El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA
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CAPÍTULO 1 LA HIJA DE LA SANADORA

Anjara conocía el Bosque del Crepúsculo de una manera que ningún mapa habría podido enseñar.

Sabía dónde el terreno descendía hacia el arroyo aunque la niebla ocultase las piedras, qué robles crujían incluso sin viento y qué helechos crecían únicamente en las hondonadas donde la tierra conservaba humedad hasta bien entrado el verano.

Podía distinguir el paso de un jabalí del de un ciervo por cómo se quebraba la hojarasca y encontrar agua siguiendo el murmullo que viajaba bajo las raíces mucho antes de divisar el cauce.

También conocía sus silencios.

El breve que precedía a una tormenta.

El que dejaba un depredador al cruzar una zona de caza.

La quietud del amanecer, cuando las criaturas nocturnas ya se habían ocultado y las diurnas aún no habían empezado a disputarse ramas, alimento y territorio.

A sus dieciocho años, Anjara conocía casi todos.

Por eso aquella mañana todavía no tenía motivos para inquietarse.

Se arrodilló junto a un roble antiguo y apartó con cuidado una capa de hojas húmedas. Bajo ellas apareció el musgo de río que buscaba, oscuro y esponjoso, fresco contra las yemas.

Sacó el cuchillo pequeño que llevaba al cinto y cortó una franja estrecha.

Solo una.

La voz de Elara regresó con la facilidad irritante con que regresaban algunas cosas.

Si arrancas todo lo que necesitas hoy, mañana no tendrás nada que recoger.

Anjara introdujo el musgo en una bolsa de lino.

Habían pasado años desde la muerte de su madre y aún obedecía órdenes que nadie pronunciaba.

A veces eso la enfadaba.

Aquella mañana, al menos, consiguió sonreír.

—Espero que estés satisfecha.

Un pájaro gorjeó entre las ramas.

Anjara levantó la vista.

—No hablaba contigo.

El pájaro respondió de nuevo.

—Y tampoco necesito una segunda opinión.

Se incorporó y prosiguió entre los árboles.

La luz del mediodía descendía a jirones a través del dosel.

Había lugares donde no alcanzaba nunca el suelo y la penumbra permanecía incluso durante los días más claros.

De ahí venía el nombre del bosque, aunque Anjara nunca había comprendido por qué algunos viajeros lo pronunciaban como si se tratara de una amenaza.

Para ella, el Bosque del Crepúsculo olía a corteza húmeda, hongos, agua fría y hogar.

Pasó junto al viejo roble hueco cercano al arroyo. Dos cabezas emplumadas asomaron desde una oquedad elevada.

Anjara levantó la barbilla.

—Buenos días.

Una de las lechuzas parpadeó.

—No llevo comida.

La cabeza desapareció.

La segunda permaneció observándola.

—Tú tampoco vas a conseguir nada.

La lechuza pareció valorar la respuesta antes de retirarse.

—Interesadas.

Siguió caminando.

Elara le había enseñado a reconocer plantas capaces de reducir una fiebre, detener una hemorragia o aliviar una inflamación. También cuáles podían matar a un adulto si alguien confundía una nervadura o calculaba mal una dosis.

Su padre le había enseñado otras cosas.

A pisar donde las ramas no crujían.

A mirar antes de moverse.

A esperar.

Y a no matar jamás aquello que no necesitara matar.

De Kael conservaba un cuchillo de caza con empuñadura de hueso de ciervo. El mango estaba tan gastado que sus dedos encontraban sin pensar cada pequeña hendidura.

El rostro de su padre era más difícil de conservar.

Algunos detalles resistían.

Unos ojos.

Una sonrisa.

El sonido incompleto de una carcajada.

Otros se borraban año tras año.

Anjara detestaba descubrir que la memoria podía traicionar de aquella manera.

Sin embargo, había una imagen que seguía intacta.

Las marcas de su pecho.

Las había visto de niña una noche junto al fuego, cuando Kael se cambió la camisa después de regresar empapado del bosque.

No parecían cicatrices de espada.

Tampoco arañazos.

Eran líneas oscuras que atravesaban su piel en trazos retorcidos, semejantes a quemaduras, aunque ninguna llama que Anjara conociera podía haber dejado aquellas formas.

Preguntó qué eran.

Kael dejó de sonreír.

Elara, que estaba cortando raíces en la mesa, detuvo el cuchillo.

Ninguno respondió.

Meses después volvió a preguntar.

Su madre encontró de pronto mucho que decir sobre otra cosa.

La tercera vez, Kael salió de la habitación.

No hubo una cuarta.

Anjara había aprendido muy pronto que algunos silencios no pertenecían al bosque.

Y aquellos eran mucho más difíciles de interpretar.

De Elara conservaba más cosas.

La botica.

Los cuadernos.

El huerto.

Decenas de frascos de cerámica.

Y todos los habitantes de Lumenvalle que aparecían a su puerta cuando una fiebre duraba demasiado, cuando una herida no cerraba o cuando un dolor insignificante se volvía aterrador al llegar la noche.

Anjara era ahora la sanadora del pueblo.

La palabra todavía le quedaba grande.

Para la mayoría seguía siendo la hija de la sanadora.

No siempre le molestaba.

Solo casi siempre.

Un recuerdo se abrió paso mientras recogía unas hojas de llantén.

Años atrás, un cazador había intentado pagar a Elara la mitad de lo acordado por una medicina. Había hablado de una mala temporada, de trampas vacías y de demasiadas bocas que alimentar.

Elara escuchó hasta el final.

Después sonrió.

—He visto hombres morir por menos —dijo—. Y he visto monstruos morir por más. No me obligues a recordarte cuál soy.

