El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Llegó el día del baile y Tory y yo fuimos a la Órbita con la ropa nueva.

Tory había pedido unos vestidos de última hora y me resultaba gracioso que no pudiera parar de gastar nuestra herencia como si ya nos la hubieran dado.

Todavía teníamos que pasar el Ajuste para conseguir la plaza en Zodiac.

Y, si queríamos ver un centavo más de nuestro dinero, nos teníamos que graduar.

Mi vestido era azul marino con mangas de encaje y me caía hasta las rodillas en una campana de una tela muy suave.

Tory se había puesto un vestido largo negro que le marcaba las curvas y un sujetador push-up que las destacaba todavía más.

Yo me había recogido el pelo en un moño y Tory se lo había dejado ondulado y suelto.

El cielo parecía la paleta de un pintor con tonos pasteles y las nubes completamente quietas en la piscina infinita del paraíso.

Delante de nosotras, la Órbita se levantaba imponente de un tono bronce oscuro bajo la tenue luz de la tarde. Los alumnos llegaban de todas direcciones, con trajes y vestidos muy elegantes, provocando un ambiente de expectativas y emoción. Yo me dejé llevar, cautivada por el entusiasmo.

Vi a Sofia delante de nosotras con un vestido azul pálido que le marcaba las clavículas. Iba agarrada del brazo de Diego, que se había puesto un traje de chaqueta muy elegante. Sonreí al verlos hablar y reírse juntos.

Tory y yo aceleramos el paso para alcanzarlos, pero una mano me agarró el brazo por detrás y me giré hasta chocarme con el cuerpo de Seth. Él me rozó la sien con la punta de la nariz y me enrolló un dedo en un mechón de pelo suelto en la nuca, tirando ligeramente para provocarme un escalofrío.

—Hola, nena.

Un fuerte olor a sudor mezclado con perfume le emanaba del cuello y me resistí a la forma en que me atraía, colocándole una mano en el bíceps y dando un paso atrás.

Se había recogido el pelo en un moño alto que le daba un aspecto ligeramente pijo.

Sobre todo, si añadías la camisa blanca ajustada sobre su cuerpo musculoso y unos pantalones oscuros que le caían bajos sobre las caderas.

Estaba lo bastante guapo como para comérselo, y la sonrisa en su cara me decía que él opinaba lo mismo de mí.

Yo carraspeé.

—Hola.

Noté los ojos de Tory detrás de mí, aunque no intervino, y tampoco le di demasiadas vueltas.

—Quería haberte acompañado desde tu habitación, pero no estabas. —Enarcó una ceja como si fuera un completo misterio—. Cualquiera podría decir que no me esperabas.

Puse los ojos en blanco, pero una sonrisa me tiró de los labios. El alboroto en el campus esta noche era demasiado adictivo como para ignorarlo y no me pareció mal pasar cinco segundos charlando con uno de los Herederos.

—Nunca acepté tu oferta —argumenté, y miré más allá de su hombro, fingiendo que buscaba a alguien—. Pensaba que esa nota era en realidad para tu novia, pero terminó por error en mi bolsillo.

Él sonrió sombrío, acercándose a mí, y miré hacia atrás. Tory había alcanzado a Sofia y Diego y me estaban esperando al final del sendero.

Tenía la sensación de que el estómago me estaba dando vueltas y supe que tenía que acabar con esta conversación y marcharme.

Seth se acercó aún más, rozándome las muñecas con los dedos y provocándome una corriente de calor por las venas. Se inclinó hacia delante y me acercó la boca a la oreja.

—Creo que ella ya lo ha pillado. Se ha acabado.

—Pensaba que eras poliamoroso. —Volví a retirarme. Su cercanía me resultaba extrañamente familiar, como siempre.

—Sin duda soy amoroso. —Sonrió intensamente y extendió el brazo para que yo lo agarrara.

Resoplé una risa.

—No, Seth. Voy a ir con mi hermana.

—Anda, gemincesto —dijo contento.

Arrugué la nariz, pero no pude evitar reírme.

—Estás mal.

—Muy mal —gruñó—. ¿Te apetece averiguar cuánto en mi habitación?

—No, gracias. —Le di la espalda e intenté alejarme con paso decidido, pero me tropecé con los tacones y murmuré un insulto mientras alcanzaba a mis amigos.

«Supernatural, Darcy. Muy bien».

Tory arqueó una ceja y yo respondí con la expresión de «ahora no» que ella aceptó sorprendentemente sin protestar.

Diego se puso en el medio de las tres y nos pasó el brazo por los hombros. Por una vez, no se había puesto el gorro y me sorprendió ver que los rizos oscuros casi le llegaban hasta los hombros.

—¿Podemos fingir que todas venís conmigo esta noche? Y que todos los tíos en Zodiac se piensen que soy, eh... ¿cómo se dice?, la leche.

—No hace falta. —Tory se agachó y se soltó de su brazo con una sonrisa provocadora.

—¡Oye! —Él se rio y yo también me escapé, con una risilla mientras él apretaba más el brazo alrededor de Sofia para sujetarla con fuerza. Ella se puso como un tomate cuando él se la acercó y no hizo ningún intento de soltarse.

—Tú no vas a ningún sitio —murmuró Diego, y ella sonrió más de lo que la había visto desde que la conocía.

—Pues entonces será mejor que no bebas tanto como para tener que soltarte antes de tiempo otra vez —bromeé.

