El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera sabes de qué Orden soy.

A lo mejor estoy más arriba de lo que tú crees en la cadena alimentaria —rebatí.

No tenía ni idea de por qué había entrado en esta discusión con él, pero ahora que estaba dentro, tenía la sensación de que no tenía forma de dar marcha atrás.

Darius soltó una risa mientras pasaba por mi lado en la puerta de la habitación, parándose directamente en mi espacio personal para que me viera obligada a estar cara a cara con los músculos marcados de su pecho desnudo.

El olor que desprendía fue suficiente para provocar que me mordiera el labio.

Era metálico y salvaje al mismo tiempo. Con un poco de humo y cedro y otra cosa totalmente suya.

—Nadie está por encima de mí en la cadena alimentaria, Roxy —ronroneó, colocándome una mano en cada lado de la cabeza y sujetándome contra la puerta.

Tragué saliva mientras inclinaba hacia atrás la cabeza para mirarlo, con el corazón latiéndome con fuerza y excitación por lo cerca que estábamos.

Apoyé las manos abiertas contra la puerta detrás de mí, sin moverlas para que no se les ocurriera alcanzar a la bestia que tenía delante.

Porque, pese a que Darius Acrux era un gilipollas integral que se había propuesto convertir mi vida en un infierno, seguía siendo toda una tentación para mí.

Tan cerca de él me sentía como una adicta delante de una pipa encendida, esperando que el humo no le llegara a la cara antes de terminar cediendo.

Le recorrí la cara con la mirada cuando la distancia entre nosotros quedó casi reducida a nada. El calor entre los dos era cada vez más intenso y de mi piel brotaban chispas de energía con una necesidad carnal que estaba segura de poder saciar pero que me negaba a reconocer.

—¿Cuál es tu Orden? —pregunté en voz baja, sin saber por qué no se lo había preguntado antes.

Siempre se había comportado como un monstruo conmigo, así que supuse que nunca necesitaría pruebas de cuál era su naturaleza.

Pero delante de él, empecé a sentir que, a lo mejor, venir aquí había sido un tremendo error.

La mirada en sus ojos me decía que podría devorarme entera y tuve la sensación de que no era una promesa vacía.

—Te la enseñaré si me enseñas la tuya —respondió en tono bromista, y, durante un instante, habría jurado que sus ojos cambiaron.

Parecían de oro, con las pupilas transformándose en unas rajas reptilianas, hasta que parpadeó y recuperó el tono marrón oscuro.

Quizá me lo había imaginado, aunque lo dudaba.

—Pero yo no sé todavía cuál es mi Orden —expuse—. El profesor Orion cree que crecer en el mundo de los mortales ha suprimido mis habilidades.

Dio un paso atrás de pronto y se desabrochó el cinturón, luego el pantalón.

—¿Qué haces? —Ahogué un grito con la mirada fija en sus movimientos mientras se bajaba los pantalones, los calzoncillos y me regalaba una vista completa de cada centímetro suyo.

—Cuando dejes de follarme con los ojos, te mostraré lo que tan desesperada estás por saber —respondió con burla, y volví a mirarlo a la cara con el ceño fruncido.

—No estoy acostumbrada a que se me desnuden en plena conversación —dije—. Si no querías que viera al pequeño Darius, no deberías haberlo sacado a pasear.

Darius se rio y, durante medio segundo, fue como si no nos odiásemos mutuamente. Se inclinó hacia mí y tuve que esforzarme mucho para mantener el contacto visual, ya que su cuerpo esculpido por los dioses estaba tan cerca que apenas podía respirar.

—Si vuelves a irrumpir en mi habitación sin avisar, más te vale que sea porque estés dispuesta a hacer una reverencia o para rogarme que te ponga a cuatro patas sobre esa cama y haga que grites mi nombre —sentenció.

La seguridad de sus palabras hizo que mi libido se volviera loca.

Me contuve bastante para no responder porque no quería que supiera el efecto que tenía en mi cuerpo mientras me apretaba contra la puerta a la defensiva.

Afortunadamente, el movimiento fue mínimo y conseguí mantener el gesto de desinterés.

Darius se apartó de mí de pronto y cogió carrerilla para saltar por la ventana que estaba a nuestro lado. Ahogué un grito de sorpresa y el corazón me dio un vuelco mientras me acercaba a ver qué acababa de pasar.

Durante no más de dos segundos, Darius cayó desde la décima planta antes de que su cuerpo se transformara con una facilidad inesperada y un enorme dragón dorado estallara de la prisión de su carne como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

Me quedé boquiabierta contemplando la gloriosa bestia legendaria mientras Darius batía sus fuertes alas y volaba hacia las nubes.

Cada una de sus escamas destelló bajo la luz del sol poniente como un millón de piedras preciosas.

La fina membrana de sus alas dejaba un pequeño rastro naranja brillante que daba vueltas, serpenteando por el Territorio de Fuego, con más agilidad de la que imaginaba que pudiera tener una bestia de semejante tamaño.

Por si esa exhibición no fuera suficiente para que se me acelerara el corazón y mi deseo por él se multiplicara por diez, soltó un potente rugido que sacudió toda la estructura de cristal de la casa Ignis.

Luego continuó lanzando una ráfaga de fuego por la boca con tanta fuerza que me calentó las mejillas pese a lo lejos que estaba.

No podía apartar la mirada de él mientras atravesaba el cielo y sentí una necesidad desesperada de unirme a él en las nubes.

Me pregunté si habría alguna posibilidad de que, cuando se revelase mi Orden, me bendijera con unas alas.

Volar por las nubes parecía una preciosa forma de libertad y sabía que, si podía experimentarlo al menos una vez, podría morir tranquila pensando que mi vida ya estaba completa.

Me quedé observando a Darius en su forma de dragón durante más tiempo del necesario, pero no podía evitarlo.

Era hermoso, espléndido, un rey entre las bestias.

Aunque tenía razón cuando dijo que no habría nada que domara este odio que nos teníamos.

La existencia de Darcy y de mí amenazaba su posición de monarca de este reino y supe, solo con mirar su forma animal, que nadie jamás amansaría a una criatura así.

Era fuerza y calor y guerra en un solo ser.

Lucharía hasta la muerte por mantener lo que era suyo.

Y, mientras nosotras estuviéramos en esta academia, éramos una amenaza.

Sin embargo, por primera vez desde que había llegado, verlo elevarse en el cielo encendió algo en mí.

Era como un deseo primitivo de plantarle cara al desafío que él representaba.

No quería su trono ni su reino, pero quería otra cosa de él.

Quería su respeto. Y con ese conocimiento supe que jamás le haría una reverencia.

Así que, si él estaba determinado en verme caer, iba a tener que romperme.