Capítulo 17 #4
Cogió un boli y lo rodó entre sus dedos, rotando de un lado a otro en su silla. No apartó la vista de mis ojos, como si estuviera intentando perforar un camino hasta mi mente y sacar toda la información que quisiera.
—¿Y follárselo tampoco sacó la loba que lleva dentro? —preguntó tranquilamente, racional, como si tuviera todo el derecho a hacer esa pregunta. Como si no fuera mi puñetero profesor y aquello no fuera tan inapropiado como para que quisiera gritar.
Tenía los labios tan apretados que ni siquiera sabía si iba a poder contestar.
—No lo hice —susurré—. Y tampoco sería asunto suyo si lo hubiera hecho.
Él se acercó más en su silla, hasta que su rodilla desnuda rozó la mía. Clavé los talones en el suelo, moviéndome lentamente hacia atrás mientras mi corazón daba un brinco por el contacto.
Él se inclinó hacia delante y yo le sostuve la mirada.
—Como su profesor particular, es asunto mío cuidarla. Los Herederos la masticarán y la escupirán, señorita Vega. Tómeselo como una advertencia amistosa.
No había nada en su cara que diera la sensación de ser amistoso. Es más, si buscase en el diccionario lo contrario a amistoso, aparecería una foto suya.
Apoyé las manos abiertas sobre el escritorio, inclinándome hacia delante, en lugar de apartarme como quería hacer en realidad.
El corazón se me iba a salir del pecho, rogándome que huyera corriendo hacia las colinas.
Pero no iba a huir. Este tío tenía que saber que iba a por él.
Y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto en su despacho.
No podía incriminarse así. Al menos, eso era con lo que yo contaba.
—Fíjese qué curioso, señor. Últimamente me han resultado bastante interesantes también sus asuntos. —Dejé que la energía de esa tormenta inminente crujiera sobre él.
Él inclinó la cabeza, torciendo un lado de la boca.
—No me deje con la intriga, señorita Vega.
Me muero por escuchar el discurso que ha preparado para esta ocasión.
—Puso una sonrisa sombría y, en ese momento, supe que sabía lo que iba a decir.
Porque yo ya había reaccionado como un cachorrito cuando me persiguió hasta el baño el viernes por la noche.
Sabía que le tenía miedo. Sabía que sospechaba que nos había perseguido a Tory y a mí.
Así que había sumado dos más dos y se había dado cuenta de que también sospechaba que había atacado a Geraldine.
Lo que no sabía era cómo lo había descubierto.
Me crucé de brazos y dejé de lado mi discurso porque, «admitámoslo», él tenía razón. Me había pasado todo el día practicando. Así que decidí ser completamente honesta y exponer todos los hechos.
Levanté una mano para ir contándolos con los dedos.
—Usted, junto a Darius, ha estado contra Tory y contra mí desde que entramos por la puerta.
Se reunió con él en secreto para hablar de matanzas como si fuera lo más normal del mundo.
Charla sobre dichas matanzas en un bar con una modelo, aparentemente al tanto, y luego me acorrala en el baño de mujeres como un psicópata.
Más tarde, esa misma noche, de nuevo junto a Darius, desaparece convenientemente justo antes de que Geraldine aparezca casi muerta víctima de un extraño ataque.
Ah, ¿y quién resulta ser el primero en llegar al lugar de los hechos?
Usted. Cubierto de sangre y oliendo a canela.
Orion había arqueado las cejas durante mi enumeración y ahora había empezado a sonreír, revelando el hoyuelo.
—¿Canela?
—Sí —dije con firmeza—. Geraldine olió a canela y así huele usted, así que... —Esperé a que estallara. Una negativa salvaje o que se pusiera de rodillas y me rogara que no acudiera al C. I. F. Pero simplemente se quedó mirándome como si yo fuera su programa favorito de la tele.
—¿Y a cuánta gente le ha contado esto, señorita Vega? —cuestionó con calma. Con demasiada calma.
—A la suficiente como para que, si me pone una mano encima, toda la escuela sepa lo que trama antes de medianoche. —El triunfo se abrió paso por mi cuerpo, pero había algo en su expresión que me decía que no cantara victoria tan pronto.
—Vaya, parece que ha pasado mucho tiempo espiándome y...
oliéndome, por lo visto. Aunque aún estoy esperando que me ponga las pruebas encima de la mesa.
—Me miró las manos, fingiendo que esperaba que le mostrara algo mientras mi estómago se encogía hasta convertirse en una pasa—.
¿No? —preguntó con provocación—. ¿Ni un vídeo, ni una foto, ni una grabación de audio? ¿Nada? ¿Ni una sola prueba?
Me quedé completamente quieta, negándome a ceder. Puede que no tuviera pruebas, pero solo era cuestión de tiempo que el C. I. F. lo descubriera.
Orion cogió tranquilamente su Atlas, me lo colocó debajo de las narices y abrió un artículo de las noticias que se habían publicado hacía menos de media hora.
La agresión a una alumna de Zodiac Academy ya ha quedado confirmada como un ataque de ninfas.
Debajo, en negrita, ponía:
El profesor Orion, responsable del Departamento de Magia Cardinal en Zodiac Academy, recibirá la Cimera de Honor tras el acto de valentía que la salvó instantes antes de morir.
—Oh. —Respiré mientras el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
—Sí: «Oh». ¿Podemos volver ya a su clase o le gustaría lanzar alguna acusación más?
¿La directora Nova trafica con drogas bajo las gradas del Estadio de Pitball?
¿La profesora Pyro provoca incendios en el Bosque de los Lamentos?
—Se rio con sus propios comentarios y yo me puse de pie, tirando la silla.
—¿Sabe qué? Estoy harta de estas sesiones. Sé perfectamente lo que escuché, señor. Y puede que usted no atacara a Geraldine, pero sé que está tramando algo. —Me fui hacia la puerta a grandes zancadas, pero Orion apareció delante de mí con su velocidad vampírica.
El corazón se me atoró en la garganta cuando me miró.
—No me muerda —gruñí, dando un paso atrás—. El otro día me dejó casi vacía y acabo de reabastecer mi poder.
Frunció el ceño.
—¿Lo ha reabastecido? ¿Cómo?
Sacudí la cabeza.
—No estoy segura.
—Preste atención la próxima vez. —Se acercó más y yo le puse una mano abierta sobre el pecho mientras mi corazón chillaba despavorido.
—No —ordené.
—No iba a morderla —dijo, y se me hundieron los hombros aliviados. Dio un paso atrás y señaló mi silla, moviendo un dedo para colocarla en su sitio—. Quédese. Termine la sesión.
Miré la puerta con incertidumbre, sin tener muy claro qué creer.
—¿Me contestaría a una pregunta antes?
—Depende de lo que sea —rebatió con un tono áspero.
—¿Quiere matarnos a mi hermana y a mí? —Le lancé mi mirada más firme e inquebrantable. Por Tory. Por mí. Necesitaba escuchar su respuesta, aunque fuera mentira.
Suavizó la mirada, recorriéndome la cara con un ligero gesto fruncido.
—No, Azul. No quiero.