—¡Sé beber! —protestó Sofia, sonrojándose de nuevo—. Esos chupitos tenían algo raro.

—¿Que eran demasiados? —preguntó Tory riéndose.

—¡No! Que eran demasiado fuertes o tenían otra cosa o...

—Venga, anda, no os metáis más con ella y vamos a disfrutar de la noche —dijo Diego, interrumpiéndola.

Tory y yo nos miramos sonriendo y dejamos el tema, pero Sofia seguía teniendo cara de enfadada.

Cuando estábamos llegando a la Órbita, sonó una notificación en mi Atlas y fruncí el ceño, sacándolo de mi bolso y leyendo el mensaje en la pantalla.

Estrella Fugaz: Nuestros astros por fin se han alineado. Ha llegado el momento de conocernos. Os espero en la Biblioteca Venus.

Me paré de pronto, mirando el mensaje, procesándolo. Tory se acercó al ver mi reacción.

—¿Qué pasa?

Le coloqué el Atlas debajo de las narices. Leyó el mensaje y se le abrieron los ojos como platos. Diego y Sofia se acercaron a nosotras con un gesto inquisitivo.

—Estrella Fugaz quiere quedar —les dije, y Sofia empezó a dar saltitos de emoción.

—Tenéis que contárnoslo todo cuando volváis —pidió.

Yo asentí con el pulso acelerado mientras miraba hacia la Biblioteca Venus, al este de la Órbita. Los enormes muros de ladrillo se elevaban siete plantas y el atardecer proyectaba una luz rojo sangre sobre el edificio.

Me moví, pero Diego me agarró la mano.

—Espera. ¿Creéis que es una buena idea? A lo mejor no es seguro.

—No pasa nada —lo tranquilicé—. Estrella Fugaz nos ha ayudado. ¿Por qué iba a hacernos daño?

Diego parecía preocupado y compartió una mirada con Sofia. Tory puso los ojos en blanco y empezó a alejarse.

—Vamos a ir, Diego. Supéralo.

Yo lo miré y me encogí de hombros. Corrí detrás de mi hermana, con las piernas movidas por la adrenalina mientras acelerábamos el paso hacia la biblioteca.

—¿Crees que Diego tiene razón? —pregunté cuando él ya no podía escucharnos.

Tory negó con un gesto firme.

—Quiero saber quién es. ¿Tú no?

—Claro —concordé—. Pero no sé si deberíamos ir con alguien más...

—Ya es demasiado tarde. —Tory se encogió de hombros y abrió la puerta de la biblioteca, dándome un codazo en las costillas para animarme a entrar.

Dejé de protestar, con demasiada curiosidad como para dar media vuelta. No quería que Estrella Fugaz volviera a rajarse si esperábamos demasiado. Ya era hora de que supiéramos quién nos había estado escribiendo todos esos mensajes.

«¿Qué es lo peor que puede pasar en una biblioteca?».

«Pregúntaselo al tipo al que el Coronel Mostaza asesinó con un candelabro».

La biblioteca se curvaba en un enorme círculo y el suelo estaba pintado con lo que parecía ser un cielo nocturno en tonos plateados y azul muy oscuro.

Sobre nosotras, un gigantesco globo colgaba de una cadena plateada, tallado a imagen y semejanza de Venus.

Dentro brillaba una luz que cambiaba de vez en cuando y proyectaba un ligero destello verde, luego azul, morado, rojo, rosa.

Al fondo, un balcón alto sobre el que colgaban órbitas plateadas más pequeñas para iluminar la zona.

Pasamos por las dos primeras hileras de estanterías y el olor a pergamino antiguo me cosquilleaba la nariz. La biblioteca tenía muchas esquinas en sombra en las que esconderse y esa idea me puso la piel de gallina.

—¿Dónde está? —susurré, sabiendo que en una biblioteca había que guardar silencio.

—Aquí —respondió una voz profunda, y salió un hombre al pasillo delante de nosotras.

Se me aceleró el corazón al mirar a Estrella Fugaz a la cara. Él se atusó el largo bigote gris y dio un paso para salir de las sombras.

Nuestro profesor de Tarot, el profesor Astrum, parecía algo pálido mientras nos observaba a las dos.

—Muchachas —dijo suavemente—. Siento no haber revelado mi identidad antes. —Sonrió con ternura y se me empezó a calmar el pulso—. Era muy buen amigo de vuestra madre —aclaró, haciendo una pausa para que asimiláramos la información—. Merissa os quería muchísimo a las dos.

Tory se cruzó de brazos.

—¿Y por eso nos dejó tiradas en el mundo de los mortales para que nos las apañásemos solas?

Astrum frunció profundamente el ceño.

—No lo entiendes, querida Roxanya.

—Tory —lo corrigió ella—. No uses ese nombre, no es el mío.

Le apoyé una mano a Tory en el brazo, mirándola con ojos suplicantes. Si lo enfadábamos, a lo mejor no nos contaba nada. Y quería escuchar lo que tenía que decir.

Tory me miró con un gesto que me indicaba que se mordería la lengua y volví a mirar a Astrum.

—Continúa —insistí.

—Fueron tiempos oscuros. Vuestro padre biológico, el rey Vega..., el Rey Salvaje, fue el más cruel de los gobernantes, no pasaba prácticamente ni un día sin una ejecución pública en la capital. Merissa solo quería protegeros de él y del mundo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, con el pulso de nuevo acelerado al pensar en ser familia de una persona tan ho­rrible.