Capítulo 22
Me fui relajando cada vez más y más a medida que pasaba la noche.
Nadie se había acercado a ridiculizarnos ni a Darcy ni a mí con alguna forma de Extorsión o algún insulto.
Es más, apenas había visto a los Herederos en todo el tiempo.
Parecía que íbamos a poder disfrutar tranquilas de la velada.
Y, con eso en mente, fui a buscar otra bebida.
Una cascada infinita de hojas de todos los colores del otoño bailaba al ritmo de una suave brisa sobre mi cabeza, haciendo titilar todos los faroles que iluminaban la sala. Parecía sacado de una película, demasiado bonito para ser real y, aun así, aquí estaba yo, presenciándolo.
La pista de baile estaba llena de parejas abrazadas moviéndose al ritmo de una canción de amor y sonreí al ver a Diego y a Sofia entre ellos.
Ella lo miraba como si él fuera el motivo por el que aparecía el sol cada mañana, aunque él estaba un poco despistado.
Su atención se dividía entre mirarla a ella y mirar a su alrededor.
Esperaba que fuera porque estaba nervioso y no porque estuviera perdiendo interés.
Le rompería muchísimo el corazón si no terminaba besándola esta noche.
Seth había conseguido convencer a Darcy para un baile y, aunque yo no terminaba de estar segura de que tuviera buenas intenciones, habría sido bastante hipócrita por mi parte decir algo después de mi tórrido encuentro accidental con Caleb.
Aunque tampoco es que se lo hubiera contado a nadie.
Sabía perfectamente que Darcy lo entendería, pero mi historial de malas elecciones con el sexo opuesto me llevaba a ocultar mi última transgresión.
El comportamiento típico de Tory parecía involucrar a tíos buenos con intenciones dudosas o que se dedicaban a actividades ilegales bastante a menudo, así que estaba convencida de que no le sorprendería que mantuviera viva esa reputación. Aun así, había preferido mantenerlo en secreto de momento.
Me acerqué a la barra en la que servían las bebidas en copas hechas de hielo, cortesía de los Elementales de agua.
Con tanta emoción, solo me había tomado una de momento, pero ya iba siendo hora de ponerme al día si pretendía enfrentarme a la realidad de ir sola a un baile de la escuela.
Me había parecido una gran idea rechazar a todos mis educados pretendientes del C.
U. L. O. en su momento, pero al final me había quedado sola cuando Darcy y nuestros amigos se emparejaron.
Miré a Justin y al resto de los miembros del C.
U. L. O. al otro lado de la pista de baile mientras unos conversaban y otros salían a bailar.
No era demasiado tarde para unirme a ellos; sin embargo, no estaba segura de que fuera capaz de soportar una noche entera de reverencias y voces llamándome majestad o Roxanya.
No. Nunca me había importado beber sola y ahora me parecía la mejor opción.
Llegué a la barra y me pedí un gin tonic rosa mientras me toqueteaba las puntas del pelo.
—Aún estás a tiempo. —La voz de Caleb sonó a mi lado y me di la vuelta para verlo apoyado sobre la barra como si llevara ahí un buen rato.
Era evidente que había utilizado su velocidad vampírica para ponerse ahí.
Le ofrecí una sonrisa mientras contemplaba su elegante traje azul oscuro a juego con sus ojos.
Si ya estaba estúpidamente atractivo con chándal y camiseta holgada, ahora mismo me había quedado sin palabras.
Empezaron a llegarme los recuerdos de sus manos sobre mí, su boca contra la mía, y el deseo se me acumuló en el cuerpo.
—¿A tiempo de qué? —pregunté, dándole un sorbo a mi bebida y dejando el borde de la copa manchado de pintalabios rojo.
—De que nos vayamos de aquí para hacer algo divertido de verdad —respondió, acariciándome el brazo con el dedo. El contacto me provocó un ligero chispazo de energía y consideré su oferta durante una milésima de segundo, antes de negar despacio con la cabeza.
—Vas a tener que currártelo más si quieres conquistarme —repliqué con desinterés.
Él se acercó un poco más, casi rozándome la oreja con la boca.
—Te prometo que me lo curraré muchísimo.
Sentí un cosquilleo en las piernas y lo miré con los ojos nublados.
—Tentador..., pero no. —Me encogí de hombros.
No quería que me vieran yéndome con él. Ya me molestaba bastante que Marguerite y su séquito pensaran que yo iba detrás de Darius como para salir de aquí pavoneándome del brazo de otro Heredero.
Si iba a pasar algo entre Caleb y yo, sería con mis condiciones y en secreto.
Ya estaba más que harta de que la gente lo supiera todo de mí y todo el mundo opinara al respecto.
