El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 10 #3
42%

Capítulo 10 #3

Cuando llegué a la enorme cúpula de bronce, busqué a mi alrededor hasta que encontré a mi hermana sentada en la mesa que había en el centro.

Estaba a la izquierda de la enorme hoguera y el sofá rojo favorito de los Herederos estaba a la derecha.

Durante un instante me pregunté por qué había elegido ese sitio, luego me fijé en la chica del C. U. L. O. sentada a su lado.

Darcy puso una sonrisa cómplice cuando me vio llegar y su energía mañanera fue un bonito recuerdo de los desayunos que siempre habíamos compartido. Me hizo un gesto para que fuera con ella y serpenteé entre los sofás y las mesas que ocupaban el espacio circular.

Sofia y Diego estaban con ella, este último con el gorro habitual. No entendía por qué le dejaban que se lo pusiera con el uniforme pijo.

La chica del C. U. L. O. se puso muy contenta al verme llegar y, de pronto, toda la gente a mi alrededor se empezó a levantar de sus asientos, haciendo rechinar las sillas contra el suelo.

Me quedé paralizada detrás del asiento, enfrente de mi hermana, con el ceño fruncido ante el grupo de unos treinta alumnos que ahora estaban de pie, observándome.

Ninguno parecía dispuesto a hacer nada más que mirarme fijamente y me dejé caer despacio en mi silla, mirando a Darcy en busca de una explicación.

En cuanto mi culo tocó el asiento, los espectadores también se sentaron.

—Pero ¿qué...?

—Soy Geraldine Grus —se presentó la chica alta, bajando la cabeza mientras hacía por agarrarme la mano por encima de la mesa—. Y es todo un honor conocerla, reina Roxanya.

Aparté la mano antes de que me la cogiera.

—Ni de coña —empecé a decir, pero ella me interrumpió de nuevo.

—El Consejo Universal de Líderes Originarios solo quiere asegurarse de que recibe el respeto y la cortesía que merece durante su vuelta al mundo Fae —explicó con una voz bastante remilgada y formal para su complexión musculada que podría dejar en ridículo a más de un hombre—.

Si necesita cualquier cosa, solo tiene que pedirlo.

—Ya. —Puse una sonrisa tensa y luego miré a Darcy con una ceja arqueada.

Mi hermana me sonrió con complicidad y empujó hacia mí el plato de comida que me había cogido. Estaba lleno de cruasanes y fruta. Fui a por él con un gruñido de deseo. Decidí ignorar la compañía actual a favor de engullir toda mi comida.

—No sé si te digo lo bastante a menudo cuánto te quiero, Darcy —solté.

Su sonrisa creció, empujando también una taza de café hacia mí. Yo la agarré y la olfateé, suspirando de completa felicidad.

—Sabes que haces sonidos sexuales con la comida, ¿verdad? —intervino Sofia.

—Qué va —respondí mientras soltaba la taza y me llevaba un dulce a la boca—. En la cama soy muchísimo más escandalosa.

Diego escupió el café y Darcy soltó una carcajada. Geraldine parecía estar entre escandalizada y sonriente, pero mi opinión de ella mejoró ligeramente cuando se rio con disimulo.

—Demasiada información, Tory —replicó Diego con asco una vez que se hubo recuperado. Yo me reí.

—Podemos poner a prueba esa afirmación, si te apetece —dijo una voz detrás de mí, y Sofia miró por encima de mi hombro con los ojos como platos.

Antes de que me diera tiempo a darme la vuelta para mirarlo, Caleb me puso la mano en el hombro, subiéndome los dedos por el cuello.

Me aparté con un brinco y lo miré con el ceño fruncido.

—A ver si lo adivino, ¿la sanguijuela también ha venido a desayunar? —gruñí, intentando hacerle frente pese al cosquilleo de miedo que me había provocado su tacto. Un murmullo tenso recorrió el grupo del C. U. L. O. a mi alrededor, pero no parecían estar muy dispuestos a discutir con el Heredero.

—Tentador. —Caleb me apartó el pelo del hombro con delicadeza y yo ignoré deliberadamente el escalofrío que bailaba sobre mi piel con la caricia de sus dedos.

Se agachó y yo me negué a apartarme cuando sus labios me rozaron el cuello e inhaló con fuerza.

No tenía sentido resistirme, aunque eso fuera lo que más quisiera hacer, lo único que iba a conseguir era que me sujetara en el suelo delante de todo el mundo otra vez.

Anoche, mientras le daba vueltas a esta situación, decidí que iba a soportar que me mordiera hasta que averiguara la forma de impedírselo.

Hasta ese momento, correr o intentar oponerme solo me haría quedar como una estúpida.

—Pero todavía estoy lleno de ayer —susurró, y me dio un beso. Me estremecí por ese gesto tan extrañamente íntimo y me giré para lanzarle una mirada de asco mientras él se quedaba quieto a tan solo unos centímetros de mí.

—Simplemente no quería que pensaras que me he olvidado de ti —ronroneó, dándome unas palmaditas en el cuello como si fuera su mascota—. Guárdamela calentita. Os dejo que sigáis comiendo, marginados.

Caleb se marchó y todos suspiramos aliviados.

—Pensaba que iba a volcar nuestra mesa o algo así —murmuró Darcy mientras observábamos a Caleb serpentear entre el espacio abarrotado. Todo el mundo se apartaba de él. Algunos incluso agachaban la cabeza con sumisión. ¿A qué coño venía eso?

