente el paso.

Elspeth bajó la voz.

—Vi lo que hiciste.

Anjara sostuvo su mirada.

—Usé el ungüento de mi madre.

—Vi la luz.

La palabra permaneció entre ambas.