Caleb arrugó los labios decepcionado y abrió la boca para añadir algo más justo cuando Max y Darius aparecieron en el otro extremo de la barra.
Los Herederos no parecían muy contentos de verme, pero yo tampoco estaba encantada de verlos a ellos. Darius le hizo un gesto a Caleb para que se acercara y él se irguió, apartándose un poco de mí.
—¿Ya te vas? —murmuré, y Caleb dudó un momento, indeciso entre irse con sus amigos o quedarse aquí conmigo. Pero los dos sabíamos lo que iba a hacer, y sonrió amargamente al dar un paso atrás.
—No voy a cambiar mis alianzas, Tory —dijo en voz baja, con una ligera resignación—. Da igual lo buena que estés con ese vestido. No podemos permitiros que nos quitéis el trono.
Se marchó sin darme tiempo a responderle y observé cómo se alejaba con un poco de decepción que aplasté de inmediato.
—No quiero vuestro puñetero trono —farfullé, pero ya no me escuchaba. Ninguno de ellos me escuchaba cuando decía eso.
Habían dibujado una línea en la arena e insistían en que Darcy y yo nos quedáramos quietecitas en el otro lado, por muy poco que quisiéramos participar en esta pelea.
No queríamos ni el trono ni el poder ni nada más que encontrar nuestro lugar en este mundo que nos habían robado durante tantos años.
¿Acaso era un crimen? ¿Por qué nuestra mera existencia nos exigía participar en esta guerra estúpida?
No veía a Darcy por ningún lado y Seth también estaba sospechosamente ausente.
Sentí un cosquilleo en la espalda al pensar en lo que podrían estar haciendo.
Ella era mayorcita y estaba en todo su derecho de tomar sus propias decisiones de mierda, pero el licántropo tenía algo que me ponía de los nervios.
Cuando me estuvo sujetando en el barranco con Caleb, su mirada me había hecho pensar que era perfectamente capaz de soltarme...
Me terminé la bebida, dejé la copa vacía en la barra y me dispuse a marcharme.
Darius me miró a los ojos durante un instante y noté una punzada de miedo por la frialdad de su mirada.
Contuve la necesidad de hacerle una peineta, pero luego me lo pensé mejor y le enseñé el dedo corazón antes de darle la espalda para consolidar el insulto.
No me daba miedo el imbécil de Darius Acrux...
o al menos eso era lo que iba a seguir repitiéndome hasta que fuera verdad.
Me abrí paso entre la gente, con los ojos muy abiertos buscando a mi hermana y preguntándome dónde se habría metido.
Antes de alejarme demasiado, escuché un chillido de entusiasmo y me di la vuelta. Allí estaba Geraldine, corriendo hacia mí. Llevaba un vestido diáfano rosa con mangas de globo y volantes suficientes para que sonara como si estuviera atravesando un montón de hojas continuamente.
—¡Carámbanos de hielo con piedras preciosas, su maj...!
—¡Geraldine! —interrumpí antes de que me hiciera una reverencia. Me alegraba tanto de verla recuperada que le di un abrazo que probablemente me sorprendió más a mí que a ella.
—¡Qué fuerte! —susurró, y supe que mi abrazo significaba mucho para ella. Se me suavizó un poco el corazón a mi pesar. Los C. U. L. O. eran unos pesados de narices, pero realmente tampoco era culpa suya que las Herederas Vega no quisieran el trono.
—Cuánto me alegro de que estés bien —dije mientras me separaba de las capas de tafetán y le sonreía.
—Gracias. Mi magia ha tardado un tiempo en empezar a rellenarse de nuevo, pero por fin vuelvo a ser la de antes.
Otros miembros del C. U. L. O. se habían dado cuenta de su regreso y venían corriendo a saludarla. Todos me hicieron reverencias y saludos formales como misiles, pero me marché rápido del grupo con la excusa de que tenía que ir al baño.
Al apartarme de ellos, me choqué con un pecho robusto y vi a Diego con una sonrisa divertida en la cara.
—¿Necesitas ayuda para escapar de las masas? —bromeó, y me reí mirando al club de «culos» demasiado ocupados celebrando efusivamente la vuelta de Geraldine.
—Creo que he conseguido escabullirme sola, pero gracias. ¿Has visto a Darcy por algún sitio? —pregunté.
—La última vez que la vi iba fuera —respondió Diego con el ceño ligeramente fruncido—. Seth desapareció poco después. Ha estado persiguiéndola mucho últimamente. ¿Crees que deberíamos preocuparnos?
—No seas tonto, seguro que está bien —lo tranquilicé, ignorando el escalofrío de advertencia que me bajó por la espalda—. Pero creo que voy a ir a buscarla, por si acaso.
