Capítulo 23 #2
Casi me aparto, pero entonces él gruñó profundamente y me deshizo. Enredé los dedos en su camisa mientras su boca seguía pegada a la mía.
El Chico Perro besaba tan bien que era ridículo, y empezaba a creer que quizá sí que se arrepentía de todo lo que me había hecho. Que quizá le gustaba de verdad.
«Aunque probablemente no debería estar comiéndole la boca ahora mismo, la verdad».
Fue subiendo la mano hasta el cuello y sentí algo frío contra mi piel. Me encogí y, de pronto, con el brazo libre, me agarró. Con fuerza.
—¡Seth! —grité, interrumpiendo el beso porque me estaba haciendo daño.
Él me agarró por el moño y de pronto el mundo dejó de girar cuando lo atravesó con algo afilado.
—¡No! —Ahogué un grito, muerta de miedo. Lo empujé, pero era demasiado tarde. Me soltó y me caí de su regazo de golpe al suelo, arañándome las rodillas.
Del moño se había desprendido un mechón azul que ahora tenía él en las manos. Lo soltó y cayó flotando al suelo. Lo cogí desesperada, con las manos temblando y las lágrimas brotando sin control.
«Mi pelo. Me ha quitado el pelo».
Pero no era solo el pelo. Era la herida de hacía un año que había vuelto a abrir mucho más profunda que antes.
«No confíes en nadie». Eso representaba. Y qué poético era que me hubiera engañado, que hubiera hecho que confiara en él y me hubiera quitado lo que se suponía que me advertía en contra de la gente de su calaña.
Una sonrisa de satisfacción le retorció el gesto.
—Te dije que conseguiría tu pelo —sentenció con la voz plana y fría, haciendo que mi corazón gateara hasta un caparazón y se escondiera—. Y como Max me contó la triste historia que había detrás, estaba aún más determinado a echarle el guante.
Me temblaron los labios, cubiertos de lágrimas, con el sabor a sal y a traición empapándome la lengua. Escuché unas risillas y apareció Kylie de detrás de los arbustos con algunas más de su grupito y el Atlas en la mano.
—Lo he grabado todo —le dijo a Seth triunfal.
Me sentí abrumada por la humillación y abrí la mano en un arrebato de ira, invocando mi magia; pero Seth se abalanzó sobre mí, cerrándome el puño de rodillas delante de mí.
—No es nada personal, Vega —susurró—. Así funcionan las cosas en el mundo Fae. Si no quieres que la situación empeore aún más, coge a tu hermana y largaos de la academia. —Me guiñó un ojo, se puso en pie y agarró a Kylie por la cintura, apartándose mientras sus risas resonaban en mis oídos.
—Vámonos al Centro Deportivo Lunar, que seguro que se lo están pasando genial —comentó Seth mientras se marchaban por el sendero con mi mechón azul todavía en la mano.
Se hizo el silencio y me llevé una mano a la cabeza, demasiado mortificada como para hacer nada más que quedarme ahí en el suelo un rato más.
Se me cerró la garganta cuando toqué los restos recortados de mi pelo, más corto por detrás que por delante, «¿y lo que estaba tocando era el cuero cabelludo? ».
Empezaron a temblarme las manos a medida que la vergüenza se abría paso por mi pecho. Las lágrimas corrieron por mis mejillas y mi corazón se hizo cenizas.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo podía haber pensado ni por un segundo que podía confiar en ese cabronazo? ¿Por qué había hecho esto después de todo lo que había aprendido del mundo?
«Levanta. Vuelve a la Torre Aer».
Pero no conseguía moverme. Solo quería hacerme una bola y esconderme para siempre.
Seguí sintiendo cada vez más pánico conforme me palpaba el pelo, sabiendo que tenía que levantarme. Tenía que desaparecer antes de que alguien me viera así.
Kylie lo había grabado todo.
«Oh, Dios, por favor, no». Pronto, toda la escuela me habría visto besándome con Seth. Luego a él cortándome el pelo y llevándoselo como una especie de trofeo retorcido. Y a mí llorando en el suelo con las rodillas magulladas y el cielo cayéndome encima.
Una mano me agarró del hombro y me sobresalté violentamente, dándome la vuelta y estirando la mano abierta para defenderme.
Se abrió una enorme grieta en el camino cuando la magia de la tierra salió disparada de mi cuerpo en un aluvión de energía, y el profesor Orion la esquivó antes de que lo alcanzara.
Se me calmó el pulso pese a que mi profesor de Magia Cardinal no era precisamente un ángel de la guarda.
Aunque, por suerte, tampoco era Seth ni sus terribles amigos.
Me llevé las manos a la cabeza, notando cómo el calor me inundaba las mejillas mientras intentaba esconderme de él.
No había mucho más que alguien, ni siquiera Orion, pudiera hacer para destrozarme más.
Pero se podía reír. Y esperé que lo hiciera.
Sin embargo, se arrodilló despacio delante de mí, con la mandíbula apretada y estudiando con detenimiento el pelo. La vergüenza me quemó el cuerpo y miré al suelo porque no soportaba que me vieran así.
—¿Ha venido a decirme que ya me lo había advertido? —escupí enfadada, intentando cubrir el dolor con ira. Pero no me cabía ninguna duda de que él estaba viendo todas las lágrimas que me empapaban la cara.
—Levante —exigió, cogiéndome del brazo y tirando de mí.
—¿Por qué ha vuelto? —sollocé, soltándome el brazo y volviendo a llevarme las manos a la cabeza.
—Mi sentido arácnido no paraba de titilar —dijo con una risilla. Yo lo miré con las cejas arrugadas.
—¿Eso era una broma? —pregunté sorprendida, con la voz desgarrada.
Torció la boca y yo no me pude creer que de verdad estuviera sonriendo así. Esperaba que se partiera de risa con el resto de la escuela, no que hiciera bromas para tranquilizarme.
—Sí —afirmó—. Y una muy buena, creo. —Me acercó a él con una expresión muy seria de pronto—. Ahora que ya no tiene el pelo azul, ¿cómo voy a saber quién es quién?
Intenté contener una risa, pero me salió igualmente del pecho en forma de hipo.
—Tiene razón, ¿cómo nos va a diferenciar? —Sorbí por la nariz, secándome los ojos húmedos con la manga de encaje. Se me manchó la mano de rímel y arrugué la nariz porque sabía que ahora mismo debía de parecer un extra de The Walking Dead .
No obstante, de todas las personas que podrían hacerme sentir mejor, jamás habría dicho que él sería una de ellas.
Un chillido atravesó el aire y todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se pusieron en alerta.
Orion me soltó y yo empecé a correr antes de que él tomara alguna decisión.
«¡Tory!».
El miedo me abrió un agujero en el pecho. Los Herederos habían elegido el camino de la violencia. Y yo tenía que impedir que le hicieran daño a mi hermana.