Capítulo 15
Era nuestro primer viernes por la noche en Zodiac Academy y parecía que toda la escuela tenía planes.
Yo miraba por mi ventanal de la Torre Aer cómo los alumnos se agrupaban por el campus, charlando y riéndose mientras iban a quién sabe dónde a pasar la noche.
Probablemente a algún sitio mejor que este.
Sofia estaba sentada en mi escritorio releyendo sus apuntes de clase mientras Diego estaba apoyado contra la pared reproduciendo música deprimente en su Atlas. Tory estaba tirada en la cama, tan aburrida como yo.
—¿Por qué no podemos salir? —me quejé—. Tengo la sensación de que lo único que hacemos es evitar a los Herederos.
—Estoy de acuerdo. —Tory se incorporó con un suspiro—. Además, seguramente tendrán mejores cosas que hacer un viernes por la noche que perseguirnos, así que tampoco creo que tengamos que escondernos esta noche.
—¿Y dónde podemos ir? —rogué, dando saltitos emocionada con la idea.
—¿A la Órbita? —sugirió Sofia, levantando la vista de su Atlas.
—¿Y si salimos del campus? —sugirió Diego, apagando una melodía lúgubre que me había estado dando ganas de tirarme por la ventana desde que empezó a sonar.
—¿Salir del campus? —pregunté con mariposas en el estómago.
—¿Cómo? —se interesó Tory con los ojos brillantes.
—Tengo coche. —Diego se encogió de hombros y yo empecé a dar brincos de alegría.
—¡Sí! ¡Vamos! —Me abalancé sobre él, agarrándole la mano y tirando de él todo lo que podía para que se levantara.
Él sonrió, poniéndose de pie y colocándose bien el gorro cuando le solté los dedos. Sus ojos azules destellaban de emoción.
—Voy a por las llaves.
—Bueno, danos unos... ¿treinta minutos? —dijo Tory, poniéndose de pie de un salto y yendo a por Sofia. Le apartó la melena rubia del hombro y sonrió con complicidad—. Hora de la transformación.
—¡¿Cómo?! —chilló esta.
Yo sonreí, yéndome hacia el armario repleto de la maravillosa ropa que había pedido por internet.
Saqué unos vaqueros y unas camisetas mientras Diego sacudía la cabeza y abría la puerta.
—Más os vale que sean treinta minutos de verdad y no dos horas.
Estábamos tan emocionadas por salir que empezamos a llamar a la puerta de Diego veinte minutos después.
Tory y yo íbamos las dos en vaqueros y tacones; los suyos mucho más altos que los míos.
Yo era un pato mareado, pero la ocasión pedía talones al aire.
Además, parecía que el verano había vuelto durante una última noche antes de la llegada definitiva del otoño y quería aprovecharlo al máximo.
Era muy agradable vestir con una camisola negra ligera y el bralette de encaje después de toda la semana con el uniforme.
Tory había elegido una camisa azul oscuro ajustada al cuerpo y con un escote pronunciado.
Tenía una sonrisa en la cara que indicaba que estaba lista para la fiesta.
Sofia sonreía de oreja a oreja con una silueta increíble marcada por un vestido largo azul oscuro que le había dejado.
Llevaba puestas las manoletinas del uniforme porque no tenía zapatos de su número.
También nos había dejado que la peinásemos.
Le habíamos metido las puntas hacia dentro y sus ojos parecían incluso más grandes con el eyeliner .
Diego abrió la puerta vestido con una camisa de franela azul y unos vaqueros, sin haberse quitado el gorro, por supuesto. Sus ojos azules nos ignoraron a Tory y a mí y aterrizaron sobre Sofia. Se le levantó la comisura de los labios y la cara se le puso de un rosa intenso.
Tory y yo compartimos una mirada cómplice y empezamos a sonreír mientras Diego carraspeaba y salía al pasillo.
—Pues vámonos, chicas —concluyó, caminando delante de nosotras.
Cruzamos el campus y me empapé de los últimos rayos de sol, que se hundía cada vez más en el horizonte, proyectando tonos ámbar por todo el cielo.
Alguien nos silbó y miré por encima del hombro. Un grupo de chicos nos estaban mirando el culo.
—¡Eh, Vegas! ¿Queréis sentaros en mi trono? —gritó uno de ellos.
Tory les hizo una peineta y yo resoplé una risa, ignorándolos.
—Esta escuela está repleta de imbéciles —murmuró Diego, lanzándoles una mirada de pocos amigos por encima del hombro.
—¿Y en qué nos convierte eso a nosotros? —bromeé.
—¿En pringados? —sugirió él, y se me escapó otra risa.
—Bueno, yo prefiero ser una pringada a una imbécil. —Me encogí de hombros.
Nunca había tenido amigos en los otros colegios.
Nos habíamos mudado muchas veces cuando éramos pequeñas y me había acostumbrado a no cogerle cariño a nadie.
Siempre terminaba con un palo doble. Nuestros padres de acogida nos devolvían, nos sacaban del colegio y nos mudábamos a la siguiente ciudad.
Tory siempre lo había llevado mejor que yo.
Pero mi corazón llevaba con un candado ya muchos años y no quería acomodarse demasiado en un sitio porque sabía que me iban a sacar de ahí tarde o temprano.
Seguimos el sendero hacia la Órbita y un chillido nos anunció la llegada de Geraldine antes de que pudiera verla.
