Capítulo 14
Evitar a los Herederos durante un día entero me había puesto de muy buen humor y, aunque esta mañana me había supuesto una tortura levantarme de la cama a las cinco y media para asegurarme de que escapaba de cualquier toque de atención que hubieran planeado, me sentía bastante bien al respecto.
Por supuesto, todo esto iba a acabar hoy porque tenía mi primera clase de Tierra Elemental y tendría que soportar la compañía de Seth y Caleb.
No había hablado con Caleb desde que ayer irrumpió en la clase de Magia Cardinal, agredió a mi profesor y me marcó como si fuera un perro y yo su farola favorita.
Se había cabreado muchísimo y yo estaba bastante nerviosa por cómo podría ser nuestra interacción cuando me viera obligada a compartir espacio con él de nuevo.
Tenía la esperanza de que la separación de los de primero con el profesor me proporcionara un poco de seguridad de los Herederos, pero me había resignado a que me mordiera igualmente.
Mientras tanto, tenía que hacer un recado y evitar la Órbita durante la hora punta del desayuno, lo que significaba que al menos estaba retrasando un poco más lo inevitable.
Me había despertado con las tonterías usuales del horóscopo, que decía algo de invocar la ira de un tauro y un acuario, pero no tardé en ignorarlo a favor de un mensaje mucho más excitante debajo de la notificación.
Mi pedido online había llegado, lo que significaba que estaba a punto de recuperar un trocito de mí en forma de ropa.
Estaba más que harta de pasarme todo mi tiempo libre con el chándal de la escuela o con el uniforme, ya iba siendo hora de usar una ropa que de verdad reflejara quién era.
Puse rumbo a las Oficinas Plutón, donde trabajaban todos los administrativos que organizaban las cosas de la escuela. Supuse que el correo de los alumnos se enviaba por pedos de unicornio o lo que fuera su versión de correos.
Las filas y filas de estanterías llenas de cartas y paquetes llegaban hasta el techo de una sala tan alta que debería medir lo mismo que un edificio de tres plantas.
Doblé el cuello hacia atrás, preguntándome cómo narices iba a encontrar mi paquete entre todo lo que había.
No seguían ningún sistema de etiquetado y el chico en el mostrador no me había sido de ninguna ayuda, simplemente me había señalado esta habitación con un dedo sin ni siquiera molestarse en decir hola.
—Si de verdad crees que es necesario, vale. Pero te aseguro que está todo controlado.
Me di la vuelta al escuchar esa voz, maldiciendo mi suerte mientras me preparaba para lo que fuera que pasara ahora.
La puerta se abrió y Darius me miró con un ligero brillo de sorpresa en los ojos mientras escuchaba a quien estuviera al otro lado de la llamada.
No lo había visto desde que lo seguí por el bosque la otra noche y tuve que preguntarme si estaba cara a cara con mi posible asesino.
Se me aceleró el pulso y busqué la salida con la mirada, sin saber muy bien si debía intentar salir corriendo.
—Como quieras —añadió, todavía pendiente de la llamada, pero con los ojos fijos en mí. Me planteé la idea de salir de la habitación mientras él seguía ocupado, pero todavía no había recogido mis paquetes y me negaba a salir por patas cada vez que me encontrase con él o con alguno de sus amigos.
—Yo me encargo. ¿Está Xavier ahí? ¿Hola?
—Darius miró su Atlas antes de soltar una respiración irritada y meterse el auricular en el bolsillo de atrás.
Me pregunté quién tendría el valor de colgarle y le aplaudí mentalmente por haber provocado que se le torciera la cara con ese fruncido en el ceño.
O lo hice, al menos, hasta que me di cuenta de lo directo que venía hacia mí.
—Termina cuanto antes, por favor —pedí con un suspiro. No tenía ningún sentido intentar huir y mi progreso con la magia apenas había empezado, así que pelear también estaba descartado.
—¿Has estado escondida aquí? —preguntó, ignorando lo que le había dicho mientras escribía algo en su Atlas.
—¿Cómo que «escondida»? —pregunté fingiendo inocencia.
Me daba rabia haber estado evitándolos en lugar de enfrentarme a ellos, pero no había estado perdiendo el tiempo.
Había devorado todo lo que la profesora Prestos me había enviado sobre Extorsión y Protección, y había dedicado cada minuto libre que había tenido a intentar crear mis defensas.
Si había una posibilidad real de que Darius y Orion fueran detrás de Darcy y de mí, tenía la intención de prepararme todo lo humanamente posible para enfrentarme a ellos.
Aunque, ahora que estaba cara a cara con el chico que sospechaba que estaba planeando matarme, empezaba a dudar de que ese fuera el caso.
Aquí me encontraba, sola a su merced, y lo único que había hecho había sido burlarse de mí.
No me parecía un comportamiento de un asesino en serie.
Pero, claro, quizá intentar asesinar a alguien a plena luz de día tampoco era el movimiento más inteligente.
