Capítulo 19
La clase de Potenciación de Orden de las Sirenas era a orillas de un enorme lago en el Territorio de Agua.
El sol brillaba más allá de las nubes, esforzándose por atravesarlas mientras subíamos por el sendero hasta donde se habían reunido unos cincuenta alumnos para la clase.
La casa Aqua estaba en el centro del lago.
Un grupo de cúpulas preciosas cuyo exterior verde mar de cristal resplandecía bajo la luz de la mañana.
Corrimos para no ser las últimas en llegar y la profesora nos saludó con una agradable sonrisa.
—Buenos días, señoritas. Soy la profesora Undine —dijo, haciéndonos un gesto para que nos acercásemos.
Era una mujer joven con unos enormes ojos del mismo azul que el mar.
Tenía el pelo de un color carmesí intenso, trenzado por la espalda y que casi le llegaba al culo.
Parecía una mezcla entre Lara Croft y la Sirenita, con la camiseta y los pantalones cortos.
Un modelito para el que ni de coña hacía el calor suficiente.
—¡Venga, hagan un círculo! —gritó.
Nos sentamos todos en el césped y nosotras fuimos a parar en un espacio entre dos chicos, mirando hacia Undine, en el centro del grupo.
Al otro lado del círculo vi a Max Rigel y el corazón me dio un vuelco. Tenía los brazos alrededor de las rodillas, marcando músculos con la camiseta ajustada que se había puesto. Todo en él gritaba macho alfa y no pude evitar quedarme apreciando su forma masculina durante medio segundo.
Un chico rubio y delgado a su lado le murmuró algo al oído y Max empezó a sonreír. En cierto modo, parecía aún más inalcanzable cuando lo hacía.
Undine se sacó algo del bolsillo y miré con interés el pequeño artilugio. Una bola plateada colgaba de un nido de alambre y, cuando movió un dedo, la bola empezó a girar rápidamente.
Se la tiró a una chica en el círculo, que la cogió en el aire.
—«Feliz», anunció la chica, leyendo algo en la bola cuando paró de girar.
—Perfecto —confirmó Undine—. ¿Quién quiere empezar?
Max gruñó, aparentemente molesto mientras yo intentaba averiguar qué estaba pasando.
—¿Podemos volver al miedo, profesora?
—La semana pasada hicimos miedo —replicó Undine con firmeza—. Además, usted ya aterroriza bastante a los demás alumnos de Zodiac para conseguir su dosis, no es necesario que lo haga aquí también todas las semanas.
—Me cago en todo, joder —gruñó Max.
—Esa boca, señor Rigel. Cinco puntos menos para Aqua —le dijo Undine—. Ya sabe lo que pienso de las C y las J.
—¿Y de las O? —preguntó Max con una sonrisa.
Undine lo ignoró, echando un vistazo alrededor del círculo hasta que aterrizó la mirada en Tory y en mí.
—Ah, esta es una buena oportunidad para presentarles nuestra Orden, señoritas. Vengan aquí conmigo.
Nos pusimos en pie y sentí un cosquilleo en la piel cuando noté todas las miradas sobre nosotras. Llegamos hasta Undine y ella nos sonrió.
—Piensen en un recuerdo feliz que hayan tenido esta semana —nos pidió, y yo compartí una mirada con Tory.
«¿Feliz?». No habíamos tenido mucho tiempo de ser felices con todo lo que había estado pasando los últimos días.
—Eh... —Tory frunció el ceño y yo me mordí el labio.
Escuchamos un par de risillas a nuestro alrededor y me sonrojé.
—Algo les habrá hecho felices en los últimos siete días. ¿O en los últimos catorce? —Arqueó las cejas, aparentemente preocupada, mientras nos miraba a las dos.
Con un poco más de margen era más fácil. Antes de que atacaran a Geraldine, aquella noche con Diego y Sofia había sido bastante divertida. Intenté centrarme únicamente en las partes buenas y asentí mirando a Undine.
—Tengo uno.
Tory también asintió con una sonrisa.
—Muy bien. —Undine señaló a diez personas en el círculo y todas salieron corriendo hacia delante como perros ansiosos por comer.
Yo me encogí cuando cinco de ellos me rodearon y los otros cinco rodearon a Tory.
—¡Quitaos el abrigo! —gritó una chica con rizos oscuros, y alguien me quitó el mío, tirándolo a la hierba.
—¡Oye! —Fui a cogerlo, pero las cinco personas se acercaron más a mí.
—Mantengan ese recuerdo feliz —nos indicó Undine.
¿Íbamos a volar a Nunca Jamás o qué? Porque estaba bastante segura de que para eso necesitábamos polvo de hada.
Intenté relajarme, sabiendo que así se hacían las cosas en la Orden Sirena. Y, si era la mía, tenía que intentar encajar. Conjuré el recuerdo feliz otra vez y el grupo a mi alrededor me colocó las manos sobre los brazos. Uno incluso me agarró la mejilla.
Las sirenas y tritones se acercaron más, sonriendo. Me di cuenta de que uno de ellos era el chico rubio que estaba sentado al lado de Max y se me formó un nudo en el estómago.
—Cuéntanos el recuerdo —exigió una chica, y sentí cómo se me relajaba el corazón.
