El despertar (Zodiac Academy 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Parpadeé perpleja. ¿Diez puntos de la casa?

¿Esa era la única medida que los profesores iban a tomar con el chico que había publicado una fotografía mía desnuda para que la viera toda la escuela?

Y en ningún momento se mencionaba nada de castigar a Darius por ser el artífice de la novatada.

Eso era todo. De hecho, mientras lo volvía a leer, me di cuenta de que ni siquiera le estaban diciendo que no compartiera la foto, simplemente que lo hiciera por mensaje personal.

«Que les den».

Saqué el uniforme del armario y me lo puse lo más rápido que pude.

Luego metí los libros en mi bolso, volví a coger el Atlas y amplié la foto de perfil de Milton Hubert para ver quién era.

Cómo no, era el típico deportista, fuerte, con un entrecejo prominente y unas cejas pobladas que casi estaban unidas.

Nadie me vio llegar y un grupo grande de gente en el centro del aula atrajo mi mirada.

Darius estaba apoyado en un sillón junto a la chimenea que aparentemente nunca se apagaba.

Se había peinado al estilo de acabo-de-salir-de-la-cama que a todo el mundo le sienta fatal, pero que, evidentemente, a él le daba aún más atractivo, si es que eso era posible.

Si no fuera un gilipollas de manual, no me importaría ver su pelo real de recién levantado.

Pero sí lo era, y simplemente verlo ya me cabreaba aún más.

Un alma fea se merecía habitar en un recipiente igual de feo.

Una chica con el pelo rojo intenso y unas piernas larguísimas se sentó en su regazo y reclamó su atención con un beso que traspasó la raya de incómodo a inapropiado cuando se le empezó a frotar por encima de la ropa delante de todo el mundo.

«Puaj».

Rápidamente, escaneé las caras de su club de fans aprovechando que todavía no me habían visto y una sonrisa salvaje me tiró de los labios al ver a Milton Hubert a la izquierda del grupo.

Sabía que tenía muy pocas probabilidades de estar a la altura en una pelea con cualquiera de las personas que estaban aquí, pero con la ira ardiéndome con fuerza en las venas, notaba cómo mi poder levantaba la cabeza como una bestia al acecho lista para atacar.

Y, con el elemento sorpresa junto con la pura brutalidad de mi poder, esperaba poder darle una lección a este imbécil.

Y, por suerte, su Atlas estaba encima de la mesa a su lado, lo que quería decir que la foto también estaba a mi alcance.

La magia se intensificaba dentro de mí mientras entraba en la habitación y noté que la pandilla de Darius se fijaba en mí. Yo no les dediqué ni un poco de mi atención. Tenía la mirada fija en Milton Hubert y en su uniceja arqueada en actitud de sorpresa cuando se dio cuenta.

—Anda, hola, Tory, ¿verdad? —preguntó, pero perdió la oportunidad de una presentación cuando publicó una foto mía desnuda en internet.

La magia me llegó a los dedos y sonreí al darme cuenta de que había invocado el agua. Cómo no. ¿Qué mejor forma de castigar a un masoquista hambriento de fuego que con una buena ducha de agua helada?

Levanté una mano y le cayó encima un torrente de agua, tirándolo de la silla al suelo. Aumenté la presión del agua que salía de mí, haciéndolo rodar por el suelo de madera y clavándolo contra la pared.

El resto del grupito de Darius dio un brinco y la pelirroja prácticamente se cayó del regazo de este cuando se levantó.

No obstante, para mi sorpresa, nadie intervino en nombre de Milton.

Supuse que la forma retorcida de los Fae de hacer las cosas suponía que este tipo de desacuerdos se gestionaban de forma personal e intenté no mostrar el alivio que me producía aquello.

Milton gritaba algo entre gárgaras por el agua que le aporreaba en la cara y bajé ligeramente el chorro para golpearle en el pecho, asegurándome de sujetarle bien los brazos para que no pudiera hacer magia contra mí.

—Borra la foto —gruñí, cogiendo su Atlas y entregándoselo con la mano libre.

El poder de mi interior ronroneaba de satisfacción y no podía negar que me sentía orgullosa por estar aguantándolo de esa manera.

—¡Que te jodan! —exclamó Milton.

Con un movimiento de los dedos, cambié el agua por aire y Milton salió volando y se estampó contra la pared con una ráfaga de viento tan potente que hasta le bailaban las cejas pobladas.

No estaba siendo sutil, simplemente estaba usando toda la fuerza de mis poderes para inmovilizarlo, y me parecía bien. Cumplía su función.

Me acerqué un poco y le forcé el pulgar hasta el Atlas para que lo desbloqueara.

Luego abrí el álbum de fotos y localicé mi foto.

Había más de veinte, aunque había elegido compartir en FaeBook la que se veía con más claridad y, por suerte para mí, desde donde él había estado solo podía verme el trasero.

Las borré todas, comprobando la papelera de reciclaje antes de tirarle el Atlas a los pies.

