Capítulo 15 #2
Yo observaba los edificios antiguos con las fachadas de piedra desgastadas, completamente fascinada por el lugar.
Cafeterías, bares, restaurantes. No se parecía en nada a Chicago.
Es más, me recordaba a un folleto de Italia que había visto alguna vez.
Era muy pintoresco, las calles principales estaban cruzadas por callejones de adoquines y arcos de piedra.
La necesidad de explorarlo todo me abrumaba y me empapé del ambiente vibrante mientras el clamor de las voces se colaba por mi ventanilla abierta.
Estábamos, obviamente, en la calle principal y había gente por todas partes disfrutando de la velada.
Reconocí a varios alumnos de Zodiac caminando por la acera, pero el pueblo era bastante grande y seguramente consiguiéramos evitarlos.
Lo último que me apetecía era encontrarme con alguno de nuestros muchos enemigos de la academia.
—Aparca aquí —señaló Sofia.
Diego aparcó en la puerta de un bar restaurante en la esquina de una calle. Las ventanas estaban pintadas de rojo y había un arcoíris de flores colgando de varias cestas alrededor de la puerta.
—En este sitio se come genial —argumentó Sofia saliendo del coche.
La seguimos hasta la acera y levanté la vista hacia un cartel gastado sobre la puerta, bautizando al restaurante como Andromeda’s Place.
Entramos y una camarera muy sonriente se apresuró a llevarnos a nuestro asiento. El local estaba a rebosar de gente y la iluminación era tenue. Unas bombillas bajas alumbraban los bancos y las mesas, y a un lado había una barra de madera con los signos del zodiaco impresos en plata.
—¿Ese no es el profesor Orion? —preguntó Sofia, y el corazón me dio un vuelco.
Lo ubiqué en menos de un nanosegundo. Al extremo de la barra, Orion estaba sentado rodilla con rodilla con una chica castaña que parecía la mismísima encarnación de la belleza.
—Puede. —Me encogí de hombros, girándome hacia la dirección contraria mientras intentaba ignorar la extraña reacción que mi cuerpo estaba teniendo al verlo aquí.
Y el pozo de ira rabiosa que notaba en el pecho no tenía nada que ver con la modelo de Victoria’s Secret que estaba sentada enfrente de él.
—Por aquí —anunció jovialmente la camarera.
La seguimos hasta una mesa con unas vistas perfectas de Orion. Era como si la maldita camarera quisiera que me pasara toda la noche mirándolo. Fui demasiado lenta como para coger un asiento que le diera la espalda y no podía quejarme en voz alta porque los demás me harían preguntas.
Me dejé caer en el asiento al lado de Diego y respiré hondo.
«Solo es un profesor, ¿a quién le importa que esté aquí? A ti, por lo visto».
Cogí una carta y empecé a ojear con determinación la lista de refrescos.
—Ron con cocacola —pidió Diego a la camarera. Ella asintió como si no hubiera ningún tipo de problema.
«¿No se daba cuenta de la edad que teníamos?».
—Lo mismo para mí —dijo Sofia alegremente, con una mirada desafiante en los ojos. Ella era la que más joven parecía de todos. Incluso con el maquillaje que le habíamos puesto, apenas aparentaba tener más de dieciséis.
—¿Y para vosotras, chicas?
Tory me miró entusiasmada.
—¿Tequila sunrise ? —preguntó, aparentemente esperando una negativa por parte de la camarera, pero lo apuntó sin decir nada y me miró a mí.
Sentía una emoción en el pecho. Tory y yo teníamos carnés falsos en Chicago, pero ni siquiera eso nos había servido en alguna ocasión.
—¿ Whisky con cocacola?
La camarera sonrió y se fue hacia la barra. Yo miré a los demás.
—¿Cómo nos hemos podido salir con la nuestra tan fácilmente?
—¿A qué te refieres? —preguntó Sofia despreocupada mientras echaba un vistazo a la comida en la carta.
—Eh... ¿al alcohol? —respondió Tory—. Solo tenemos dieciocho.
—¿Y...? —preguntó Diego, mirándonos confundido.
—¿En Solaria no hay... edad legal para beber? —pregunté con el ceño fruncido.
—Aquí no hay leyes que te impidan beber alcohol —soltó Diego con una carcajada, levantando una mano para ajustarse el gorro—. Solo tienes que tener el oro para comprarlo. Y los niños no suelen tenerlo.
—Qué fuerte —dije mientras llegaba la camarera con nuestras bebidas.
—Lo que a mí me gusta —comentó Tory muy contenta, cogiendo su cóctel.
Le di un sorbo a mi whisky con cocacola y tuve la sensación de que alguien me estaba mirando.
Levanté la vista hacia Orion y me di cuenta de que me estaba observando atentamente.
Fue como mirar al cañón de un arma; se me estrechó la garganta y me atraganté con la bebida, soltándola mientras trataba de controlar la tos.
Reproduciendo los sonidos de una cabra agonizante, conseguí recuperar el aliento y Tory sacudió la cabeza mirándome con una sonrisa entretenida.
«Genial. Simplemente genial».
Diego me dio una palmadita en la espalda.
—¿Estás bien?
—Sí —dije rápidamente, mirando otra vez a Orion para asegurarme de que había retomado la conversación con su cita. Con suerte, eso significaba que no había sido testigo de mi ataque de atragantamiento.
