Capítulo 11 #3
Le dio la vuelta y la Sacerdotisa volvió a mirarnos fijamente. Tory se estremeció, soltándola en la mesa y alejándola de ella.
—Pues alguien nos está mintiendo —susurré, y Tory asintió. Le brillaron los ojos cuando por fin empezó a creer en el arte del Tarot.
Tory y yo nos fuimos hacia la Pradera de los Alaridos, siguiendo las indicaciones en mi Atlas para nuestra clase de Potenciación de Orden con los Licántropos. Sofia se marchó con el grupo de pegasos y a Diego lo enviaron con los grifos para ver si ellos podían sacar su Orden.
Mientras recorríamos el camino en el Territorio de Aire, el olor a mar nos embriagó y el romper de las olas al otro lado del acantilado me calmó la ansiedad.
La clase de Tarot me había dado muy mal rollo, pero ahora que por fin habíamos salido de esa aula tan fría y el sol me ardía en la espalda no me resultaba tan aterradora.
Probablemente, más de la mitad de los alumnos de Zodiac nos ocultara algo.
Sobre todo, los Herederos, que no querían que nos acercáramos a su preciado trono.
Atajamos por una esquina del Bosque de los Lamentos y salimos a la extensa pradera donde había sido nuestro Despertar.
Las flores amarillas y moradas se mecían bajo una suave brisa y el césped, que nos llegaba casi hasta las rodillas, marcaba el camino hasta un grupo de unos ciento cincuenta alumnos.
Muchos de ellos estaban aullando, saltando o peleando en la hierba.
—No sé por qué tenemos que hacer esto —escupió Tory apretando los labios—. Ya sé que no soy una perra.
Yo asentí completamente de acuerdo.
«No soy como Seth».
—¡Muy bien! —ladró la profesora desde el centro del grupo. Todos los alumnos se colocaron en círculo a su alrededor, algunos de ellos trotando emocionados.
Corrimos para unirnos al grupo y la profesora nos indicó que nos acercáramos más. Tenía una coleta larga y oscura, la piel marrón y una gran sonrisa. Nos cogió a las dos por un brazo y nos llevó junto a ella, acariciándonos inmediatamente el pelo.
—Estas son nuestras nuevas cachorritas, cuídenlas bien. Están intentando averiguar de qué Orden son, así que no se transformen demasiado cerca de ellas, no las muerdan ni arañen y no sean idiotas, ¿entendido?
Los alumnos chillaron y aullaron; entre todos ellos vi a Seth mirándonos con una expresión maliciosa que hizo que se me encogiera el estómago.
—Soy la profesora Canis. —Se inclinó hacia Tory y respiró con profundidad—. No sea tímida —dijo cuando Tory se apartó.
—No soy tímida, es que ha sobrepasado tanto mis límites personales que ya ni los veo. —Se apartó y la profesora soltó una carcajada muy sonora. Luego nos empujó hacia delante para que fuéramos con el resto de nuestros compañeros.
—¿No tenemos, no sé... una programación de la clase o algo así? —pregunté, pero su respuesta fue quitarse la camisa.
«¿Qué cojones hace?».
—No hay ninguna programación —dijo alegremente. En ese momento, lo único que podía mirar era su sujetador rosa neón—. Solo correr libremente.
—Joder —maldijo Tory en voz baja mientras todo el mundo a nuestro alrededor empezaba a desnudarse.
—¿Qué está pasando? —Me fijé en Seth justo cuando se estaba quitando la camisa y el sol le brillaba en los músculos fuertes de su cuerpo. Parecía la tentación personificada, con ese vientre plano y la V marcando un camino más allá de la cintura del pantalón.
Sentí un calor en las mejillas cuando más de cien alumnos se quitaron los pantalones. Me tapé los ojos cuando ya había visto mucho más de lo necesario de mis compañeros y profesora.
Seth tenía el pantalón desabrochado a la altura de las caderas. Se llevó las manos alrededor de la boca y empezó a aullar al cielo. Todos los que estaban allí, menos Tory y yo, se apuntaron al coro con un ruido que me resonaba contra el cráneo.
Seth se quitó los pantalones y los calzoncillos, dándose la vuelta un segundo antes de ofrecernos un vistazo involuntario. Tory empezó a reírse y yo sacudí la cabeza mientras se me escapaba también una risa burbujeante.