—Estaba en el pueblo, tomando algo con unos amigos —narré, recordando a Sofia beberse los cuatro chupitos que había comprado Diego antes de que a ninguno nos diera tiempo. Se me escapó una risa y las sirenas y tritones se rieron conmigo.
—¿Qué más? —preguntó el amigo de Max, aparentemente menos afectado por mi risa—.
Veo algo más en ti, cuéntanos el resto de la noche.
—Tenía una mirada esperanzada al rozarme la cintura con los dedos.
Se me soltó la lengua bajo su influencia y noté cómo flotaba hacia los siguientes recuerdos de aquella noche—. Vi al profesor Orion.
Una chica ahogó un grito, luego sonrió con entusiasmo y se agarró a mi brazo. Fruncí el ceño, pero el chico rubio me apretó y una ola de su poder me llamó para que siguiera hablando, así que mis palabras siguieron fluyendo.
—Estaba enfadado... está muy sexi cuando se enfada.
Algunas personas del grupo gimieron y Undine dio de pronto una palmada.
—Basta. Hoy no toca lujuria.
Todos me soltaron y me golpeó la realidad de lo que acababa de decir. Me ardían las mejillas mientras las sirenas y tritones volvían a sus sitios. Yo resoplé mirando al amigo de Max.
Me giré hacia Tory, pero vi que todavía estaba embobada con su grupo. Casi podía ver cómo se alimentaban del recuerdo que estaba contando.
Undine separó al resto de las sirenas y tritones en grupos y todos empezaron a compartir recuerdos felices mientras sus compañeros se bebían el poder de sus emociones. Max se tumbó en la hierba, con las manos detrás de la cabeza, claramente sin ningún interés en participar.
La profesora se puso a mi lado con una sonrisa compungida.
—Tiene que mantenerse alerta, Darcy. Puede levantar escudos y controlar a qué emociones pueden acceder las sirenas y tritones.
—Me acarició el brazo, acercándose un poco más a mí—.
Tiene a Orion en la cabeza, ¿verdad? —Me dio un codazo y yo asentí al recordar la forma en que su aura dominante me hacía sentir a veces: totalmente impotente y, al mismo tiempo, con la necesidad de ponerme de puntillas y acariciarle la barba incipiente, pasarle los dedos por la nuca y presionar los labios contra los suyos.
Era intimidante de narices, pero también tenía algo que...
me atraía. Y puede que hubiera soñado una o dos veces con estar tumbada en su escritorio a completa disposición de su rabia.
La profesora Undine suspiró y yo me aparté de ella, dándome cuenta de lo que acababa de hacer.
—¡Oye! —exclamé furiosa.
«¿Por qué todo el mundo busca esas emociones?».
«¿Y por qué me excita el primo pequeño y más sexi de lord Voldemort?».
—Disculpe —dijo ella, pero la sonrisa que le tiraba de los labios me indicaba que no lo decía de verdad.
Sanguijuelas. Todos lo eran. En cierto modo, me gustaba menos este poder que el de los vampiros.
Al menos ellos solo te quitaban magia, las sirenas y los tritones eran capaces de sacarme hasta el pensamiento más oscuro y alimentarse de los sentimientos que me provocaban mientras me drenaban la magia.
De pronto, Max saltó sobre Undine desde atrás, agarrándola por los hombros. Ella chilló asustada y Max sonrió entusiasmado sin dejar de tocarla para absorber su reacción.
—No estamos con el miedo, Rigel —gruñó ella, levantando una mano para empujarlo con una ráfaga de aire. Se fue a comprobar cómo les iba a otros alumnos y Max se puso a perseguir a otras chicas, como si para él no hubiera terminado el juego.
Me relajé un poco cuando vi que Tory venía hacia mí. Pensé en si habría alguna forma de saltarnos esta clase antes de seguir regalando más pensamientos sobre Orion.
—No soy una sirena —anunció, tan cabreada como yo.
Yo asentí y vi que Max nos estaba contemplando junto al chico rubio y a unas chicas muy guapas. Se nos quedó mirando unos segundos, hasta que se giró hacia sus amigos y les dijo algo en voz baja.
—Esto no me gusta nada —me susurró Tory mientras los miraba con el ceño fruncido.
—¿Crees que Undine nos dejará saltarnos el resto de la clase? —sugerí esperanzada—. Es evidente que no formamos parte de esta Orden.
Tory asintió con firmeza.
—No me gusta ni abrazar a la gente, imagínate las charlas serias y profundas.
Antes de que nos diera tiempo de comentárselo a Undine, rompió los grupos y nos reunió a todos junto a la orilla del lago. Se quitó la camisa y me quedé mirándola pasmada, acercándome a Tory.
—¿Todas las Órdenes tienen que desnudarse antes de transformarse?
Ella soltó una risita.
—Eso parece.
Me había contado lo de la forma de dragón de Darius y cómo se había desnudado delante de ella antes de saltar por la ventana.
Todo el mundo en Zodiac parecía estar muy seguro con su cuerpo y dispuesto a mostrarlo a la más mínima oportunidad.
Pero yo no me imaginaba haciéndolo, independientemente de cuál fuera mi Orden.