Capítulo 25
Orion pasó por mi lado como un nubarrón con su velocidad vampírica. Sentí cómo se me quebraba el corazón cuando lo vi dirigirse hacia el Centro Deportivo Lunar y utilicé hasta la última gota de energía que tenía para perseguirlo.
Unos vítores socarrones y unas risas crueles emanaban del interior del edificio y supe, en lo más profundo de mi alma, que mi hermana estaba en peligro. Entré corriendo y recorrí los pasillos oscuros, prácticamente tropezándome con mis propios pies hasta llegar a la piscina.
Había un grupo de alumnos en el fondo de la sala y vi que la piscina se había convertido en hielo. Orion saltó desde el bordillo y le salió un torrente de agua de las manos que derritió el hielo antes de zambullirse. Desapareció bajo el agua y se me cerró la garganta con confusión y terror.
Se desgarró una grieta enorme en mitad del hielo y Orion emergió de ella, con el brazo alrededor de Tory. Parecía inconsciente, ¿o...?
El mundo se ralentizó a medida que aumentaba el temor.
«No, no está muerta. No puede estar muerta».
Por fin mi mente se volvió a poner en movimiento y corrí hasta el bordillo de la piscina mientras Orion sacaba a Tory. Agarré a mi hermana del brazo y él la tumbó sobre los azulejos del bordillo. Se hizo el silencio. Ese silencio que precede al anuncio de una muerte.
—Tory —sollocé, agarrándole la mano helada, temblando con todo el cuerpo mientras la sacudía.
Orion se arrodilló a su lado, empapado, y le puso una mano en la frente. Cerró los ojos y una luz verde empezó a brillar debajo de su palma.
Inhalé de forma temblorosa.
La habitación se desvaneció a mi alrededor.
Lo único que importaba era mi hermana y la magia que fluía desde el cuerpo de Orion hasta el suyo.
Tory abrió los ojos, tosió violentamente y vomitó agua. Orion se apartó justo antes de que le cayera encima.
Me tiré sobre ella para abrazarla con fuerza y Orion se levantó sin darme tiempo a agradecérselo.
Vi a los Herederos andando por el bordillo de la piscina, directos hacia la salida.
El odio me desgarró por dentro y les lancé una mirada furiosa, temblando de la cabeza a los pies sin soltar a mi gemela.
—¡Si una sola persona se mueve un centímetro más, se enfrentará a una expulsión inmediata! —gritó Orion, con tanta fuerza que vibraron todos los cristales.
Los Herederos dejaron de andar y se quedaron en silencio.
Darius se pasó una mano por la nuca, aparentemente irritado por primera vez desde que lo conocía.
Seth les estaba pasando las manos por encima a todos, como si intentara tranquilizarlos, y al ver mi mechón de pelo sobresaliendo de su bolsillo tuve unas ganas inmensas de gritar.
—Pónganse mirando a la pared —ordenó Orion, en un tono que me tensó los hombros.
Con la vista borrosa, observé a los Herederos formar una fila enfrente de Orion. Nunca lo había visto tan enfadado y deseaba que descargara toda su ira sobre ellos por lo que habían hecho.
Los demás se agruparon en el otro extremo de la piscina, aparentemente incómodos. Yo le aparté los mechones de pelo mojado a Tory de la cara y ella me miró parpadeando con confusión.
—¿Estás bien? —sollocé.
Ella asintió ligeramente y volví a abrazarla mientras el alivio cantaba una canción en mi alma.
Tory se movió para sentarse a mi lado, recorriéndome el pelo con sus profundos ojos verdes. Torció la boca mientras se acercaba las rodillas al pecho y apoyaba la cabeza sobre mi hombro.
—Lo siento, Darcy —dijo con voz áspera. Le pasé el brazo por encima y negué con la cabeza.
—No tienes nada que sentir —susurré, desviando la mirada hacia los Herederos a los que odiaba más intensamente de lo que había odiado nada en mi vida.
Orion se quedó mirándolos mientras le daban la espalda, en fila contra la pared. Parecía que estaban a punto de ser fusilados y en parte deseé que así fuera.
El grupo de seguidores de los Herederos empezó a murmurar entre ellos y alguno hizo un amago hacia la salida.
