El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Darius me agarró por la muñeca antes de que me diera tiempo a llegar a la salida, dándome la vuelta para que lo mirara.

Se me calentó la piel debajo de la suya y se me aceleró el pulso, ya fuera por miedo o por excitación, no sabía exactamente cuál de los dos.

Aparté el brazo y él me miró con una sonrisa engreída.

—Quédate con tus mierdas, Roxy —espetó, con un tono que sugería que le estaba aburriendo—. Destrozarte la ropa fue el entretenimiento de la semana pasada. Puedo pensar algo mucho mejor que eso para la próxima vez.

Me tiró la caja de lencería a los brazos antes de marcharse con paso tranquilo de la sala como si fuera el dueño del lugar.

—¡Como siempre, ha sido un placer encontrarme contigo, gilipollas! —grité, lo bastante fuerte como para que se enterara antes de volver a por mis paquetes.

Me cargué los brazos con varias cajas y bolsas y lo llevé todo a mi habitación.

Le envié a Darcy un mensaje para decirle que se marchara a clase y que no me esperara.

Gracias a Darius, ya iba tarde para mi primera clase de Tierra Elemental e iba a tener que correr por todo el campus para llegar, siguiendo las instrucciones del Atlas con un ojo mientras tenía cuidado de no caerme con el otro.

Troté por un sendero que bordeaba el Bosque de los Lamentos antes de girar a la derecha y seguir por el lateral de una pared de roca cubierta de enredaderas y musgo.

El camino por fin me llevó a la entrada de una cueva enorme que se hundía en el suelo; dudé un momento antes de entrar.

Había unos escalones tallados en la piedra a mis pies y los bajé corriendo, siguiendo el túnel hasta que llegué al fondo.

A mi derecha estaban los vestuarios, así que entré y me encontré a todas las chicas cambiándose.

Había también una bolsa de ropa esperándome de nuevo.

Cómo no, seguía etiquetada como Roxanya, lo que me llevó instantáneamente al mote que me había puesto Darius.

Hice una nota mental para acordarme de escribirle un e-mail a la profesora Prestos cuando tuviera un momento para pedirle que lo cambiaran.

Darcy me estaba esperando en el banco, ya vestida para clase, y le farfullé un hola rápido mientras intentaba recuperar el aliento por la carrera hasta aquí.

El uniforme de la clase de Tierra era verde oscuro y consistía en un par de pantalones cortos ajustados y un top decorado con el símbolo de Tierra. El intenso calor que hacía en la cueva era el motivo de la escasez de tela. Fui hacia la salida para descubrir en qué consistiría esta clase.

—¡Las de primero, vengan aquí! —avisó una voz suave.

Me acerqué a las chicas que estaban al fondo del vestuario, estirando el cuello para mirar a la profesora.

Era una mujer bajita con el pelo castaño en un corte pixie y unos ojos muy grandes que casi le daban un aspecto frágil, como una niña—.

Soy la profesora Rockford y les enseñaré a utilizar su Elemento Tierra.

Para la clase de hoy les voy a encargar un trabajo muy específico.

Solo quiero que exploren la cueva y que dejen que su magia haga lo que le venga de forma natural.

Yo les observaré y asistiré, pero no hay una manera correcta o incorrecta de canalizar el poder de la Tierra.

Por su propia naturaleza, nuestra magia crece como una planta, por lo que la mejor forma de aprender a canalizarla es fluir.

Empiecen cuando estén preparadas, a ver qué tienen dentro.

—Sonrió alentadoramente mientras abría la puerta y me quedé detrás del grupo de chicas mientras entraban en la clase.

Una enorme caverna se abrió sobre mi cabeza al salir y no pude evitar quedarme mirando con admiración el techo abovedado. Habían tallado unos diseños muy elaborados en cada centímetro de piedra y por todo el espacio colgaban esferas de luz verdes y amarillas.

De la cámara central salían más cuevas y túneles y me fijé en las líneas de metales preciosos y gemas que brillaban por las paredes.

—Guau —dijo Darcy en voz baja junto a mí. Me giré hacia ella con una sonrisa en la cara.

—Puede que esta gente esté chalada, pero desde luego saben cómo hacer que la escuela sea interesante —comenté mientras empezábamos a andar hacia el otro lado de la cueva bajo el brillo de las luces verdes.

—¡Recórcholis! ¡Sus majestades! —La voz de Geraldine llegó a mis oídos, y contuve un suspiro mientras me daba la vuelta para mirarla. Iba flanqueada por otras seis miembros del C. U. L. O., todas con esa mirada espeluznante que se reservaban solo para nosotras.

Agacharon la cabeza todas a la vez y yo intercambié una mirada incómoda con Darcy.

—Ya os hemos dicho que no hagáis eso —les recordó Darcy entre dientes.

—Solo queremos mostrar nuestro respeto ante las auténticas Herederas —aclaró Geraldine con orgullo, sacando pecho.

Se había hecho un eyeliner negro que se parecía sospechosamente a la forma en la que yo me hacía el mío, aunque el de ella era demasiado grueso.

