Capítulo 16 #2
Una luz cálida iluminaba el fondo de un callejón frente a nosotras y me sentí aliviada al vislumbrar una salida. Seguimos avanzando y salimos a una calle bien iluminada, justo en la puerta de un bar muy animado. Fuera había mesas llenas de alumnos bebiendo y riéndose.
Tenía demasiado miedo como para preocuparme por las miradas de sorpresa que nos lanzaban. Cruzamos la calle para unirnos a la seguridad de la multitud sin frenar ni un poco.
En cuanto nos vimos rodeadas del calor humano, me giré hacia el callejón con los ojos muy atentos, intentando ver a quienquiera que nos hubiera estado siguiendo.
Darcy se acercó a mí, rozándome con el brazo mientras los latidos de mi corazón acelerado me palpitaban en los oídos. El callejón estaba vacío. No era más que un hueco oscuro entre dos edificios aparentemente inocentes. Sin embargo, el miedo que me anudaba las entrañas era real.
Una mano me agarró por el hombro y me estremecí. Me di la vuelta y vi a Max Rigel sonriéndonos. Iba vestido con una camisa ostentosa, que probablemente costara más que una semana de alquiler en nuestro antiguo piso, y se había peinado la cresta hacia atrás.
—¿Por qué se han puesto tan nerviosas nuestras pequeñas Vega? —preguntó con amabilidad, y sentí la llamada de su poder instigándonos para que le contáramos nuestros miedos.
Miré a Darcy, insegura de si debíamos o no decírselo. Por un lado, permitir que me quitara parte de este miedo no me parecía tampoco la peor idea en ese momento. Por otro lado, seguramente solo estuviera aterrorizada porque uno de los idiotas de sus amigotes había estado persiguiéndonos.
En cuanto apareció esa idea en mi cabeza, vi a los otros Herederos sentados en una mesa a nuestra izquierda. Todos estaban tomando algo y mostraban todas las señales de llevar ahí sentados un buen rato. Además, todavía no había apartado la vista del callejón y no había salido nadie más.
—Alguien nos estaba persiguiendo —murmuró Darcy, cediendo ante la llamada del poder del tritón.
—¿No me digas? —dijo Max con interés, deslizando un brazo sobre nosotras para acercarnos a él.
Sabía lo que buscaba, pero desde luego me sentía mucho más segura que en ese callejón.
Y, teniendo en cuenta que ahora mismo estábamos rodeadas por una panda de imbéciles que sabía que querían hacernos daño, era mucho decir.
—Quería hacernos daño —murmuré, sintiendo el tirón de la magia de Max mientras absorbía un poco de la mía junto con una pizca de mi miedo. Seguramente las sirenas y los tritones serían unos psiquiatras increíbles. «¿A quién no le va a gustar que le absorban las miserias de vez en cuando?».
—Parece una buena historia para contar tomando algo. —Max nos dirigió entre la multitud de alumnos hacia los demás Herederos. Yo miré preocupada a Darcy, que abrió mucho los ojos, pero antes de que nos diera tiempo a decir nada, nos vimos delante de su mesa.
Los otros Herederos nos miraron sorprendidos y yo fruncí el ceño, preguntándome por qué narices había dejado que Max nos arrastrara hasta aquí.
—Mirad a quiénes me he encontrado huyendo de las sombras —anunció Max con una amplia sonrisa, bajando la mano por mi espalda hasta que se acercó peligrosamente a rozarme el culo.
Me agité para apartarlo antes de que lo hiciera.
—No estábamos huyendo de las sombras, nos estaba persiguiendo alguien —explicó Darcy a la defensiva mientras Seth se acercaba a nosotras con una sonrisa lobuna.
—Pues sí que debéis haber pasado miedo para considerar que nosotros éramos una opción mejor —dijo.
—Están muy asustadas. Puedo saborear su miedo —afirmó Max con entusiasmo—. Y estaban a punto de contármelo todo.
Caleb se rio mientras se pasaba una mano por el pelo rubio rizado, alternando la mirada entre mi hermana y yo.
Max se sentó en la única silla que había libre y tiró de Darcy hacia su regazo, empujándola contra su pecho antes de llevarle la boca cerca de la oreja.
—¿Y cuál ha sido la peor parte? —preguntó. Podía sentir su poder tirando de mí, aunque ya no me estuviera tocando. Darcy era presa de su magia y se le separaron los labios para responder automáticamente a su pregunta.
—Estaba haciendo un ruido muy desagradable —respondió—. Como un gruñido o un traqueteo...
Darius se inclinó hacia delante, levantando las cejas con interés mientras nos observaba atentamente a mi hermana y a mí.
—No vamos a quedarnos —repuse cortante, inclinándome sobre la mesa para sacar a Darcy de los brazos de Max para que pudiéramos emprender nuestra segunda huida de la noche.
—Esperad un momento. —Una mano grande me rodeó por la cintura antes de que me diera tiempo a levantarla.
Mi sangre se encendió con una advertencia mientras Darius me sujetaba.
Me di la vuelta para mirarlo a los ojos oscuros y no pude evitar echar un vistazo sobre su camisa blanca, casi demasiado ajustada sobre sus músculos—.
