Capítulo 18 #2
Miré el reloj. Varias veces. Ya hacía más de media hora que debería haber llegado.
En este momento, ya no llegaba tarde; me había dejado esperándolo treinta y siete minutos.
Y, por mucho que quisiera pensar que a lo mejor se había olvidado o no se le daba bien ser puntual, sabía que no era así.
No iba a venir. Y eso me dejaba con un dilema.
Por supuesto, podría estar agradecida a cualquiera que fuera la fuerza a mi favor que me había salvado de la tortura de pasar una hora en su compañía y dejarlo estar.
Pero, si lo hacía, sabía que la profesora Pyro me echaría la bronca.
Quería que trabajara en mis habilidades con el fuego y le había pedido a él que me ayudara y, aunque yo era la que había aparecido, sabía que sería la que cargaría con la culpa por esta no-clase si no salía adelante.
Solté un suspiro frustrada y me puse en marcha, cruzando el Ruedo de Fuego lo más rápido posible cuando los demás alumnos que practicaban empezaron a seguirme con miradas muy atentas.
«Putos cotillas». Era evidente que todo el mundo estaría cuchicheando mañana que Darius me había dejado tirada si dejaba las cosas así, pero no era con eso con lo que iba a alimentar los rumores.
No. Ya era hora de que ese gilipollas caprichoso probara mi fuego.
Crucé rápido el Ruedo de Fuego, sin darle a nadie la oportunidad de interponerse en mi camino. Invoqué mi poder sobre la marcha, reforzando los escudos mentales al máximo por si acaso me cruzaba con alguien del grupito de Marguerite.
Se me retorció el estómago un poco ante la idea de confrontar a Darius. No sabía cómo se lo iba a tomar, pero tampoco iba a aceptar que me dejara tirada. Si lo desafiaba y él se negaba, a la profesora Pyro no le quedaría otra que asignarme otro tutor. Y esperaba que ese fuera el caso.
«Solo hay una forma de averiguarlo».
Empecé a subir los escalones de piedra que ascendían en espiral por el centro de la casa Ignis, ignorando los pasillos que llevaban a las diferentes plantas de habitaciones y yendo directa a la sala común.
Varias personas levantaron la vista con curiosidad cuando irrumpí con un gesto de cabreo que me arrugaba la cara.
Afortunadamente, ninguno de mis torturadores habituales parecía estar presente y aproveché el impulso para pasar por el medio de tres chicas a las que no conocía.
Abrieron mucho los ojos cuando me paré delante de ellas y me pregunté si sabrían quién era.
El regreso de las Herederas Vega había provocado bastante impacto como para que las masas conocieran nuestros nombres, pero no estaba del todo segura de que mi fama me precediera.
Darius, sin embargo, era conocido por todos.
—Hola —saludé, sin endulzar suficiente mi tono para que saliera simpático y amistoso, en fin—. Estoy buscando a Darius, ¿lo habéis visto por aquí?
—Esta noche no —dijo una de ellas despacio, con los ojos entrecerrados intentando averiguar por qué lo buscaba.
Me aparté de ellas con un resoplido. Podría estar en cualquier parte. ¿Dónde se supone que tenía que buscar entonces?
—Está en su habitación. —Habló un chico desde el sofá a mi lado. Era lo bastante grande y seductor como para ser un mutante, pero no sabía exactamente de qué tipo.
—¿Te importaría desarrollar un poco, amigo? —pregunté con un suspiro—. El edificio es muy grande.
Arqueó una ceja y luego puso los ojos en blanco cuando decidió dejarlo pasar.
—La última planta, al final del pasillo. La mejor habitación de la casa.
—Cómo no —murmuré—. Gracias.
Me alejé de él y fui directa a las escaleras mientras mi ira seguía hirviéndome en la sangre y mis nervios se mantenían fuertes. Esta podía ser una terrible idea, pero no iba a echarme atrás ahora.
Subí hasta la última planta y llegué al final del pasillo.
Junto a la puerta de su habitación había un ventanal enorme, abierto de par en par, y contuve la necesidad de cerrarlo mientras miraba la impresionante caída.
Parecía el lugar perfecto del que tirar a cualquiera que apareciera por sorpresa a molestar y esperaba que Darius no tuviera esa idea.
A través de la puerta de la habitación de Darius escuché el ritmo amortiguado de un bajo. Apreté los dientes al reconocer una de mis canciones favoritas. «Gracias por fastidiármela, gilipollas».
Con la respiración firme, levanté la mano y llamé a la puerta.
—¡Está abierta! —gritó Darius, con un tono casual, claramente esperando a alguno de sus colegas—. Pasa.
Dudé un momento, el tono amistoso me pilló desprevenida y me pregunté para qué narices iba a entrar a invadir su espacio personal. Pero ya estaba aquí. Había llamado a la puñetera puerta, así que ahora no podía acojonarme. Además, ¿qué era lo peor que podría hacerme?
Me armé de valor y abrí la puerta. Me recibió un espacio inmenso, al menos cuatro veces más grande que mi cuarto, que no era para nada pequeño. De hecho, yo a esto lo habría llamado más bien ático, no habitación.
