El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Me desperté con un tambor de guerra resonándome en la cabeza y un desierto en la boca.

«Empieza la resaca del infierno...».

Gruñí, rodando y rezando por no encontrarme a un Heredero en mi cama. No era mi estilo, pero después de la cantidad de alcohol que había bebido, cualquier cosa era posible.

No había nadie.

Un suspiro de alivio precedió a una ola de ansiedad. Reproduje mentalmente todo lo que pasó anoche, intentando encajarlo todo como un puzle al que le faltan piezas.

Recordé el callejón tenebroso, el bar, el baile, «ay, Dios, el baile», Geraldine...

—¡Mierda! —Me incorporé de un salto y me llevé la mano a la zona donde Orion me había clavado los colmillos y me había absorbido casi hasta el último gramo de magia que tenía.

Habían agredido a Geraldine y Orion... lo habían encontrado cubierto de sangre y completamente drenado de poder.

Me levanté y me llevé una mano a la melena enredada para intentar deshacer el nido en el que parecía determinada a quedarse.

Los mechones azules me cubrían la cara y sabía que parecía un zombi incluso antes de mirarme en el espejo del baño.

El rímel y el eyeliner eran dos manchas negras bajo mis ojos, pero había conseguido ponerme la parte de arriba del pijama antes de caer inconsciente, así que lo conté como una victoria.

Me metí en la ducha y dejé correr el agua fría para intentar aclarar mis pensamientos.

Orion había estado hablando de matar a alguien. Luego Geraldine apareció malherida y él fue el primero en acudir a la escena del crimen. Era demasiado sospechoso.

Tenía que hablar con ella. Tenía que saber exactamente qué había pasado. Pero lo que no lograba entender era por qué la había atacado.

Dejé que se me secara el pelo al aire y me puse un jersey negro y unos vaqueros. Me decanté por unas chanclas porque me dolían demasiado los pies como para meterlos en ningún zapato.

Abrí la puerta y me dio un vuelco el corazón al encontrarme cara a cara con Seth, con el puño levantado para llamar.

Lucía repugnantemente bien para alguien que había salido hasta tan tarde como yo. Los recuerdos me golpearon como una ola. Él y yo bailando. Mi culo moviéndose contra su... «no, por favor».

—Buenos días, nena. —Sonrió y los ojos le brillaron con todos los recuerdos que ahora mismo me estaban atormentando a mí.

—Eh —saludé con frialdad, metiéndome un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja.

—Deja que te ayude. —Levantó una mano y una ráfaga de aire caliente me ondeó el pelo, enrollándose a su alrededor hasta que quedó perfectamente seco.

Él se acercó un poco más y me metió la nariz entre la melena con un suspiro.

—Champú floral, mi favorito. Hablando de flores, ¿a ti te han desflorado ya? —Lanzó una mirada sospechosa a mi habitación y yo pegué el hombro al marco de la puerta para que no invadiera mi espacio personal.

—No es asunto tuyo. —Y sobre todo no era asunto suyo que lo hizo el año pasado un tipo que se llamaba Austin que había sido todo un caballero durante los tres meses que estuvimos juntos hasta que consiguió lo que buscaba.

Y ese era el remate no-tan-gracioso de mi historial de parejas.

El mero recuerdo del día que me dejó se asomó a los bordes de mi mente y lo bloqueé con toda la fuerza que pude.

—¿Y puedo convertirlo en mi asunto? —susurró, poniéndome la mano en la espalda y empujándome contra su pecho.

—¿Qué estás haciendo? —Le di un empujón mientras mi pobre corazón resacoso se colapsaba.

—Pensaba que ya estábamos bien... ya sabes, después de que me chuparas el labio y me susurraras guarradas al oído.

—No recuerdo ninguna guarrada. —Me puse colorada porque sí que recordaba la otra parte. Intensamente. Y, al mirarle la boca, noté un calor en el vientre.

Él soltó una risilla sombría.

—¿Y de esto te acuerdas?

Me acercó la boca a la oreja y, cuando estaba a punto de mordérmela como había hecho anoche, chillé y lo empujé. Él me dejó hacer y se apartó con una sonrisa maliciosa. Cerré la puerta detrás de mí, eché la llave y salí al pasillo.

«¿Huir o pelear?».

—Venga, te acompaño a desayunar. —Me pasó el brazo por los hombros y yo intenté esquivarlo. Me agarró fuerte con ese olor ya familiar y embriagador de su piel y mi cabeza empezó a imaginarse cosas.

—¿Por qué finges ser agradable conmigo? Ya hemos jugado a este juego y no voy a caer otra vez, Seth.

—Hostias, hazlo otra vez —dijo, mordiéndose el puño.

—¿El qué? —Lo miré con confusión.

—Eso de pronunciar mi nombre como si te lo estuvieras follando con la boca.

—Pero ¿qué te pasa? —Sacudí la cabeza, haciendo otro intento en vano de escapar.

«¿Qué narices está pasando?».

—Tengo que ir a ver a Geraldine —dije nerviosa, mirándolo por si él sabía cómo estaba.

—Ya, parece que la pava está jodida.

—Menos mal que Orion estaba ahí para ayudarla —añadí con sequedad.

—Guau. —Seth me giró para que lo mirase. Tenía una mirada penetrante como un cuchillo.

—¿Qué? —pregunté.

—Tenemos un serio problema, nena.

