Capítulo 9 #3
En el centro había un escritorio de madera de cerezo con forma de medialuna creciente; detrás había una arcada de estanterías llenas de libros encuadernados en cuero.
Una puerta cerrada en el arco me impidió husmear más en esa dirección, así que observé el resto de la habitación.
La gran ventana a mi izquierda daba a la Órbita y el sonido de las risas y las conversaciones se colaba por la rendija abierta.
Estaba casi segura de que escuché a alguien mencionar mi nombre y «mierda de cerdo» en la misma frase.
El sonido de una notificación de mi Atlas me dijo todo lo que tenía que saber: mi foto ya estaba subida a FaeBook para deleite de toda la escuela.
Mi interior se marchitó y murió.
Me quedé plantada sobre la alfombra de color carmesí mientras Orion tomaba asiento en un gran sillón orejero, sacando algo de un cajón del escritorio. Dejó sobre la mesa un vaso de cristal y luego una botella grande de bourbon. «Supongo que la descripción que hizo Estrella Fugaz era cierta».
Continuó ignorándome mientras se servía una copa y se reclinó sobre el respaldo de la silla, bebiéndose el contenido del vaso de un trago. Hizo sonar los labios, soltando de nuevo el vaso y rellenándolo.
—¿Perdone? —Interrumpí su grosería.
Orion levantó la vista.
—¿Sí?
—No, nada. Es que estoy aquí plantada en su despacho, sucia como un monstruo del pantano, viendo cómo se emborracha.
—Eso parece, sí. Muy observadora, Azul. ¿O igual debería llamarla Marrón? —Casi se atraganta con la risa que le provocó su propia broma.
«Gilipollas».
Me llevé las manos a la cadera y él intentó controlar la risa al mirarme, pero no lo consiguió.
—Paso. —Me dirigí a la puerta; estaba hasta las narices de este día de mierda y de todos los gilipollas con los que me había cruzado. ¿En qué momento pensé que este profesor iba a ayudarme con algo? El claustro de Zodiac era igual de insensible que sus alumnos.
Al agarrar el pomo de la puerta, el fango de mi piel emitió un calor intenso.
Me estremecí mientras se me despegaba centímetro a centímetro y, a continuación, lo enjuagó una corriente de agua que me envolvió la piel como una película.
La magia combinada arrastró el fango de mi carne y navegó hasta la ventana.
—¡Argh! —gritó alguien abajo cuando, supongo, le cayó el barro encima. Esperé que fuera alguno de los imbéciles que se habían reído de mí.
Sentí un gran alivio cuando mi cuerpo quedó completamente limpio de barro y mi pelo me cayó sobre los hombros como una ligera ola de azul y negro.
Al girarme hacia Orion para darle las gracias, una intensa ráfaga de viento me golpeó contra la puerta. Tuve que cerrar los ojos y el corazón se me aceleró al no poder moverme.
Cuando el viento se calmó, parpadeé varias veces y vi a Orion de pie delante de mí. Emanaba un intenso olor a bourbon. Era aterradoramente alto y tanta cantidad de músculo me debilitaba, pero no era más que otro gilipollas de cara bonita.
—Gracias —me obligué a decir.
—No quiero tu gratitud. —Me agarró del brazo y, en un abrir y cerrar de ojos, supe qué iba a hacer.
Los pensamientos se movían en mi cabeza de forma caótica y mi cuerpo entró en pánico.
Antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, mis manos se estamparon contra su cara y una bofetada sonora llenó toda la habitación.
«Mierda, acabo de abofetear a un profesor».
El instante después de la bofetada duró dos eternidades enteras. Orion se me quedó mirando y yo le sostuve la mirada. Tenía la mejilla cada vez más rosácea con la huella de mi mano; levantó los dedos para tocarse la marca como si no estuviera del todo seguro de que hubiera ocurrido.
De pronto, la lengua se me convirtió en un desesperado bulto seco de carne, pero conseguí hablar con voz ronca.
—No me muerda.
Él se agachó hasta un punto en el que nuestras narices casi se rozaban y el intenso olor a canela que le salía de la piel se mezclaba con la punzada intensa a bourbon de su aliento.
Arrugó los labios y le desapareció cualquier ápice de humor de la cara.
—¿Y cómo me lo va a impedir? —preguntó como si de verdad quisiera que le respondiera.
Sentí de repente que estaba en un examen. Respiré despacio. Tenerlo tan cerca me impedía pensar con claridad más de lo normal.
—Sé cómo usar el aire. Puedo empujarle.
—¿Está segura? —Se acercó un poco más, abriendo la boca para mostrar las puntas afiladas de sus colmillos.
Sacudí la cabeza.
—¿Sinceramente? No. Pero le estoy pidiendo que no lo haga y le estoy diciendo que intentaré impedírselo si lo intenta. —Me tembló ligeramente la voz y me di una palmadita mental en la espalda, teniendo en cuenta la noche que llevaba. Hay que celebrar las pequeñas victorias al menos.
Orion se apartó con un destello reflexivo en los ojos.