¿Qué había dicho mi horóscopo esta mañana? Ah, sí: «Hoy, el universo no está sincronizado contigo. Prepárate para capear la tormenta». Llevaba toda la semana capeando la tormenta, ¿cuánto más podía empeorar?
La camarera volvió para tomarnos nota de la comida y aproveché la oportunidad de distracción, ordenando una pizza de la carta.
Cuando se marchó, di un sorbo más calmado a mi bebida y decidí ignorar la presencia del profesor Cretino. No obstante, me resultaba bastante complicado, teniendo en cuenta que Tory y yo estábamos bastante convencidas de que quería matarnos.
Un grupo de profesores entró por la puerta y Diego frunció el ceño.
—¿Este es el restaurante que frecuentan los profesores o algo así, Sofia?
—Eh... puede. No me había dado cuenta —confesó, con las mejillas cada vez más rojas.
Nuestro profesor de Agua Elemental, el profesor Washer, llevaba una camisa floral ajustada con demasiados botones desabrochados y una sonrisa pícara.
Miró hacia nuestra mesa y nos guiñó un ojo.
Habría dicho que tenía unos cuarenta años, pero parecía que se había pasado demasiado tiempo tostándose bajo el sol, así que era complicado saberlo.
—Puaj —siseó Tory, y yo me estremecí.
El profesor de Tarot, el profesor Astrum, lo apartó tirándole del brazo y él apretó los labios decepcionado.
—Washer es un cerdo —susurró Sofia, luego se rio disimuladamente como si no lo debiera haber dicho.
—¿Por eso tenemos que llevar trajes de baño que apenas nos cubren el culo en su clase? —pregunté arrugando la nariz.
—Cuenta con ello, chica . —Diego se rio, dándome un codazo en las costillas.
La comida no tardó en llegar y nos comimos hasta el último bocado mientras pedíamos más y más bebidas.
Para cuando la camarera se llevó nuestros platos, la cabeza me daba vueltas y me había olvidado por completo de Orion, tanto que no me había dado cuenta de que tenía la mano sobre la rodilla de su cita.
—¡Chupitos! —anunció Diego levantándose de su asiento.
—¡Sí! —animó Sofia, con el pelo ondeándole sobre los hombros cuando se balanceó en su silla.
Tory y yo nos reímos mientras Diego se acercaba a la barra.
—Oh, no —dijo Tory de pronto, agachándose en su sitio.
—¿Qué pasa? —Seguí la línea de su vista hasta la ventana que estaba detrás de mí.
Geraldine estaba cruzando la calle con una bolsa de papel en la mano.
—Escóndete —me rogó Tory, agarrando una carta y hundiendo la cara en ella.
Yo me aparté el pelo de los hombros porque sabía que las puntas azules me delatarían, pero un golpe fuerte en la ventana me indicó que ya era demasiado tarde.
—Ignórala —susurró Tory, y tuve que contenerme las ganas de darme la vuelta.
Sofia levantó una mano para saludar y Tory le dio un golpe con la carta.
—No podemos —dije, con un pinchazo de compasión recorriéndome todo el cuerpo.
No pude contener la necesidad de mirar y me encontré a Geraldine con la cara aplastada contra el cristal, con las manos alrededor de los ojos para poder ver el interior.
Yo aparté la vista y Tory miró por encima de la carta.
—Mierda.
—¿Qué? —susurré, mirando con determinación hacia delante.
—Va a entrar —se lamentó Tory con los dientes apretados.
Contuve un gruñido cuando vi entrar a Geraldine, sonriendo de oreja a oreja mientras daba saltitos por el restaurante hasta nuestra mesa.
—¡Me caigo muerta! ¿No habíais dicho que os ibais a quedar en la Órbita? —Miró entre las dos, ignorando a Sofia, con un gesto de confusión.
—Cambiamos de idea —repuse con inocencia.
—Oh. —La confusión se derritió en una sonrisa alegre—. ¿Y por qué no me habéis avisado? —Se sentó en la silla de Diego, soltando la bolsa de papel sobre la mesa—. Os van a encantar. Las acabo de encargar.
Volcó la bolsa y cayeron sobre la mesa un montón de chapas con las letras C. U. L. O. inscritas en negro. «Hostia... puta. ¿No se da cuenta de lo que pone? ¿En serio va a pasearse por el campus con una chapa de esas?».
—Son para el Consejo Universal de Líderes Originarios, ¿a que son la monda lironda? —Geraldine se inclinó sobre la mesa, enganchándole una a Sofia sin que le diera tiempo a negarse. Sofia miró la chapa con desprecio y yo tuve que ahogar la risa dándole un sorbo a mi bebida.
—Fantásticas —espetó Tory con sequedad, pero si Geraldine había captado el sarcasmo, no dejó que nos diéramos cuenta.
Se me hundió el estómago cuando Geraldine se enganchó una a la chaqueta vaquera y empezó a bailar en la silla.
«Si los Herederos las ven, las van a arrancar todas».
—Humm, Geraldine —la llamé con amabilidad, sintiendo que era mi obligación salvarla del abuso en la academia.
—¿Sí? —preguntó ella con un tono muy alegre, meneando los hombros de atrás hacia delante para que la chapa capturara la luz mientras la admiraba.
—Es que... las siglas escriben «culo».
Tory resopló una risa y escupió la bebida.
Geraldine se me quedó mirando un rato y yo no estaba segura de si estaba a punto de volverse loca. Una carcajada estalló en su garganta y me acarició el brazo.