Y lo había combinado con un pintalabios rosa palo, como el que le gustaba a Darcy, que no le quedaba demasiado bien.

—Bueno, pues como vuestras reinas legítimas, o lo que sea, os pedimos que dejéis de hacerlo —aseveré con firmeza, mirando a mi alrededor para ver cuánta gente había visto su pequeño gesto de devoción.

Había unas cuantas chicas cuchicheando en el otro extremo de la cueva y mirando hacia nosotras, pero, afortunadamente, nadie más parecía estar prestándonos demasiada atención.

—Siento mucho si la he incomodado, su maj...

—No me llames así —interrumpí antes de que Geraldine pudiera terminar la frase.

Me había criado en casas de acogida en los peores barrios de la ciudad.

Nunca había soñado con ser princesa como las otras niñas que se disfrazaban de Cenicienta con tiaras de plástico mientras daban saltos por el centro comercial.

Mis sueños siempre habían contenido mucha más grasa y aceite y carreteras despejadas que me llevaran hasta la libertad.

Incluso de pequeña, siempre me había gustado más ver carreras que películas Disney.

—Es verdad. Lo siento, su... Tory —se disculpó, bajando la cabeza como si la hubiera fustigado. Sabía que solo intentaba ser amable, pero no quería tener un club de fans.

Miré a Darcy en busca de ayuda, siempre había sido la más diplomática.

Mis palabras salieron corriendo con la velocidad de unas gacelas desquiciadas.

Tendía a hablar primero y pensar después, y empezaba a tener la sensación de que esa impulsividad no era la mejor forma de dirigirse a nuestro club de fans.

—Simplemente no queremos que se nos mire de forma diferente a cualquiera de vosotras —explicó Darcy, salvándome—. No queremos tener seguidores.

—Oh. —A Geraldine se le hundió el gesto y, por un momento, pensé que iba a romper a llorar en cualquier momento. Darcy cedió ante la mirada de cordero degollado y ofreció a regañadientes una ramita de olivo.

—Pero ¿y si somos amigas? —propuso Darcy con una sonrisa tierna.

Si una niña se despertara la mañana de Navidad y viera que Papá Noel le ha dejado su resort Disney personal además de unos conejitos parlanchines, su cara no se habría iluminado tanto como la de Geraldine ante semejante sugerencia.

—Me haría increíblemente feliz que se me considerara como candidata para ser vuestra amiga —dijo atropelladamente, corriendo para abrazar a mi hermana. Darcy le dio palmaditas en la espalda un poco incómoda y yo intenté contener la risa, aunque no pude.

—Perfecto —añadí yo con una sonrisa falsa—. Ahora que somos todas amigas, voy a ir a explorar un poco.

Me retiré del círculo mientras el resto del grupo insistía en unirse a la maratón de abrazos y sonreí a Darcy al verla atrapada en el centro. Ella puso los ojos en blanco, pero tenía una expresión divertida, así que sabía perfectamente que me perdonaría por abandonarla con las masas.

Crucé la cueva y dejé que mi magia emergiera a la superficie de mi piel, intentando hacer lo que había sugerido la profesora Rockford y darle la oportunidad de que eligiera en qué quería convertirse.

Uno de los túneles captó mi atención al pasar y percibí una sensación de calor irradiando de él, así que entré para explorarlo.

Aquí abajo estaba más oscuro que en la cámara principal porque las luces se habían reducido a unos pequeños puntitos azules que titilaban intermitentemente por el techo alto.

Seguí el camino y el calor era cada vez más intenso a medida que avanzaba y la magia se alzó en mi pecho como si se estuviera empapando de ese calor.

Una mano me agarró del hombro y me estremecí cuando Seth Capella introdujo la cara entre mi pelo, inhalando con intensidad.

—¿Dónde te has estado escondiendo, pequeña Vega? —preguntó, con el brazo que me rodeaba cada vez más fuerte, aunque yo intentara soltarme.

—Creo que ya ha quedado claro que no soy de tu Orden —gruñí mientras lo empujaba con más firmeza—. Así que ¿por qué no dejas ya de ser tan sobón conmigo?

—Oye, que podría tomarme eso como una ofensa —dijo, agarrándome la mano con la que lo estaba empujando y entrelazando brevemente los dedos entre los míos—. Ridiculizar una Orden no está bien.

Me deshice de sus dedos y conseguí soltarme la muñeca mientras lo miraba con el ceño fruncido bajo luz tenue.

—No estoy ridiculizando nada. Simplemente prefiero que nadie toque mi cuerpo a no ser que sea yo la que decida compartirlo.

—¿Eso es una proposición? —sugirió Caleb arrastrando las palabras detrás de mí, y no pude esconder el escalofrío que me bajó por el brazo.

—No —solté, apartándome para dejar de estar atrapada entre los dos Herederos.

Ellos se pusieron uno junto al otro, Seth rozando el brazo con el de Caleb mientras los dos me miraban imponentes.

—¿Qué queréis? —quise saber, dando un paso tentativo hacia atrás.