Capítulo 24
Darius me llevó directamente al Centro Deportivo Lunar y giró a la izquierda nada más entrar, en dirección al gimnasio.
—¿Dónde me estás llevando? —dije, no muy alto para que no se me notara el miedo en la voz. Nuestros zapatos sonaban firmes contra las baldosas negras y plateadas que cubrían el suelo como un tablero de ajedrez.
—Vamos a ver a unos amigos —expuso sin más.
Pasamos por hileras interminables de máquinas de gimnasio y continuamos hasta una zona del edificio que yo nunca había visto.
Supe adónde íbamos en cuanto percibí el aire cálido y el olor a cloro.
Fruncí el ceño y Darius me arrastró por unas puertas dobles a los vestuarios.
Siguió a paso ligero, agarrándome con fuerza el brazo mientras yo no podía hacer nada para resistirme y soltarme porque la Extorsión seguía sujetándome.
Llegamos a la enorme piscina y se me abrió la boca al ver a un grupo de gente. Marguerite y sus amigas chillaron emocionadas mientras Darius me llevaba hacia ellos. El pulso se me descompasó al estudiar las caras de toda la gente en busca de alguien conocido que pudiera ayudarme.
La sala estaba muy iluminada y el brillo de las luces se reflejaba en el cristal del fondo, que se extendía hasta casi el techo, manteniendo fuera la noche.
Unos azulejos pequeños, verdes y azules, cubrían tanto el interior de la piscina como la zona que la rodeaba, y el agua era un rectángulo largo que se extendía en ambas direcciones con el ancho suficiente para, al menos, ocho carriles, aunque no estaban divididos.
Un grupo de la manada de lobos de Seth empezó a aullar de emoción, golpeándose unos contra otros mientras bebían botellas de cerveza y se empujaban cada vez más cerca del bordillo de la piscina.
Darius me giró hacia la izquierda y rodeamos la piscina, hacia la zona más profunda, donde había un cartel que informaba que tenía una profundidad de cinco metros. Sentí un escalofrío al pensar en esa cantidad de agua y empezaron a aparecer los recuerdos de cuando me quedé atrapada en el coche.
Sobre el agua había tres trampolines y tuve que arquear el cuello hacia atrás para poder mirar el más alto de todos. Había visto a los saltadores utilizar estas cosas en las Olimpiadas, pero nunca había visto uno en vivo y en directo.
Darius seguía agarrándome, llevándome cada vez más cerca de los trampolines donde Max y Caleb nos estaban esperando.
La cara de Max era la viva imagen del entusiasmo y estaba prácticamente dando saltos.
Caleb tenía una expresión seria, una máscara de precaución, y me miraba como si fuera alguien que apenas conocía y por quien, por supuesto, no sentía ningún aprecio.
Yo me tragué el nudo de la garganta. Era más que evidente que él no iba a ayudarme y no había visto ni a una sola persona que pareciera dispuesta a parar lo que quisiera que hubiera planeado Darius.
Me giró de cara al grupo de gente y me pasó un brazo por los hombros como si fuéramos colegas.
—¡Mucha gente ha estado comentando el retorno de las Herederas Vega como si fueran algo especial! —gritó, haciendo que todo el mundo se quedara en silencio—. Pero yo todavía no he visto que hagan nada impresionante. Esta ni siquiera es capaz de resistirse a una Extorsión básica.
Darius tiró de mí contra su pecho, pero yo no dije nada porque sabía que era lo mejor que podía hacer.
No paraba de mirar la profundidad de la piscina y los recuerdos del ruido del agua volvieron a llenarme los oídos.
Había estado atrapada en ese coche, esperando la muerte mientras se hundía al fondo del río y yo luchaba por desabrocharme el cinturón, consumida por el terror.
Me latía muy fuerte el corazón y se me había secado la lengua; aun así, no podía permitir que vieran mi miedo. Era completamente impotente, pero lo que sí podía hacer era controlar mi reacción ante lo que hubieran organizado.
—¡Para llegar a lo más alto, nos enfrentamos a nuestros miedos y salimos triunfales! —exclamó Max al público atento que aplaudió de acuerdo—. Entonces, ¿no debería demostrar alguna de las que afirman ser nuestras reinas que también puede hacerlo?
Lo miré con el ceño fruncido. Yo no había afirmado nada de eso, y sabía que Darcy tampoco.
Max se acercó, sosteniéndome la mirada mientras se inclinaba para hablarme solo a mí.
—Gracias por compartir tus miedos conmigo —susurró—. Ha facilitado mucho la organización de todo esto.
Darius pasó la vista entre su amigo y yo y tuve que esforzarme por mantener un gesto inexpresivo.
El corazón me palpitaba presa del pánico y el sudor había empezado a correrme por la espalda, pero no pensaba entregarles mi terror.
Era evidente que eso era lo que querían y tampoco iba a rogarles que pararan.
Sabía que no serviría de nada, de todos modos.
Max se acercó más, pasándome un dedo por el brazo y sonriendo intencionadamente mientras absorbía un poco de mi poder entrelazado con miedo.
—Empecemos —anunció Darius, apartando el brazo del hombro y dándome un empujoncito para que empezara a andar de nuevo.
