Capítulo 12 #3
Troté con cuidado para alcanzarlo, siguiendo el sendero mientras él se alejaba de mí.
Sus zancadas largas y el deseo evidente de llegar a su destino significaban que se movía muy rápido, pero también que no iba a comprobar si alguien lo seguía.
Un error de principiante. Regla número uno de donde yo vengo: comprueba siempre que nadie te pisa los talones.
Ya sea un poli u otro ladrón con la esperanza de llevarse tu botín, nunca se es demasiado precavida.
Me acerqué un poco más, ocultándome entre los árboles cuando estaba a unos seis metros de él. Estaba demasiado expuesta en el camino en caso de que mirara hacia atrás y no tenía ningún interés en provocar la ira de Darius Acrux.
Nunca había estado en esta parte del campus y no tenía ni idea de dónde estábamos.
Sabía que nos habíamos adentrado mucho en el Territorio de Tierra, pero no veía nada más que árboles.
Entonces pensé que, sin mi Atlas y sin ninguna otra persona a la vista, podría terminar perdida en este bosque esta noche.
Ignoré ese pensamiento y lo obligué a salir de mi cabeza.
«Ya es un poco tarde para pensar eso, Tory».
Cuando llegó a las lindes del Bosque de los Lamentos, dudó un instante delante de un extenso claro y yo me moví entre los árboles para intentar ver mejor qué había ahí fuera.
Darius se irguió de pronto, girándose para volver a mirar hacia la espesura y yo me aplasté contra un tronco justo cuando su mirada barrió la zona de mi escondite.
Tenía el corazón acelerado, pero la respiración regular. Ahora necesitaba mantener a raya mis nervios más que nunca. Cuando sabías que alguien te había pillado, tu cuerpo siempre trataría de insistirte en que hicieras algo, pero la única solución en esta situación era una total y completa inacción.
Me quedé inmóvil y la magia se enroscó dentro de mí como un ser viviente, mientras él intentaba verme en la oscuridad.
Quizá había notado mis ojos mirándolo, pero no tenía forma de asegurarse.
Nueve de cada diez veces, este era el momento en el que ignoraría esa sensación extraña pensando que era paranoia y continuaría.
Lo que me preocupaba era esa una de cada diez.
Alguien con el instinto correcto me pillaría.
No obstante, tenía la sensación de que Darius era lo bastante arrogante como para pensar que nadie se atrevería a seguirlo como estaba haciendo yo.
Pero yo tampoco me había dejado llevar nunca por el miedo. ¿Tenía miedo? Ya te digo. ¿Me iba a dar la vuelta? Ni de coña.
Darius se dio la vuelta y entró en el claro más allá de los árboles. Yo me acerqué despacio, corriendo de árbol a árbol y utilizando las oscuras sombras para ocultarme.
Cruzó el claro y se acercó a un complejo vallado de apartamentos con una piscina enorme al frente. Había un cartel clavado en la hierba a unos metros de los árboles y entrecerré los ojos para leerlo bajo la luz de la luna.
El Asteroide.
Residencia exclusiva del profesorado.
Prohibida la presencia de alumnos a cualquier hora.
Quien no cumpla con esta norma se enfrentará a graves consecuencias.
Mi interés aumentó cuando Darius se acercó aún más al complejo antes de rodearlo por la verja de hierro a la derecha. Lo que fuera que estaba haciendo era turbio y sospechoso, y parecía que tenía que ver con algún profesor.
Apareció en mi mente la profesora Prestos en todo su esplendor.
Entonces me pregunté si lo había seguido hasta aquí solo para ser testigo de algún tipo de relación sórdida.
Desde luego, ella era bastante atractiva y, si algún alumno iba a llamar la atención de algún profesor, desde luego ese era Darius Acrux y su perfección escabrosa y poco natural.
Aunque tampoco me había fijado demasiado.
Sin embargo, al recordar la conversación que había escuchado, supe que no podía ser. Quienquiera que hubiera venido a ver aquí no quería verlo en realidad. Y sus asuntos no parecían nada divertidos.
Alcé la vista a la luna, deseando que se tomara un descanso de su posición en el cielo despejado sobre mí, y salí corriendo al claro. Llegué hasta la verja y perseguí a Darius. La hierba suave que se doblaba bajo mis pies amortiguaba mis pasos.
Continué, preguntándome cómo pensaba entrar en el complejo antes de darme cuenta de que había llegado a una zona de la verja que alguien había derretido para abrir un agujero lo bastante grande como para que cupiese yo.
«Qué sutil, Darius».
Entré con cuidado de evitar el hierro fundido que seguía reluciendo al rojo vivo por el calor que él había creado para destruirlo.
Durante un momento, me quedé paralizada sin saber muy bien hacia dónde ir, hasta que el sonido de unas voces enfadadas me llevó hasta la parte de atrás de unas casas a mi derecha.
Conforme me acercaba, me obligué a ir más despacio, presionando la espalda al frío muro de piedra mientras me deslizaba por un callejón estrecho y me escondía detrás de un seto.
—¡Te he dicho que no vinieras! —gruñó Orion, al tiempo que se plantaba delante de Darius y lo agarraba por la camisa gris, arrugando la tela en el puño—. ¡Como te vea alguien...!
—Creo que te olvidas de con quién estás hablando, «profesor» —dijo Darius con desdén, empujando a Orion en el pecho con tanta fuerza que se tambaleó hacia atrás y se vio obligado a soltarlo.
Se miraron furiosos durante unos segundos mientras la promesa de llegar a las manos flotaba en el aire frío un instante.
—Ya sabes lo importante que es esto para mí —intervino Orion más relajado—, pero no quiero que lo fastidiemos estando tan cerca.