¿Y si hacemos una tregua? Solo por una noche —ofreció.
—¿Por qué íbamos a creernos eso? —pregunté despectivamente.
Darcy tenía el ceño fruncido y se intentaba soltar de las manos de Max con pocas ganas, como si no fuera del todo consciente de que no quería estar ahí. Él desencadenó una ola de poder tranquilizador que rompió sobre mí y Darcy se volvió a calmar.
—Solo queremos pasarlo bien —intervino Caleb—. No tenemos por qué mezclar nuestra situación política.
—¿Nuestra situación política? —repitió Darcy con el ceño fruncido.
—Sí, ya sabéis. El problemilla que tenemos con que hayáis aparecido de la nada para robarnos nuestro derecho de nacimiento y alterar el equilibrio de poder de todo el reino —provocó Caleb.
—No queremos vuestro estúpido derecho de nacimiento —murmuré.
Darius todavía no me había soltado e intenté recuperar la mano apartándola con fuerza. Él sonrió ante mi esfuerzo y procedió a tirarme del brazo con tanta fuerza que me caí sobre sus piernas.
Me pasó un brazo por la cintura y me movió a una posición más cómoda con una risa profunda que inundó de deseo mis extremidades.
—Tomaos algo con nosotros —insistió, agitando la mano para llamar a la camarera a través de la ventana, a pesar de que el bar estaba abarrotado y parecía no dar abasto—. Os juro que no os pondremos la mano encima a no ser que vosotras queráis.
—Yo no quería que me sentaras en tu regazo y eso no ha parecido impedírtelo —espeté, aunque estaba bastante segura de que seguir ahí sentada hacía que mi argumento perdiera credibilidad.
Darius se rio otra vez y noté las vibraciones donde mi costado se presionaba contra su pecho. Caleb se me acercó más por la derecha y me pasó los dedos por el brazo, poniéndome la piel de gallina.
—Mira, incluso te prometo que esta noche no te morderé si no quieres.
Miré a Darcy y ella se encogió de hombros para decirme que ella estaba igual de insegura que yo. Max lanzó otra ola de energía relajante y sentí cómo se tambaleaba mi determinación.
—Supongo que podemos tomarnos una copa —añadió Darcy dudosa mientras Max le acariciaba el brazo, con la presión de su influencia deambulando por el aire.
Estábamos rodeadas de sonrisas que me aceleraban el corazón y me hundían el estómago a partes iguales.
Estaba casi segura de que esa idea era terrible, pero el tequila en la sangre, la llamada del tritón y la mesa llena de hombres atractivos me estaban poniendo muy difícil tomar una decisión sensata.
—Solo una copa —acepté por fin, justo cuando una camarera corpulenta se acercó a la mesa con una libreta y una sonrisa, lista para tomarnos nota.
—Será mejor que sea grande, teniendo en cuenta que solo será una —bromeó Seth mientras pedía para todos.
Darius se reclinó en el respaldo de la silla, acercándome más a él y apartándome el pelo de la oreja, mientras yo me martirizaba internamente cuando me acerqué más para escuchar lo que me iba a decir.
Los tíos como él siempre eran una mala idea para mí.
Era como si tuviera un imán que me empujaba hacia los gilipollas más despiadados, pese a que sabía perfectamente cómo terminaría la historia.
Y nunca había conocido a un tío que pudiera competir con el rollo oscuro y misterioso de Darius Acrux, y mucho menos con sus rasgos devastadoramente hermosos.
No podía hacer nada para impedir a mi cuerpo traidor que se moviera contra el suyo, sobre todo cuando me acariciaba el hombro desnudo con la punta de los dedos.
—¿Os apetece contar qué ha pasado en el callejón? —preguntó.
No pude contener el escalofrío que me recorrió la espalda al recordar la silueta ensombrecida que nos había estado persiguiendo.
—¿Ahora es cuando os reís de nosotras por haber caído en una de vuestras bromas? —pregunté, negándome a responder a su pregunta—. ¿Era uno de vuestros amiguitos? ¿También habéis conseguido que alguien nos envíe esos mensajes?
Su mirada oscura titiló durante un segundo y parecía que se estaba conteniendo de decir algo.
—No hace falta que reclute a nadie para hacer mis trabajitos —respondió con desdén—. A lo mejor solo me estoy preocupando de vuestro bienestar.
Resoplé incrédula, moviéndome otra vez para dejar de rozarle el pecho. Sí, estaba estúpidamente bueno, pero también era un gilipollas cuando quería serlo y no iba a caer en su interpretación de Príncipe Azul solo porque quisiera enseñármela.
Me aparté de él y vi que Caleb nos estaba mirando con interés mientras la camarera volvía con nuestras bebidas.
Darcy le estaba contando a Max el miedo que habíamos pasado en el callejón.
Él tenía el brazo alrededor de su cintura, bebiéndose su miedo como una sanguijuela enorme.
Volví a preguntarme por qué habíamos permitido que nos convencieran para quedarnos con ellos.
Me concentré en las bebidas mientras la camarera las iba colocando y Darius le soltaba un fajo de billetes en la mano.
A mí me pareció demasiado dinero, pero desde luego ella se había ganado una propina con ese sujetador push-up .