—No te he visto ni en la casa ni en la Órbita desde el martes —respondió Darius, recorriéndome todo el cuerpo con la mirada antes de volver a su Atlas.
—No sabía que estabas tan obsesionado conmigo —repliqué—. ¿Tengo que consultar contigo todos mis movimientos? ¿O simplemente estás decepcionado porque tu astuto plan de pillarme por sorpresa con tus amiguitos ayer al despertarme se vio truncado?
Darius me miró sorprendido a los ojos y yo le ofrecí una sonrisa insolente.
—¿Cómo te has enterado de eso? —preguntó, sin preocuparse siquiera por negarlo.
—Estoy acostumbrada a cuidarme sola. No todos nos hemos criado con el salvavidas del dinero de papá.
—No tienes ni puta idea de quién es mi padre ni de cómo me he criado —gruñó Darius dando un paso hacia mí.
El corazón me dio un vuelco y me golpeó el deseo de salir corriendo lo más rápido y lejos que mis piernas me permitieran, pero me obligué a sostenerle la mirada, levantando la barbilla mientras lo observaba sin parpadear.
—Igual que tú no tienes ni puta idea sobre mí —respondí—.
He conocido a cabrones mucho más crueles que vosotros cuatro y he salido ilesa.
Y he aprendido alguna que otra cosa sobre cómo funcionáis los de tu calaña; no sois muy originales.
Y no me dais miedo —aseguré, con un tono milagrosamente equilibrado pese a mi pulso acelerado.
Era mentira y estaba bastante segura de que los dos lo sabíamos.
Sí, había tenido que lidiar con bastantes gilipollas y motoristas con complejo de superioridad, pero no creía que alguno de ellos se acercara lo más mínimo a los Herederos ni en fuerza ni en brutalidad.
Darius me estudió durante otro segundo antes de soltar una risa suspirada.
—Le echas huevos, eso no te lo voy a negar —murmuró, antes de volver a bajar la vista a su Atlas y darle a un botón.
Las estanterías delante de mí empezaron de pronto a moverse y miré alucinada cómo se desplazaban de izquierda a derecha, de arriba abajo, haciendo sitio para que un compartimento que había estado casi en el techo bajara hasta nosotros.
El movimiento terminó de pronto y Darius dio un paso adelante para recoger los artículos sobre la balda.
Ojeó un puñado de sobres y se los metió en el bolsillo de su chaqueta.
Se dio la vuelta hacia la puerta sin hacer nada más y di las gracias por que tuviera demasiada prisa como para tocarme las narices.
Miré otra vez las estanterías que tenía delante, frunciendo el ceño con confusión y sacando mi Atlas del bolso para intentar averiguar cómo había conseguido que se le presentaran sus paquetes ante él.
Darius suspiró con pesadumbre y me quitó el Atlas de las manos.
Lo miré impactada, haciendo amago de quitárselo, pero él me ignoró, abrió una aplicación en la tercera página y seleccionó «Recogida de correo» en una lista de opciones.
Me cogió la mano y la calidez de su piel me sorprendió casi tanto como el hecho de que su tacto fuera amable.
Mi corazón, el muy traidor, se estremeció por el gesto e intenté evitar que mis ojos repasaran las líneas de su mandíbula y sus labios, pero fracasé estrepitosamente. Era demasiado agradable de mirar, «joder».
—Hace falta tu huella dactilar —me explicó con voz grave cuando vio que intentaba resistirme a sus indicaciones. Me relajé y dejé que me presionara el pulgar en la pantalla y las estanterías sobre nosotros volvieron a moverse de nuevo.
Darius me soltó, lanzándome el Atlas, que tuve que coger al vuelo antes de que se cayera al suelo. Se paró delante de nosotros un compartimento muy grande, repleto de un montón de bolsas y cajas llenas de ropa para mí y para Darcy.
—Gracias —murmuré mientras me volvía a guardar el Atlas en el bolso y me adelantaba para recoger mi compra.
Darius fue más rápido y cogió una caja de encima del montón que estaba decorada con el eslogan de una marca de lencería.
—¿Quieres quemarme más ropa? —pregunté, pensando si estaría a punto de ver arder todo lo que acababa de comprarme.
—Podrías convencerme para que no lo hiciera —respondió, con la boca retorcida y provocando que mi corazón diera un vuelco. No tenía ni idea de lo que me iba a pedir, pero sabía perfectamente cuál iba a ser la respuesta. No pensaba seguirle el juego.
—Mira, haz lo que te dé la gana. No puedo impedírtelo. —Me crucé de brazos y esperé a que se cansara. No iba a rogarle.
—Me estás cortando todo el rollo, lo sabes, ¿verdad? —preguntó—. ¿Y si me haces un desfile de moda con los contenidos de esta caja y yo dejo que te quedes con tu armario nuevo?
Puse los ojos en blanco y me di la vuelta para salir de allí, abandonando mi ropa nueva y resignándome a hacer otro pedido. Menos mal que la paga mensual era ridículamente generosa y no corría el riesgo de quedarme sin dinero en un futuro próximo.