Capítulo 15 #4
—Que estáis planeando matar a alguien. Y sé que somos nosotras.
Queréis matarnos. No queréis que mi hermana y yo gobernemos Solaria, pero dudo mucho que creas que podéis matarnos en un restaurante y marcharos como si nada, ¿no?
—Mi voz estaba ligeramente por encima de un susurro y maldije el poder que tenía sobre mí.
El miedo me sacudía el corazón, pero la sangre me latía con el alcohol y la adrenalina.
«A lo mejor puedo correr, pasar por su lado». Pero sabía que era imposible. No daría ni dos pasos hacia la puerta antes de que me agarrara.
«¡Pues atácale!».
Levanté las palmas de las manos más arriba, preparándome para hacer lo que hiciera falta para sobrevivir.
Invoqué la magia en mis dedos y me empezaron a picar con un calor letal.
El fuego había acudido en mi ayuda. Y desataría un infierno sobre él si hacía el más mínimo movimiento para hacerme daño.
Orion agitó la mano casi sin ganas y de pronto me vi con los brazos pegados a los costados, como si él hubiera empuñado el aire a mi alrededor.
«Mierda».
—¿Eso es todo? —Tenía la voz más tranquila, como si fuera completamente normal que estuviera planeando mi muerte.
—Sí —solté mientras el corazón se me estampaba contra el pecho—. ¿No es suficiente?
Él resopló con una risa, mirándome durante unos segundos muy dolorosos, con los ojos como dos agujeros negros que absorbían todo lo que yo era e intentaban tragarme por completo.
—Vete a casa, Azul. —Abrió la puerta y salió del baño, dejándome con un abismo de rabia escupiendo veneno en mi pecho.
Lancé una mirada a la puerta durante un momento antes de salir de nuevo al restaurante. No miré hacia él cuando volví a la mesa y me senté en mi silla, con el pulso desbocado.
—¿Y las bebidas? —masculló Sofia con un puchero, pero Tory la mandó callar, mirándome atentamente.
—¿Qué ha pasado?
Igual era una cosa de gemelas, pero sabíamos perfectamente cuándo a la otra le pasaba algo. Daba igual cuánto intentáramos ocultarlo. Tampoco es que yo estuviera esforzándome demasiado ahora mismo.
—Orion —expuse, y escupí rápidamente la explicación, omitiendo la parte en la que me habían temblado las rodillas como si estuviera en un terremoto de grado cinco.
Sofia se rio.
—¡Venga ya! Es un profesor. Os gustan demasiado las teorías de la conspiración.
Diego sacudió la cabeza con una expresión seria.
—Igual tienen razón. Todas las pruebas lo señalan a él. —Le lanzó una mirada a Orion y lo vi saliendo del restaurante con su cita. Que, a lo mejor, no era su cita, al fin y al cabo.
Sentí una oleada de alivio cuando se fue y miré hacia el grupo de profesores en el otro extremo del restaurante. Claro que no me habría atacado aquí, en un baño público. ¿Cómo se me había podido ocurrir que podría haberlo hecho? «Porque llevaba puesta su mirada de psicópata, por eso».
No conocía a Orion. Hasta donde yo sabía, podía ser el típico tío que descuartizaba gente en los baños femeninos de forma regular.
—¿Quieres que nos vayamos? —me preguntó Tory, frunciendo el ceño.
Apreté la mandíbula, sacudiendo la cabeza.
—Eso es lo que quiere.
—Pues entonces no podemos hacerlo —sentenció Tory con una sonrisa que me alegró ligeramente el humor.
—De todos modos, ya se ha ido —dijo Sofia, poniéndose de pie para bailar al ritmo de la música de fondo. Empezó a moverse de forma provocativa con la silla y se me abrió la boca.
—¡Sofia! —Diego ahogó un grito, con una expresión de alarma mientras Tory se partía de risa.
Sofia se tropezó con la mesa y tiró una jarra que había en el centro. Diego lanzó una ráfaga de aire con la mano para evitar que nos cayera el agua encima.
Tory la sujetó, mirándonos.
—Menos mal que sabía beber —bromeó.
—¡Y sé...! —exclamó arrastrando las palabras, agarrándose a Tory para mantenerse en pie.
—Solo han sido unos chupitos —dije confusa.
—A lo mejor no está acostumbrada a beber —comentó Diego, poniéndose de pie—. Debería llevarla a casa.
—No. —Sofia se llevó las manos a las caderas—. Estoy bieeeeeeeen.
Diego nos miró.
—Creo que sería lo mejor. Hay un bus lanzadera a la academia que sale del final de la calle. ¿Os importa cogerlo para volver?
—No, claro —me apresuré a decir, a la vez que Sofia intentaba agarrarle el brazo a Tory mientras Diego se la llevaba. No tardó en rendirse y en agarrarse a Diego, mirándolo con ojos de cordero degollado.
—Tu gorro... me gusta tu gorro. ¿Me lo dejas? —Fue a cogerlo y Diego se rio mientras le agarraba la mano, sujetándosela mientras la sacaba del restaurante.
Apareció la camarera y dejó un par de vasos de un cóctel rosa chillón enfrente de nosotras.
—De parte de ese amigo vuestro de ahí. —Señaló al grupo de profesores y Washer nos sonrió, lamiéndose los labios y agitando los dedos. Estaba apoyado en Astrum, que nos dirigió una sonrisa compungida.
Ni siquiera pude disimular el asco en la cara. Tory chasqueó la lengua.
—Puaj, Washer es un puto cerdo —murmuró, pero cogió el vaso y brindó igualmente—. A partir de ahora, nos vamos a concentrar en pasárnoslo bien sin ningún asqueroso que nos moleste.
Yo sonreí, cogí el cóctel rosa y brindé con ella.
—Por no encontrarnos con más cerdos.
Ella chilló.
—¡Por no encontrarnos con más cerdos!