—Oh, no —me lamenté en voz baja.
—No le digas que vamos a salir —siseó Tory.
—¡Repámpanos! —Saltó sobre nosotros, con el pelo extendido como un abanico. «Un momento: ¿eso que tiene en las puntas es tinte azul?».
—¿Vais a cruzar las puertas devoradoras? —preguntó excitada—. Estaba a punto de pillar la lanzadera. ¡Podemos ir todos juntos!
—Eh..., en realidad solo vamos a la Órbita —mentí, sintiéndome un poco mal al instante.
Se fijó en nuestra ropa y en los tacones.
—Ah. Bueno, pues estáis que quitáis el hipo. ¿Y si nos vemos mañana? ¿Podemos desayunar a las siete y media con unos buenos bagels con mantequilla?
—Pues... —empezó a decir Tory, pero Geraldine agitó una mano.
—¡Tranquilas, no es ninguna molestia! ¡Mañana os veo, majestades! —Se marchó trotando por el sendero y yo suspiré.
—¿A las siete y media un sábado? —Tory resopló—. Ni de coña.
—Venga, vámonos antes de que se dé cuenta de que le hemos mentido. —Diego giró a la izquierda, rodeando el Edificio Júpiter y entrando en el Territorio de Tierra.
Nos encaminamos hacia el Bosque de los Lamentos, siguiendo un camino pavimentado hasta el límite del campus. Un destello de luz captó mi atención entre los árboles y seguimos a Diego hacia él, terminando en un claro.
El aparcamiento era de varias plantas y las paredes estaban hechas de lo que parecía una espiral de cristal que reflejaba los tonos del colorido atardecer. Vi los coches brillantes que asomaban por las ventanas abiertas sobre las paredes de cristal y me picó la emoción.
Diego escribió algo en su Atlas y la puerta de cristal se deslizó para dejarnos paso. Dentro, el aire olía a cuero nuevo y a gases de coche. El aparcamiento subía enroscándose en una espiral perfecta y pronto llegamos frente a un enorme Jeep negro con ventanas tintadas.
—Hala, ¿este es tu coche? —pregunté.
—Eh... no —dijo Diego incómodo, pasando el enorme vehículo y señalando otro.
Rodeamos el Jeep y me mordí el labio cuando vi un pequeño coche rojo destrozado delante de nosotros.
—Bueno, este también está muy bien —me apresuré a decir, intentando guardar las apariencias.
«Bien hecho, idiota».
—Al menos no tienes que preocuparte de que te lo roben. —Tory intentó no reírse, y le di un codazo en las costillas.
—Nos llevará de A a B. —Diego se encogió de hombros, pero la arruga de su frente nos indicaba lo avergonzado que estaba.
—Eso es lo que necesitamos —añadí alegremente, y Sofia asintió, acariciándole el brazo.
Él farfulló algo inaudible mientras se subía al asiento del conductor y yo me senté en el del pasajero a su lado.
Sofia y Tory se sentaron atrás y esperamos mientras Diego intentaba un par de veces que el coche arrancara.
—Si quieres, puedo echarle un vistazo al motor algún día —ofreció Tory—. Los coches no se me dan tan bien como las motos, pero...
—No pasa nada —la cortó Diego con los dientes apretados, y el motor rugió como si su vergüenza le hubiera dado vida.
Atravesamos el aparcamiento hasta la carretera que salía del campus, rodeando la base de una colina muy grande que se alzaba hacia el cielo del ocaso. Vi una enorme puerta doble de hierro a un lado con el símbolo de Tierra encima y el corazón me latió con un poco más de fuerza.
Había muchos alumnos merodeando por la casa Terra y algunos nos señalaron, riéndose al ver el coche, que hacía un ruido metálico bastante fuerte.
Apreté los labios con irritación.
—Al menos nosotros tenemos coche —murmuré, pero no pareció alegrar a Diego.
El motor protestaba conforme pisaba cada vez más el acelerador y empezamos a ganar velocidad, pero no mucha. Bajé la ventanilla para dejar que entrara la brisa de la tarde mientras el sol se despedía definitivamente bajo la línea de árboles a lo lejos.
Condujimos hacia las zonas más lejanas del campus hasta que por fin llegamos a una puerta enorme, flanqueada por una valla que se extendía por ambas direcciones. Un guardia nos asintió desde una caseta y la puerta se abrió cuando movió la mano.
Rodamos despacio hasta una carretera y sentí que se me liberaba un peso del pecho al dejar atrás Zodiac Academy. La noche de libertad me llamaba y quería aprovecharla al máximo. Sin Herederos. Es más, sin gilipollas, en general.
Aceleramos por una carretera enorme que parecía infinita, atajando por un bosque denso de pinos que se alzaban altos a cada lado de la carretera. La luna se levantaba sobre ellos, como una joya perfecta entre una cama de estrellas.
La carretera bajó de pronto empinada hacia un valle y terminaba justo donde titilaban las luces de un pueblo.
—Eso es Tucana —explicó Sofia, inclinándose hacia delante para asomar la cabeza entre los reposacabezas de los asientos delanteros—. Yo me crie justo detrás de esa colina. —Señaló el extremo más lejano del valle.
—Es precioso. —Sonreí conforme nos acercábamos cada vez más al pueblo. Luego condujimos por sus animadas calles. Había gente sentada fuera de los bares, bajo la luz ámbar de las farolas, bebiendo y comiendo.