—¿Qué pasa? —pregunté nerviosa. ¿Sabía algo del ataque? ¿Había pillado a Orion?

—Te acabas de follar con la boca el nombre de otro tío —me acusó, increíblemente serio.

Se me abrió la boca y se me aceleró el corazón.

—¿Estás de coña?

—Esto no es ninguna broma. Sabes que no puedes liarte con los profesores, ¿verdad? Hay unas normas. Y te agradecería que no te follaras con la boca su nombre estando yo delante.

—¿Puedes por favor parar de decir «follar con la boca»? Eso no es nada.

—Claro que lo es —espetó encogiéndose de hombros—. Me lo he inventado yo.

—No tienes remedio. —Suspiré y me di la vuelta para alejarme de él.

Tenía que deshacerme del Perrito Faldero, encontrar a Tory e ir a ver a Geraldine. No iba a perder más el tiempo con sus tonterías.

—¡Espera! —gritó, esta vez en serio. Me agarró la mano y entrelazó los dedos con los míos—. Oye, ya sé que no paro de hacer bromas y que me he portado como un gilipollas, ¿vale?

Me giré hacia él impresionada. «¿En serio va a hacer lo que creo?».

Respiró hondo.

—Lo siento, ¿vale? Por lo que pasó tu primera noche..., por intentar que te cortaras el pelo y por llenarte de barro con mis colegas y publicarlo en internet... y por dejarte en el Bosque d...

—Ya —le interrumpí—. Lo recuerdo todo bastante bien.

Intenté soltarme la mano, pero él no me dejó.

—Es que había pensado que, después de lo de anoche... —Carraspeó... «¿Eso que veo en sus ojos es vulnerabilidad?»—. Había dado por hecho que las cosas habían cambiado. Pero está claro que me he equivocado. —Me soltó la mano y me quedé mirándolo, intentando encontrar la trampa, pero no veía ninguna.

—Anoche estábamos borrachos —argumenté con el pulso acelerado mientras me preparaba para rechazar a uno de los chicos más populares de la escuela... «Además, seguro que todo esto es otra broma, ¿verdad?».

—Ya, pero... —Se encogió de hombros—. ¿Qué más da? Yo sé perfectamente cómo me he sentido cuando me he despertado esta mañana. ¿Tú no?

No le contesté. Porque ¿qué le iba a contestar? No creo que tuviera ninguna respuesta, además. Ayer, este tío era mi archienemigo y unos cuantos bailecitos acaramelados no iban a cambiar eso.

Sacudí la cabeza y él me puso los ojitos de cordero degollado más tristes que había visto en la vida. La culpa me inundó el estómago.

—No confío en ti —admití. «Ni en nadie, pero especialmente en un Heredero».

Se le iluminaron los ojos como si le acabara de dar el más mínimo resquicio de esperanza que necesitaba.

—¿Me dejas intentar que confíes en mí? —preguntó.

Apreté los labios y me pasé los dedos por las puntas azules del pelo.

¿Lo más importante que había aprendido en mi vida?

No puedes confiar en las personas. Y, sobre todo, no puedes confiar en los chicos con sonrisas maliciosas e intenciones igual de maliciosas.

Ya había llegado demasiado lejos. Me había humillado, había hecho que mi primera semana en Zodiac fuera lo más desagradable posible.

¿Qué más pruebas necesitaba para no acercarme a él?

—No —susurré, con el dolor de mi pasado demasiado cerca como para poder respirar. Seguí caminando, pero él se interpuso en mi camino y me volvió a poner esa cara implorante.

«No puedo acceder a esto, ¿verdad? No puedo dejar que Seth intente compensar lo que ha hecho».

Confiar en él era una locura. Sin embargo, ahora me estaba mirando así y juro que tenía los ojos cada vez más grandes y yo me estaba derritiendo por completo bajo su mirada del Gato con Botas.

—Argh, está bien —cedí, solo para que dejara de poner esa cara.

Él sonrió de oreja a oreja.

—¿Un besito? —preguntó.

—¡No! —dije mientras se inclinaba hacia mí—. ¿Estás tonto? —Le di un empujón y él se balanceó.

—Tonto por ti.

—Eso es lo más espeluznante que he oído en mi vida. —Me reí.

—Ya, de hecho, no se lo digas a nadie, nena. Tengo una reputación y tal... —Me guiñó un ojo, volviendo a cogerme la mano y tirando de mí.

—Tú no te vienes conmigo —añadí, intentando poner mis límites.

Seguimos hacia la escalera y vi a Diego saliendo de su habitación. Parecía cansado y esperé que Sofia no le hubiera dado demasiados problemas anoche. Miró la mano de Seth agarrando la mía y yo la solté inmediatamente.

—Nos vemos —le dije a Seth con una mirada firme que decía: «No te acerques».

Él se pasó la lengua por el labio inferior y bajó las escaleras, dejándome un nudo en el estómago.

— Dios mío , dime por favor que no has dormido con ese perro —preguntó Diego asqueado mientras lo alcanzaba en las escaleras.

Me ardieron las mejillas.

—Claro que no.

—¿Y por qué no para de tocarte?

—Por lo visto quiere que seamos amigos —expliqué, con una incredulidad evidente.

—Puf, qué afortunada. —Diego se rio—. Pero tú no te creas nada de lo que te diga, ¿vale?

—Descuida, no lo haré —le aseguré—. ¿Cómo está Sofia?