Tenía una cama gigante debajo de unos ventanales amarillos y naranjas con vistas a todo el Territorio de Fuego. Tenía incluso un sofá lo suficientemente grande para que cupiesen cuatro personas, frente a una televisión enorme colgada en la pared y un puto balcón.
Además del tamaño, lo que más me llamó la atención de la habitación fue la elección hortera de la decoración.
Todo lo que podía ser de oro era de oro, y no parecía falso.
Los postes de la cama, la mesa baja, los armarios junto a la cama y las puertas del armario estaban completamente recubiertos de oro.
Había un despertador, fotos enmarcadas, posavasos e incluso una papelera, y todo parecía ser de oro puro.
A los pies de la cama, había un baúl con la tapa abierta, dejando ver que estaba medio lleno de monedas de oro y piedras preciosas del tamaño de un puñetero huevo.
Encima de la cama, donde él estaba tumbado, había otra parte de ese tesoro rodeándolo.
Darius me estudió como si me hubiera salido una segunda cabeza.
Solo llevaba los vaqueros y, durante un segundo, no pude evitar mirar los músculos fuertes que le marcaban el pecho, aunque no tardé en volver a fijarme en el tesoro.
—¿Qué coño quieres? —gruñó, incorporándose en la cama para poder lanzarme todo el peso de su ceño fruncido.
—¿Tienes un fetiche con los piratas o algo así? —solté, ojeando confusa las monedas y el oro.
—¿Qué? —preguntó, con el ceño fruncido desafiando las leyes de la física y acentuándolo aún más.
—A ver, estás medio desnudo en una cama llena de monedas, así que o estás haciendo algo con ellas o poniéndolas en algún lado... inaccesible con toda la ropa puesta, o no me ha llegado la circular en la que avisabas de que te has alistado en la flota del Captain Silver .
Se produjo un breve silencio y arrastró la mirada sobre mí.
—No tienes ni idea de nada, ¿verdad? —preguntó—. Así es como los de mi especie regeneramos el poder: con oro.
—Ah. —Fruncí el ceño mirando las monedas de oro mientras procesaba esa información—. Entonces, ¿tu Orden es la pirata? ¿Te transformas en un hombre con una pata de palo y un parche en el ojo, ansias de ron y un loro de mascota?
Darius se me quedó mirando varios segundos que se hicieron eternos, y pensé que estaba a punto de ponerme una sonrisa cuando volvió a hablar.
—¿Qué narices haces en mi habitación? —preguntó.
—¿Qué crees que hago aquí? —respondí insistente.
Sabía perfectamente que había quedado conmigo para la clase particular y me negaba a permitir que se inventara excusas de mierda sobre gatitos necesitados.
—El único motivo que se me ocurre para que seas lo bastante estúpida como para irrumpir aquí es que por fin te has dado cuenta de quién se merece realmente gobernar Solaria.
Y, en ese caso, imagino que estarás a punto de hacer una reverencia y alabarme a mí y a los demás Herederos como tus reyes —expuso.
Y el tono despreocupado de su voz sugería que a lo mejor pensaba de verdad que estaba aquí por eso.
—Sigue soñando —murmuré—. He venido porque has vuelto a faltar a las prácticas. Y estoy segura de que lo sabes perfectamente.
—¿Y qué pasa si lo sé? —preguntó, poniéndose de pie y tirando una pequeña cascada de monedas al suelo—. ¿Qué vas a hacer? ¿Obligarme a hacer una reverencia?
Levanté la barbilla con todo lo que me quedaba de rabia.
—Ven a darme la clase como prometiste —exigí con firmeza.
Darius se acercó y la diferencia de altura quedó dolorosamente clara cuando se paró imponente delante de mí y tuve que inclinar hacia atrás la cabeza para mirarlo.
—No —dijo en voz baja, con el cuerpo con una tensión que casi podía sentir—.
Si quieres que te entrene, tendrás que obligarme.
Si de verdad eres de los nuestros, vas a tener que aprender pronto que los Fae cogemos lo que queremos y lo único que nos importa es el poder.
Así que, si quieres que haga algo por ti, vas a tener que obligarme.
Me mordí la lengua para no insultarle y recordarle que ya se había comprometido a esto con un tono cortante.
—¿Cuántos Elementos albergabas, Darius? —pregunté—. Eran dos, ¿verdad?
Dejé que la insinuación flotara entre nosotros y casi sentí su odio como algo físico hacia mí y hacia lo que yo era hirviendo en su interior.
—Dos son más que suficientes —respondió sin rodeos.
—Ya... pero tener los cuatro tiene que ser mejor.
—Joder, ¿por qué estaba dejando que me provocase así?
Solo quería que me ayudase, nunca había tenido ninguna intención de picarle con mi potencial.
Joder, ni siquiera le había dado nunca importancia a mi potencial, pero ahora parecía que lo estaba desafiando por el trono por el que ya había dicho que no tenía ningún interés.
—Soy un gran depredador. Los de mi especie no estamos hechos para recibir órdenes de nadie. En mi ADN está escrito que sea superior a ti. Jamás podría hacer una reverencia, me da igual el potencial que tengas —gruñó, leyendo entre las líneas lo que yo nunca quise escribir.