Capítulo 14 #3
—Hemos estado buscándote —aclaró Seth—. El pobre Caleb casi se muere de hambre sin su almuerzo a la carta. Deberías haber venido rogando su perdón después de permitir que Orion te pusiera la boca encima de esa forma.
—¿Perdón? —Resoplé y deslicé la mirada hacia Caleb, que esperaba expectante.
¿De verdad creía que iba a pedirle disculpas?
—. Te puedo asegurar que no tengo ningún interés en que ningún vampiro se alimente de mí, pero si decido permitir que un hombre me ponga la boca encima, no voy a pedirte perdón por ello. No te pertenezco.
—Te equivocas —dijo Caleb sombrío—. Te reclamé, lo que te convierte en mi propiedad.
Estamos conectados. Tu responsabilidad es recordarle eso a cualquier otro vampiro inferior que intente alimentarse de ti.
Y, si no quieres aceptar eso, siempre podemos intentar marcarte como mi Fuente a la antigua usanza.
Seth se rio disimuladamente y mis cejas se arrugaron con confusión.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Hace años, los vampiros marcaban a sus Fuentes con un tatuaje en el centro de la frente.
—Se estiró para clavarme el dedo entre los ojos y me estremecí—.
Les ayudaba a evitar accidentes como tu encontronazo con Orion.
Si no puedo confiar en que avises a otros vampiros de mi reclamo, quizá debería planteármelo —reflexionó Caleb.
—Si te acercas lo más mínimo a mí con una aguja, te la pienso clavar en el puto ojo —gruñí.
—Entonces, doy por hecho que puedo confiar en que anuncies mi reclamo a cualquier vampiro que muestre algún tipo de interés, ¿verdad? —insistió este con excitación en la mirada.
—De acuerdo. Siempre y cuando descartes por completo cualquier idea de marcarme permanentemente, yo les diré a todos tus amiguitos que mi sangre está reservada. —«Al menos hasta que averigüe cómo defenderme».
—¿Eres consciente de que muchísima gente mataría por tu posición? —preguntó Seth cuando pareció percibir que mi repugnancia hacia toda esta situación no había desaparecido—. Ser la Fuente de Caleb Altair es un honor.
—Pues se lo regalo a quien lo quiera. Por favor, búscate a otra chica o chico al que chuparle la sangre y yo seguiré con lo mío. —Hice el amago de esquivarlos, pero se juntaron y me lo impidieron.
—Me perteneces. Quiero escucharte decirlo, Tory —dijo Caleb con la voz ronca—. ¿A quién perteneces?
—Que te den por culo, no te pertenezco. —Observé la mirada oscura en sus ojos durante un momento y decidí lanzarle un hueso con la esperanza de ahorrarme algo de dolor—.
Pero la barra libre de la sangre de Tory está cerrada para los demás y haré llegar el mensaje a cualquier parásito que se acerque a mí.
Caleb me sonrió y yo suspiré resignándome al rumbo de esta situación.
—Muy bien. Muérdeme, si no queda otra. —Extendí la muñeca con la ligera esperanza de que la aceptara en lugar de que me volviera a morder en el cuello.
—No es tan divertido si aceptas tan voluntariamente —se quejó Caleb.
—¿Y entonces por qué no te buscas a otra persona a la que chupar si lo que esperas son pataletas de terror? Además, te puedo asegurar que no lo hago voluntariamente, simplemente soy una persona práctica. No puedo detenerte, así que tendré que soportarlo.
—Estás haciendo que parezca muy aburrido —farfulló Caleb—. Pero tienes razón en algo. No puedes detenerme.
—Todavía —respondí con frialdad, y la palabra se quedó flotando entre los tres en el silencio de la cueva.
—Qué segura te veo —murmuró Seth al tiempo que daba un paso hacia mí.
Yo me mantuve firme pese a que cada fibra de mi ser me insistía en que saliera corriendo. El brillo verde de la cámara central de la cueva aún era visible detrás de ellos, y no pude evitar mirar en su dirección, preguntándome si conseguiría volver.
—Creo que esta Vega necesita que le recuerden a quién se enfrenta —susurró Seth pasándole a Caleb la mano por la espalda.
Los ojos azul oscuro de Caleb destellaron con excitación y me planteé pedir ayuda.
Geraldine y las demás estaban por allí con Darcy y los Herederos me habían estado esperando para aislarme de los demás antes de actuar.
Quizá el C. U. L. O. podría ayudarme a escapar de esta situación, pero dudé demasiado antes de conseguir pronunciar la palabra.
Gritar ayuda como una damisela en apuros no era propio de mí.
Quería enfrentarme a estos gilipollas y salir victoriosa, pero no sabía cómo hacerlo.
Antes de terminar de decidir cómo de importante era mi orgullo para mí, Caleb se abalanzó hacia delante y me agarró los pies. Me tiró por encima de su hombro como un saco de patatas y se adentró más en el túnel, como si no pesara nada.
Lo insulté y le pegué, intentando conseguir que me soltara mientras él corría con la velocidad antinatural de su Orden.
Caleb se paró de golpe cuando llegamos a un espacio amplio que resplandecía con una luz azul y plateada. Escuché a Seth aullar en el fondo del túnel que habíamos dejado atrás, pero la velocidad de Caleb nos había separado de él.