El cazador dejó todas las monedas sobre la mesa.

Anjara había tenido doce años.

Todavía seguía preguntándose qué demonios había querido decir su madre.

—¡Si logro encontrarte, serás mi prisionera!

La voz atravesó el bosque.

Anjara cerró los ojos.

—Ahí está el azote de Lirionis.

—¡Y tu condena será servirme gachas el resto de tus días!

La carcajada de Liam espantó a un pájaro de una rama cercana.

Anjara miró hacia arriba.

Una rama gruesa se extendía sobre el sendero.

Perfecto.

Trepar le llevó apenas unos segundos.

Se acomodó entre las hojas justo cuando un petirrojo se posó cerca de su mano.

—Ni una palabra.

El ave inclinó la cabeza.

—Me alegra que podamos confiar el uno en el otro.

Abajo apareció Liam.

Diez años. Cabello castaño revuelto. Botas embarradas. Una rodilla remendada y una espada de madera que había conocido demasiadas guerras imaginarias.

Según él, ya había derrotado a tres ejércitos, varios bandidos, dos gigantes y un dragón.

Según Anjara, había destrozado tres calabazas y perdido una batalla contra una gallina.

—Sé que estás aquí —anunció Liam.

Miró detrás de un tronco.

Nada.

Apartó unas ramas.

Nada.

El petirrojo observó a Anjara.

Ella hizo un gesto para que guardara silencio.

—Puedo oler tu miedo —dijo Liam.

Anjara tuvo que morderse el interior de la mejilla.

Liam pasó justo debajo.

—¡Ríndete, bestia del bosque! ¡Nadie escapa de Liam el Valiente!

Anjara se dejó caer.

Aterrizó detrás de él sin más ruido que el roce de sus botas contra las hojas.

Liam giró sobre sí mismo.

—¡Ah!

Tropezó con una raíz.

Anjara lo agarró de la túnica antes de que tocara el suelo.

—Liam el Valiente acaba de ser derrotado por una ardilla.

—¡No es justo!

—Las ardillas no respetan las leyes de la guerra.

—Tú tampoco.

—Por eso sigo viva.

Lo enderezó y le revolvió el cabello.

Liam se apartó con una indignación que no engañaba a nadie.

—No haces ruido.

—Práctica.

—Eres como un fantasma del bosque.

Durante un instante, Anjara perdió la sonrisa.

Liam ya había empezado a examinar su espada y no lo vio.

Mejor.

—Vamos —dijo ella—. Aún tenemos que encontrar raíz de dragón.

El rostro del niño se derrumbó.

—Eso no es un dragón.

—Presenta una reclamación a quien le puso el nombre.

—La señora Elmsworth.

—Exacto.

—Siempre le duelen las rodillas.

—Algún día tendrás su edad.

—No.

Anjara lo miró.

—¿No?

—Seré un héroe.

—Eso no te impide envejecer.

—Los héroes mueren antes.

La respuesta llegó con la despreocupación de alguien que no entendía todavía el significado de las palabras.

Anjara aflojó el paso.

Liam continuó hablando.

—En una batalla enorme. Quizá contra un dragón.

—Preferiría que no.

Él se volvió.

—¿Qué?

—La parte de morirte.

—Entonces moriré cuando sea viejo.

—Muy viejo.

—Cien años.

—Ciento veinte.

Liam arrugó la nariz.

—Eso es demasiado.

—No negocio por debajo de ciento veinte.

—Ciento diez.

—Ciento veinte.

—Ciento quince.

Anjara extendió la mano.

—Trato.

Liam la estrechó con una solemnidad digna de un juramento real.

—Trato.

Y durante unos pasos, aquello fue suficiente.

Encontraron la raíz de dragón en una depresión donde el agua de lluvia solía acumularse entre las piedras.

Anjara apartó unos helechos y hundió los dedos en el suelo.

Se detuvo.

Cogió un puñado de tierra y cerró la mano.

Se deshizo entre sus dedos.

Liam tiraba de una raíz con ambas manos.

—Vas a arrancar media colina.

—Está muy agarrada.

—Porque no quiere venir contigo.

—Las plantas no deciden.

Anjara observó el polvo sobre su palma.

—Esta debería.

Liam levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Ha llovido esta semana.

—Sí.

—Dos veces.

—Tres.

Anjara volvió a mirar la tierra.

—Tres.

Aquella zona conservaba humedad incluso después de varios días secos.

Hundió dos dedos.

La capa superficial estaba fresca.

Debajo, la tierra era casi polvo.

Una hoja amarilla giró desde las ramas y cayó junto a su rodilla.

Después otra.

Anjara alzó la vista.

Aún era demasiado pronto para aquello.

—¿Está enfermo? —preguntó Liam.

—Quizá.

Escuchó.

Agua a lo lejos.

Pájaros.

El roce de las ramas altas.

Todo parecía normal.

Y precisamente por eso tardó unos segundos en comprender qué le molestaba.

No faltaba un sonido.

Faltaba el conjunto.

El bosque tenía un ritmo que Anjara conocía desde niña. Aquella mañana, alguna nota estaba fuera de lugar.

—Estás poniendo la cara.

—¿Qué cara?

Liam frunció el ceño de manera exagerada.

Anjara lo miró.

—Yo no hago eso.

—Muchísimo.

—Recoge las raíces.

—He ganado.

—Recoge.

—Eso no niega que haya ganado.

Anjara volvió la vista hacia los árboles.

Una bandada de pájaros salió de las copas y cruzó el cielo en dirección sur.

No volaban con el caos de una huida.

Pero tampoco era una dirección habitual a aquella hora.

Anjara guardó la observación para sí.

Lumenvalle apareció entre los árboles al final de la tarde.