El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

El ardor en los pulmones se me calmó con las manos cálidas de Orion contra mi piel. Mientras volvía en mí, empecé a temblar y a tiritar, y me llevé las piernas al pecho. Darcy me estaba agarrando la mano, con los ojos verdes muy abiertos de preocupación, mirándome atentamente.

Un mechón de pelo que no era lo bastante largo ni para llegarle a la barbilla cayó hacia mí. Fruncí el ceño y agarré entre mis dedos las puntas de su melena, fijándome en el sendero de lágrimas que se abrían paso por su maquillaje.

—Invoque su magia de fuego —murmuró Orion—, la ayudará a calentarse.

Deslicé la mirada hacia él un momento y luego me aparté un poco, pero él no me soltó.

—Solo quiero comprobar que no le queda agua en los pulmones y curar cualquier daño que haya podido provocar —me explicó con un tono extrañamente inexpresivo.

—¿Qué te han hecho a ti? —le pregunté a Darcy, con la voz ronca por la garganta dolorida. Ahogarse y gritar iban obviamente de la mano.

Darcy separó los labios, pero los volvió a cerrar y miró detrás de mí. Yo me di la vuelta y vi a Seth, a Caleb y a Max aún contra la pared, aunque se habían dado la vuelta y nos estaban mirando ahora que Orion los había dejado en paz. Tenían gestos de disgusto por cómo habían salido las cosas.

El único que me estaba mirando a mí era Caleb. Tenía la mandíbula apretada y los ojos llenos de secretos que yo no podía ni empezar a imaginar.

Sentí otro tirón de miedo en el corazón y aparté rápidamente la mirada justo cuando Orion me soltaba.

Respiré hondo y comprobé que ya no me dolía nada, por fin.

Sabía que debía darle las gracias, pero no conseguí pronunciar las palabras.

Arrastré las rodillas más cerca de mi cuerpo, con la intención de cubrirme todo lo posible y esconder mi ropa interior de encaje de la vista de todos.

Me sentía pequeña, patética, tumbada desnuda delante de todos estos gilipollas y despojada de mi yo pasional y arrogante, lo único que quedaba era la chica que no había tenido padres y siempre se había preguntado cómo sería sentir esa clase de amor.

Seguía temblando. Cada vez que invocaba mi fuego, se me volvía a escapar.

No podía concentrarme. No me había salvado cuando lo había necesitado.

Tener poder no me había ayudado ni un poco.

Sin embargo, era el motivo de esta situación.

Era el motivo por el que los Herederos me habían hecho esto.

Si no tuviera magia, no habrían tenido ningún tipo de interés en mí.

—Caleb, quítese la camisa y désela a la señorita Vega —dijo Orion de pronto.

Caleb dudó un momento, pero empezó a desabrocharse la camisa y por fin encontré mi voz.

—No quiero nada de él —escupí en voz baja, vacía, pero segura.

Caleb hizo una pausa y Orion soltó un gruñido como si todo esto fuera un coñazo terrible. Quizá le gustaría ser el siguiente en quedar atrapado debajo del hielo y ver qué opinaba después de aceptar la caridad de los responsables.

Orion se retorció para quitarse la chaqueta y dármela a mí. Darcy me ayudó a meter los brazos en las mangas y me saqué el pelo mojado por el cuello mientras me levantaba y la abrochaba. La tela oscura se empapó, pegándose contra mis muslos. Volví a abrazarme para entrar en calor.

Quería levantar la barbilla, fruncir el ceño a los Herederos y a sus estúpidos seguidores, pero sabía que iba a quedar como un cachorrito apaleado.

Arrugué los labios, pero no conseguí levantar la mirada del suelo. Habían querido romperme. Y quizá lo habían hecho.

Orion nos miró a Darcy y a mí.

—Las acompañaré a...

Un chillido agudo lleno de terror perforó el aire desde algún lugar del exterior y sentí un escalofrío de miedo.

—¿Qué pasa ahora? —gruñó Orion al darse la vuelta para correr hacia la salida.

Darcy me agarró del brazo y me arrastró tras él. Evidentemente, no quería que nos quedásemos solas con los Herederos y su club de fans.

Forcé los pies para moverme, pasando por delante de Caleb y los demás sin volver a mirarlos.

Darcy tiró de mí para que empezáramos a correr y la seguí hasta alcanzar a Orion justo antes de que llegara a la salida.

Ahora se escuchaban más gritos de personas pidiendo auxilio y llorando. Orion no frenó, empujando las puertas y saliendo a la noche.

Se había agrupado mucha gente alrededor de la Órbita y detrás de ellos, en los muros dorados del edificio, se reflejaba una luz naranja parpadeante.

—¡Apártense! —ordenó Orion, y la multitud le abrió paso.

Darcy nos mantenía muy cerca de él. Todos estaban inquietos, había quien continuaba llorando y algún grito ocasional seguía desgarrando el aire.

—¿Quién es? —murmuró un chico a mi derecha.

—¿Crees que ha sido una ninfa? —susurró asustada una chica.

Seguimos avanzando hasta que llegamos al centro del grupo y sentí el calor de un incendio junto con un olor nauseabundo que se me quedó atrapado en la garganta y me provocó arcadas.

—¿Qué coño es eso? —susurró Darcy muerta de miedo.

Nos quedamos quietas frente a la multitud, pero Orion avanzó insultando para sí.

El fuego brillaba intenso justo delante de nosotras y el corazón me latía con una advertencia que yo no entendía.