Caleb me dejó en el suelo con una sonrisa infantil que casi consigue hacerme creer que no era un cabrón integral. «Ignora el hoyuelo, Tory, es un capullosauro galardonado».
—Eres estúpidamente fuerte —gruñí mientras me soltaba de su mano y miraba la cueva a la que me había traído.
Estábamos en un precipicio sobre un mar de estalagmitas destellantes que parecían lo bastante afiladas como para empalar a cualquiera lo suficientemente afortunado como para caer los quince metros hasta ellas. Me aparté con cuidado del filo.
—Así es —concordó Caleb, sonriendo como si hubiera sido un halago—. Y ese es solo mi segundo mejor atributo.
—¿Cuál es el mejor? —solté automáticamente, preguntándome por qué me estaba molestando siquiera en mantener una conversación con él.
—Para enseñártelo tendría que quitarme la ropa —se jactó, bajando un tono la voz de forma sugerente y provocando que mi sangre traicionera se encendiera con deseo durante un instante.
Le miré los hombros anchos y los ojos maliciosos durante medio segundo antes de darme la vuelta, negándome a dejar que su hermosa carcasa me cegara ante su imbecilidad. «¿Por qué tengo tan mal gusto con los hombres?».
—Pues no pienso comprobar esa afirmación, entonces —solté con desdén—. ¿Por qué me has traído aquí?
—He pensado que igual te gustaban las vistas —dijo, acechándome con decisión.
Eché un vistazo a la caída vertiginosa a mi lado y me alejé un poco más.
—Sí. Preciosas, gracias. Pero debería volver a clase.
—¿No quieres mirar más de cerca? —insistió Caleb, acortando aún más la distancia entre nosotros.
—Desde aquí se ve bien —insistí, intentando mantener la voz equilibrada.
Se acercaron unos pasos a la carrera y Seth apareció por el túnel que había detrás de nosotros con un aullido que resonó en las paredes de la cueva tan fuerte que miré con preocupación las estalactitas que colgaban del techo.
—¿Te gustan las vistas, pequeña Vega? —preguntó, sacudiéndose el pelo como un perro escurriéndose el agua del pelaje.
Miré entre los dos Herederos en busca de alguna pista que me dijera que iban a dejarme en paz, pero la excitación que había entre ellos me dio entonces la respuesta.
—Creo que tiene que mirar un poco mejor —comentó Seth, dando un paso adelante.
—Sí, desde tan atrás no se aprecia bien —concordó Caleb.
«Me cago en mis muertos».
Me daba vueltas la cabeza intentando buscar una forma de salir de aquí, pero antes de que se me pudiera ocurrir una, Caleb se abalanzó sobre mí, empujándome en el pecho de tal forma que me tiró hacia el borde.
Me caí de espaldas, con un grito desgarrador mientras las rocas afiladas como cuchillas me guiñaban el ojo con la promesa de mi muerte.
Dos manos me agarraron antes de caer al vacío y el corazón me dio un vuelco mientras buscaba a tientas con los pies algo donde agarrarme en la pared del precipicio. No me subieron, sino que se empezaron a reír al verme colgada a su merced, de espaldas al fondo aterrador.
—¡Subidme! —exigí, pero sonó más a un ruego por el miedo que desprendía mi voz.
Ellos pusieron esas sonrisas idénticas de demonios atractivos y yo me agarré a sus manos con toda la fuerza que tenía mientras me sujetaban en el limbo.
—Solaria ha estado mucho mejor desde que los Vega cedieron el trono a las Familias Celestiales —gruñó Seth—. Desde que nuestros padres aceptaron el trono que el tuyo dejó frío, nuestro mundo ha sido un lugar mejor. No necesitamos que volváis y lo reclaméis. No queremos que lo hagáis.
—Nosotras no pedimos esto —jadeé, con el corazón palpitándome con fuerza ante la idea de la caída que tenía a los pies—. No lo queremos. ¡Os podéis quedar con vuestro estúpido trono y vuestro poder!
—Es una oferta muy generosa, pero no cambia los hechos —expuso Caleb en un tono que sugería que estábamos teniendo una conversación informal y que nadie estaba en peligro inminente de muerte—.
Vuestro derecho de sangre significa que el trono os pertenece, siempre y cuando demostréis que sois merecedoras de él.
Y hay gente suficiente que apoyaría vuestra reclamación como para iniciar una guerra civil por ello.
—P-pero ¡no lo queremos! —balbuceé, intentando, sin éxito, mantener la calma—. ¿Cómo es posible que alguien espere que gobernemos una nación de la que no sabemos nada? ¡Es una locura!
Pudo haber sido la luz tenue de la cámara, pero, por un instante, juraría que Caleb suavizó un poco el gesto. Me apresuré a continuar mientras hubiera la más mínima esperanza de que me estuviera escuchando.
—Escuchad, solo queremos aprender a controlar esta magia que tenemos dentro y conseguir nuestra herencia.
Ya está. Hemos crecido sin nada y sin nadie.
¡Antes de venir aquí ni siquiera sabíamos si íbamos a poder mantener un techo sobre nuestras cabezas durante el invierno!
Os juro que tenemos cero interés en reclamar ningún trono ni quitaros nada.