Capítulo 17 #3
Llegamos a un pasillo largo con muchas puertas y vi a una mujer con la bata azul saliendo de una de las habitaciones.
—¿Disculpe? —Corrí hacia ella y me miró—. ¿Está aquí Geraldine Grus?
—Sí, está en esa habitación. Esta noche ha pasado por todo el proceso de curación y se acaba de despertar. Aún está un poco mareada. Las heridas eran bastante graves —añadió con tristeza.
—¿Qué le ha pasado? —susurré, con el corazón sacudiéndose incómodo en mi pecho.
Ella miró de un lado a otro del pasillo.
—No puedo hablar de ello, hay un código de confidencialidad.
—¿Podemos verla? —intervino Tory, y la mujer nos miró insegura.
—No puedo dejar entrar a nadie hasta que el Centro de Investigación Fae hable con ella.
—Miró detrás de nosotras y luego se acercó, apartándose la solapa de la bata para enseñarnos una chapa brillante del C.
U. L. O.—. Su amiga me ha dado una de estas esta mañana.
Sé que no es el momento, pero es un honor conocerlas.
—Hizo una reverencia y yo miré a Tory incómoda—.
Solo unos minutos —añadió la curandera con una sonrisa conspiratoria, abriendo la puerta de la habitación.
—Gracias —dije con un tono alegre, entrando. Por primera vez, ser una Heredera Vega había merecido la pena.
La habitación estaba oscura y olía a incienso dulce y pegajoso.
Me golpeó el calor del fuego de una chimenea en un lado de la habitación y pareció colarse bajo mi piel con intensidad.
Las cortinas gruesas estaban cerradas y la habitación parecía más la de un personaje de Downton Abbey que la de una alumna herida.
Geraldine gruñó, girándose bajo las sábanas carmesí, y le colgó la mano por un lado de la cama.
—Hola, Geraldine —saludé amablemente, colocando una silla de madera junto a la cama.
Tory se apoyó en el colchón, mirándola con una sonrisa triste. Geraldine se giró hacia nosotras y le vimos la cara pálida entre el montón de sábanas.
—¡Alucina, vecina! —exclamó—. ¿Qué hacéis aquí, majestades? No creo que hayáis venido a verme, ¿no?
—Claro que sí —replicó Tory con firmeza, acariciándole la muñeca.
—¡Ooh! —gimió Geraldine—. Estoy muy cansada.
Fruncí el ceño y se me tensó el pecho al mirarla.
—¿Estás bien? ¿Recuerdas lo que pasó?
Ella asintió, incorporándose en la cama y mostrando un camisón antiguo. Me pregunté si sería suyo o del hospital, y no sé por qué, tenía el presentimiento de que era lo primero.
—Atajé por un callejón para ir al bar Odisea, que supuse que era donde habíais ido.
Entonces, escuché un ruido terrible. Un ruido como un sorbo estridente, un traqueteo.
Me asusté tanto que se me cayeron todas las chapas.
Me arrodillé para cogerlas y una sombra horrible se abalanzó sobre mí.
—Se estremeció, alternando la mirada entre nosotras dos, y sentí cómo la culpa me acuchillaba el estómago.
Ella cogió aire para tranquilizarse y cerró los ojos—.
Luego algo me hizo un corte en la espalda, entre los omóplatos.
Como un cuchillo... o un rastrillo, no lo sé.
Pero el dolor era insoportable. Luego todo se volvió oscuro y había alguien de rodillas a mi lado.
Me estaba quedando sin magia tan rápido que parecía que la estaban succionando.
Lo único que recuerdo es el olor... a canela.
—Sacudió la cabeza como si se hubiera vuelto loca, pero mi corazón latía cada vez más fuerte.
Miré a Tory, que tenía el ceño fruncido.
—Vamos a dejarte descansar, Geraldine —concluyó Tory con delicadeza, poniéndose de pie.
—Sí. ¡¿Quizá cuando me recupere podamos hacer ese desayuno que tenemos pendiente?! —gritó mientras nos acercábamos a la puerta.
Yo miré hacia atrás, asintiendo.
—Dalo por hecho.
Ella chilló, levantando una mano para despedirse mientras nosotras salíamos de la habitación. El pasillo estaba tranquilo y Tory me miró con las cejas levantadas.
—¿Qué pasa?
—Es Orion —susurré—. Él huele así. —Me trepó el calor por el cuello por saber eso. Sin embargo, no podía ocultarlo simplemente porque me diera vergüenza—. Y si Geraldine se sintió drenada, ¿igual la mordió?
—Él ha dicho que la ayudó —susurró mi hermana, pero tenía un gesto dubitativo.
—Pero ¿y si es mentira? ¿Y qué pasa con Darius? Se fueron los dos juntos del bar. Y quienquiera que fuera, debe de ser quien nos persiguió después. Nosotras escuchamos el mismo ruido.
—¿Cómo podemos comprobarlo? —preguntó Tory pasándose una mano por el pelo.
—Los confrontaremos —dije con un tono sorprendentemente seguro—.
La próxima vez que los veamos. —El corazón me latía a un ritmo desbocado solo con la idea de decirle algo así a Orion.
Pero por el bien de Geraldine, lo haría.
Ya la habíamos decepcionado dejándola sola anoche.
Y estaba determinada a hacer lo posible para compensarlo.