—Nadie va a salir de aquí hasta que me cuenten qué ha pasado —gruñó Orion, y todos volvieron a erguirse.
El profesor se fue hacia los Herederos, agarró a Seth del pelo y le golpeó la cabeza contra la pared con un fuerte crujido.
—¿Tiene algo que decir sobre lo que les ha pasado a las gemelas Vega esta noche? —exigió mientras Seth siseaba de dolor con los dientes apretados.
—No, profesor —mintió Seth en voz baja, y yo apreté los dientes mientras le lanzaba dagas con la mirada.
Orion fue hacia Max, a su lado, y le apretó la cara contra la pared.
—¿Y qué me dice usted, Rigel?
—No, profesor —murmuró Max.
Orion pasó a Caleb, inclinándose hacia delante para hablarle al oído.
—¿Ha estado molestando a su Fuente, Caleb? Sabe que va en contra del Código vampírico y puede que esté de humor para arrancarle los colmillos.
Caleb tensó los hombros.
—Conozco el código, profesor. No le he hecho nada.
—Y una mierda —soltó Orion, y me quedé mirando a uno de los monstruos que había intentado matar a mi hermana.
Orion fue hacia Darius y le colocó una mano en el hombro. Darius se movió para apartarlo, pero el profesor le pasó el brazo por encima y apretó, acercándolo a él.
—¿Usted también va a mentirme a la cara, Darius?
Este se sacudió para soltarse.
—No puedo mentirle a la cara si estoy mirando a la pared, ¿no? —Tenía un tono burlón y frío, con una postura rígida, como si su espalda fuera de hierro puro.
Orion le dio la vuelta al mismo tiempo que lo soltaba. No era tan duro con él como con los demás, y empecé a preguntarme por qué. Darius era tan malo como los otros, y sentía escalofríos al mirarlo a la cara.
—Una última oportunidad —repuso Orion en voz baja, solo para él—. Explíquese.
Darius deslizó la mirada de la cara de Orion hacia Tory, tensando la mandíbula antes de volver a mirar al profesor.
—Queremos que se vayan. Solo estamos intentando echarlas, ya sabe la presión a la que estamos sometidos.
Max descubrió sus miedos y... los hemos hecho realidad.
—Se encogió de hombros y sentí una gran presión en el pecho.
«¿Cómo pueden ser tan crueles?». Nosotras ni siquiera queríamos su maldito trono y seguían intentando rompernos para que nos fuéramos.
Orion sacudió la cabeza con un gesto de decepción en la cara.
—Pensaba que usted, de todos los Herederos, era mejor que sus padres.
Darius retorció la cara cuando Orion le dio la espalda, que ya había aprendido que era el mayor insulto que podía hacer un Fae.
—Todos los aquí presentes, excepto las Vega, están castigados conmigo durante toda una semana.
Capella, Altair, Rigel y Acrux, para ustedes serán dos semanas y con una advertencia: una artimaña más como esta y me da igual quiénes sean sus padres, como si son hijos de las mismísimas estrellas, quedarán expulsados de Zodiac Academy.
—¿Sabe qué, Orion? Que le den por culo —maldijo Darius, pasando por delante de él en dirección a la puerta.
Orion lo miró, pero no hizo nada para detenerlo.
—¿Castigados? —dijo Tory con un hilo de voz—. ¿Y ya está?
Orion no respondió y sentí una ira profunda.
—¿Cómo puede permitir que se vayan de rositas después de lo que han hecho? —pregunté.
Vi a Marguerite y a algunas de sus crueles amigas señalándome el pelo y riéndose disimuladamente. Me ardió la piel y me giré hacia Tory, deseando que pudiéramos desaparecer.
Orion se agachó delante de nosotras y cogió a Tory de la mano.
—Tiene que recibir más curación.
—Aquí no —siseó ella, arrastrando la mirada hacia el público—. Me quiero ir.
Él la ignoró y le presionó una mano en el hombro, desde la que volvió a emanar ese extraño resplandor verde.
Nunca había estado tan triste. Como si un huracán hubiera destrozado los cimientos de mi vida y los hubiera dejado hechos añicos.
Pero los iba a arreglar.
Y volvería a levantarme.
Pero no hoy.