Caleb me miró a los ojos cuando pasé por delante de él y puso una sonrisa que tenía tanto de burla como de crueldad.
Al verla, un trozo de hielo me apuñaló el corazón.
No pensaba que hubiéramos iniciado una especie de romance épico, pero había empezado a creer que no era tan malo.
Que, a lo mejor, no estaba tan dispuesto a deshacerse de Darcy y de mí.
Y, si era sincera, había empezado a considerarlo casi un amigo.
La frialdad de su mirada me demostró cuánto me equivocaba.
Puede que no hubiera sido un participante activo en esta última tortura, pero desde luego no la iba a detener.
Darius me llevó por delante de los dos trampolines más bajos y me detuvo junto a la escalera del más alto. Había un cartelito que informaba de que, desde el extremo del trampolín hasta el agua, había una caída de cinco metros, y me empezaron a temblar un poco las manos.
—Vamos, Roxy —me animó Darius con la voz ronca. Sentí su aliento cálido contra mi cuello cuando se acercó más—. Arriba.
—No sé nadar bien —dije, para que supiera exactamente lo que estaba a punto de hacerme—. Me voy a ahogar si salto desde ahí.
—Entonces, ¿estás dispuesta a arrodillarte ante nosotros? —preguntó—. ¿Y a olvidarte de esta escuela?
Lo miré a los ojos negros, preguntándome si habría, aunque fuera, una pizca de humanidad en ellos.
No lo miré mal ni fruncí el ceño ni mostré el miedo en la mirada.
Simplemente lo miré para que viera a la chica que tenía delante.
Que viera a quién le estaba haciendo esto, al tiempo que pensaba en si sería capaz de sentir el más mínimo remordimiento o compasión.
Yo no era una Heredera perdida que había venido a robarle su trono.
Solo era una chica que estaba intentando reclamar algo que le habían arrebatado y averiguar cuál era su lugar en este mundo de mierda.
Darius separó los labios y algo cambió en sus ojos. Durante medio segundo, pensé de verdad que iba a apartarse, a dejar que me fuera de allí con el rabo entre las piernas y quedarse satisfecho sabiendo que había ganado sin necesidad de obligarme a seguir con esto.
— ¡Empieza a subir! ¡Hasta arriba del todo! —exigió Max detrás de nosotros. La Extorsión me envolvió de nuevo con manos firmes y obligó a mis extremidades a ponerse en movimiento.
Le di la espalda a Darius, me quité los tacones y empecé a subir la escalera.
Arriba, arriba. Tenía las manos resbaladizas contra los peldaños de metal y sentía su frío afilado en los pies mientras iba ascendiendo.
El grupo de gilipollas de abajo empezó a cantar y tardé unos segundos en descifrar lo que estaban gritando.
—¡Salta! ¡Salta! ¡Salta! —Pero no era un cántico de ánimo, era avaricioso, socarrón, sediento de sangre.
El vestido negro largo se me iba enredando entre las piernas a medida que subía, pero eso no detuvo la Extorsión de Max y continué subiendo.
Cuando por fin llegué arriba, di un último empujón y me quedé de pie en el trampolín, que se balanceó un poco bajo mi peso.
Me temblaban las piernas y, en mi mente, escuché el chirrido de los frenos, los gritos que me habían desgarrado la garganta cuando el coche se precipitó contra el puente y la sensación de caída libre en el estómago cuando el coche cayó hacia el río.
Volvía a estar ahí. Hundiéndome, más y más, y esta vez ningún transeúnte iba a ayudarme.
Tenía los oídos repletos de terror por los recuerdos, pero sobre ese ruido, conseguí escuchar otro sonido. Seth alzó la voz en un aullido de entusiasmo mientras entraba en la piscina. Sus lobos aullaron para recibirlo y yo cerré los puños para intentar mantener la compostura.
—¡Pensaba que me iba a perder el espectáculo! ¡Acabo de terminar de destruir a la otra! —bramó mientras corría para unirse a los demás Herederos.
Al escucharlo, una pesada piedra se me hundió en lo más profundo del estómago.
¿Le había hecho algo a Darcy? ¿Le había hecho daño?
Quería gritarle y exigirle que me lo dijera, pero el público había vuelto a cantar y apenas podía escuchar mis pensamientos, así que era imposible que ellos me escucharan desde aquí arriba.
Darius y Max se acercaron al bordillo y levantaron las manos. La tranquila superficie de la piscina se transformó en un hervidero de movimiento.
Miré el agua aterrorizada. Si ya antes pensaba que no sería capaz de nadar en el agua tranquila, ahora estaba segurísima de que estaba acabada.
Las clases de natación no eran precisamente un servicio que se ofreciera a los niños de acogida y, excepto algunas visitas contadas a la piscina municipal, nunca había aprendido a nadar.
Me podía apañar, pero nunca había intentado mantenerme a flote en sitios donde no hiciera pie, sobre todo desde el accidente.
—¡¿Estás lista, pequeña Vega?! —gritó Max, y el grupo de estudiantes empezó a cantar más alto, exigiendo el espectáculo que le habían prometido.