Aunque eso supusiera enfrentarme a mi profesor de Magia Cardinal y a su humor de perros.
Mi magia volvió. No sabía ni cómo ni cuándo, pero el domingo por la mañana noté su presencia incisiva y estaba bastante segura de que se me rellenó en algún momento del sábado.
Cuando llegó el lunes, mi ansiedad por enfrentarme a Orion era cada vez mayor. Tenía mi clase particular con él aquella noche y me parecía la oportunidad perfecta para abordar el tema.
El C. I. F. estaba ahora mismo haciéndole una visita a Geraldine y estaba deseando escuchar su informe.
Tras lo que ocurrió el viernes, las noticias habían sido escasas, sin dar demasiados detalles.
Pero hoy se suponía que iban a anunciar lo que habían descubierto.
Y yo esperaba que eso significara arrestar al perpetrador.
Preferiblemente a Orion, antes de que yo tuviera que verlo.
Sin embargo, no tuve esa suerte.
Estaba delante de su despacho a las siete y cuarto de la tarde, con un nudo en la garganta cuando apareció.
Tarde, como siempre. Llevaba un chándal negro con los cuatro símbolos de los Elementos impresos en el frontal en blanco.
Estaba manchado de barro y empapado de arriba abajo por la lluvia que llevaba todo el día cayendo en el campus.
Tenía un gesto severo en la cara y me empezó a latir el corazón con una melodía de advertencia.
«Mierda, está en modo gilipollas integral. Lo de enfrentarme a él y a su humor de perros era broma, universo. ¡Dame un respiro!».
Él ni siquiera me miró al meter la llave en la cerradura de su despacho, abriendo la puerta y entrando sin mediar palabra. Apreté los dientes cuando me cerró la puerta en las narices y respiré hondo para tranquilizarme.
«Soy Darcy Vega. Heredera del trono de Solaria, por lo visto. Y no voy a permitir que me moleste un profesor de mala hostia. Que también parece ser un asesino psicótico. Me cago en todo».
Me armé de valor y abrí la puerta. Una ráfaga de viento salió de mi mano al mismo tiempo y la puerta dio un fuerte golpe contra la pared.
«Ups».
Orion ni siquiera pareció darse cuenta. Se dejó caer en su silla y se puso a aclararse el fango de la ropa agitando la mano.
Yo carraspeé mientras entraba, buscando la más mínima señal de que me había visto antes de empezar a lanzar acusaciones.
Levantó una mano, la movió hacia un lado y la puerta se cerró con la misma fuerza con la que se había abierto. El pulso me pasó de cero a un millón.
«No debería haber venido sola. Un plan terrible. Aborta, aborta».
— Súbase al escritorio —ordenó de pronto Orion, derramando Extorsión en la voz.
Su poder me golpeó, pero yo levanté un escudo mental en el último segundo, tal y como había aprendido la semana pasada.
La orden intentó atravesar mis paredes y cerré los ojos para concentrarme en mantenerlas.
Me temblaban los músculos de las piernas, pero no me moví, combatiendo la orden con todas mis fuerzas hasta que se desvaneció.
Solté la respiración que había estado conteniendo en los pulmones. Abrí los ojos y miré a Orion triunfante.
Él chasqueó la lengua.
—Bien. Empecemos con la clase de hoy. —Miró el reloj—. Los cuarenta y cinco minutos que quedan.
Me contuve para no poner los ojos en blanco, dejándome caer en la silla frente a él, intentando reunir el valor para acusarlo de asesinato.
«Igual debería ir allanando el camino».
—Geraldine está mejor —comenté, mirándolo atentamente en busca de alguna reacción.
—Sí, gracias a las estrellas —dijo con una voz hueca—. Ya puede volver a dar por saco con sus sermones sobre las «Auténticas Herederas». —Hizo las comillas con los dedos y yo apreté los labios.
—¿Sabe quién pudo atacarla? —pregunté como si nada.
—Lo que yo sepa o deje de saber sobre ese incidente no es asunto suyo. —Me miró fijamente y me negué a moverme.
«No he terminado con esta conversación, imbécil. Me da igual lo intimidante que seas».
Apreté los dedos alrededor de la falda negra que llevaba, tratando de decidir hacia dónde llevar el interrogatorio.
—Dígame, ¿qué tal va la Potenciación de Orden? —Se reclinó en la silla, entrelazando los dedos y colocándose las manos sobre el vientre. Se le levantó la camiseta y vi una línea de vello oscuro que se escondía debajo de la cintura del pantalón. Se me calentó la piel en ese mismo instante.
Me obligué a levantar la vista hasta sus ojos y pude ver un destello de diversión en su mirada.
—Bueno, sé que no soy licántropa —expuse encogiéndome de hombros.
—Ya. Una de las mejores formas de saber si eres una licántropa es bailar con uno de ellos como si te pagaran por ello.
—Me lanzó una mirada penetrante que me tiró de las entrañas y las desenredó como un cordel.
Me había visto con Seth. Claro que me había visto con Seth, estaba en el bar.
De pronto, sentí muchísimo calor y la silla estaba demasiado dura.
Me moví nerviosa, como si su mofa estuviera abriendo un túnel por mi cuerpo.
No tenía una respuesta para eso, porque tampoco sabía muy bien qué pretendía. ¿Que lo negase? No podía. ¿Que lo confirmase? No era necesario.