Solté la magia y él cayó hacia delante, levantando una mano hacia mí.

Antes de que le diera tiempo a recuperarse para atacarme, volví a lanzarle mi poder, esta vez invocando la tierra, aunque no lo había planeado.

Unos tallos que cobraron vida cuando mi rabia se canalizó de la forma más natural envolvieron a Milton con fuerza.

Yo no sabía qué estaba haciendo, pero mi magia parecía que sí.

Los tallos le clavaron los brazos a los costados y le rodearon la boca para que se quedara callado.

Milton cayó al suelo con un sonido sordo y finalmente solté la magia.

Noté cómo perdía intensidad en mi interior, pero aún me quedaba bastante.

—A ver si aprendes a respetar a las mujeres —sentencié con rabia, conteniéndome la necesidad de darle una patada ahora que estaba en el suelo.

Me di la vuelta y me encaminé hacia la salida, pero la voz de Darius me detuvo.

—Me envió copias de esa foto —reveló con calma.

Me giré para observarlo, apretando los dientes mientras me obligaba a mirarlo a los ojos oscuros.

Él no hizo ningún movimiento contra mí y yo no iba a ser tan tonta como para intentar nada.

Puede que acabara de derribar a Milton, pero sabía perfectamente que sin el elemento sorpresa no lo podría haber hecho.

Y Darius era una bestia completamente diferente.

Sabía que mis posibilidades contra él eran menos de un cero por ciento, aunque lo acechara mientras estuviera ciego, borracho y profundamente dormido.

—Que aprenda la lección, nene —intervino la pelirroja, y le ofrecí un instante de mi atención. De pronto, su cara encajó con unos morritos que había visto en FaeBook mientras cotilleaba los perfiles de mis haters más activos para ponerles cara a los nombres.

—Tú eres Marguerite, ¿verdad? —le pregunté, dejando claro con el gesto que sus facciones angulares y sus morritos no iban a intimidarme—. ¿O prefieres que te llame Pelito Rizado Negro?

Más de uno de los espectadores se rio y, durante medio segundo, me dio la sensación de que Darius tuvo que contenerse la risa también. Sin embargo, cuando volví a mirarlo, me quedó claro que me lo había imaginado. En su gesto no había nada más que una especie de asco aburrido.

A Marguerite se le llenaron los ojos de rabia y se acercó a mí, pero Darius movió una mano hacia ella, haciéndola retroceder como un cachorrito fustigado. Qué patético. Necesitaba que papá le diera permiso para jugar conmigo y no se lo iba a conceder.

—Bueno, ¿qué? ¿Vas a intentar obligarme a que borre mis copias? —insistió Darius, sujetando el Atlas como si me lo estuviera entregando.

El corazón me latía a un ritmo firme y solté una respiración antes de responder.

—Quédatelas —espeté despectivamente—. Si necesitas tan desesperadamente material para pajearte, por mí no te cortes.

—¡Sí, claro, como si le pusieran cachondo tus fotos!

—soltó Marguerite mientras Darius fruncía el ceño, claramente molesto por que no fuera a intentar reclamárselas.

A estas alturas, probablemente ya las tuviera toda la escuela, de todos modos.

Cualquiera podría haberlas guardado y ya había castigado al responsable.

No tenía sentido intentar ir a por todas y cada una de las copias, así que iba a asumir el hecho de que esas imágenes estaban por ahí rondando.

—No te preocupes, Marguerite —añadí tranquilamente—. No es culpa tuya que las necesite para arrancar. Estoy segura de que tu matorral le sirve en cuanto empiezas a botar encima de él.

Marguerite parecía estar a punto de arrancarme los ojos, pero Darius todavía no le había dado permiso para hacer nada.

—¡Eres una puta barata y engreída! —me chilló Marguerite, pero Darius se puso delante de ella antes de que le diera tiempo a ponerse en modo chica mala histérica total.

«Qué bien se te da hacer amigos, Tory».

—Puedo conseguir a cualquier chica que quiera. ¿Por qué iba a interesarme mirar fotos tuyas? —gruñó Darius con un tono tan grave que me provocó un escalofrío en la espalda.

Levanté las manos haciendo como que me rendía.

—A ver, tú eres el que tiene fotos mías desnuda, no al revés.

Y no puedes tener a cualquier chica que quieras, porque yo no pienso tocarte ni con un palo.

Pero puedes disfrutar igualmente de la fantasía que te estés creando con esas fotos porque te puedo asegurar que tienes cero probabilidades de ponerle la mano encima a la Tory de verdad.

Un par de chicos se rieron por lo bajo durante un breve instante, hasta que controlaron rápidamente su expresión.

Darius tenía los labios apretados y yo me fui de la clase antes de que se le ocurriera volver a quemarme la ropa o humillarme de cualquier otra forma.

«¿En serio he conseguido tener la última palabra?».

Bajé corriendo los escalones con una sonrisa que me tiraba de los labios y salí directa al sol antes de ir a la Órbita, donde había quedado con Darcy para desayunar.