—No creo que ese sea su estilo —farfullé—. Solo quiere que le tengamos miedo. Recordarnos que estamos a su merced.

—Pues ojalá tengamos la oportunidad de hacer con su cepillo de dientes lo que hicimos con el de Pete —sugirió Darcy, y resoplé con una risa.

—¿Qué significa eso? —preguntó Diego. Sofia y él prácticamente se habían encogido en la sombra cuando llegó el Heredero de Terra, lo cual era perfectamente comprensible. Yo tampoco habría querido estar en su radar si me hubieran dado la oportunidad.

—Me gustaría hundirlo en el retrete, simplemente. —Darcy se encogió de hombros, inocente.

Sofia abrió la boca, sin saber muy bien si reírse o no, y Diego soltó una carcajada antes de mirar a su alrededor para comprobar que no lo había escuchado nadie.

Nos terminamos el desayuno como una manada de bestias hambrientas, y no pude contener la sensación de satisfacción con la comida de este sitio.

Meses de supervivencia con comidas básicas habían dejado mucho que desear y la cocina de la Órbita era excepcional.

Si no tenía cuidado, estaba segura de que empezaría a engordar bastante rápido.

Cuando sonó la campana para avisarnos de que era la hora de ir a clase, Darcy y yo nos despedimos de nuestros nuevos amigos y del C. U. L. O. y nos fuimos a la clase de Agua Elemental.

Geraldine nos había dicho que iba a estar en nuestra clase, pero afortunadamente se le había olvidado algo en su habitación, así que no tendríamos que ir juntas.

Después del encontronazo de anoche de Darcy con los Herederos, era evidente que no estaba precisamente ansiosa por tener una clase con algunos de ellos, pero no podíamos hacer nada al respecto. Y, al menos, esta vez nos enfrentaríamos a ellos juntas.

Seguimos las indicaciones del Atlas de Darcy, que nos llevó al oeste del campus.

Seguimos un riachuelo, cruzamos un puente de piedra y llegamos a una zona repleta de arroyos burbujeantes, estanques y juncos que se mecían con el viento.

El camino serpenteaba entre varias fuentes de agua y el sonido del goteo y los gorgoteos llenaba el ambiente junto a una densa capa de humedad que me empañaba la piel.

Pasamos junto a la casa Aqua, situada a orillas del lago, y miré con interés la isla flotante hecha de cápsulas de cristal.

Había un símbolo en la entrada que impedía el paso a cualquier persona que no albergara el Elemento Agua, pero eso no nos detuvo.

Sentía una gran necesidad de explorar el edificio, aunque la archivé para más tarde.

El sendero seguía avanzando y llegamos a unas cataratas que caían por un acantilado. El camino desaparecía por debajo y miré a Darcy confundida.

—¿Nos hemos equivocado? —murmuró, mirando otra vez el mapa en el Atlas. Una estrella parpadeante nos indicaba que estábamos justo en la puerta de la clase, pero aquí solo estaba la cascada.

—Adelante, chicas, que no hay tiempo para holgazanear.

El resto de sus compañeros ya han entrado —pronunció una voz grave detrás de nosotras.

Me di la vuelta y vi a un hombre que venía hacia nosotras.

Aunque «hombre» no era la mejor palabra para describirlo.

Llevaba unos pantalones muy cortos que le cubrían poco más que la entrepierna y el resto del cuerpo, expuesto y musculado, estaba cubierto de escamas azules.

Se acercó a nosotras y nos colocó una mano en el hombro a cada una, mirándonos.

—Soy el profesor Washer —se presentó con amabilidad—. ¿Les preocupa la clase de hoy?

—A mí un poco —admití, preguntándome de inmediato por qué había sido tan directa con este desconocido. Sentía la zona en la que su piel rozaba la mía bajo la tela de mi uniforme cálida y extrañamente reconfortante, y se me erizó ligeramente al darme cuenta.

—¿Qué tal se están adaptando? Se rumorea que los demás Herederos les están complicando un poco las cosas, ¿es así? —dijo con preocupación en la voz.

Me sorprendió tanto que un profesor admitiera el terrible comportamiento de los demás alumnos que no supe ni cómo responder, pero Darcy sí.

—Son lo peor —admitió, con la voz un poco entrecortada—.

Son demasiadas cosas que asumir, nos han sacado de pronto de la vida que conocíamos hasta ahora y nos está costando un poco saber de qué va todo aquí y encajar.

Y, encima, tenemos que lidiar con esos cuatro...

—Darcy dejó de hablar, parecía que estaba a punto de empezar a llorar, y yo sentí también que se me acumulaban las lágrimas en los ojos.

—Ya está, tranquilas —dijo el profesor Washer mientras nos daba un abrazo.

Debería haber sido raro abrazar a un profesor que llevaba ropa ceñida, un pantalón diminuto y el cuerpo cubierto de escamas, pero fue inquietantemente tranquilizador.

Presioné la mejilla sobre su pecho desnudo y exhalé profundamente, soltando un montón de la angustia que se me había estado acumulando desde que llegamos.

Tenía una extraña sensación de tirantez en el pecho, como si estuviera utilizando mi reserva de poderes o algo así, pero no tenía ningún sentido.