El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Toda la academia estaba vibrante de emoción por el baile de este fin de semana y yo no pude evitar dejarme llevar un poco también.

Por lo visto, los profesores siempre se dejaban la piel para intentar superar el año anterior con una magia impresionante para decorar y cumplir con la temática, que esta vez iba a ser «otoño», coincidiendo con la estación.

Me inquietaba un poco ir a una fiesta con nuestros compañeros de clase que iban desde los raritos obsesionados del C.

U. L. O. a las chicas malas o los Herederos asesinos.

No obstante, intentaba convencerme de que la presencia de los profesores y el deseo general de pasarlo bien supondría que Darcy y yo también podríamos disfrutar.

Después de que llegaran mis compras, por fin tenía ropa para salir a correr y me puse a quemar un poco los nervios haciendo ejercicio antes de tener que ver al Heredero que menos me gustaba.

Fui corriendo hasta el Ruedo de Fuego, preguntándome si Darius aparecería realmente para las clases particulares de hoy.

A la del pasado jueves no se presentó y la profesora Pyro se había creído sus excusas de mierda de que se le había hecho tarde ayudando a otros alumnos a salvar a un gato de un pozo con un brillo en los ojos que me confirmó que era del Equipo Darius.

A mí, sin embargo, me había echado la bronca por no reorganizar la clase yo misma, aunque yo sí me hubiera presentado y no hubiera recibido ninguna disculpa por parte de Darius.

Estaba un poco nerviosa por pasar tiempo a solas con él, sobre todo porque tenía vagos recuerdos de su mano recorriéndome todo el cuerpo en la pista de baile la última vez que me había acercado lo suficiente como para hablar con él.

Desde entonces, cada vez que lo había visto en la sala común de la casa Ignis o en la Órbita, Marguerite me había lanzado unas miradas lo bastante tóxicas como para provocar lesiones físicas.

Aun así, no tenía de qué preocuparse; no tenía ningún tipo de interés en acercarme al posible asesino/torturador imbécil tremendamente sexi que se había autodenominado rey de la academia.

Es más, si por mí fuera, ni siquiera estaría yendo a esta clase con él, pero la profesora Pyro había dejado bastante claro que, si perdíamos otra sesión más, yo sería la responsable y tendría un efecto negativo en mi Ajuste.

Y, pese a todos los motivos evidentes para que huyera de esta maldita academia lo más lejos posible, quería quedarme.

Quería esta magia que corría por mis venas y quería obtener los conocimientos para empuñarla. También quería mi herencia.

«¿Cuánta gente podía decir que tenía dos parejas de padres que habían muerto?

». ¿Y cuál había sido nuestra recompensa por haber sobrevivido a esas dos tragedias?

Habíamos perdido nuestro derecho de nacimiento, crecido entre personas que no tenían ni idea de lo que éramos y nunca habíamos tenido a nadie a quien llamar papá o mamá.

Nos merecíamos ese dinero solo por lo que habíamos sufrido.

Nos debían una vida mejor. Y estaba dispuesta a sobrevivir a unos cuantos años de tortura si eso era lo que hacía falta para reclamarla.

Joder, ya había pasado por dieciocho años de abandono emocional e incertidumbre, ¿qué eran unos cuantos años más?

Llegué al Ruedo de Fuego y me obligué a mantener la cabeza todo lo alta posible mientras entraba. Como había salido a correr antes de tener que enfrentarme a esta reunión, decidí quedarme con la ropa deportiva para la clase, en lugar de ponerme el uniforme de la clase Elemental.

No se lo podía decir a la profesora Pyro, pero empezaba a odiar esa ropa ignífuga.

Estaba casi segura de que me estaba complicando más el control de mi magia en lugar de ayudarme a protegerme de las llamas.

No me daba miedo que mi propio poder me hiciera daño sin importar qué forma adquiriera, era una parte tan intrínseca de mí que simplemente no pensaba que pudiera pasar.

Sin embargo, había algo en el material diseñado para protegerme de las llamas que me agobiaba más de lo que podía explicar.

Había probado a invocar el fuego sin ese uniforme en algunas ocasiones y había podido controlar las llamas en mis manos mucho mejor.

Si era algo mental o no, ya no estaba segura, pero como hoy la profesora no estaba aquí para impedírmelo, iba a recibir esta clase sin el uniforme.

Dudaba que a Darius le importara una mierda lo que llevara puesto y supuse que lo único por lo que tenía que preocuparme era por la posibilidad de que me quemasen las llamas de otra persona.

Pero, como Darius solo tenía que ayudarme a contener mi propia magia y se suponía que no tenía que utilizar la suya, esperaba que no fuera un problema.

Miré a mi alrededor en el inmenso ruedo cuando llegué y, para sorpresa de nadie, no había ni rastro de Darius.