—Solo había visto arder así el Fuego de Dragón. —La voz de Diego sonó a mi izquierda y me giré para mirarlo entre la aglomeración de gente.

Tenía la mirada fija en las llamas, con los labios separados por la impresión, y no parecía haberse dado cuenta de cómo estábamos mi hermana y yo. Sin que me diera tiempo a preguntar qué estaba pasando, Orion levantó los brazos y dirigió un torrente de agua para extinguir las llamas.

Varios de los alumnos allí presentes invocaron órbitas de luz plateada colgando sobre nosotros cuando nos quedamos a oscuras y yo me acerqué un poco más al ver una silueta oscura en el suelo delante de Orion.

Pisé el suelo frío con los pies descalzos y sentí un escalofrío como advertencia por la espalda, pero no me detuve. Algo me atraía. Necesitaba saber qué era esa silueta.

Darcy no se apartó de mi lado mientras avanzábamos hasta el círculo vacío que formaban los alumnos y nos colocamos junto a Orion para ver mejor.

—Hostia puta —maldije en voz baja, y Darcy se llevó las manos a la boca.

Había un cuerpo encogido delante de nosotras, con la carne quemada convertida en una corteza negra y las extremidades en posición fetal.

Orion se irguió y se puso a dar órdenes a gritos. A algunos les dijo que se fueran, pidió testigos de lo ocurrido y envió a otros a avisar a la directora Nova.

Yo me quedé inmóvil, paralizada por la espantosa imagen ante mí, con las extremidades bloqueadas y los ojos como platos.

—Deberíamos irnos de aquí —sugirió Darcy en voz baja, pero mis pies estaban anclados al suelo como si tuviera algún motivo para quedarme.

—Espera —pedí, sin saber muy bien por qué, y di un paso precavido hacia delante.

El suelo que rodeaba el cuerpo estaba ennegrecido de hollín y húmedo por la magia de Orion. Mis pies descalzos apretaron el fango y me estremecí.

Sentía una especie de tirón extraño en mi magia, justo en el centro del pecho y, al concentrarme en él, cobró vida en la punta de mis dedos un ligero hormigueo.

—¿Lo sientes? —pregunté en voz baja.

Darcy asintió con cautela y fue toda la confirmación que necesitaba.

Cedí ante el tirón de mi magia y dejé que resbalara hasta mis dedos cuando la liberé.

El cadáver delante de nosotras se retorció, moviendo los brazos y abriendo los dedos calcinados.

Casi grito, apartándome un poco, y me estampé contra Darcy cuando me agarró el terror.

Antes de que pudiera escapar algún sonido de mis labios, algo salió disparado del puño del cadáver directamente hacia nosotras.

La carta negra me golpeó en el pecho y la agarré de forma instintiva, bajando la mirada con sorpresa. Era suave y firme, milagrosamente intacta a las llamas que habían destrozado el cuerpo.

Los alumnos permanecían allí pese a los intentos de Orion de que se marcharan, y se disparó más de un flash .

—¡En cinco segundos voy a empapar a cualquiera que siga aquí con el agua suficiente como para arrastrarlo! —exclamó, y el grupo de alumnos se apresuró a obedecer, algunos de ellos chillando ante la amenaza.

—¿Qué hacen ustedes dos todavía aquí? —ladró Orion, y me di la vuelta hacia el sonido de su voz, guardándome instintivamente la carta en el bolsillo de la chaqueta.

—Solo queríamos... —empezó a decir Darcy, callándose al no ser capaz de inventar una excusa adecuada.

Orion tenía una mirada penetrante y la mandíbula apretada.

—¡Lárguense de aquí! —soltó. No quedaba ni rastro de compasión hacia nosotras.

Darcy se estremeció como si le hubiera dado una bofetada y nos apartamos de él de vuelta al frío sendero.

Seguimos a la multitud desperdigada hasta que doblamos una esquina y me paré para sacarme la carta del bolsillo.

Darcy ahogó un grito cuando vio el dibujo de un esqueleto ataviado con una capa a lomos de un caballo cuyas cuencas vacías nos miraban con advertencia. A los pies de la carta había una única palabra:

«Muerte».

Darcy fue a cogerla y, en cuanto rozó la carta con los dedos, el calor que emanaba de ella se prendió.

Casi la dejo caer, pero me pareció sentir un par de ojos en los lindes de mi consciencia y, durante un segundo, fue como si tuviéramos delante al profesor Astrum.

La imagen desapareció tan rápido como había llegado y contemplé a Darcy con el ceño fruncido mientras le daba la vuelta a la carta.

En el reverso, había unas palabras escritas en letra cursiva y plateada y, al leerlas, el corazón se me hundió hasta el fondo del estómago.

Cometí un error y se me ha acabado el tiempo.

La Sombra me ha descubierto y no tengo oportunidad de escapar de su ira.

Las respuestas que buscáis se esconden entre Leo y Libra.

No confiéis en las llamas.

Reclamad vuestro trono.

Estrella Fugaz

El terror me atrapó en sus garras y me apretó hasta que no pude respirar.

Habían asesinado al profesor Astrum. La única persona que había intentado ayudarnos en esta academia retorcida ya no estaba.

Había pasado mucho miedo, como si supiera que iba a ocurrir algo terrible.

Y ahora era demasiado tarde como para hacer nada al respecto.

Estábamos solas contra los Herederos.

Y empezaba a pensar que estábamos destinadas a someternos a su voluntad.