Seth empezó a correr colina abajo y lo siguieron ciento cincuenta alumnos.
El Heredero dio un salto hacia delante en un movimiento repentino y todo su cuerpo se transformó al ritmo del salto.
Se le cubrió la piel de pelo blanco, le salieron unas orejas peludas, una cola y cuatro enormes patas golpearon el suelo cuando cayó.
Me quedé boquiabierta y se me aceleró el pulso ante semejante visión.
Detrás de él, todos los demás empezaron a transformarse como en un efecto dominó, convirtiéndose todos en lobos enormes, al menos el doble de grandes que un animal normal.
El miedo y la emoción me golpeaban a partes iguales el pecho mientras observaba aquella demostración increíble.
La enorme masa empezó a separarse en manadas, dividiéndose por la pradera y corriendo hacia los árboles que la rodeaban. Solo había unos cuantos lobos blancos y Seth era el más grande de todos; podría haberme quedado mirándolo solo a él todo el tiempo.
Lideró a un grupo de nueve hasta el Bosque de los Lamentos, moviéndose como el viento mientras daba vueltas con las orejas aplastadas contra la cabeza. El suelo tembló cuando las diez gigantescas bestias saltaron hacia nosotras lideradas por la bestia de blanco puro al frente.
Tory y yo retrocedimos y levanté las manos por puro instinto mientras intentaba invocar algún poder, pero Seth se detuvo en seco antes de que me hiciera falta intentar defenderme.
Gimoteó ligeramente, acercándose a mí, mirándome a los ojos con su enorme tamaño.
Chocó el morro húmedo contra mi mejilla y luego le hizo lo mismo a Tory.
Ella estiró el brazo, tentativa, y le rozó las orejas con los dedos.
Él le frotó la nariz con tanta fuerza que Tory se cayó de culo y ella se rio mientras yo la ayudaba a levantarse.
En ese momento, dejé de lado el hecho de que era un Heredero, demasiado fascinada por su hermosa transformación y la mirada acogedora de sus ojos lobunos.
La magia de este lugar y de los alumnos que había en él era demasiado bella como para ignorarla.
Y deseé más que nada saber cuál era mi Orden.
De pronto, Seth se tumbó en el suelo, girando la cabeza para señalarse la espalda.
«Al menos Seth no puede hablar siendo lobo. ¿Por qué no?».
Le pasé la mano por el cuello aterciopelado y le pasé una pierna sobre los hombros, sin apoyar todo mi peso hasta que estuve segura de que era eso lo que me había propuesto. Al ver que no reaccionaba, me acomodé, abrazándolo con ambos brazos y agarrándome con fuerza a su pelaje.
Tory fue a subirse detrás de mí, pero otro macho negro se tumbó al lado de Seth y le ladró para animarla a hacer lo mismo que yo. Ella se mordió el labio y se subió a su lomo.
—Esto es de locos. —Me reí cuando Seth se levantó y me dio un vuelco el estómago.
Me agarré con todas mis fuerzas y dirigió la nariz hacia los árboles más lejanos. Echó la cabeza hacia atrás, aullando tan fuerte que me estremecí, y luego se abalanzó hacia delante a toda velocidad.
Yo chillaba mientras el viento me soplaba en el pelo y casi se me sueltan las manos del pelaje suave como la seda. Apreté más las rodillas a su alrededor, echándome un poco hacia atrás mientras me sujetaba.
Se me escapó una carcajada y chillé por la adrenalina que me corría por las venas.
Seth saltó hacia el Bosque de los Lamentos, atravesando los árboles por un largo sendero.
Luego giró hacia la parte más densa del bosque y tuve que agachar la cabeza para evitar chocarme con las ramas más bajas.
Escuché el ruido de unas pezuñas pesadas detrás de mí y miré hacia atrás por encima del hombro.
Vi a Tory con una sonrisa de oreja a oreja agarrada con fuerza al lobo sobre el que iba subida.
Un coro de aullidos sonó desde las demás manadas a través del bosque y se me aceleró el corazón cuando uno de ellos se interpuso en nuestro camino, obligando a Seth a dar un giro brusco a la izquierda.
Los árboles pasaban por mi lado en un borrón verde y pronto estuvimos en las profundidades del bosque, donde no creía que hubiese llegado sin la ayuda de los lobos.