Me resigné a esperarlo y observé con interés a otros alumnos que estaban practicando.

Cuanto más los miraba crear diferentes formas y dirigir sus llamas a distintos objetivos, más parecía crecer mi magia dentro de mí, deseando unirse a ellos.

Eché un vistazo sintiéndome un poco culpable, esperando no estar a punto de perder el control de nuevo, antes de levantar con cuidado la palma de la mano delante de mí. Me mordí el labio concentrada en el tamaño de la llama que quería invocar y, de pronto, apareció.

Observé con sorpresa la bola de fuego mientras sujetaba con firmeza mi magia.

No creció ni se encogió ni cambió de forma sin que yo le diera permiso.

Me sentí... en control. Se me escapó una risa de satisfacción mientras extinguía la llama y me pregunté si mi teoría sobre el uniforme de la clase Elemental tenía algo de cierto.

O quizá era simplemente que no había nadie mirándome.

Fuera cual fuese el motivo, me sentía mucho más animada con respecto a esta sesión.

Si es que Darius se dignaba a aparecer...

—Disculpe, ¿majestad?

Levanté la mirada y un chico muy alto con el pelo oscuro peinado hacia atrás con bastante esmero caminaba hacia mí. Se paró a menos de un metro e hizo una reverencia, una puta reverencia.

—No hagas eso —solté, mirando a mi alrededor para comprobar si alguien lo había visto.

—Mis disculpas, majestad, no quería...

—Y no me llames eso —dije exasperada al ver la chapa plateada del C. U. L. O. que tenía en el pecho.

—Oh, eh... mis disculpas de nuevo, Roxanya, no quería...

—Tampoco me llames así. —Prácticamente gruñí. ¿Qué le pasaba al tío este? «¿Qué parte de trátame como a cualquier otra persona y no me vengas con esa mierda real era tan difícil de entender?». Si de verdad pensaban que Darcy y yo éramos sus soberanas, ¿no deberían hacer lo que les pidiéramos?

—Claro... ¿Darcy?

—Tory. —Le fruncí el ceño con una mirada que le decía no-te-acerques-a-mí-joder, pero no pareció pillarlo pese a que lo estuviera gritando mentalmente. Seguramente no perteneciera a ninguna Orden psíquica, por lo visto...

—Tory —aceptó por fin. Llevábamos dos minutos de conversación y solo había conseguido averiguar mi nombre, ¿cuánto iba a tardar en ir al grano?

—. Me llamo Justin Masters —anunció, y me dio la impresión de que eso debería decirme algo, pero mi mirada inexpresiva le animó a continuar—.

Soy de último año. Pero mi familia sirvió a la suya con lealtad hasta la devastadora caída de su linaje.

Solo quería decirle cuánto siento la tragedia que recayó sobre su familia.

—Oh. Pues gracias. O sea, éramos unas bebés, así que tampoco es que la herida esté muy abierta, pero agradezco tu consideración.

¿Querías algo más? —Sabía que estaba al borde de ser una zorra, pero ahora mismo lo último que necesitaba era que el tío este estuviera aquí cuando a Darius le diera por aparecer.

—Sí, la verdad. Me preguntaba si me haría el honor de dejar que la acompañe al baile este viernes —dijo, sosteniéndome la mirada a la espera de una respuesta.

Estaba tan sorprendida que, por un momento, solo pude observarlo.

Era guapo, alto, con un buen cuerpo y la piel de la cara suave.

Prácticamente parecía el típico tío que a tu madre le encantaría que trajeras a casa y al que tu padre llamaría cariñosamente «hijo».

Guapo y pulcro, para nada mi tipo. Además, también parecía no conocerme lo más mínimo y llevaba la maldita chapa del «culo».

Me incliné hacia delante con complicidad y bajé un poco la voz.

—¿Estás intentando llevarme a la cama, Justin? —bromeé.

El calor que le inundó las mejillas por mi sugerencia fue confirmación más que suficiente de mi valoración y la respuesta a trompicones con palabras como «acompañar» y «propiedad» y «deber de protección» me incitó a interrumpirle.

—Me estoy quedando contigo, Justin —repuse con ternura—. Pero, siendo sincera, creo que no encajamos muy bien para una cita. ¿Y si le preguntas a Geraldine? Si está recuperada para el viernes, sé que le encantaría ir al baile y me da la sensación de que tenéis mucho en común.

En su defensa diré que Justin pareció tomarse bien mi negativa, no parecía enfadado ni sorprendido. Simplemente me dio las gracias y se excusó con otra reverencia.

Sacudí la cabeza y volví a centrarme en mi sesión práctica en solitario, sin perder de vista la entrada mientras esperaba a mi reacio tutor.