Intenté rodearlo, pero me agarró el brazo y me hundió los colmillos en la piel.
Ahogué un grito de horror, intentando atraer la magia a mis dedos.
Sin embargo, no pude concentrarme y, en cuanto le acerqué la mano a la cara, él la agarró y la sujetó contra la puerta detrás de mí.
La robusta superficie de su pecho me aplastó contra la madera y me estremecí cuando profundizó aún más el mordisco, con el corazón latiéndome desesperado como el de un conejo.
Una sensación de drenaje tiró de mi interior y el poder fluyó en canal hacia mi muñeca. El terror me inundó ante la sensación de que me arrebataran mi magia, engullida por esta criatura despiadada.
Me agarraba con manos firmes y, por mucho que me concentrara, no lograba conjurar más que una suave brisa contra él. Ahora que estaba bebiendo de mí, parecía tener mi poder a su disposición, todo iba hacia él mientras se vaciaba el pozo en mi interior.
Por fin me soltó. La cabeza me dio vueltas y la oscuridad se hizo momentáneamente con mi visión. En mi cabeza empezaron a aparecer uno por uno los insultos más ofensivos que conocía mientras colocaba la mano sobre los dos agujeritos de mi muñeca.
Orion me miró con intensidad.
—En Solaria, todo es poder, señorita Vega. Que no se le olvide. Todo el mundo coge lo que quiere. Así es como hacemos las cosas. Y si no empieza ya a coger lo que quiere, fracasará antes incluso de intentar pasar el Ajuste.
El corazón me latía arrítmico conforme asimilaba sus palabras.
«Soy una Fae. Y tengo que abrazar mi parte más oscura si pretendo sobrevivir aquí».
Orion se alejó de mí y se dejó caer en su sillón con un suspiro de satisfacción.
—Siéntese. —Señaló el asiento frente a él.
Se me fue encogiendo el corazón por la frustración a medida que me acercaba al sillón, pero me negaba a mostrarle lo alterada que estaba. Una parte de mí quería volver corriendo a mi habitación y esconderme debajo de una manta, pero eso no era precisamente constructivo... ni serio.
Me miré el pelo, las puntas azules ligeras y suaves porque Orion básicamente me había metido en un lavadero de coches con sus Elementos de aire y agua. Imaginé que igual debería darle las gracias. Aunque ya había cogido bastante a cambio.
Se sirvió otro vaso de bourbon y yo fruncí el ceño.
—¿Esto no iba a ser una clase?
—No. Tengo que proporcionarle una guía. Pero lo voy a hacer durante mi tiempo libre. Y, en mi tiempo libre, me gusta tomarme una copa. Así que en esas estamos.
—Ya. —Apreté los labios—. ¿Y qué es exactamente lo que voy a aprender aquí mientras usted disfruta de su tiempo libre?
—Créame, no estoy disfrutando. —Soltó el vaso y me miró con severidad—. Mano —ordenó, y se me apretaron los dos puños en una negativa.
Él puso los ojos en blanco.
—No haga que la Extorsione. Es bastante agotador y acabo de reabastecer mi poder.
—Querrá decir que me ha absorbido la magia como un mosquito.
—Claro. —Se encogió de hombros—. Píntelo como la analogía que más la tranquilice. —Sonrió, dándole otro sorbo a su bebida, esta vez más lento—. Mano, vamos, solo nos quedan cuarenta minutos que malgastar de mi vida.
Apreté los labios de nuevo y le ofrecí mi mano derecha.
—Apóyela abierta sobre la mesa, con la palma hacia arriba —me indicó, y yo obedecí—. ¿Esta es su mano dominante?
Asentí.
—Bien. Voy a hacer una evaluación.
—¿Qué tipo de evaluación? —pregunté.
—De su poder.
—De acuerdo.
—No se mueva. Y no se ría, por el amor del sol, odio las risillas. —Me cogió la mano y empecé a sentir un calor por las venas a medida que me acariciaba la palma con los dedos. Me hacía unas cosquillas de narices y me estaba costando mucho contenerme la risa.
Él levantó la mirada hacia mi cara, como si estuviera determinando si yo iba a soltar una de sus detestadas risitas. Yo lo miré con la cara inexpresiva, negándome a articular algún sonido.
Me pasó el pulgar por la línea del centro de la palma y sentí un cosquilleo. El deseo clavó un vacío anhelante en el fondo de mi estómago y me esforcé todo lo que pude en ignorarlo.
«¿Por qué siempre los que están más buenos son los más capullos?».
—A la hora de leer la palma de la mano, los mortales suelen tener cuatro líneas.
—Orion las señaló de abajo arriba—. Corazón, cabeza, vida y destino.
Sin embargo, los Fae tenemos una quinta línea.
Una línea de poder. —Me apretó el pulgar en el centro de la palma otra vez y me estremecí sobre mi asiento cuando mi cuerpo reaccionó con demasiado entusiasmo hacia el Profesor Gilipollas.
Me pudo la curiosidad y me incliné hacia delante para ver qué línea estaba señalando. Me cruzaba toda la palma y tenía unas pequeñas puntas que salían de ella.