—Puedo ir contigo —añadió contento, siguiéndome cuando me aparté de él.
—¿Dónde está Sofia? —pregunté, parándome de nuevo. No quería que la dejara sola por mí. Tenía muchas ganas de venir al baile con él y no quería que nada se lo estropeara.
—Ha ido a por una copa. Seguro que no le importa que...
—No. —Le hice un gesto con la mano al alejarme—. Tú cuida a tu cita. No tardaré.
Diego pareció dispuesto a seguir protestando, pero le hice un gesto despreocupado y fui hacia la salida.
Le gustaba comportarse como si fuera nuestro protector, pero si hubiera algún tipo de discusión con Seth o alguno de los otros Herederos, sabía que se escondería entre las sombras.
Y no pasaba nada, no hacía falta que nadie librara mis batallas por mí.
El aire frío me heló la piel al salir y me detuve un momento para pensar por dónde podía empezar a buscar. No quería interrumpir a Darcy si estaba disfrutando de la compañía de Seth, pero sí quería asegurarme de que estuviera bien.
Unas pequeñas esferas resplandecientes iluminaban un camino a la izquierda de la salida y fui hacia allí, contemplando cómo la luz de la luna destellaba sobre los muros plateados del Centro Deportivo Lunar delante de mí.
El edificio con forma de luna creciente estaba más bonito a esta hora de la noche y sus espirales metálicas revelaban símbolos por todas las paredes, con representaciones de todas las constelaciones en la superficie que reflejaba el cielo. Era realmente hermoso.
Mis tacones sonaban contra el camino de ladrillo y mi aliento se convertía en vaho al salir, así que me envolví con los brazos para protegerme un poco del frío.
Entré en la sombra del edificio curvado del Centro Deportivo Lunar y me paré de pronto al sentir que alguien me observaba por detrás. Años de robar motos y de ocultarme en las sombras me habían enseñado a confiar en mi instinto, así que me giré un segundo antes de que Darius me alcanzara.
Ahogué un grito al verlo y él sonrió como si mi miedo le resultara entretenido.
—¿Un paseíto? —preguntó, y di un paso atrás.
Se había quitado la chaqueta y estaba delante de mí con una camisa azul pálido con las mangas remangadas.
El pecho musculoso presionaba la tela de una forma que me era imposible no mirar, con unos tatuajes asomándole por el cuello y decorando la piel bronceada de sus antebrazos, pero me negué a darme tiempo para admirarlos.
—Algo así —murmuré.
Miré detrás de él, pero estábamos los dos solos.
Me recorrió despacio con la mirada y me estremecí bajo su escrutinio cuando el silencio entre nosotros se hizo demasiado largo.
—¿Querías algo? —pregunté manteniendo la barbilla alta.
—Última oportunidad, Roxy. Coge a tu hermana y largaos de la academia. Volved a vuestras vidas mortales y dejad Solaria en manos de quienes son merecedores del trono —dijo con un tono sombrío.
—No voy a irme a ningún sitio —respondí—, así que deberíais ir asumiéndolo.
—¿Esa es tu decisión definitiva? —preguntó, dando un paso hacia mí, provocando que el corazón me diera un vuelco, dispuesto a pelear.
Me mantuve firme pese a que tenía la sensación de que las rodillas me iban a ceder en cualquier momento.
—Sí —gruñí. No iba a conseguir que me marchase de aquí y ya me había cansado de poner buena cara.
—Entonces supongo que tendré que hacerte cambiar de idea —espetó, y casi pareció resignado.
Lo miré con el ceño fruncido mientras hacía el amago de darle la espalda, pero me agarró fuerte por el brazo, como si sus dedos fuesen grilletes.
—Suéltame —exigí, intentando apartar el brazo de sus manos, pero él tiró más.
—No, me parece que no voy a hacerlo —gruñó—. Voy a tener que enseñarte un poquito de respeto. No voy a permitir que me vuelvas a dar la espalda.
Forcejeé para soltarme, pero me agarró también por el otro brazo.
— No te resistas. Y no grites. —Su voz sonó densa por la Extorsión.
Lancé todo mi poder al escudo mental, pero la fuerza de su voluntad atravesó el muro que había construido como si estuviera hecho de papel y se me abrieron los ojos al sentir cómo su orden se apoderaba de mis extremidades.
Darius me sonrió, pero no había ni una pizca de amabilidad ahí. Tenía la mandíbula tensa, determinado, y su mano apretando mi brazo era impenetrable.
Me giró hacia el Centro Deportivo Lunar y mis piernas traidoras obedecieron sin rechistar.
Notaba el latido del corazón en los oídos y me temblaban las piernas por el miedo. Darius Acrux me tenía en sus garras, completamente a su merced.